martes, 3 de agosto de 2021

ALFRED JARRY. El progreso según la patafísica

 LOS NUEVOS TIMBRES

     Cuando se desea mantener correspondencia con allegados momentáneamente alejados, hay una superstición humana que consiste en arrojar en orificios ad hoc, análogos a las bocas de tormenta, la expresión escrita de la propia ternura, después de haber fomentado, por medio de algún donativo, el por lo demás funesto negocio del tabaco, adquiriendo en recompensa pequeñas imágenes, sin duda benditas, a las que se besa devotamente por detrás. No es este el lugar para criticar la incoherencia de esas maniobras; es indiscutible que, por este medio, es posible establecer comunicaciones a distancia.

     Esta costumbre es seguramente antigua, ya que esas figuritas los timbres, para llamarlos por su nombre son muy conocidas. Por esta razón nos sentimos desagradablemente sorprendidos cuando, hace pocos días, un vendedor de tabaco nos entregó, a cambio de nuestros quince céntimos de buen cobre, una efigie inédita, lo que nos sumió en la misma perplejidad que si nos hubiera dado una pieza falsa. De nada nos sirvió objetar ante el comerciante que su nuevo timbre de quince céntimos era poco agradable de ver y que no pensábamos que pudiera venderlo tanto como el anterior. En vano apelamos a su moralidad, ya que la viñeta representa una escena más bien lamentable: una dama ciega y con un brazo en cabestrillo, sentada en una silla de tijera, apiada a los transeúntes por medio de un cartel que promete al hombre todos los derechos sobre su persona; sobre su cabeza se balancea un farol con el número de su casa. El precio se eleva, para los extranjeros, hasta veinticinco céntimos, aunque la dama es siempre la misma.

     Los timbres de 40 y 50 céntimos y de un franco tienen el formato de una cubierta de álbum y están suntuosamente impresos a dos colores, pero no hemos podido adivinar cuál puede ser su uso. Se dice que hay viejos pródigos que pagan los ejemplares de lujo hasta dos y cuatro francos.

     Los timbres de 1, 2 y 5 céntimos nos parece que satisfacen todas las exigencias: su marco en forma de herradura de caballo alado los hace apropiados ora como marca para el herrero, ora como ex libris para el poeta, en el segundo caso a causa de Pegaso. No podemos menos que aconsejar encarecidamente el reemplazo, en toda ocasión, de los timbres de dos y cuatro francos por la cantidad que sea necesaria de estos otros.

Los contribuyentes, que mantienen a la policía para que persiga a los vendedores de cartas transparentes, compran y hacen circular este museo de horrores; los compran y ¡siendo tan simple escupir sobre ellos! los lamen.


ACCIDENTES DE FERROCARRIL 

     Por un curioso instinto atávico las multitudes experimentan todavía una inexplicable necesidad de esconderse en el interior de cosas cerradas y de aspecto agresivo, tal como lo hacía el hombre primitivo en las cavernas. El vestigio más fácil de estudiar de esta tendencia es la afluencia de viajeros a los vagones de ferrocarril. Desgraciadamente, esos extraños impulsivos son a menudo víctimas de su retorno a la barbarie la edad del hierro no significa un gran progreso sobre la de la piedra, y en el choque de trenes de esta quincena se extinguió un gran número de especímenes de esta clase de trogloditas. La civilización ambiente está demasiado desarrollada para permitir que se desarrollen en adelante muchos de esos locos o desesperados. ¿Pues no es acaso cosa de locos o de desesperados dejarse encerrar buenamente en jaulas rodantes, a merced de alguien que no tiene otra idea que la de arrastrarlos no se sabe adónde, a toda velocidad, sobre vías complicadas de ex profeso, de manera que se entrecruzan en la mayor cantidad posible de puntos? 


CINEGÉTICA DEL ÓMNIBUS

     De las diversas especies de fieras y paquidermos aún no extinguidos dentro del territorio parisiense, ninguna, sin duda, reserva más emociones y sorpresas al cazador que el ómnibus. Algunas compañías se han reservado el monopolio de su caza. A primera vista, uno no se explica su prosperidad: la piel del ómnibus, en efecto, no tiene ningún valor y su carne no es comestible.

      Existe gran cantidad de variedades de ómnibus, si se los distingue por el color; pero esas sólo son diferencias accidentales, debidas al hábitat y a la influencia del medio. Si el pelaje del "Batignoles-Clichy-Orden", por ejemplo, tiene un matiz que recuerda el del enorme rinoceronte blanco sudafricano, no habrá que buscar otra causa de ello que las migraciones periódicas del animal. Ese fenómeno de mimetismo no es más anormal que el que se manifiesta entre los cuadrúpedos de las regiones polares.

     Propondremos una clasificación más científica, en dos variedades cuya permanencia está bien reconocida: 1º) la que disimula sus rastros; 2º) la que deja una pista aparente. Las huellas de esta última se hallan extraordinariamente apretadas, como si hubieran sido producidas por una reptación, y son tan semejantes a la traza dejada por el paso de una rueda que pueden ser tomadas como tales. Los naturalistas discuten aún sobre si la primera variedad es la más antigua o si es que sólo ha retornado a una existencia más salvaje. Sea como sea, es indiscutible que la segunda variedad es la más estúpida, ya que ignora el arte de disimular sus rastros; pero y esto explicaría que aún no se haya extinguido totalmente es, según todas las apariencias, la más feroz, a juzgar por sus gritos, que hacen huir a los hombres ante su paso, presas de tumultuoso pánico, y que sólo es comparable al del pato o del ornitorrinco.

     Dada la gran facilidad con que es posible descubrir la pista del animal, facilidad decuplicada por su curiosa costumbre de volver a pasar siempre por el mismo camino en sus migraciones periódicas, la especie humana se ha ingeniado en atraparlo en trampas dispuestas en el recorrido. Con un sorprendente instinto, al llegar la pesada mole a un punto peligroso, da media vuelta y rehace su camino en sentido inverso, teniendo cuidado, esta vez, de confundir sus rastros haciéndolos coincidir con las precedentes trazas.

     Se han ensayado otros sistemas de trampas, especies de chozas dispuestas, a intervalos regulares, a lo largo de la ruta y bastante semejantes a las que sirven para la caza en los pantanos. Un grupo de intrépidos se oculta allí y acecha al animal. Las más de las veces éste lo espanta y se aleja, no sin expresar su furor por medio de un fruncimiento de su piel posterior, azul como la de ciertos monos y fosforescente por la noche; esa mueca imita muy bien, en arrugas blancas, el grafismo de la palabra "completo".

     Sin embargo, algunos especímenes de la especie se han dejado domesticar: obedecen con suficiente docilidad a su domador, que los hace adelantarse o retroceder tirándoles de la cola. Este apéndice difiere un poco del de los elefantes. La Sociedad Protectora de Animales    ha obtenido de la misma manera que en el Tibet se deposita la adiposa cola de ciertos carneros sobre un carrito que la del ómníbus sea protegida por una empuñadura de madera.

     Esta medida compasiva es bastante desconsiderada, pues los individuos salvajes devoran a los hombres atrayéndolos con una fascinación semejante a la de la serpiente.

       Como consecuencia de una complicada adaptación de su aparato digestivo excretan a sus víctimas todavía vivas, después de haber asimilado las partículas de cobre que hubieran podido extraerles. Una prueba de su buena digestión es que la absorción en la superficie la epidermis dorsal es exactamente la mitad de la absorción en el interior.

     Conviene quizás relacionar con este fenómeno la especie de alegre pedorrea que precede invariablemente a sus comidas.

     Algunos viven en una extraña simbiosis con el caballo, que parece ser para ellos un peligroso parásito: su presencia está caracterizada, en efecto, por una rápida disminución de las fuerzas motrices, que son por el contrario muy notables en los individuos sanos. 

     Nada se sabe de sus amores ni de la manera de reproducirse.

     La ley francesa parece considerar a esas grandes fieras como nocivas, pues no veda su caza en ningún período del año.

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