LA EXISTENCIA DEL PAPA
(Pasquino y Marforio, las dos célebres
estatuas romanas, dialogan.)*
(*)La estatua de
Pasquino, que data de aproximadamente del S. III a. de C., fue usada desde la antigüedad para
colocar libelos contrarios al poder del Emperador, y lo mismo ocurrió a partir
del siglo XVI cuando se descubrió la
estatua de Marforio (siglo I. d. de C.), esta vez contra funcionarios
importantes del poder civil y del Vaticano. Los libelos de la estatua de
Marforio replicaban a los de la de Pasquino. Por eso se las llama “estatuas
parlantes”. Cuando en el siglo XVII el Papa decidió trasladar la estatua de
Marforio al Palazzo dei Conservatori (sede de las
autoridades electivas de Roma), el pueblo romano continuó utilizando otras
estatuas, no tan famosas como la de Marforio.
MARFORIO: –¿Qué noticias hay?
PASQUINO: –El fin del mundo está cerca; lo veo en ciertos signos:
los caminos ya no llevan a Roma, sino que parten de ella.
MARFORIO: –¿Quiere usted decir que S. M. Victor Manuel parte de Roma para ir a París? Me pregunto si la cortesía parisiense dará al original la acogida que niega a su imagen. En una palabra, si, en ocasión de su visita, dará curso legal a las piezas de moneda que llevan su imagen y que se ha obstinado en rechazar.
PASQUINO: –No todas. En cuanto al rey, circulará libremente, por
montes y valles, más allá de los montes y más allá de los valles y por
ferrocarril y en coche; libremente, es decir, en medio de los bravos y las
avalanchas de una multitud gritona, encerrado en un vehículo rodeado de
policías. Un rey es siempre una buena pieza.
MARFORIO: –No en su país. Pero usted no me ha comprendido,
Pasquino. Le preguntaba: ¿Qué noticias hay... importantes?
PASQUINO: –¿Qué noticias...? ¿de mi salud?
MARFORIO: –No pasquinee usted en estas dolorosas circunstancias
en que la Cristiandad está en juego. Su salud de usted es excelente, mi querido
colega de piedra. ¿Qué noticias hay, Pasquino, de la salud de Su Santidad?
PASQUINO: –Pero si ya le he contestado, Marforío: todos los
caminos parten de Roma, incluso el que lleva de Roma al cielo.
MARFORIO: –¿Qué quiere usted decir? ¿Ha muerto el Papa?
PASQUINO: –El Papa no ha muerto. Tiene muy buenas razonespara
ello.
MARFORIO: –¡El cielo sea loado! ¿Entonces Su Santidad está mejor?
PASQUINO: –¡Ah, no! No está mejor. También tiene muy buenas
razones para ello.
MARFORIO: –Es entonces que la enfermedad no se ha agravado y que
el estado del Santo padre es estacionario. ¡Penosa pero consoladora
incertidumbre!
PASQUINO: –Es lo que se llama la infalibilidad papal. Escúcheme
bien, Marforio, voy a confiarle a usted un secreto: el Papa no está ni muerto,
ni curado, ni enfermo, ni vivo.
MARFORIO: –¿Cómo?
PASQUINO: –Ninguna de esas cosas. No hay ningún Papa, nunca ha
habido el menor rastro del Papa León XIII.
MARFORIO: –Pero los diarios están llenos de relatos de personas
que han sido recibidas por él en audiencia y de detalles de su enfermedad.
PASQUINO. La vanidad humana es crédula. Y usted, Marforio, ¿lo ha visto?
MARFORIO: –Usted sabe muy bien que, como somos de piedra, los
desplazamientos nos resultan difíciles. No, por cierto, no he ido a ver al
Papa. Me movilizaré un día hasta el Vaticano si me cargan en una carroza, como
a un embajador, o si le ponen ruedas y un motor a mi pedestal. Pero que yo no
lo haya visto no es una razón para que el Papa no exista. Usted, Pasquino,
¿acaso ha visto a Dios?
PASQUINO: –Si lo hubiera visto desconfiaría. Sólo se muestra
aquello que no es seguro, para inspirar confianza. Esta es la verdad, Marforio;
el Cónclave, reunido a puertas cerradas...
MARFORIO: –Sí; el Cónclave es con clave.
PASQUINO: –... Eligió clandestinamente un papa..., el más viejo y
moribundo de los cardenales. Y de pronto, a continuación, ese viejo casi
difunto se puso a gozar de una extraordinaria longevidad...
MARFORIO: –Como si no hubiera hecho más que eso durante toda su
vida.
PASQUINO: –Precisamente, durante toda su vida no había tenido
ninguna aptitud para ese deporte y se lo eligió porque habría de morir en poco
tiempo. No hay ningún Papa vivo, Marforio: hay un hombre hábilmente embalsamado
o un autómata perfeccionado, irrompible e infalible...
MARFORIO: –No estaría mal que el poder espiritual no conservara
nada de temporal.
PASQUINO: –¡Hay sobre todo –medite
usted esto, Marforio– una tiara! Piense en los hechos recientes. La
Cristiandad la ha pagado exactamente...con el dinero de San Pedro.
MARFORIO: –Pero ¿y las punciones?
PASQUINO: –No le hacen punciones: ¡le dan cuerda!
MARFORIO: –¿Y esos frascos que trae el doctor Rossini?
PASQUINO: –Simple refresco para los reporteros sedientos.
MARFORIO: –¿Su Santidad no sería entonces más que una invención,
una noticia falsa creada por los periodistas?
PASQUINO: –Agregue usted: anticlericales.
EL
ATAÚD DE LA REINA VICTORIA
Nos felicitarnos de
no haber revelado, antes de que hubiera pasado todo Peligro, la terrorífica
noticia que va a leerse ahora. Hemos contribuido así a evitar un desastroso
pánico. Por poco Europa hubiera debido lamentar la muerte, causada por el más
inaudito de los atentados, de varios soberanos y una infinidad de oficiales
superiores, reunidos con motivo del entierro de la reina Victoria. La
catástrofe ha sido evitada gracias a la intrépida discreción de los organizadores
de los funerales.
Quizás el público no haya podido
comprender por qué el coche fúnebre era un carruaje de artillería, ni la razón
de las maniobras, deportivas pero extrañas, de los portadores del ataúd real ––cuyo peso estaba evaluado en trescientos kilos––, que "se entrenaron"
previamente con otro ataúd de quinientos kilos. Que ese público sepa hoy que
acaba de escapar a la más audaz de las tentativas de los anarquistas
londinenses: en el ataúd, actualmente empotrado en una bóveda para preservar su
eterna seguridad, ¡el cadáver de la Reina había sido sustituido por trescientos
kilos de dinamita! Si todo peligro quedó conjurado, se lo debemos a las
perfectas condiciones, metódicamente adquiridas, de los músculos de los
portadores. Pero inquiriremos tímidamente, ¿era realmente necesario que en el
ataúd de entrenamiento, ahora olvidado entre accesorios fuera de uso en algún
campo de fútbol o de golf, y aun aceptando la legítima excusa de que era
necesario completar rápidamente y con cualquier material el peso de quinientos
kilos, era necesario, insistimos, introducir en él justamente los
venerables restos de la Reina?


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