LA
BATALLA
Esto sucedió en mayo del año 2021, aseguran.
No se hace referencia al lugar, aunque dan por hecho que el poblado está ubicado entre otras dos pequeñas localidades, Chaves y Barra, en Argentina.
Vicente Salvador se levantaba de madrugada; por su profesión, panadero,
era de los primeros en comenzar su jornada de trabajo en el pueblo. Recién empezaba
a ordenar las bandejas que utilizaría cuando creyó escuchar una especie de
zumbido; cada vez se hacía más fuerte y se parecía más a un rugido. Pensó que
algo estarían haciendo en la estación de servicio de enfrente, pero como sabía
que faltaban tres horas para que abrieran al público decidió salir a la vereda
a constatar. En la esquina ya estaban tratando de averiguar lo mismo que él sus
dos colegas: José Víctor y Francisco Agustín, sendos propietarios de las otras
dos panaderías existentes en el pueblo.
–El ruido parece venir de abajo- dijo uno de ellos–. De abajo de la
tierra.
–¿Y sienten el olor? –Un hedor nauseabundo había comenzado a inundar el
aire.
De pronto, un crujido seco y ensordecedor los dejó sin habla, más al ver
qué lo había provocado: el pavimento de la avenida principal dejaba ver una
grieta que al principio fue angosta, pero que en segundos se convirtió en una
canaleta descomunal, no sólo por su ancho, sino también por su extensión, ya
que hacia un lado había cortado en dos a la antigua estación del ferrocarril, y
hacia el otro, hasta donde les daba la vista, seguía la raja en forma
zigzagueante. Por ella comenzó a filtrarse una mortecina luz rojiza y un vapor
de un olor indescriptible.
No se habían dado cuenta, pero al menos otras cien personas habían
llegado y estaban presenciando aquel extraño fenómeno; y aunque el sentido
común aconsejaba una huida estrepitosa, nadie se movía del lugar. Todos tenían
la mirada clavada en la grieta. Sabían que algo más estaba a punto de suceder; y
no se vieron defraudados. El primer ser que apareció a través de la bruma provocó
un gesto unánime en la multitud: los ojos desorbitados y la mandíbula inferior
abandonada a su suerte.
El visitante no parecía ver a nadie. Sólo olfateaba el aire. Sus ojos
eran negros por completo, como si fueran sólo pupilas. De orejas puntiagudas y
rostro felino; su cuerpo alto y musculoso, sin vestigios de pelambre, ostentaba
un color cobre opaco. Tanto sus pies como sus manos enormes eran garras de
pesadilla. Los espectadores apenas respiraban ante semejante visión. E
inmediatamente comenzaron a aparecer más de esos engendros; todos exactamente
iguales, con absoluto sigilo se iban ubicando al borde de ese abismo infernal,
como si hicieran guardia. Eran cientos; o miles, porque nadie sabía hasta donde
se extendía la fisura.
Durante una hora todo fue silencio; nadie hablaba; nadie se movía. Para
ese entonces, hombres, mujeres, niños, ancianos, sanos y enfermos, creyentes y
ateos, todo el pueblo estaba ahí, siendo testigos de este hecho extraordinario
y misterioso.
Primero fue un leve rumor; después el ruido se fue acrecentando hasta
convertirse en algo insoportable; parecía una avalancha; o una estampida de
animales salvajes. Cuando el suelo comenzó a temblar violentamente y algunos
hasta pensaron en correr, de pronto, súbitamente como había comenzado, el ruido
cesó. Los guardias de la grieta se postraron en un gesto de sumisión.
Entonces hizo su aparición un ente inimaginable. De aspecto similar a
los demás, pero de un tamaño colosal; lucía dos protuberancias en su cabeza,
como cuernos, además de una cola que se movía nerviosamente. En su mano derecha
sostenía una espada fabulosa que, claramente, se encontraba al rojo vivo.
Él sí pareció notar la presencia de la gente. Les ofrendó una lánguida
mirada de sus ojos de fuego y una especie de sonrisa maliciosa dejó ver sus
afilados dientes de marfil. Todos estaban paralizados por el miedo.
–Es Lucifer, el primer ángel caído –dijo Mercedes, experta en asuntos de
fe y que, a pesar de sus temores, se encontraba en la primera fila de curiosos.
Inmediatamente decenas, centenares, miles de seguidores de ese líder
comenzaron a emerger de la “grieta del infierno”, como ya le llamaba la gente.
De aspecto similar al de Lucifer, pero la mitad de su tamaño, iban armados con
hachas de piedra y puñales de huesos.
El ángel caído giró para enfrentar a sus huestes. Les habló en un idioma
ininteligible. Cuando levantó su espada dando por terminada la arenga, miles y miles de hachas y puñales se alzaron
acompañados de gritos escalofriantes. Después, simplemente echaron a correr; y
a escalar, como si acometieran la ladera de una montaña, invisible para los
mortales; al cabo de unos minutos de continuo ascenso, el último integrante de
ese ejército dantesco desaparecía tras las nubes negras que, sin que nadie se diera
cuenta, se habían instalado sobre la aldea.
Todos parecían incapaces de emitir una palabra; el silencio lastimaba
los oídos; y tan absortos estaban mirando al cielo que no supieron cuándo la
grieta volvió a cerrarse, como si nunca hubiese existido.
–Ahora entiendo. Es hoy. Es la batalla final entre el bien y el mal. El
cielo y el averno. Nuestras almas están en juego –dijo de pronto en un grito Patricia
Alicia Leticia, otra militante en cuestiones de espiritualidad. Fue suficiente
para que todos recuperaran el habla; algunos organizaban cadenas de oración;
otros se tomaban de las manos; los de más allá lloraban sin consuelo; confiaban
en generar fuerzas positivas con sus rezos; algunos, los menos, le deseaban
suerte a Lucifer, aunque en secreto, porque parece que estaba mal visto.
Los parches de miles de tambores y la estridencia de trompetas
potentísimas que parecían llegar del infinito marcaron el comienzo de tres días
y tres noches de gritos que venían del cielo, ruidos metálicos, choques de
espadas, carruajes y cuerpos; los alaridos erizaban los cabellos.
Al amanecer del cuarto día, a través de las nubes oscuras que se
encontraban tan bajas que casi tocaban los techos, comenzaron a caer los
cuerpos. La gente tuvo que buscar refugio; caían uno tras otro, cuerpos sin
vida del ejército de Lucifer, pero también seres de una blancura infinita y
bellísimas alas. Cientos, miles, de ambos bandos.
Un cuerpo enorme cayó sobre un Nissan bordó que estaba estacionado, como era habitual, frente a la agencia de lotería. La cabeza se encontraba en una posición imposible, lo cual indicaba que estaba sin vida. Al darse cuenta que se trataba de Lucifer, la gente comenzó a dar gritos de júbilo. ¡El Padre Celestial ha triunfado!, ¡El bien se impuso sobre el mal!, ¡Aleluya, aleluya!, ¡Estamos salvados!, y otras cosas por el estilo, aunque algunos sospechan que tales expresiones de loca alegría solo obedecían a la vieja costumbre de subirse al carro del vencedor.
Unos metros más allá, sobre la esquina del banco local, las nubes se
apartaron para dar paso a un cuerpo que caía despaciosamente, como flotando,
hasta posarse delicadamente, de espaldas, sobre el pavimento. Era un anciano de
larguísimos cabellos blancos y barba del mismo color; irradiaba un aura de luz,
la cual, lentamente, se fue apagando hasta desaparecer. Era ÉL. Y estaba muerto.
La gente comenzó a caer de rodillas y a llorar en silencio. Otros,
disimuladamente, esbozaban pérfidas sonrisas.
El Padre Antonio, que había llegado al pueblo a dar una misa, estaba
desolado, cuando vio que uno de los seres alados que yacía en el piso aún se
movía y le hacía señas con su mano para que se acercara. Y así lo hizo. Se
agachó para poder escuchar lo que aquel luchador malherido quería expresarle.
–Padre, debe decirle a la gente…- susurró el ángel.
–¿Fue la batalla final entre Lucifer y Dios?- le preguntó el sacerdote.
–Nada de eso, Padre. Lucifer subió al cielo para formar una alianza con
Nuestro Señor.
–¿Una Alianza? No entiendo –dijo extrañado el religioso.
–Sí, Padre, una alianza para luchar contra algo tan terrible que no solo
aterrorizaba al cielo, también hacía temblar al Infierno. Debíamos enfrentarlo
juntos para intentar salvar al mundo y a la humanidad.
–¿Y qué pasó? –preguntó el cura con voz temblorosa.
–Lo siento, Padre. Hemos perdido.
FIN
NOTA: El argumento de este cuento es del
escritor mexicano Jorge Machado. El desafío, como ya lo han hecho muchos
escritores aficionados, es reescribirlo adaptándolo a su propia localidad, como
para espantar las pesadillas que les produjeron. Hoy he hecho lo propio.
Comentarios
Jorge nos adelanta que en su relato es posible reconocer la
influencia de Alejandro Dolina.
El antiguo tema de la lucha entre el bien y el mal, entre
Dios y el Lucifer, trasladado a los tiempos que corren, en los que ambos
parecen unirse, contra un enemigo común, conocido sólo por ellos, ya que en el
cuento los habitantes del pueblo se quedan sin saber cuál es, pero sí que
seguramente es terrible y (al menos en esta batalla) más poderoso que ambos. ¿O
sucederá que triunfó aprovechando la debilidad de una unión imposible, al menos
por el momento? (Digo esto recurriendo a mi experiencia en el laboratorio de la
vieja botica de mi padre: el agua y el aceite no se unen…, pero el secreto para
lograr la emulsión de óleo calcáreo echando en un recipiente aceite y agua de cal en proporciones iguales, consiste en agregarles unas gotitas de ácido oleico y se lo agite antes de
usar. Cuando está en estado de reposo, se vuelven a separar.) Para los
pobladores, que trabajamos todos los días “abajo”, nos queda observar los
hechos (la grieta, la batalla entre ambos ejércitos) como un espectáculo que no
terminamos de entender…salvo los resultados.
Esta grieta puede ser también una metáfora sobre el apocalipsis inesperado, imprevisto. Pero real. Imprevisto por nuestra ceguera para reconocer la realidad...
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