Abbadon…: Una novela paranoica,
por Wolfgang Karrer
1.
Abaddón el exterminador (1974) es una novela
autoreflexiva. Es decir, el autor Ernesto Sábato crea un personaje llamado
Ernesto Sabato (sin tilde) quien está tratando de escribrir una novela
llamada Abaddón el exterminador. Para complicar el asunto, este
personaje Sabato, reflexiona continuamente sobre su novela y sus novelas
anteriores. Lo hace solo, con amigos, con estudiantes, en frente de un público,
etc. Las reflexiones se acumulan a tres niveles: reflexiones sobre reflexiones
sobre reflexiones –y se reflejan en los desdoblamientos de personajes: Sabato –
Bruno, Sabato – R., Sabato – Ledesma, Sabato – Schneider, Schneider –
Schnitzler, Marcelo – Carlos, Agustina ― Alejandra etc. Todo esto se ha visto y
comentado varias veces (Acero 1976; Solotorevsky 1981; Barrera López 1982
etc.). Es que Abaddón es una ficción en segunda potencia, como
alguien dice en la novela misma (Sábato 1975,26; cito la primera edición; la
segunda está en la red).
Lo que no todos
han visto es que Abaddón refleja otras obras anteriores de
Ernesto Sábato. Es decir, no solamente las novelas, sino también los ensayos.
El personaje Sabato repite, a veces verbalmente, argumentos que el autor Sábato
ha hecho desde Hombres y engranajes (1951). Abaddón es
también una novela intertextual (Oropeza 1983). Por ejemplo, la novela de
crisis y la novela en crisis (Acero 1976, 276-81) acompañan a Sábato por lo
menos desde 1951. Surge de nuevo en El escritor y sus fantasmas (1963,
21, 92-94). El argumento básico es que una civilización dominada por el dinero
y la razón lleva al Super Estado con el hombre hecho una cosa (64). Y la novela
de crisis contesta con una vuelta al sujeto, una sumersión en el interior del
yo. El ser más humano en ella es el loco. Es la sujetividad en crisis. Y esta
novela ha producido nuevas “técnicas” para representar el “subconsciente” del
sujeto (Sábato 1963, 92-93). Esto mismo de la “segunda potencia” ya aparece en El
escritor y sus fantasmas (1963, 28).
Sábato
repetidamente ha abogado por la novela existencialista como respuesta a esta
crisis. El modelo preferido es La náusea (1938) del filósofo
Jean Paul Sartre:
“Su clave más profunda hay que buscarla en su primera novela, en su náusea
ante lo contigente y gelatinoso, en su propensión viril por lo nítido,
matemático, limpio y racional. Su obra filosófica es el desarollo conceptual de
esta obsesión subconsciente." (Sábato 1963, 15).
El escándalo de la contingencia –la ausencia de Dios― resulta inaguantable al
héroe existencialista, busca lo absoluto, el orden: "Esto se ve bien
en La náusea, cuando el protagonista, angustiado por la
contingencia, pretende refugiarse en la melodía –eterna– de un blue
[sic]." (119). (Esta tesis
reaparece dos veces en Abaddón, 40, 483). Para combatir la
contingencia, el protagonista trata de ordenar, de vincular todo con todo. La
novela existencialista es una síntesis entre el yo y el mundo, el hombre y el
universo (Sábato 1953, 1963; 1968). En su ataque contra Sartre del año 1968,
del cual se ocupa el personaje Sabato todavía en el 1972, Sábato redefine la
situación de la náusea del protagonista, su miedo ante lo femenino y ante lo
gelatinoso, como el “universo de un paranoico” (1968, 83). Desde el 1951 ha
cambiado su enfoque básico de la novela existencialista: la síntesis del yo y
el mundo, la búsqueda de lo absoluto y la náusea ante lo femenino y gelatinoso
no son algo viril, sino más bien paranoico.
De alguna manera,
todos los protagonistas de las novelas de Sábato son variaciones sobre el
Roquentin de Sartre. Castel es el héroe clásico existencialista, tratando de
salir del túnel que es su vida; Fernando Vidal Olmos un paranoico que se siente
perseguido por los ciegos; y finalmente en Abaddón Sabato toma
el rol de Fernando como el paranoico central (Acero 1976, 276, 284; Barrera
López 1982, 112). De hecho, el mismo Sabato llama a Olmos un paranoico (50,
76). Es posible leer Abaddón como otra novela existencialista
y muchos críticos así lo han hecho. Hay una continuidad obvia. Pero al hacer el
autor paranoico y protagonista de una novela entera radicaliza el experimento
del “Informe sobre los Ciegos”. Ya en Dostoievski y en Tolstoi el loco ha sido
un instrumento privilegiado para explorar la crisis del mundo contemporáneo a
través del inconsciente del protagonista (Sábato 1951, 95; 1953, 23). Sin
embargo, restringir el mundo narrado a la visión de este loco significa pasar
de la novela existencial como lo ha definido Sábato desde el 1951 (y como
Sabato y Bruno siguen haciéndolo en Abaddón) a la novela de
paranoia.
2.
¿Qué es la novela de paranoia? De alguna manera, es la sucesora urbana
de la novela gótica (Davis 2005). La casa de los espíritus, el castillo lleno
de demonios, ha sido reemplazado por el espacio urbano (Dallmann 2009). La
paranoia del investigador, detective, periodista, etc. sistematiza el miedo de
la heroína, que entra al castillo gótico, enfrentándose con sus demonios. La
novela paranoica tiene sus orígenes en el XIX en Francia y los EE. UU. y se ha
hecho un paradigma dominante de la novela posmoderna y de la cultura popular en
los EE.UU. (Coale 2005). Conspiraciones, alucinaciones, persecuciones o la
multiplicación de signos son los ingredientes de las novelas de Thomas Pynchon,
Paul Auster y John DeLillo. Aparecen en películas como Matrix, en
series de televisión como The X Files, y en en las novelas de Dan
Brown. También aparecen en los numerosos libros sobre conspiraciones en la
historia. En Argentina, por ejemplo, son los libros de Walter Graziano. El
apogeo y, tal vez, la parodia mezclando ficción con historia es lo que
encontramos en El péndulo de Foucault de Umberto Eco. Es
decir, no solo existe en los EE.UU. desde el asesinato de John F. Kennedy una
cultura de paranoia de la cual la novela posmoderna es uno de sus pilares
(Melley 2000). Con Abaddón Sábato entra en este mundo del posmodernismo
y deja atrás el existencialismo de Sartre. La novela paranoica dialoga con el
pos-estructuralismo: todo se conecta en un rizoma.
Primero hay que
conceder a los críticos, que en Abaddón abundan los signos de
la novela existencialista. Lo absoluto y el barro, la incomunicación y la
soledad, la materia y el espíritu (150-51), en general la existencia (19, 22) y
la condición humana (252), todos clisés del existencialismo sartreano
convocados en la novela. Especialmente Bruno continúa pensando en estos términos. La
náusea de Sartre y su Roquentin, en particular, se mencionan muchas
veces (38, 44-54, 49, 51, 52, 53, 61, etc.). Sabato-personaje retiene los
rasgos de la náusea, está angustiado por la contingencia, tiene horror de lo
gelatinoso, y parece en su transformación kafkiana de rata alada nada más que
otro Fernando loco.
Pero, Abaddón es
también una ficción a la segunda potencia (26), donde las tres tramas
fragmentadas ilustran la impotencia del autor-personaje de crear (Barrera López
1982, 45-56, 215-226). Esta sensación está en el centro de la cultura de la
paranoia (Melley 2000, 7-16). La locura socava la autoridad narrativa de toda
la novela. Si la videncia de Sábato/Sabato depende de su desdoblamiento, como
dice él (258), entonces su incapacidad de escribir su novela y su paranoia
debilitan su autoridad como autor. Es pura megalomanía de Sabato suponer que
haya una conspiración tenebrosa en contra de él y de su nuevo libro. Abaddón ilustra
la muerte del autor, postulada por Roland Barthes y Michel Foucault en los
1960. La tumba de Sabato imaginada por Bruno al final de la novela simboliza
esta muerte. No es más posible la síntesis de la novela existencialista entre
el yo y el mundo de objetos para el autor Sabato. Sábato pasa la tarea al lector.
Parece abdicar su autoridad de explicarnos el mundo, o por lo menos permite una
duda kantiana de sus explicaciones. Es posible que Sabato sacrifique a Agustina
(esta metáfora nacional) por Nora para acercarse a Schneider (385); también que
Sabato tenga premoniciones de una tenebrosa conspiración que le impide salvar a
Marcelo –en el encuentro decisivo Sabato habla solamente de su novela, sabiendo
que Marcelo está escondiendo a un guerillero― ¿pero qué pasa si Schneider /
Schnitzler no existen? ¿Si la conspiración tenebrosa desde Haushofer es
puramente una alucinación paranoica, como las apariciones de Alejandra y
Castel? Puede ser que las alucinaciones de Sabato solamente cubran el hecho de
que tiene miedo de decir la verdad: él “trata de vivir de cualquier manera,
guardando su secreto, aun en condiciones tan horrendas” (459). Por eso abandona
a Marcelo y a Agustina. Falla su diálogo con la juventud. Pierde su dignidad.
3.
La muerte del autor abre la novela a múltiples lecturas, a una nueva
complejidad (Barrera López 1982, 227-36). Sabato mismo lo dice en la novela
(65, 83). La crisis de la interpretación que resulta es otra característica
central de la cultura de la paranoia (Melley 2000, 32-37). Así que hay muchas
interpretaciones de Abaddón no solamente existencialistas,
sino también estructuralistas, simbolistas, eróticas, esotéricas, gnósticas,
etc. Muchos confían en Sabato, algunos lo confunden con Sábato o se dejan guiar
por las reflexiones en la novela. La novela paranoica permite, por definición,
una doble lectura: el narrador– protagonista está loco o hay una conspiración
verdadera. Tal vez permite las dos lecturas simultáneamente: por lo menos desde
Erasmo la locura es un código que permite hablar de lo que “se debe” callar. La
duda del lector se hace productiva, empieza a buscar la segunda en la primera
“como un especialista en espionaje” (360). Es decir, produce una lectura
paranoica.
Leyendo Abaddón
el exterminador no podemos confiar en Sabato y sus reflexiones. Como
explica Sábato ya desde 1951, los locos son un instrumento para el autor de
explorar el inconsciente que refleja todo un mundo. Y el inconsciente de
Sabato, del paranoico, permite entrar en algunas angustias de la vida urbana de
Buenos Aires de 1972. Sabato no es el único personaje que refleja la situación
histórica de este año. La novela nos presenta con una serie de intelectuales y
pseudo-intelectuales que tratan de entender lo que sucede en Argentina en
aquellos años: Quique, Ledesma, Gandulfo, Bemberg, Dr. Schnitzler, Dr.
Arrambide, los videntes esotéricos, desdoblados en un intelectual delincuente
(40) y en una “inteligentzia tenebrosa” del desierto Gobi (80), etc. Algunos
son parodias crueles de Sabato y sus ideas (Ledesma, Gandulfo, Dr. Schnitzler),
otros críticos severos (Dr. Arrambide), otros presentan opiniones, claramente
inaceptables para Sabato (el peronista de salón Bemberg, la vidente
Müller). Abaddón presenta una galería de intelectuales
argentinos que fallan en comprender la situación amenazante en la cual se
encuentra el país. Y también fallan al explicárselo a la generación más joven,
como puede verse con Carlucho, el intelectual orgánico, ante Marcelo. Ni en los
salones de la alta burguesía corrupta, como los Carranza Paz, ni en los bares
estudiantiles alrededor de la facultad, ni en las reuniones de videntes en la
capital, ni en las fincas del fin de semana en Ingeniero Maschwitz se producen
ideas para comprender lo que viene: la exterminación. Solamente, el viejo
Barragán, el loco, que ya predijo los incendios del 1955 en Sobre
héroes y tumbas, ve lo está por asomarse: el dragón con siete cabezas.
Barragán es otro doble que contrasta con Sabato: ve “sin que ningún otro
pudiese advertir el tremendo peligro” (445). Su visión es más clara que las
fuerzas tenebrosas del mal. Y en contraste con Sabato, que falla en aclarar a
Marcelo el peligro inminente, Barragán habla a la gente en el bar y es
escuchado. Barragán y Carlucho son los únicos dos que cumplen con su deber de
pasar la información contradictoria que importa: no existen los Reyes Magos,
pero si hay un dragón en Argentina.
¿Quién es el
dragón? Si entre las múltiples lecturas hay una que hace de Abaddón una
novela importante argentina, es la lectura política. Marcelo es un secuestrado
desaparecido arrojado al río, y el dragón y las fuerzas del mal son los
torturadores y asesinos. Hasta ahí estoy de acuerdo con la lectura de Kohut
(1986, 614) y de Hermosilla Sánchez (2007, 41-44). Asignar a Sábato y a su
novela poderes proféticos de anunciar el golpe militar del 1976 y los treinta
mil desaparecidos es tentador y el prólogo a Nunca Más mismo
implica tales lecturas retroactivas. Ahí Sábato escribe sobre la tragedia
nacional, de las fuerzas tenebrosas y del abismo del mal, incluso de las
amenazas contra él y la CONADEP (1986, 7-11). Todo esto muestra su posición
ambigua con respecto al terrorismo del estado recientemente superado.
Las fechas de
escritura y publicación de Abaddón sugieren otra realidad para
el dragón. Sábato termina la novela a fines de 1973 y entrega el manuscrito a
comienzos del 74. La primera edición aparece en abril. Terminan en la novela
las tres tramas, anunciadas al comienzo (15-16), el 6 de enero del 1973, así
que Sábato tenía conocimientos de los doce meses que siguen a este 6 de enero.
Es decir, del tiempo cuando completaba la novela. Parece más realista asumir
que el dragón de Sábato/Barragán se refería a sucesos que ocurren en esos
meses: secuestros, asesinatos, desapariciones, la matanza en Ezeiza, los
comienzos de la AAA, el ERP, las FAR, los montoneros, las torturas. Hay más de
siete cabezas en este dragón. En Nunca Más Sábato las denomina
la violencia de la extrema derecha y izquierda (7).
La novela ofrece
suficientes indicaciones de que estos son los peligros que amenazan a la
Argentina. En un capítulo hacia el fin los torturadores mencionan el ERP, FAR y
los montoneros (444-446), el narrador injerta una lista de desaparecidos con
los nombres propios de las víctimas (448). Nacho guarda en una caja recortes de
textos referidos a la tortura, entre otros el testimonio de Norma Morello sobre
las torturas sufridas (398); Norma también aparece en la lista de nombres
(448); Nacho guarda un recorte sobre las clases de tortura ofrecidas por un
teniente Haylton en Brasil (386). Bruno y Sabato sospechan la existencia de
delatadores y agentes provocadores en las reuniones (Puch entre los
estudiantes, el Chango en Maschwitz), Sabato alerta a Beba del peligro que corre
Marcelo escondiendo a un guerillero (223).
Que Sábato mismo
tuviera miedo de que se descubran en Abaddón sus insinuaciones
disfrazadas como locura, es algo que se vuelve evidente en las sucesivas
revisiones de la novela durante la dictadura: Sábato (entre otras cosas)
elimina partes del testimonio de Norma y del reportaje sobre el sargento
Haynes. Las restaura después del 83. (Un análisis detallado de las revisiones
múltiples en 1976 y 1985, de las anotaciones de Sábato en la edición española
del 75 para el lector europeo revelará mucho de la política de él.)
¿Quién entonces es
“Abaddón el exterminador”? En la Apocalipsis es el
ángel de la muerte que larga al dragón. Hay tres ocasiones en la novela donde
los personajes anuncian algo mucho más prosaico: el cambio político inminente
en Argentina. Quique (en broma) amenaza a su público femenino: “Ya van a ver
cuando vuelva el peronismo.” (234). Nassif, el jefe de Agustina, quiere esperar
con sus inversiones hasta que se aclare la “política actual” (118). Lo más
escalofriante es el anuncio de los torturadores de Marcelo: “Cuando cambie el
gobierno nosotros seguiremos aquí.” (441). Pero hay un signo más de lo que
viene.
En la reunión en
Maschwitz, alguien menciona haberse encontrado con su ex-marido mirando La
Hora de los Hornos del 1968 (362). En esta película peronista que
llama a la violencia y con el fusil (como lo hacen Coco Bemberg, el peronista
de salón y Silvia), aparece un mensaje del ex-presidente Juan D. Perón.
Preguntado si él puede ofrecer una autocrítica del derrocamiento de su gobierno
en 1955 contesta (después de 2h.13m de la película):
“Hoy creo que cometí un grave error.
Yo tendría que haber convocado a la movilización, comenzar a fusilar a todos
los generales rebeldes. Y a todos los jefes y oficiales que estaban en la
traición y dominar esta revolución violentamente como violentamente querían
arrojarnos del poder. Porque ahora sé que entonces no sabía... Por eso, después
de estos 13 años hoy me afirmo en la necesidad de haber exterminado (énfasis
de Perón) al enemigo, porque no era el enemigo nuestro, sino el enemigo de la
república” (sonrisa a la cámara).
Abaddón el exterminador permite una
lectura simbólica donde el dragón representa la violencia política inminente,
que va costar la vida a miles de personas, y donde parece que el exterminador
es Perón.
Esta lectura Abaddón =
Perón es también paranoica. Cede a la trampa de explicaciones fáciles y
personalizadas. Explicar el Cordobazo, el asesinato de Aramburu, Ezeiza, la AAA
con una persona que llama a la violencia es ignorar la complejidad de la
situación política y económica de Argentina entre 1966 y 1973: la crisis
económica que amenaza especialmente la clase media y que resulta en violencia
política, aumentando las huelgas iniciales, las bombas anónimas, los atentados
y los secuestros (O'Donnell 1988, 289-300). La novela menciona a Krieger Vasena
(83, 372) conectándolo con las Carranzas, pero se calla sobre DELTEC y las
multinacionales. Explora las consecuencias de la crisis argentina en la
conciencia de sus intelectuales sean ciegos, locos o videntes.
En conclusión:
(1) El modelo existencialista de la búsqueda de lo absoluto (Castel, Alejandra,
Nacho y Agustina) no funciona más despues de Sobre héroes y tumbas.
(2) El modelo de la novela paranoica
que lo reemplaza en Abaddón el exterminador destrona al autor
y abre nuevas posibilidades de lectura.
(3) La novela paranoica permite
criticar la ceguera de los intelectuales argentinos y al mismo tiempo hablar de
la violencia política del 1973.
Wolfgang Karrer (Osnabrueck,
Alemania)
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