La mañana se presentó radiante, luminosa. El sol le daba brillo a
los campos y los mostraba en todo su esplendor. Los montes de altos eucaliptus,
que aparecían de tanto en tanto a orillas del camino, revelaban sus troncos
tornasolados.
Juan no podía evitar disfrutar del paisaje. Ver las copas de los árboles
que se mecían por el suave viento primaveral. El raudo vuelo de los pájaros que
se posaban en los alambrados o en los postes alineados en ambas orillas de la
ruta.
Pero la cinta asfáltica lo absorbía.
Atento, la vista siempre adelante; así lo enseñó
Fangio y a él le quedó bien grabado.
El tránsito era escaso. Algunos camiones debió pasar que con la mano
amiga o señas de luces, le indicaban ausencia de peligro.
A lo lejos divisó un estación de servicio. Allí estiraría un poco las piernas
y cargaría combustible.
Mientras tomaba un rico cafecito, en una pizarra leyó : ¡Hay milanesas!.
Al abonar el café, le pidió a la señorita que le prepara una en un pan y
la envolviera para llevar.
Después de despedirse amablemente colocó el paquete sobre el
asiento y entró nuevamente en la ruta.
Atento a las normas de tránsito, había hecho unos cuantos kilómetros,
cuando pensando en la milanesa se le abrió el apetito.
Para no perder tiempo sólo disminuyó la marcha; con la mano izquierda
sostuvo el volante, mientras que con la derecha, al tanteo, rompió el
envoltorio y extrajo la compra.
Decidió entonces detenerse a orillas de la ruta, para comerlo.
El primer mordisco le dio solamente pan; el segundo también y con el tercero
su asombro siguió en aumento.
Para volverse a reclamar, pensó que no le convenía por la distancia
recorrida. No tuvo más remedio que reír; pues solo era: ¡Un pan untado con
mayonesa!.
Recordó en ese momento el dicho: “Donde hay hambre no hay pan duro”.
Al llegar a su hogar, lo primero que le preguntó su esposa fue como le
había ido, y a continuación
—¿Comiste algo?.
—Si —le respondió—._Un sándwich de mayonesa.
Y le contó lo sucedido.
Ahora eran dos los que se reían.
Habrían transcurrido como dos años cuando, cuando transitando por la
misma ruta en compañía de un amigo, quiso el destino que se detuvieran en el
mismo lugar.
Cuando se acercó la señorita le pidieron dos sándwichs de milanesa. Juan,
que la reconoció inmediatamente, no pudo con su genio y agregó:
—¡No se olvide de poner la milanesa !.
La joven lo miró con grandes ojos de asombro y abriendo la boca lanzó
un:
—¡No me diga que usted es el señor que un día
se fue sin la milanesa!.
Como Juan asintiera con la cabeza sonriendo, ella le pidió mil
disculpas. Y le contó que en ese entonces al ingresar a la cocina se dieron
cuenta del error cometido, la envolvieron y salieron corriendo. Allí
estuvieron un buen rato a la espera del infortunado que nunca regresó.
—No se lamente —dijo el joven,
y agregó:—Está disculpada, a cualquiera le puede pasar
La joven respondió
—Gracias. Muchas
gracias— y continuó:
Por aceptar las disculpas,
Y tener cordialidad,
es un ser que facilita
la vida de sociedad.
MI ANÁLISIS DEL CUENTO
Los primeros párrafos distraen de la línea
argumental, uno espera que el conflicto pase por otro lado que altere el clima
bucólico.
El relato carece de interés, no logra
expresar la subjetividad del personaje. La falta de conflicto es total, todo
sucede sobre ruedas también en la actitud de los protagonistas, todo es como
debe ser, en un clima tan bucólico como el de la naturaleza, todo está bien. Y
para rematar ese clima de buena educación, respeto y tomarse todo con calma,
paz y amor, la responsable del error le dedica unos versitos de tono
moralizante, propios de la Liga Social Pro Comportamiento Humano. Ninguno de
los dos expresa ni preocupación, enojo ni vergüenza, todo sucede en un paraíso.
Parece escrito por la dueña del local, como esos cartelitos que con humor y
soberbia, tratan de educar en el respeto a los clientes o usuarios que reclaman
indignados.
Todo eso le quita interés al relato, aquí no
ha pasado nada. Aprendan, lectores. Sean buenas personas, tómense las cosas con
calma, serán felices y reconocidos, ganarán amigos en vez de enemigos. Eso sí,
“la verdad de la milanesa” es una frase que apunta más bien a una denuncia de una
cara que es ocultada intencionalmente, de una mentira. Aquí, todo se trató de
un error involuntario. Su aplicación en este cuento es errónea, y contribuye de
ese modo a crear una falsa expectativa en el lector.
Otro
aspecto importante a la hora de participar en un concurso: se debió incluir
puntos, comas y guiones correctamente
para facilitar su lectura. El lenguaje escrito puede incorporar al
lenguaje hablado, y tiene otros códigos que es necesario respetar. Por escrito
no oímos la voz del narrador y los protagonistas, con sus pausas e inflexiones
para facilitar la comprensión de lo que se narra.
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