I
DE VUELTA
Al llegar a mi casa, y precisamente en el momento de abrir la
puerta, me vi salir. Intrigado, decidí
seguirme.
Él-yo continuó sin mirarme ni dirigirme la palabra. Yo, en cambio, lo
seguí con atención. Pasamos por el centro de la ciudad, con los kioskos
exhibiendo los diarios con sus titulares, las casas de cambio con sus
cotizaciones, gente repartiendo volantes, altavoces de distintas
organizaciones políticas, religiosas, y publicidad comercial. En las vidrieras
de las casas de electrodomésticos, las pantallas de los televisores prendidos
en TN, C5N, Crónica y CNN. Como siempre, las tribus de intelectuales con su aspecto
característico de extraños en un mundo al que no pertenecen, cercanos a las
librerías que muestran libros de
filosofía, política, psicología, arte y cine.
“Él” atravesaba esa jungla de imágenes preestablecidas como si no
existieran, y continuaba su camino. Con indiferencia, pero sin gestos de
desdén.
Un poster me llamó la atención de un modo muy intenso; sentí que quería
comunicarse conmigo, con la gente. Era ese retrato de John Lennon, su cara
mirándonos a través de sus anteojos, y la frase famosa: “La vida es lo que
sucede mientras estamos muy ocupados en otras cosas”. Me quedó grabada, como si
por primera vez la hubiera empezado a entender, recorriendo los rincones de mi
mente.
De una casa de música, a contramano de los géneros moda, sonaban las
viejas versiones de Moris cantando “De nada sirve / escaparse de uno mismo…” y
“las máquinas fabrican frases para vivir / que todos repetimos sin nunca
descubrir /…Cuando mueres un instante / porque estás con ella al fin / cuando abrazas
a un amigo / están ciegos, son idiotas… o qué es lo que pasa aquí?!”
De repente, advertí que “Él” ya no estaba a mi lado, y no volví a
encontrarlo. Pero en lugar de extrañarlo, me sentí más yo mismo, despojado de
todo lo que ahora veía como una realidad muy ajena a mí. El bombardeo
continuaba, pero no significaba nada para mí.. Sentí que había recuperado mi
identidad.
Con paso sereno y seguro, volví a mi casa.
Abrí la puerta y entré. Sentí que nada de lo que había en ella me
resultaba ajeno, que ahí estaba mi yo en mi espacio cargado de nuestra energía
interior. El trabajo y las noticias, el collage de imágenes habían quedado
afuera.
Me acerqué a mi mujer, y la saludé con un abrazo y un beso que recibió
como el mejor regalo.
–Hola, mi amor…! Volviste…
Y en ese momento empezó para mí el nuevo día.
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