Al contrario de Vargas Llosa, que en el Bar “La Catedral” se reunía con otro sobreviviente del pasado para recuperar la memoria de su familia y su clase social, y preguntarse cuándo empezamos a estar jodidos, mi templo es mi biblioteca, donde la memoria me sirve para llenarme de energía vital, dialogando con mis antepasados a través de objetos que los simbolizan. Porque si los bares son espacios del pensamiento crítico, mi biblioteca me aporta emociones y razones de vivir. Porque la historia (social y familiar) ya la conozco…
Mi humilde biblioteca
es algo más que un ambiente de la casa. Es el espacio donde me encuentro
conmigo mismo, con mi yo más profundo. Necesito cada tanto refugiarme allí,
frente a mis libros. En ellos están presentes las distintas etapas de mi vida,
con sus vivencias y sueños, tristezas y alegrías, con la sutileza de los
recuerdos y experiencias formativas que nutrieron, y aún nutren, mi vida
actual. Revistas de historietas, libros de mis padres, novelas de aventuras,
los autores de los años 50 en adelante, la bibliografía de la Facultad,
manuales de historia, literatura y filosofía que usaba como docente, reproducciones
de arte y fotografías. Ellos me ayudan, con su sola presencia, aun sin leerlos,
a concentrarme en mis pensamientos, despojados de presiones externas, estableciendo
una especie de diálogo telepático. Suelo ponerme a pensar sobre temas o
aspectos que están presentes en ellos y en mis preocupaciones, y al leerlos
encuentro los que ya estaban en mi mente.
Pero además de libros,
hay algunos objetos, reliquias familiares, que suelen hacerme sentir que se
comunican conmigo a la hora de las tormentas del alma y la toma de decisiones.
Son la lámpara inactínica a mechero que usaba mi abuelo paterno para revelar fotografías
en su cuarto oscuro; unos binoculares de bronce de mi abuelo materno, que lo
usaba para observar los lotes de su chacra o advertir quiénes venían a lo
lejos, y un reloj de péndulo de mis tíos.
La lámpara inactínica suele
recordarme de dónde vengo, de las distintas dificultades que enfrentaron y
superaron mis antepasados, de lo que pese a todo pudieron construir, de la
conducta que mantuvieron siempre. Me alienta a seguir. Tiene un efecto casi
mágico: mi imaginación vuela hacia el pasado, me permite ver como en un film
una escena en la que soy partícipe de un modo muy vívido, introduciéndome en el
cuarto oscuro, sintiendo la sensación de que en mi vida, también debo
adentrarme suavemente en mi oscuridad, y positivar los negativos bajo la luz
indicada. Luego, bajo una tenue luz de otro color, fijarlos, para que sigan
presentes en la exposición de mi memoria, como las fotos tomadas por el abuelo
entre 1911 y 1930, y que aún hoy parecen recién reveladas. Con la energía
secreta del amor y la dedicación que permiten que el trabajo dé resultados
perdurables, aun con el paso de las generaciones. Y por último, la sonrisa del
abuelo cuando nos despedíamos de la visita a su casa, aconsejando a mi padre:
“No te preocupes tanto…”.
A mi abuelo materno no
lo conocí, salvo por unas fotos en las que siempre aparece sonriente (algo raro
en la época), de pie en el campo o en el patio de la casa, con la vista
dirigida a la distancia. Siento que me recuerda sin palabras, la importancia de
siempre tener los pies sobre la tierra y saber mirar lejos… Y no perder el buen
ánimo.
Mis tíos eran algo muy
especial. No habían tenido hijos, y vivían a más de 500 kilómetros de mi
pueblo, en el conurbano. Tenían las
vivencias del campo, su lugar de origen, y de la ciudad, su lugar de residencia
y de trabajo. En su hogar convivían Martín Fierro en un estante y los discos de
Aníbal Troilo en la mesita del wincofón, y desde el aparato mágico del
televisor, Tato Bores me hacía saber que los gobiernos podían ser motivo de
preocupación y amargas risas. Además de
conectarme con “el otro país”, me trataban con mucho cariño (mi tío era el gran
amigo de mi viejo, y mi tía la hermana preferida de mi madre), y sabían
orientarme sin darme consejos, al menos de un modo explícito. Me contaban
anécdotas del pueblo, de mi familia, de hechos difíciles que se habían podido
superar, enfrentándolos con madurez. A mí me fascinaba un viejo reloj de
péndulo: en una campana de vidrio un mecanismo de brillante acero daba impulso
a un ramillete de cuatro bolas que giraban de un lado a otro. Cuando fallecieron,
otros sobrinos fueron a desocupar la casa de muebles y objetos, y me
preguntaron si quería quedarme con algo. Yo no dudé en elegir el reloj.
El viejo reloj ya no
anda, y nunca quise hacerlo arreglar. El tiempo de mis tíos ya se ha detenido,
no corresponde resucitarlo. Pero puedo recordarlos con cariño al observarlo. Me
hace bien traer a mi memoria el afecto que me brindaban. Y que cuando el reloj que lo
mide funciona, el tiempo avanza a medida que la historia gira de un lado a
otro… Se avanza para retroceder otro poco, y luego se vuelve a avanzar. Pero
me lo dice serenamente, sin el aliento trágico de un tango discepoliano.
El tiempo real,
solar, que entra por las ventanas y el vidrio repartido de la puerta, también
me dice que es hora de emerger. Abro la puerta, recuperada una cálida armonía
interior, y encuentro el cielo despejado y sus astros, sin otro recorte que las
copas de los árboles del predio de enfrente, sobre la vía muerta del
ferrocarril. Respiro profundo y disfruto de estar vivo… y de poder disfrutarlo. Y
empiezo a caminar, organizadamente, hacia algún rumbo.



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