jueves, 30 de octubre de 2025

SOBRE LA VIDA, EL TIEMPO, LOS TRENES Y EL GOTÁN por Luis F. Gobea


   Paso por la esquina de la vieja confitería de mi barrio, en la avenida frente a la estación del ferrocarril, en la actualidad recuperada como Centro Cultural. Es inevitable que me invadan recuerdos entrañables, como fantasmas queridos. Al llegar a mi casa, aún no me han abandonado. Al sentarme a tomar un café frente al ventanal, se abre una puerta invisible que me transporta nuevamente allí, solo en la mesa, con mi café express, mirando la llegada del tren nocturno. Un viejo almanaque futbolero marca un año indefinido de la década del setenta. El antiguo reloj de péndulo señala con  sus agujas una extraña hora sin tiempo. Absorto en el tren, siento que entro a la estación. Interiormente oigo la voz del maquinista que canta, en un idioma que no se parece a ninguna lengua conocida, pero como telepáticamente, siento que dice algo así como:  “la vida es como un tren que atraviesa  distancias y paisajes, transportando historias a lo largo del tiempo. A veces avanza rápido por llanuras despejadas, otras más lentamente, como también supera los obstáculos de la montaña, y pasa sobre abismos que dan  vértigo a alturas que provocan una mezcla de pánico y seguridad. Más de un ateo reza en esos momentos que parecen eternos, toda una vida atraviesa la mente mientras se lo cruza. Y hasta se puede descarrilar, por esos desatinos que algunos llaman destino.”

   El tren parte, pero no hacia la localidad vecina, sino quién sabe adónde. Suena una canción que escuchaba a mis veinte años: de aquí a dónde iré, qué tren pasará mañana…

   Y con  la bocanada de la chimenea y el último pitar de la  locomotora, vuelvo al bar, donde ha comenzado un espectáculo de bailarines de tango. El varón sobrio, la mujer muestra la sensualidad de sus piernas, el gesto altivo y altanero, la rosa en la sien. El llanto tanguero cuenta la historia de amor desencontrado. La mujer de la rosa me mira desafiante y entreabre los labios. Cuando me acerco, los cierra, se transforma en  un pulpo que me abraza con tentáculos de rosas, hiriéndome con sus espinas; luego me arroja en una ciénaga y se va, dejándome el aroma de sus pétalos, más perdurables que las heridas, hundiéndome en la oscuridad.

   El cantor, ahora con la voz de mi viejo, me dice suavemente: Tomá el bondi…  

   El colectivo es una nube que se detiene en el pantano. En el frente indica el recorrido: NOCHE AL DÍA.

   Subo y la luna me abraza, me contiene. Me sumerjo en ella, amándola como quien se aferra a la vida.

   Ya fuera de la ciénaga, vuelvo a encontrarme en la mesa del bar, empapado de luna, chorreando barro y sangre.

   El gato de la casa, cómodo en su territorio, ahora que ya no hay público en el local, se sienta en una silla de mi mesa. Me observa, como queriendo acompañarme y comunicarse conmigo.  Con cara y voz de Gardel, me dice:

   Perdiste…Pero no es cuestión de suerte. Te perdió la ansiedad y te entregaste fácil… y después de una pausa, continúa: Observá la pareja de bailarines… El hombre tiene aspecto de conocer el juego. Parece conducirla, pero cuando avanza, la mujer cruza la pierna y lo esquiva, luciéndose con sus figuras. Él la lleva para que ella se destaque. Sólo al final se entrega, si él ha sabido tomarla y llevarla bien, sin dejarse llevar por la ansiedad. Pensalo…

   Veo que el pulpo ha recuperado su cuerpo de mujer, y sus ojos me miran y esquivan a la vez. 

    Pierdo noción del tiempo y del espacio. No temo al tren que cruza el abismo. Ni a la ciénaga, ni a los tentáculos del pulpo y sus espinas. Tu tiempo es hoy, me dice el reloj.

    Me dejo envolver por la melodía sentimental y vibrante, que conduce mis pasos. Seguro y sin jugarme la vida en la primera mano, me acerco y le susurro:

    ¿Bailamos?

    

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MI PRODUCCIÓN LITERARIA (LFG)


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