Los sueldos, los alimentos y las armas para los soldados llegan…
¿pero a dónde?
Martín Fierro
A
naides le dieron armas,
Pues
toditas las que había
El
Coronel las tenía,
Sigun
dijo esa ocasión,
Pa
repartirlas el día
En
que hubiera una invasión.
A
veces decía al volver
Del
campo la descubierta
Que
estuviéramos alerta,
Que
andaba adentro la indiada,
Porque
había una rastrillada
O
estaba una yegua muerta.
Recién
entonces salía
La
orden de hacer la riunión,
Y
cáibamos al cantón
En
pelos y hasta enancaos,
Sin
armas, cuatro pelaos
Que
íbamos a hacer jabón.
Daban
entonces las armas
Pa
defender los cantones,
Que
eran lanzas y latones
Con
ataduras de tiento...
Las
de juego no las cuento
Porque
no había municiones.
Y un
sargento chamuscao
Me
contó que las tenían
Pero
que ellos la vendían
Para
cazar avestruces;
Y
así andaban noche y día
Déle
bala a los ñanduses.
Y
cuando se iban los indios
Con
lo que habían manotiao,
Salíamos
muy apuraos
A
perseguirlos de atrás;
Si no se llevaban más
Es porque no habían hallao.
Del
sueldo nada les cuento,
Porque
andaba disparando;
Nosotros
de cuando en cuando
Solíamos
ladrar de pobres:
Nunca
llegaban los cobres
Que
se estaban aguardando.
Y
andábamos de mugrientos
Que
el mirarnos daba horror;
Les
juro que era un dolor
Ver
esos hombres, ¡por Cristo!
En
mi perra vida he visto
Una
miseria mayor.
Poncho,
jergas, el apero,
Las
prenditas, los botones,
Todo,
amigo, en los cantones
Jué
quedando poco a poco;
Ya
me tenían medio loco
La
pobreza y los ratones.
Y pa
mejor hasta el moro
Se
me jué de entre las manos;
No
soy lerdo... pero, hermano,
Vino
el Comendante un día
Diciendo
que lo quería
–Pa
enseñarle a comer grano.
Afigúrese
cualquiera
La
suerte de este su amigo,
A
pie y mostrando el umbligo,
Estropiao,
pobre y desnudo;
Ni
por castigo se pudo
Hacerse
más mal conmigo.
Ansí
pasaron los meses,
Y
vino el año siguiente,
Y
las cosas igualmente
Siguieron
del mesmo modo:
Adrede
parece todo
Pa
atormentar a la gente.
No
teníamos más permiso,
Ni
otro alivio la gauchada,
Que
salir de madrugada,
Cuando
no había indio ninguno,
Campo
ajuera a hacer boliadas
Desocando
los reyunos.
Y
cáibamos al cantón
Con
los fletes aplastaos,
Pero
a veces medio aviaos
Con
plumas y algunos cueros,
Que
pronto con el pulpero
Los
teníamos negociaos.
Era
un amigo del jefe
Que
con un boliche estaba;
Yerba
y tabaco nos daba
Por
la pluma de avestruz,
Y
hasta le hacía ver la luz
Al
que un cuero le llevaba.
Sólo
tenía cuatro frascos
Y
unas barricas vacías,
Y a
la gente le vendía
Todo
cuanto precisaba...
Algunos
creiban que estaba
Allí
la proveduría.
¡Ah,
pulpero habilidoso!
Nada
le solía faltar.
¡Ahijuna!,
para tragar
Tenía
un buche de ñandú;
La
gente le dió en llamar
–El
boliche de virtú.
Aunque
es justo que quien vende
Algún
poquitito muerda,
Tiraba
tanto la cuerda
Que,
con sus cuatro limetas
Él
cargaba las carretas
De
plumas, cueros y cerda.
Nos
tenía apuntaos a todos
Con
más cuentas que un rosario,
Cuando
se anunció un salario
Que
iban a dar, o un socorro;
Pero
sabe Dios qué zorro
Se
lo comió al Comisario;
Pues
nunca lo vi llegar,
Y al
cabo de muchos días
En
la mesma pulpería
Dieron
una güena cuenta,
Que
la gente muy contenta
De
tan pobre recibia.
Sacaron
unos sus prendas,
Que
las tenían empeñadas;
Por
sus deudas atrasadas
Dieron
otros el dinero;
Al
fin de fiesta el pulpero
Se
quedó con la mascada.
Yo
me arrescosté a un horcón
Dando
tiempo a que pagaran,
Y
poniendo güena cara
Estuve
haciéndome el poyo,
A
esperar que me llamaran
Para
recibir mi boyo.
Pero
ahi me puede quedar
Pegao
pa siempre al horcón,
Ya
era casi la oración
Y
ninguno me llamaba;
La
cosa se me ñublaba
Y me
dentró comezón.
Pa
sacarme el entripao
Vi
al Mayor, y lo fí a hablar;
Yo
me lo empecé a atracar,
Y
como con poca gana
Le
dije: –Tal vez mañana
Acabarán
de pagar.
–¡Qué
mañana ni otro día! –,
Al
punto me contestó:
–La
paga ya se acabó;
¡Siempre
has de ser animal!
– Me
rai y le dije: –Yo...
No
he recebido ni un rial.-
Se
le pusieron los ojos
Que
se le querían salir,
Y
ahi no más volvió a decir
Comiéndome
con la vista:
–Y
que querés recibir
Si
no has dentrao en la lista?
–Esto
sí que es amolar–,
Dije
yo pa mis adentros;
–Van
dos años que me encuentro
Y
hasta aura he visto ni un grullo;
Dentro
en todos los barullos
Pero en las listas no dentro.
Vide
el plaito mal parao
Y no
quise aguardar más...
Es
güeno vivir en paz
Con
quien nos ha de mandar;
Y
reculando pa atrás
Me
le empecé a retirar.
Y
todo era alborotar
Al
ñudo, y hacer papel;
Conocí
que era pastel
Pa
engordar con mi guayaca;
Más
si voy al Coronel
Me
hacen bramar en la estaca.
¡Ah,
hijos de una...!, la codicia
Ojalá
les ruempa el saco!
Ni
un pedazo de tabaco
Le
dan al pobre soldao,
Y lo
tienen, de delgao,
Más
ligero que un guanaco.
Aquello
no era servicio
Ni
defender la frontera;
Aquello
era ratonera
En
que sólo gana el juerte:
Era jugar a la suerte
Con una taba culera.
Allí
tuito va al revés;
Los
milicos son los piones,
Y
andan en las poblaciones
Emprestaos
pa trabajar;
Los
rejuntan pa peliar
Cundo
entran indios ladrones.
Yo
he visto en esa milonga
Muchos
Jefes con estancia,
Y
piones en abundancia,
Y
majadas y rodeos;
He
visto negocios feos
A
pesar de mi inorancia.
Y
colijo que no quieren
La
barunda componer;
Para
eso no ha de tener,
El
Jefe que esté de estable,
Más
que su poncho y su sable,
Su caballo y su deber.
Picardía
Siempre
el mesmo trabajar,
Siempre
el mesmo sacrificio,
Es
siempre el mesmo servicio,
Y el
mesmo nunca pagar.
Siempre
cubiertos de harapos,
Siempre
desnudos y pobres,
Nunca
le pagan un cobre
Ni
le dan jamás un trapo.
Sin
sueldo y sin uniforme
Lo
pasa uno aunque sucumba:
Confórmese
con la tumba;
Y si
no... no se conforme.
Pues
si usté se ensoberbece
O no
anda muy voluntario,
Le
aplican un novenario
De estacas...
que lo enloquecen.
Andan
como pordioseros
Sin
que un peso los alumbre,
Porque
han tomao la costumbre
De
deberle años enteros.
Siempre
hablan de lo que cuesta;
Que
allá se gasta un platal:
¡Pues
yo no he visto ni un rial
En
lo que duró la fiesta!
Es
servicio estrordinario
Bajo
el jusil y la vara,
Sin
que sepamos qué cara
Le
ha dao Dios al Comisario.
Pues
si va a hacer la revista
Se
vuelve como una bala:
Es
lo mesmo que luz mala
Para
perderse de vista;
Y de
yapa cuando va,
Todo
parece estudiao:
Van
con meses atrasaos
De
gente que ya no está;
Pues
si adrede que lo hagan,
Podrán
hacerlo mejor:
Cuando
cai, cai con la paga
Del
contingente anterior;
Porque
son como sentencia
Para
buscar al ausente,
Y el
pobre que está presente
Que
perezca en la endigencia;
Hasta
que, tanto aguantar
El
rigor con que lo tratan
O se
resierta, o lo matan,
O lo
largan sin pagar.
De
ese modo es el pastel,
Porque
el gaucho –ya es un hecho–
No
tiene ningún derecho,
Ni
naides vuelve por él.
¡La
gente vive marchita!
Si
viera cuando echan tropa:
Les
vuela a todos la ropa
Que
parecen banderitas.
De
todos modos lo cargan,
Y al
cabo de tanto andar,
Cuando
lo largan, lo largan
Como
pa echarse a la mar.
Si
alguna prenda le han dao
Se
la vuelven a quitar:
Poncho,
caballo, recao,
Todo
tiene que dejar.
Y
esos pobres infelices,
Al
volver a su destino,
Salen
como unos Longinos
Sin
tener con que cubrirse.
A mí
me daba congojas
El
mirarlos de ese modo,
Pues
el más aviao de todos
Es
un perejil sin hojas.
Aura
poco ha sucedido,
Con
un invierno tan crudo,
Largarlos
a pie y desnudos
Pa
volver a su partido.
Y
tan duro es lo que pasa
Que,
en aquella situación,
Les
niegan un mancarrón
Para
volver a su casa.
¡Lo
tratan como a un infiel!
Completan
su sacrificio
No
dándole ni un papel
Que
acredite su servicio.
Y
tiene que regresar
Más
pobre de lo que jué;
Por
supuesto, a la mercé
Del
que lo quiere agarrar.
Y no
averigüe después
De
los bienes que dejó:
De
hambre, su mujer vendió
por
dos lo que vale diez.
Y
como están convenidos
A
jugarle manganeta,
A
reclamar no se meta,
Porque
ése es tiempo perdido.
De
entonces en adelante
Algo
logré mejorar,
Pues
supe hacerme lugar
Al
lado del ayudante.
El
se daba muchos aires:
Pasaba
siempre leyendo;
Decían
que estaba aprendiendo
Pa
recebirse de flaire.
Aunque
lo pifiaban tanto,
Jamás
lo vi dijustao;
Tenía
los ojos paraos
Como
los ojos de un santo.
Muy
delicao, dormía en cuja;
Y no
sé por qué sería,
La
gente lo aborrecía
Y le
llamaban La Bruja.
Jamás
hizo otro servicio
Ni
tuvo más comisiones
Que
recebir las raciones
De
víveres y de vicios.
Yo
me pasé a su jogón
Al
punto que me sacó,
Y ya
con el me llevó
A
cumplir su comisión.
Estos
diablos de milicos
De
todo sacan partido:
Cuando
nos vían riunidos
Se
limpiaban los hocicos.
Y
decían en los jogones
Como
por chocarrería:
"Con
la Bruja y Picardía
Van
a andar bien las raciones."
A mí
no me jué tan mal,
Pues
mi oficial se arreglaba;
Les
diré lo que pasaba
Sobre
este particuIar.
Decían
que estaban de acuerdo
La
Bruja y el provedor,
Y
que recebía lo pior;
Puede
ser, pues no era lerdo.
Que
a más en la cantidá
Pegaba
otro dentellón,
Y
que por cada ración
Le
entregaban la mitá;
Y
que esto lo hacía del modo
Como
lo hace un hombre vivo:
Firmando
luego el recibo,
Ya
se sabe, por el todo.
Pero
esas murmuraciones
No
faltan en campamento.
Déjenme
seguir mi cuento,
O
historia de las raciones.
La
Bruja las recebía,
Como
se ha dicho, a su modo;
Las
cargábamos, y todo
Se
entriega en la Mayoría.
Sacan
allí en abundancia
Lo
que les toca sacar,
Y es
justo que han de dejar
Otro
tanto de ganancia.
Van
luego a la compañía;
Las
recibe el Comendante,
El
que, de un modo abundante,
Sacaba
cuanto quería.
Ansí
la cosa liviana
Va
mermada, por supuesto;
Luego
se le entrega el resto
Al oficial
de semana.
Araña,
quien te arañó?
Otra
araña como yo.
Este
le pasa al sargento
Aquello
tan reducido,
Y,
como hombre prevenido,
Saca
siempre con aumento.
Esta
relación no acabo
Si
otra menudencia ensarto,
El
sargento llama al cabo
Para
encargarle el reparto.
Él
también saca primero
Y no
se sabe turbar:
Naides
le va a aviriguar
Si
ha sacado más o menos.
Y
sufren tanto bocao
Y
hacen tantas estaciones,
Que
ya casi no hay raciones
Cuando
llegan al soldao.
¡Todo
es como pan bendito!
Y sucede
de ordinario
Tener
que juntarse varios
Para
hacer un pucherito.
Dicen que las cosas van
Con
arreglo a la ordenanza.
¡Puede
ser! pero no alcanzan;
¡Tan
poquito es lo que dan!
Algunas
veces, yo pienso,
Y es
muy justo que lo diga,
Sólo
llegaban las migas
Que
habían quedao en los lienzos.
Y
esplican aquel infierno
En
que uno está medio loco
Diciendo
que dan tan poco
Porque
no paga el Gobierno.
Pero
eso yo no lo entiendo,
Ni a
aviriguarlo me meto;
Soy
inorante completo
Nada
olvido y nada apriendo.
Tiene
uno que soportar
El
tratamiento más vil:
A
palos en lo civil,
A
sable en lo militar.
El
vistuario es otro infierno;
Si
lo dan, llega a sus manos
En
invierno el de verano,
Y en
el verano el de invierno.
Y yo
el motivo no encuentro
Ni
la razón que esto tiene,
Mas
dicen que eso ya viene
Arreglao
dende adentro.
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