viernes, 23 de abril de 2021

"LA BATALLA" por Jorge Uriza

 

LA BATALLA

 

    Esto sucedió en mayo del año 2021, aseguran.

    No se hace referencia al lugar, aunque dan por hecho que el poblado está ubicado entre otras dos pequeñas localidades, Chaves y Barra, en Argentina.

   Vicente Salvador se levantaba de madrugada; por su profesión, panadero, era de los primeros en comenzar su jornada de trabajo en el pueblo. Recién empezaba a ordenar las bandejas que utilizaría cuando creyó escuchar una especie de zumbido; cada vez se hacía más fuerte y se parecía más a un rugido. Pensó que algo estarían haciendo en la estación de servicio de enfrente, pero como sabía que faltaban tres horas para que abrieran al público decidió salir a la vereda a constatar. En la esquina ya estaban tratando de averiguar lo mismo que él sus dos colegas: José Víctor y Francisco Agustín, sendos propietarios de las otras dos panaderías existentes en el pueblo.

    –El ruido parece venir de abajo- dijo uno de ellos–. De abajo de la tierra.

    –¿Y sienten el olor? –Un hedor nauseabundo había comenzado a inundar el aire.

   De pronto, un crujido seco y ensordecedor los dejó sin habla, más al ver qué lo había provocado: el pavimento de la avenida principal dejaba ver una grieta que al principio fue angosta, pero que en segundos se convirtió en una canaleta descomunal, no sólo por su ancho, sino también por su extensión, ya que hacia un lado había cortado en dos a la antigua estación del ferrocarril, y hacia el otro, hasta donde les daba la vista, seguía la raja en forma zigzagueante. Por ella comenzó a filtrarse una mortecina luz rojiza y un vapor de un olor indescriptible.

    No se habían dado cuenta, pero al menos otras cien personas habían llegado y estaban presenciando aquel extraño fenómeno; y aunque el sentido común aconsejaba una huida estrepitosa, nadie se movía del lugar. Todos tenían la mirada clavada en la grieta. Sabían que algo más estaba a punto de suceder; y no se vieron defraudados. El primer ser que apareció a través de la bruma provocó un gesto unánime en la multitud: los ojos desorbitados y la mandíbula inferior abandonada a su suerte.

    El visitante no parecía ver a nadie. Sólo olfateaba el aire. Sus ojos eran negros por completo, como si fueran sólo pupilas. De orejas puntiagudas y rostro felino; su cuerpo alto y musculoso, sin vestigios de pelambre, ostentaba un color cobre opaco. Tanto sus pies como sus manos enormes eran garras de pesadilla. Los espectadores apenas respiraban ante semejante visión. E inmediatamente comenzaron a aparecer más de esos engendros; todos exactamente iguales, con absoluto sigilo se iban ubicando al borde de ese abismo infernal, como si hicieran guardia. Eran cientos; o miles, porque nadie sabía hasta donde se extendía la fisura.

    Durante una hora todo fue silencio; nadie hablaba; nadie se movía. Para ese entonces, hombres, mujeres, niños, ancianos, sanos y enfermos, creyentes y ateos, todo el pueblo estaba ahí, siendo testigos de este hecho extraordinario y misterioso.

    Primero fue un leve rumor; después el ruido se fue acrecentando hasta convertirse en algo insoportable; parecía una avalancha; o una estampida de animales salvajes. Cuando el suelo comenzó a temblar violentamente y algunos hasta pensaron en correr, de pronto, súbitamente como había comenzado, el ruido cesó. Los guardias de la grieta se postraron en un gesto de sumisión.

 

    Entonces hizo su aparición un ente inimaginable. De aspecto similar a los demás, pero de un tamaño colosal; lucía dos protuberancias en su cabeza, como cuernos, además de una cola que se movía nerviosamente. En su mano derecha sostenía una espada fabulosa que, claramente, se encontraba al rojo vivo.

    Él sí pareció notar la presencia de la gente. Les ofrendó una lánguida mirada de sus ojos de fuego y una especie de sonrisa maliciosa dejó ver sus afilados dientes de marfil. Todos estaban paralizados por el miedo.

    –Es Lucifer, el primer ángel caído –dijo Mercedes, experta en asuntos de fe y que, a pesar de sus temores, se encontraba en la primera fila de curiosos.

    Inmediatamente decenas, centenares, miles de seguidores de ese líder comenzaron a emerger de la “grieta del infierno”, como ya le llamaba la gente. De aspecto similar al de Lucifer, pero la mitad de su tamaño, iban armados con hachas de piedra y puñales de huesos.

    El ángel caído giró para enfrentar a sus huestes. Les habló en un idioma ininteligible. Cuando levantó su espada dando por terminada la arenga,  miles y miles de hachas y puñales se alzaron acompañados de gritos escalofriantes. Después, simplemente echaron a correr; y a escalar, como si acometieran la ladera de una montaña, invisible para los mortales; al cabo de unos minutos de continuo ascenso, el último integrante de ese ejército dantesco desaparecía tras las nubes negras que, sin que nadie se diera cuenta, se habían instalado sobre la aldea.

    Todos parecían incapaces de emitir una palabra; el silencio lastimaba los oídos; y tan absortos estaban mirando al cielo que no supieron cuándo la grieta volvió a cerrarse, como si nunca hubiese existido.

    –Ahora entiendo. Es hoy. Es la batalla final entre el bien y el mal. El cielo y el averno. Nuestras almas están en juego –dijo de pronto en un grito Patricia Alicia Leticia, otra militante en cuestiones de espiritualidad. Fue suficiente para que todos recuperaran el habla; algunos organizaban cadenas de oración; otros se tomaban de las manos; los de más allá lloraban sin consuelo; confiaban en generar fuerzas positivas con sus rezos; algunos, los menos, le deseaban suerte a Lucifer, aunque en secreto, porque parece que estaba mal visto.

    Los parches de miles de tambores y la estridencia de trompetas potentísimas que parecían llegar del infinito marcaron el comienzo de tres días y tres noches de gritos que venían del cielo, ruidos metálicos, choques de espadas, carruajes y cuerpos; los alaridos erizaban los cabellos.

    Al amanecer del cuarto día, a través de las nubes oscuras que se encontraban tan bajas que casi tocaban los techos, comenzaron a caer los cuerpos. La gente tuvo que buscar refugio; caían uno tras otro, cuerpos sin vida del ejército de Lucifer, pero también seres de una blancura infinita y bellísimas alas. Cientos, miles, de ambos bandos.

    Un cuerpo enorme cayó sobre un Nissan bordó que estaba estacionado, como era habitual, frente a la agencia de lotería. La cabeza se encontraba en una posición imposible, lo cual indicaba que estaba sin vida. Al darse cuenta que se trataba de Lucifer, la gente comenzó a dar gritos de júbilo. ¡El Padre Celestial ha triunfado!, ¡El bien se impuso sobre el mal!, ¡Aleluya, aleluya!, ¡Estamos salvados!, y otras cosas por el estilo, aunque algunos sospechan que tales expresiones de loca alegría solo obedecían a la vieja costumbre de subirse al carro del vencedor.

    Unos metros más allá, sobre la esquina del banco local, las nubes se apartaron para dar paso a un cuerpo que caía despaciosamente, como flotando, hasta posarse delicadamente, de espaldas, sobre el pavimento. Era un anciano de larguísimos cabellos blancos y barba del mismo color; irradiaba un aura de luz, la cual, lentamente, se fue apagando hasta desaparecer. Era ÉL. Y estaba muerto. La gente comenzó a caer de rodillas y a llorar en silencio. Otros, disimuladamente, esbozaban pérfidas sonrisas.

    El Padre Antonio, que había llegado al pueblo a dar una misa, estaba desolado, cuando vio que uno de los seres alados que yacía en el piso aún se movía y le hacía señas con su mano para que se acercara. Y así lo hizo. Se agachó para poder escuchar lo que aquel luchador malherido quería expresarle.

    –Padre, debe decirle a la gente…- susurró el ángel.

   –¿Fue la batalla final entre Lucifer y Dios?- le preguntó el sacerdote.

    –Nada de eso, Padre. Lucifer subió al cielo para formar una alianza con Nuestro Señor.

    –¿Una Alianza? No entiendo –dijo extrañado el religioso.

    –Sí, Padre, una alianza para luchar contra algo tan terrible que no solo aterrorizaba al cielo, también hacía temblar al Infierno. Debíamos enfrentarlo juntos para intentar salvar al mundo y a la humanidad.

    –¿Y qué pasó? –preguntó el cura con voz temblorosa.

    –Lo siento, Padre. Hemos perdido.

 

FIN

 

NOTA: El argumento de este cuento es del escritor mexicano Jorge Machado. El desafío, como ya lo han hecho muchos escritores aficionados, es reescribirlo adaptándolo a su propia localidad, como para espantar las pesadillas que les produjeron. Hoy he hecho lo propio.


Comentarios

Jorge nos adelanta que en su relato es posible reconocer la influencia de Alejandro Dolina.

El antiguo tema de la lucha entre el bien y el mal, entre Dios y el Lucifer, trasladado a los tiempos que corren, en los que ambos parecen unirse, contra un enemigo común, conocido sólo por ellos, ya que en el cuento los habitantes del pueblo se quedan sin saber cuál es, pero sí que seguramente es terrible y (al menos en esta batalla) más poderoso que ambos. ¿O sucederá que triunfó aprovechando la debilidad de una unión imposible, al menos por el momento? (Digo esto recurriendo a mi experiencia en el laboratorio de la vieja botica de mi padre: el agua y el aceite no se unen…, pero el secreto para lograr la emulsión de óleo calcáreo echando en un recipiente aceite y agua de cal en proporciones iguales, consiste en agregarles unas gotitas de ácido oleico y se lo agite antes de usar. Cuando está en estado de reposo, se vuelven a separar.) Para los pobladores, que trabajamos todos los días “abajo”, nos queda observar los hechos (la grieta, la batalla entre ambos ejércitos) como un espectáculo que no terminamos de entender…salvo los resultados.

Esta grieta puede ser también una metáfora sobre el apocalipsis inesperado, imprevisto. Pero real. Imprevisto por nuestra ceguera para reconocer la realidad... 

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