Reconocido en gran parte del mundo como uno de los grandes escritores argentinos, Ernesto Sabato fue motivo y protagonista de debates sobre la literatura.
El sistema, a través de las sociedades científicas, podía haber aceptado su filiación comunista en su juventud, pero le reprochó que abandonara la ciencia por la literatura surrealista, y luego por un realismo que incluía también alguna afinidad no sólo con el surrealismo (en el famoso Informe sobre ciegos, como parte de Sobre Héroes y Tumbas, que tiene alguna relativa autonomía dentro de la novela, y que inclusive se ha editado a veces por separado) sino además con lo real maravilloso.
Pero también entre intelectuales y estudiantes cercanos al comunismo soviético, en una época que ubicaba a los escritores dentro de un marco de necesario compromiso con las luchas sociales y el debate de ideas, fuera del aislamiento tradicional respecto de la sociedad, Sabato fue cuestionado, no por la calidad literaria de su producción, sino por no ubicar a sus personajes en las luchas sociales, como héroes de la militancia revolucionaria, fervientes creyentes en la Revolución social y sus slogans.
En su novela Abaddón el Exterminador, publicada en 1973, Sabato fija su posición, quizás como una manera de dejar definitivamente claro su punto de vista, cansado ya de soportar preguntas sobre el tema en las entrevistas para revistas literarias.
He aquí nuestra síntesis de sus ideas, resumidas previamente a la publicación de fragmentos de su obra en los que desarrolla ampliamente su postura.
Sería exagerado atribuirle exclusivamente a él la originalidad de estas ideas, pero sí su discurso, con una argumentación personal, auténtica y didáctica.
SÍNTESIS DE LAS IDEAS DE SABATO
Las
ficciones literarias, lo fantástico, irracional, son tan necesarios para la
humanidad como lo son los sueños para las personas. Son como descargas que
impiden que un individuo enloquezca. Los riesgos de hacer desaparecer las
ficciones podrían ser gravísimos.
Y
tanto los sueños como los relatos fantásticos se expresan mediante símbolos
irracionales, pero éstos no pueden ser traducidos o explicados mediante un
lenguaje racional ni científico. Se trata de imágenes de significado ambiguo,
polivalente.
La
filosofía racionalista y la ciencia positivista combatieron los mitos. El
progreso, la civilización, de la mano de la razón y la ciencia, hacen que la
humanidad avance en el camino de la evolución, apartando a los hombres de la
ignorancia y el atraso, de los cuales serían producto los mitos.
Pero
en el hombre existen las dos mentalidades: la “primitiva” de las aldeas y las
cavernas, con la “civilizada”. No hay
progreso para salir del atraso.
Los
artistas retomaron los mitos, apropiándose de un lenguaje propio de otras
culturas, pero revalorizándolos.
Los
mitos no desaparecen porque son una necesidad profunda del hombre.
El
arte nos salva de esa alienación que nos ha enajenado del elemento fantástico,
creativo, simbólico, que convive con la lógica racional. El hombre no es una
parte, sino una totalidad.
La
novela totalizadora (no el simple relato que no tiene en cuenta esta realidad
humana de un modo integral), puede cumplir, en la literatura, esa función
necesaria.
Las
novelas latinoamericanas, más que la filosofía, expresan nuestra cultura que
conserva esa parte del ser humano rechazada por el progreso científico
racionalista.
Desde
Europa viene la falacia de que la novela debe prescindir de todo lo subjetivo y
describir sólo la realidad objetiva. Pero no se tiene en cuenta que los
personajes de las novelas son (como los hombres reales) profundamente
subjetivos. Su subjetividad está atravesada por su religión, sus creencias
filosóficas e ideológicas, sus deseos, sus temores, sus angustias, por
conflictos y sentimientos de los que no es conciente. Si eliiminamos la
subjetividad, desaparece el ser humano, estamos nada más que ante el mundo
natural de animales, insectos, piedras.
Sólo
el arte y los mitos transmiten, con su propio lenguaje de simbólicas, la realidad profunda del hombre.
Y mientras nuestra cultura no integre el pensamiento lógico, racional, con la
esfera irracional, simbólica, subjetiva, mientras esa integración no sea
aceptada, la esfera irracional se continuará refugiando en el arte y en los
mitos.
Los
marxistas dogmáticos que no entendieron a Marx, reducen el papel del arte y la
literatura a la reproducción fiel de la realidad objetiva, atravesada por
luchas entre explotados contra explotadores, acompañando y reflejando con su propio lenguaje la lucha por la revolución
social. Por lo tanto, consideran que el arte siempre expresa los intereses de
clase del artista, habría un arte revolucionario y un arte
contrarrevolucionario, que mediante las imágenes simbólicas, como los mitos,
encubren, ocultan, el proyecto de las clases dominantes. Hay que interpretarlos
de esa manera para desenmascararlos. Y los mitos también deben ser
interpretados para poner al descubierto su intencionalidad de mantener las
estructuras sociales basadas en la dominación y la explotación de los
trabajadores por las clases dominantes.
Sólo
ven en la literatura de los escritores burgueses y aristocráticos un medio de
expresar ese interés de clase y ocultar lo que no les conviene que se tome
conocimiento o conciencia, pues generaría rechazo.
Pero
no ven que los grandes artistas y escritores, además de eso, están expresando
profundos problemas de todos los seres humanos.
Y
no existe el reflejo de la realidad. El arte es producto de la totalidad del
ser humano, tanto de la parte racional como irracional. El hombre crea su
propia realidad, y se crea a sí mismo mediante la creación, tanto técnica como
artística. Y al hacerlo, crea la realidad artística, que es otra realidad, no
es el reflejo de lo que ve en el exterior.
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