LOS NUEVOS TIMBRES
Cuando se desea mantener correspondencia
con allegados momentáneamente alejados, hay una superstición humana que
consiste en arrojar en orificios ad hoc, análogos a las bocas de
tormenta, la expresión escrita de la propia ternura, después de haber
fomentado, por medio de algún donativo, el por lo demás funesto negocio del
tabaco, adquiriendo en recompensa pequeñas imágenes, sin duda benditas, a las
que se besa devotamente por detrás. No es este el lugar para criticar la
incoherencia de esas maniobras; es indiscutible que, por este medio, es posible
establecer comunicaciones a distancia.
Esta costumbre es seguramente antigua, ya
que esas figuritas –los timbres, para llamarlos por su nombre– son muy conocidas. Por esta razón nos sentimos
desagradablemente sorprendidos cuando, hace pocos días, un vendedor de tabaco
nos entregó, a cambio de nuestros quince céntimos de buen cobre, una efigie
inédita, lo que nos sumió en la misma perplejidad que si nos hubiera dado una
pieza falsa. De nada nos sirvió objetar ante el comerciante que su nuevo timbre
de quince céntimos era poco agradable de ver y que no pensábamos que pudiera
venderlo tanto como el anterior. En vano apelamos a su moralidad, ya que la
viñeta representa una escena más bien lamentable: una dama ciega y con un brazo
en cabestrillo, sentada en una silla de tijera, apiada a los transeúntes por
medio de un cartel que promete al hombre todos los derechos sobre su persona;
sobre su cabeza se balancea un farol con el número de su casa. El precio se
eleva, para los extranjeros, hasta veinticinco céntimos, aunque la dama es
siempre la misma.
Los timbres de 40 y 50 céntimos y de un
franco tienen el formato de una cubierta de álbum y están suntuosamente
impresos a dos colores, pero no hemos podido adivinar cuál puede ser su uso. Se
dice que hay viejos pródigos que pagan los ejemplares de lujo hasta dos y
cuatro francos.
Los timbres de 1, 2 y 5 céntimos nos
parece que satisfacen todas las exigencias: su marco en forma de herradura de
caballo alado los hace apropiados ora como marca para el herrero, ora como ex
libris para el poeta, en el segundo caso a causa de Pegaso. No podemos
menos que aconsejar encarecidamente el reemplazo, en toda ocasión, de los
timbres de dos y cuatro francos por la cantidad que sea necesaria de estos
otros.
Los contribuyentes,
que mantienen a la policía para que persiga a los vendedores de cartas
transparentes, compran y hacen circular este museo de horrores; los compran y –¡siendo tan simple escupir sobre ellos!– los lamen.
ACCIDENTES DE FERROCARRIL
Por un curioso instinto atávico las
multitudes experimentan todavía una inexplicable necesidad de esconderse en el
interior de cosas cerradas y de aspecto agresivo, tal como lo hacía el hombre
primitivo en las cavernas. El vestigio más fácil de estudiar de esta tendencia
es la afluencia de viajeros a los vagones de ferrocarril. Desgraciadamente,
esos extraños impulsivos son a menudo víctimas de su retorno a la barbarie –la
edad del hierro no significa un gran progreso sobre la de la piedra–, y en el
choque de trenes de esta quincena se extinguió un gran número de especímenes de
esta clase de trogloditas. La civilización ambiente está demasiado desarrollada
para permitir que se desarrollen en adelante muchos de esos locos o desesperados.
¿Pues no es acaso cosa de locos o de desesperados dejarse encerrar buenamente
en jaulas rodantes, a merced de alguien que no tiene otra idea que la de
arrastrarlos no se sabe adónde, a toda velocidad, sobre vías complicadas de ex
profeso, de manera que se entrecruzan en la mayor cantidad posible de puntos?
CINEGÉTICA DEL ÓMNIBUS
De las diversas especies de fieras y
paquidermos aún no extinguidos dentro del territorio parisiense, ninguna, sin
duda, reserva más emociones y sorpresas al cazador que el ómnibus. Algunas
compañías se han reservado el monopolio de su caza. A primera vista, uno no se
explica su prosperidad: la piel del ómnibus, en efecto, no tiene ningún valor y
su carne no es comestible.
Existe gran cantidad de variedades de
ómnibus, si se los distingue por el color; pero esas sólo son diferencias
accidentales, debidas al hábitat y a la influencia del medio. Si el pelaje del
"Batignoles-Clichy-Orden", por ejemplo, tiene un matiz que recuerda
el del enorme rinoceronte blanco sudafricano, no habrá que buscar otra causa de
ello que las migraciones periódicas del animal. Ese fenómeno de mimetismo no es
más anormal que el que se manifiesta entre los cuadrúpedos de las regiones
polares.
Propondremos una clasificación más
científica, en dos variedades cuya permanencia está bien reconocida: 1º) la que
disimula sus rastros; 2º) la que deja una pista aparente. Las huellas de esta
última se hallan extraordinariamente apretadas, como si hubieran sido
producidas por una reptación, y son tan semejantes a la traza dejada por el
paso de una rueda que pueden ser tomadas como tales. Los naturalistas discuten
aún sobre si la primera variedad es la más antigua o si es que sólo ha
retornado a una existencia más salvaje. Sea como sea, es indiscutible que la
segunda variedad es la más estúpida, ya que ignora el arte de disimular sus
rastros; pero ––y esto explicaría que aún no se haya extinguido totalmente–– es,
según todas las apariencias, la más feroz, a juzgar por sus gritos, que hacen
huir a los hombres ante su paso, presas de tumultuoso pánico, y que sólo es
comparable al del pato o del ornitorrinco.
Dada la gran facilidad con que es posible descubrir la pista del animal, facilidad decuplicada por su curiosa costumbre de volver a pasar siempre por el mismo camino en sus migraciones periódicas, la especie humana se ha ingeniado en atraparlo en trampas dispuestas en el recorrido. Con un sorprendente instinto, al llegar la pesada mole a un punto peligroso, da media vuelta y rehace su camino en sentido inverso, teniendo cuidado, esta vez, de confundir sus rastros haciéndolos coincidir con las precedentes trazas.
Se han ensayado otros sistemas de trampas,
especies de chozas dispuestas, a intervalos regulares, a lo largo de la ruta y
bastante semejantes a las que sirven para la caza en los pantanos. Un grupo de
intrépidos se oculta allí y acecha al animal. Las más de las veces éste lo
espanta y se aleja, no sin expresar su furor por medio de un fruncimiento de su
piel posterior, azul como la de ciertos monos y fosforescente por la noche; esa
mueca imita muy bien, en arrugas blancas, el grafismo de la palabra
"completo".
Sin embargo, algunos especímenes de la
especie se han dejado domesticar: obedecen con suficiente docilidad a su
domador, que los hace adelantarse o retroceder tirándoles de la cola. Este
apéndice difiere un poco del de los elefantes. La Sociedad Protectora de
Animales ha obtenido ––de la misma manera que en el Tibet se
deposita la adiposa cola de ciertos carneros sobre un carrito–– que la del
ómníbus sea protegida por una empuñadura de madera.
Esta medida compasiva es bastante
desconsiderada, pues los individuos salvajes devoran a los hombres atrayéndolos
con una fascinación semejante a la de la serpiente.
Como consecuencia de
una complicada adaptación de su aparato digestivo excretan a sus víctimas
todavía vivas, después de haber asimilado las partículas de cobre que hubieran
podido extraerles. Una prueba de su buena digestión es que la absorción en la
superficie ––la epidermis dorsal–– es exactamente la mitad de la absorción en el
interior.
Conviene quizás relacionar con este
fenómeno la especie de alegre pedorrea que precede invariablemente a sus
comidas.
Algunos viven en una extraña simbiosis con
el caballo, que parece ser para ellos un peligroso parásito: su presencia está
caracterizada, en efecto, por una rápida disminución de las fuerzas motrices,
que son por el contrario muy notables en los individuos sanos.
Nada se sabe de sus amores ni de la manera
de reproducirse.
La ley francesa parece considerar a esas
grandes fieras como nocivas, pues no veda su caza en ningún período del año.
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