miércoles, 10 de noviembre de 2021

IV. MARTÍN FIERRO Y LA CORRUPCIÓN EN LA FRONTERA


 Los sueldos, los alimentos y las armas para los soldados llegan… 

¿pero a dónde?


Martín Fierro

A naides le dieron armas,

Pues toditas las que había

El Coronel las tenía,

Sigun dijo esa ocasión,

Pa repartirlas el día

En que hubiera una invasión. 

 

A veces decía al volver

Del campo la descubierta

Que estuviéramos alerta,

Que andaba adentro la indiada,

Porque había una rastrillada

O estaba una yegua muerta. 

 

Recién entonces salía

La orden de hacer la riunión,

Y cáibamos al cantón

En pelos y hasta enancaos,

Sin armas, cuatro pelaos

Que íbamos a hacer jabón. 

 

Daban entonces las armas

Pa defender los cantones,

Que eran lanzas y latones

Con ataduras de tiento...

Las de juego no las cuento

Porque no había municiones. 

 

Y un sargento chamuscao

Me contó que las tenían

Pero que ellos la vendían

Para cazar avestruces;

Y así andaban noche y día

Déle bala a los ñanduses.


Y cuando se iban los indios

Con lo que habían manotiao,

Salíamos muy apuraos

A perseguirlos de atrás;

Si no se llevaban más 

Es porque no habían hallao.

 

Del sueldo nada les cuento,

Porque andaba disparando;

Nosotros de cuando en cuando

Solíamos ladrar de pobres:

Nunca llegaban los cobres

Que se estaban aguardando. 

 

Y andábamos de mugrientos

Que el mirarnos daba horror;

Les juro que era un dolor

Ver esos hombres, ¡por Cristo!

En mi perra vida he visto

Una miseria mayor. 

 

Poncho, jergas, el apero,

Las prenditas, los botones,

Todo, amigo, en los cantones

Jué quedando poco a poco;

Ya me tenían medio loco

La pobreza y los ratones.

 

Y pa mejor hasta el moro

Se me jué de entre las manos;

No soy lerdo... pero, hermano,

Vino el Comendante un día

Diciendo que lo quería

–Pa enseñarle a comer grano.  

 

Afigúrese cualquiera

La suerte de este su amigo,

A pie y mostrando el umbligo,

Estropiao, pobre y desnudo;

Ni por castigo se pudo

Hacerse más mal conmigo. 


Ansí pasaron los meses,

Y vino el año siguiente,

Y las cosas igualmente

Siguieron del mesmo modo:

Adrede parece todo

Pa atormentar a la gente. 

 

No teníamos más permiso,

Ni otro alivio la gauchada,

Que salir de madrugada,

Cuando no había indio ninguno,

Campo ajuera a hacer boliadas

Desocando los reyunos.

 

Y cáibamos al cantón

Con los fletes aplastaos,

Pero a veces medio aviaos

Con plumas y algunos cueros,

Que pronto con el pulpero

Los teníamos negociaos. 

 

Era un amigo del jefe

Que con un boliche estaba;

Yerba y tabaco nos daba

Por la pluma de avestruz,

Y hasta le hacía ver la luz

Al que un cuero le llevaba. 

 

Sólo tenía cuatro frascos

Y unas barricas vacías,

Y a la gente le vendía

Todo cuanto precisaba... 

Algunos creiban que estaba

Allí la proveduría. 

 

¡Ah, pulpero habilidoso!

Nada le solía faltar.

¡Ahijuna!, para tragar

Tenía un buche de ñandú;

La gente le dió en llamar

–El boliche de virtú. 


Aunque es justo que quien vende 

Algún poquitito muerda,

Tiraba tanto la cuerda 

Que, con sus cuatro limetas

Él cargaba las carretas

De plumas, cueros y cerda. 

 

Nos tenía apuntaos a todos 

Con más cuentas que un rosario,

Cuando se anunció un salario

Que iban a dar, o un socorro;

Pero sabe Dios qué zorro

Se lo comió al Comisario; 

 

Pues nunca lo vi llegar,

Y al cabo de muchos días

En la mesma pulpería

Dieron una güena cuenta,

Que la gente muy contenta

De tan pobre recibia. 

 

Sacaron unos sus prendas,

Que las tenían empeñadas;

Por sus deudas atrasadas

Dieron otros el dinero;

Al fin de fiesta el pulpero

Se quedó con la mascada. 

 

Yo me arrescosté a un horcón

Dando tiempo a que pagaran,

Y poniendo güena cara

Estuve haciéndome el poyo,

A esperar que me llamaran

Para recibir mi boyo. 

 

Pero ahi me puede quedar

Pegao pa siempre al horcón,

Ya era casi la oración

Y ninguno me llamaba;

La cosa se me ñublaba

Y me dentró comezón. 

 

Pa sacarme el entripao

Vi al Mayor, y lo fí a hablar;

Yo me lo empecé a atracar,

Y como con poca gana 

Le dije: –Tal vez mañana

Acabarán de pagar.

 

–¡Qué mañana ni otro día! –,

Al punto me contestó:

–La paga ya se acabó;

¡Siempre has de ser animal!

– Me rai y le dije: –Yo...

No he recebido ni un rial.- 

 

Se le pusieron los ojos

Que se le querían salir,

Y ahi no más volvió a decir

Comiéndome con la vista:

–Y que querés recibir 

Si no has dentrao en la lista?

 

–Esto sí que es amolar–,

Dije yo pa mis adentros;

–Van dos años que me encuentro

Y hasta aura he visto ni un grullo;

Dentro en todos los barullos 

Pero en las listas no dentro. 


Vide el plaito mal parao

Y no quise aguardar más...

Es güeno vivir en paz

Con quien nos ha de mandar;

Y reculando pa atrás

Me le empecé a retirar. 

 

Y todo era alborotar

Al ñudo, y hacer papel;

Conocí que era pastel

Pa engordar con mi guayaca;

Más si voy al Coronel

Me hacen bramar en la estaca. 

 

¡Ah, hijos de una...!, la codicia

Ojalá les ruempa el saco!

Ni un pedazo de tabaco

Le dan al pobre soldao,

Y lo tienen, de delgao,

Más ligero que un guanaco. 

 

Aquello no era servicio

Ni defender la frontera;

Aquello era ratonera

En que sólo gana el juerte:

Era jugar a la suerte 

Con una taba culera. 

 

Allí tuito va al revés;

Los milicos son los piones,

Y andan en las poblaciones

Emprestaos pa trabajar;

Los rejuntan pa peliar

Cundo entran indios ladrones. 

 

Yo he visto en esa milonga

Muchos Jefes con estancia,

Y piones en abundancia,

Y majadas y rodeos;

He visto negocios feos

A pesar de mi inorancia. 


Y colijo que no quieren

La barunda componer;

Para eso no ha de tener,

El Jefe que esté de estable,

Más que su poncho y su sable,

Su caballo y su deber. 


Picardía

Siempre el mesmo trabajar,

Siempre el mesmo sacrificio,

Es siempre el mesmo servicio,

Y el mesmo nunca pagar. 

 

Siempre cubiertos de harapos,

Siempre desnudos y pobres,

Nunca le pagan un cobre

Ni le dan jamás un trapo. 

 

Sin sueldo y sin uniforme

Lo pasa uno aunque sucumba:

Confórmese con la tumba;

Y si no... no se conforme. 

 

Pues si usté se ensoberbece

O no anda muy voluntario,

Le aplican un novenario

De estacas... que lo enloquecen. 

 

Andan como pordioseros

Sin que un peso los alumbre,

Porque han tomao la costumbre

De deberle años enteros. 

 

Siempre hablan de lo que cuesta;

Que allá se gasta un platal:

¡Pues yo no he visto ni un rial

En lo que duró la fiesta! 

 

Es servicio estrordinario

Bajo el jusil y la vara,

Sin que sepamos qué cara

Le ha dao Dios al Comisario. 

 

Pues si va a hacer la revista

Se vuelve como una bala:

Es lo mesmo que luz mala

Para perderse de vista; 

 

Y de yapa cuando va,

Todo parece estudiao:

Van con meses atrasaos

De gente que ya no está; 

 

Pues si adrede que lo hagan,

Podrán hacerlo mejor:

Cuando cai, cai con la paga

Del contingente anterior; 

 

Porque son como sentencia

Para buscar al ausente, 

Y el pobre que está presente

Que perezca en la endigencia; 

 

Hasta que, tanto aguantar

El rigor con que lo tratan

O se resierta, o lo matan,

O lo largan sin pagar. 

 

De ese modo es el pastel,

Porque el gaucho –ya es un hecho–

No tiene ningún derecho,

Ni naides vuelve por él.  

 

¡La gente vive marchita!

Si viera cuando echan tropa:

Les vuela a todos la ropa

Que parecen banderitas. 


De todos modos lo cargan,

Y al cabo de tanto andar,

Cuando lo largan, lo largan

Como pa echarse a la mar. 

 

Si alguna prenda le han dao

Se la vuelven a quitar:

Poncho, caballo, recao,

Todo tiene que dejar. 

 

Y esos pobres infelices,

Al volver a su destino,

Salen como unos Longinos

Sin tener con que cubrirse. 

 

A mí me daba congojas

El mirarlos de ese modo,

Pues el más aviao de todos

Es un perejil sin hojas. 

 

Aura poco ha sucedido,

Con un invierno tan crudo,

Largarlos a pie y desnudos

Pa volver a su partido. 

 

Y tan duro es lo que pasa

Que, en aquella situación,

Les niegan un mancarrón

Para volver a su casa. 

 

¡Lo tratan como a un infiel!

Completan su sacrificio

No dándole ni un papel

Que acredite su servicio. 

 

Y tiene que regresar

Más pobre de lo que jué;

Por supuesto, a la mercé

Del que lo quiere agarrar.  


Y no averigüe después

De los bienes que dejó:

De hambre, su mujer vendió

por dos lo que vale diez. 

 

Y como están convenidos

A jugarle manganeta,

A reclamar no se meta,

Porque ése es tiempo perdido. 

 

De entonces en adelante

Algo logré mejorar,

Pues supe hacerme lugar

Al lado del ayudante. 

 

El se daba muchos aires:

Pasaba siempre leyendo;

Decían que estaba aprendiendo

Pa recebirse de flaire.  

 

Aunque lo pifiaban tanto,

Jamás lo vi dijustao;

Tenía los ojos paraos

Como los ojos de un santo. 

 

Muy delicao, dormía en cuja;

Y no sé por qué sería,

La gente lo aborrecía

Y le llamaban La Bruja. 

 

Jamás hizo otro servicio

Ni tuvo más comisiones

Que recebir las raciones

De víveres y de vicios.  

 

Yo me pasé a su jogón

Al punto que me sacó,

Y ya con el me llevó

A cumplir su comisión. 


Estos diablos de milicos

De todo sacan partido:

Cuando nos vían riunidos

Se limpiaban los hocicos. 

 

Y decían en los jogones

Como por chocarrería:

"Con la Bruja y Picardía

Van a andar bien las raciones." 

 

A mí no me jué tan mal,

Pues mi oficial se arreglaba;

Les diré lo que pasaba

Sobre este particuIar. 

 

Decían que estaban de acuerdo

La Bruja y el provedor,

Y que recebía lo pior;

Puede ser, pues no era lerdo. 

 

Que a más en la cantidá

Pegaba otro dentellón, 

Y que por cada ración

Le entregaban la mitá; 

 

Y que esto lo hacía del modo

Como lo hace un hombre vivo:

Firmando luego el recibo,

Ya se sabe, por el todo. 

 

Pero esas murmuraciones

No faltan en campamento.

Déjenme seguir mi cuento,

O historia de las raciones. 

 

La Bruja las recebía,

Como se ha dicho, a su modo;

Las cargábamos, y todo

Se entriega en la Mayoría. 


Sacan allí en abundancia

Lo que les toca sacar,

Y es justo que han de dejar

Otro tanto de ganancia. 

 

Van luego a la compañía;

Las recibe el Comendante,

El que, de un modo abundante,

Sacaba cuanto quería. 

 

Ansí la cosa liviana

Va mermada, por supuesto;

Luego se le entrega el resto

Al oficial de semana.

Araña, quien te arañó?

Otra araña como yo. 

 

Este le pasa al sargento

Aquello tan reducido,

Y, como hombre prevenido,

Saca siempre con aumento. 

 

Esta relación no acabo

Si otra menudencia ensarto,

El sargento llama al cabo

Para encargarle el reparto. 

 

Él también saca primero

Y no se sabe turbar:

Naides le va a aviriguar

Si ha sacado más o menos. 

 

Y sufren tanto bocao

Y hacen tantas estaciones,

Que ya casi no hay raciones

Cuando llegan al soldao. 

 

¡Todo es como pan bendito!

Y sucede de ordinario

Tener que juntarse varios

Para hacer un pucherito.

 

 Dicen que las cosas van

Con arreglo a la ordenanza.

¡Puede ser! pero no alcanzan;

¡Tan poquito es lo que dan! 

 

Algunas veces, yo pienso,

Y es muy justo que lo diga,

Sólo llegaban las migas

Que habían quedao en los lienzos. 

 

Y esplican aquel infierno

En que uno está medio loco

Diciendo que dan tan poco

Porque no paga el Gobierno. 

 

Pero eso yo no lo entiendo,

Ni a aviriguarlo me meto;

Soy inorante completo

Nada olvido y nada apriendo. 

 

Tiene uno que soportar

El tratamiento más vil:

A palos en lo civil,

A sable en lo militar. 

 

El vistuario es otro infierno;

Si lo dan, llega a sus manos

En invierno el de verano,

Y en el verano el de invierno. 

 

Y yo el motivo no encuentro

Ni la razón que esto tiene,

Mas dicen que eso ya viene

Arreglao dende adentro.  


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