domingo, 6 de junio de 2021

OBRAS AL PASO. Con Oesterheld y Gambaro

 Gerardo nos envía dos cuentos: "La sustitución", de Griselda Gambaro, y "El paraíso", de Héctor Germán Oesterheld .

  Comenzamos por el cuento de Griselda Gambaro

La sustitución

     Era una mujer callada y sumisa que empezaba a envejecer. Había una frase de alguien que le gustaba repetir: «No sé si eres mi hijo o si te he soñado».

     De la infancia de su hijo no recordaba nada sino por un esfuerzo de voluntad que le traía imprecisiones; el pasado vivía en ella estérilmente dentro de esa memoria laboriosa y desierta, y entonces era como si no lo hubiese vivido. No se reconocía en la mujer gorda, con patas de gallo y sonrisa desalentada. No recordaba la cara de su hijo cuando lo vio por primera vez, y esto le causaba una tristeza física, como si le frotaran el pecho con una piedra. Había pensado que no olvidaría nunca el primer beso sobre la cabeza del recién nacido. El primer beso es mío, había pensado. Este beso es la marca mía en tu cabeza. Supo que demoró la mirada, retardándola amorosamente sobre la cuna, que jugó con la mano de su hijo, que lo vistió y lo sostuvo en sus primeros pasos. Pero eran otra madre y otro hijo. No ellos, vivos en el presente.

     En muchas ocasiones bajaron las escaleras de la casa que compartían, siempre la mano, que iba creciendo, en la mano más grande. El primer beso estaba allí, en la cabeza del niño donde crecía una cabellera de un negro azulado. Pero ella lo ignoraba, en su búsqueda de certezas.

     Los domingos de invierno salían juntos, caminaban, felices del sol, masticando galletitas dulces. Llegaban al museo del pueblo, que guardaba carretas, trajes roídos, y a la iglesia vecina, imitación de catedrales góticas. Comparaban el edificio chato del museo y las torres en punta de la iglesia, y el niño decidía. La madre hubiera preferido recorrer en algunas tardes de viento particularmente impetuoso, los salones solemnes, con olores mohosos a pasado, pero indefectiblemente el niño se lanzaba hacia las torres. Subían las largas escaleras juntos, sin cansancio. Era un juego, no había corazones fatigados, falta de aliento.

     Ella buscaba la marca del beso en la cabeza del niño, de vez en cuando, en un gesto que pretendía casual, le removía el cabello y lo peinaba luego con las manos. El niño tenía una manera de decir: «¿Qué buscás?», como si entendiera que el gesto escondía un sentido de pérdida y nostalgia.

     Ella sonreía y contestaba, invadida por una súbita vergüenza: «La cicatriz», y entonces explicaba fraudulentamente una caída, adornaba el cuento con detalles: su susto, la lastimadura.

     Ese día, el niño desprendió su mano y ganó los últimos escalones de prisa. No gastés el tiempo, pensó ella, que se angustiaba con facilidad, empezaba a envejecer.

     Muy abajo, empequeñecido, descubrían el pueblo entero que terminaba en el campo después de una serie de chacras. En la calle la gente era minúscula y ellos se sentían contentos de conservar su tamaño, allá arriba.

     El niño solía asomarse a la pared de protección que era muy baja, miraba a lo lejos con una sonrisa de triunfo. De pronto se empinó y se sentó a horcajadas sobre el parapeto.

     Callada y tensa, ella tendió una mano temblorosa. El riesgo debía ganarse y la única manera posible (para el niño) de ganarlo era que ella enmudeciera cualquier sentimiento de inquietud. Entonces no se permitió un grito y ni siquiera frases de simple precaución. Imitaría el movimiento de un juego compartido y de sorpresa lo tomaría por la cintura, lo traería de nuevo al reparo de las grandes baldosas hexagonales percudidas por años de intemperie.

     —No te acerques —dijo el niño, rechazándola con la impertinente seguridad de la infancia, y ella retrocedió unos pasos. Disimuló el peso del miedo con una sonrisa sin dulzura.

     De pronto sintió pánico. Encaramado sobre el muro, el niño oscilaba en un movimiento de vaivén, se inclinaba peligrosamente hacia afuera. Luego, con la deliberación ciega de la desgracia, se precipitó al vacío.

     Bañada en sudor, ella se arrojó hacia la pared, los brazos abiertos. El cuerpo daba vueltas por el aire, como si fuera de trapo. Chocó contra la acera, y le pareció que el ruido del cuerpo, tierna carne y huesos, resonaba como el estallido de una bomba y la ensordecía.

     Alguien subía las escaleras, sin aliento. Un desconocido. Traía a un niño de la mano.

     —Lo recogí en el aire —se congratulaba y lo empujaba hacia ella. El niño sonreía, era alto, de pelo muy rubio, de tez muy clara. Masticaba caramelos.

     Ella miró hacia abajo temiendo ver. No había ninguna agitación insólita, otro movimiento que el de costumbre, algunos paseantes, el vendedor inmóvil junto a un carrito de golosinas con toldo de lona.

     Giró pálida y muda hacia los extraños.

     El niño se acercó, se tocó la cabeza.

     —Tengo una cicatriz —dijo—. Mamá.

     ¿Qué había dicho?, se conmocionó incrédula, retrocediendo. El niño repitió la palabra en un diminutivo familiar. Entonces ella se preguntó si su vientre no había albergado otro hijo destinado a un cuerpo de piel clara, otro hijo que no era el que solo conocía en el presente, con cabellos negros y piel oscura. Podía ser cualquiera, se laceró, ya que no recordaba el rostro de su hijo cuando lo vio por primera vez y ningún puente hacia el reconocimiento existía.

     Extendió la mano a ciegas para alejarlo. Creyó que pronunció palabras de repulsa, de indagación, pero solo emitió balbuceos sin sentido. El niño mordió otro caramelo, le tomó la mano confiadamente y la guió hasta su rubia cabellera. Ella se separó con un movimiento rápido y dislocado, se adosó a la pared, golpeó con los hombros y la cabeza contra los ladrillos del muro, como si quisiera penetrarlos, borrarse.

     El hombre hablaba con una especie de volubilidad atroz; seguía repitiendo que había recogido al niño entre sus brazos como un regalo del cielo. Milagrosamente intacto.

     —Pura casualidad —decía, y la miraba esperando que ella manifestara su gratitud, le tendiera las manos, conmovida. Espiaba lágrimas de felicidad en su rostro, la alegría de la resurrección.

     —Tengo una cicatriz —insistía el niño, y se apartó el pelo. Allí estaba la cicatriz, del tamaño de una moneda, como una quemadura.

     De pronto ella recordó todo: la cara de su hijo cuando lo vio por primera vez, sus indefensos y confiados primeros días, y esta memoria corrió hacia un presente insoportable. Entonces abrió la boca, con la lengua afuera como un animal que se asfixia, y gritó, delante del hombre que no cesaba de sonreír, delante del niño con su mentida y quemante cicatriz. Su recuerdo era perfecto ahora, tan simple y definitivo como la muerte allá lejos, abajo, con la gente que se arremolinaba junto al carrito de golosinas protegido del sol por un techo de lona que su hijo había embestido al caer.


OBRAS DE GRISELDA GAMBARO

 Decir sí

http://fido.palermo.edu/servicios_dyc/blog/docentes/trabajos/46648_183912.pdf

La malasangre

https://qdoc.tips/gambaro-la-malasangrepdf-pdf-free.html

Antígona furiosa

https://qdoc.tips/queue/antigona-furiosa-griselda-gambaro-pdf-free.html

https://qdoc.tips/queue/gambaro-la-seora-macbeth-pdf-free.html

  Los siameses

https://qdoc.tips/queue/los-siameses-de-griselda-gambaro-pdf-free.html

La que sigue - Nosferatu - Acuerdo para cambiar de casa - Oficina - Si tengo suerte

https://qdoc.tips/gambaro-griselda-pdf-free.html

De profesión maternal

https://qdoc.tips/de-profesion-maternal-griselda-gambaro-pdf-free.html

Monólogos : El nombre - El viaje a Bahía Blanca - El despojamiento

https://qdoc.tips/queue/griselda-gambaro-tomo-3-monologos-pdf-free.html

Entrevistas a Griselda Gambaro

https://web.uchile.cl/vignette/cyberhumanitatis/CDA/vida_sub_simple3/0,1250,PRID%253D11735%2526SCID%253D11736%2526ISID%253D436,00.html

http://www.teatrodelpueblo.org.ar/dramaturgia/roster001.htm

SOBRE GRISELDA GAMBARO

https://www.centrocultural.coop/revista/5-6/griselda-gambaro-una-mirada-distinta-sobre-la-violencia

https://www.researchgate.net/publication/242255324_Espacios_de_la_escritura_urbana_en_la_narrativa_de_Griselda_Gambaro

https://core.ac.uk/download/pdf/58905272.pdf

https://bdigital.uncu.edu.ar/objetos_digitales/14078/lorenzo.pdf


https://www.radionacional.com.ar/griselda-gambaro/



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