TRAVESÍAS
La nave avanza hacia ningún recuerdo
y hacia ningún olvido
La memoria es sólo la experiencia
que previene contra los peligros del oleaje
infinito,
su temor a las furias de los monstruos del mar,
a los fantasmas que habitan la embarcación
y a las pesadillas de los navegantes.
Durante la tempestad desaparecen
el espacio y el tiempo como en una batalla
donde sólo existe la acción desesperada,
la fuerza pura sin sueños ni distancias,
en un collage violento de emociones superpuestas.
No es el soplo de un dios
el que anima sus ojos,
sus nervios, su sangre, sus músculos y garras.
Respiran vientos de extrañas latitudes
que los sostienen y afirman
como a un solo cuerpo
Sólo cuando la calma vuelve
se perciben el cielo, el océano, el horizonte, el andar.
Ningún temor más grande, sin embargo
como la locura de las brújulas
que los lleve a un lugar y a un tiempo ignotos
y vaya erosionando su recuerdo
en la memoria de los que están en tierra
hasta convertirse en la nada del olvido.
Una vez arribado a su destino
los tripulantes suspiran aliviados
sin expresarlo en palabras ni gestos.
No hay nada más que hacer lo necesario para atracar
al muelle,
las amarras,
es el trabajo de siempre.
La llegada adelanta una nueva partida.
El capitán lo sabe, como sin darle importancia,
mientras fuma su pipa y espera.
Los marineros bajan y en la taberna,
entre el humo del tabaco y
el alcohol
hablarán a los gritos,
con la habitual dureza de sus palabras y
gestos.
Su mente silenciosa navegará por los océanos
de deseos ansiosos,
buscando la calidez de una mujer
para aferrarse a su cuerpo,
sentir que así se afirman en la tierra
como echando el ancla por un tiempo,
y luego sumergirse a soñar con otros mares.
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