miércoles, 7 de mayo de 2025

CONVERSACIONES EN MI BIBLIOTECA por Luis F. Gobea

 Al contrario de Vargas Llosa, que en el Bar “La Catedral” se reunía con otro sobreviviente del pasado para recuperar la memoria de su familia y su clase social, y preguntarse cuándo empezamos a estar jodidos, mi templo es mi biblioteca, donde la memoria me sirve para llenarme de energía vital, dialogando con mis antepasados a través de objetos que los simbolizan. Porque si los bares son espacios del pensamiento crítico, mi biblioteca me aporta emociones y razones de vivir. Porque la historia (social y familiar) ya la conozco…


Mi humilde biblioteca es algo más que un ambiente de la casa. Es el espacio donde me encuentro conmigo mismo, con mi yo más profundo. Necesito cada tanto refugiarme allí, frente a mis libros. En ellos están presentes las distintas etapas de mi vida, con sus vivencias y sueños, tristezas y alegrías, con la sutileza de los recuerdos y experiencias formativas que nutrieron, y aún nutren, mi vida actual. Revistas de historietas, libros de mis padres, novelas de aventuras, los autores de los años 50 en adelante, la bibliografía de la Facultad, manuales de historia, literatura y filosofía que usaba como docente, reproducciones de arte y fotografías. Ellos me ayudan, con su sola presencia, aun sin leerlos, a concentrarme en mis pensamientos, despojados de presiones externas, estableciendo una especie de diálogo telepático. Suelo ponerme a pensar sobre temas o aspectos que están presentes en ellos y en mis preocupaciones, y al leerlos encuentro los que ya estaban en mi mente.

Pero además de libros, hay algunos objetos, reliquias familiares, que suelen hacerme sentir que se comunican conmigo a la hora de las tormentas del alma y la toma de decisiones. Son la lámpara inactínica a mechero que usaba mi abuelo paterno para revelar fotografías en su cuarto oscuro; unos binoculares de bronce de mi abuelo materno, que lo usaba para observar los lotes de su chacra o advertir quiénes venían a lo lejos, y un reloj de péndulo de mis tíos.



La lámpara inactínica suele recordarme de dónde vengo, de las distintas dificultades que enfrentaron y superaron mis antepasados, de lo que pese a todo pudieron construir, de la conducta que mantuvieron siempre. Me alienta a seguir. Tiene un efecto casi mágico: mi imaginación vuela hacia el pasado, me permite ver como en un film una escena en la que soy partícipe de un modo muy vívido, introduciéndome en el cuarto oscuro, sintiendo la sensación de que en mi vida, también debo adentrarme suavemente en mi oscuridad, y positivar los negativos bajo la luz indicada. Luego, bajo una tenue luz de otro color, fijarlos, para que sigan presentes en la exposición de mi memoria, como las fotos tomadas por el abuelo entre 1911 y 1930, y que aún hoy parecen recién reveladas. Con la energía secreta del amor y la dedicación que permiten que el trabajo dé resultados perdurables, aun con el paso de las generaciones. Y por último, la sonrisa del abuelo cuando nos despedíamos de la visita a su casa, aconsejando a mi padre: “No te preocupes tanto…”.



A mi abuelo materno no lo conocí, salvo por unas fotos en las que siempre aparece sonriente (algo raro en la época), de pie en el campo o en el patio de la casa, con la vista dirigida a la distancia. Siento que me recuerda sin palabras, la importancia de siempre tener los pies sobre la tierra y saber mirar lejos… Y no perder el buen ánimo.



Mis tíos eran algo muy especial. No habían tenido hijos, y vivían a más de 500 kilómetros de mi pueblo, en el conurbano.  Tenían las vivencias del campo, su lugar de origen, y de la ciudad, su lugar de residencia y de trabajo. En su hogar convivían Martín Fierro en un estante y los discos de Aníbal Troilo en la mesita del wincofón, y desde el aparato mágico del televisor, Tato Bores me hacía saber que los gobiernos podían ser motivo de preocupación y amargas risas.  Además de conectarme con “el otro país”, me trataban con mucho cariño (mi tío era el gran amigo de mi viejo, y mi tía la hermana preferida de mi madre), y sabían orientarme sin darme consejos, al menos de un modo explícito. Me contaban anécdotas del pueblo, de mi familia, de hechos difíciles que se habían podido superar, enfrentándolos con madurez. A mí me fascinaba un viejo reloj de péndulo: en una campana de vidrio un mecanismo de brillante acero daba impulso a un ramillete de cuatro bolas que giraban de un lado a otro. Cuando fallecieron, otros sobrinos fueron a desocupar la casa de muebles y objetos, y me preguntaron si quería quedarme con algo. Yo no dudé en elegir el reloj.

El viejo reloj ya no anda, y nunca quise hacerlo arreglar. El tiempo de mis tíos ya se ha detenido, no corresponde resucitarlo. Pero puedo recordarlos con cariño al observarlo. Me hace bien traer a mi memoria el afecto que me brindaban. Y que cuando el reloj que lo mide funciona, el tiempo avanza a medida que la historia gira de un lado a otro… Se avanza para retroceder otro poco, y luego se vuelve a avanzar. Pero me lo dice serenamente, sin el aliento trágico de un tango discepoliano. 


El tiempo real, solar, que entra por las ventanas y el vidrio repartido de la puerta, también me dice que es hora de emerger. Abro la puerta, recuperada una cálida armonía interior, y encuentro el cielo despejado y sus astros, sin otro recorte que las copas de los árboles del predio de enfrente, sobre la vía muerta del ferrocarril. Respiro profundo y disfruto de estar vivo… y de poder disfrutarlo. Y empiezo a caminar, organizadamente, hacia algún rumbo.   

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MI PRODUCCIÓN LITERARIA (LFG)


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