viernes, 11 de noviembre de 2022

SOBRE LA ESTATUA DEL HOMBRE (*) QUE CONTEMPLA EL MAR


 


DE LOS ANTIGUOS GRIEGOS A BAUDELAIRE

“Conócete a ti mismo” –Sócrates (tomado de un templo del dios Apolo en Delfos)

“El hombre es la medida de todas las cosas” –Protágoras

(Atenas, siglo V a. de C.)

“Hombre libre, tú siempre amarás el mar! / El mar es tu espejo…” Charles Baudelaire (1857)

 

Un hombre colocó sobre la costa esta escultura que representa a un hombre mirando el mar; otro hombre que pasaba la fotografió, y muchos miramos esa fotografía, y muchos más esa escultura cuando pasan por allí. Ninguno de ellos se puso a mirar el mar. Y sin embargo, a muchos nos atrae ese deseo atávico de contemplar ese cielo infinito de aguas en movimiento incesante, y siempre distinto.

El hombre, y no el mar, es la medida de todo. No nos interesa el mar en sí con todo lo  maravilloso que es, tanto como reconocernos a nosotros mismos, limitados en espacio, tiempo y movimientos, pero profundos e insondables como el mar, con nuestro deseo de infinito. Somos tan limitados como los animales, pero nuestra conciencia anhela el conocimiento del infinito y de lo insondable…, como nuestro propio espíritu.

Por eso es indiscutible la necesidad de conocernos a nosotros mismos, pero también es casi imposible lograrlo si no observamos a otros, limitados como nosotros mismos, o en la naturaleza, ilimitada como nuestra potencialidad y nuestros deseos. Si nos miramos al espejo, no nos mostramos ni nos vemos como somos, y tampoco como nos ven otros… y cada otro nos vé de distinta manera… Entonces, ¿quién soy yo?

Así, es difícil de aceptar literalmente que somos la medida de algo, cuando somos la negación de la medida; y cuando somos tan libres y distintos, inestables y flexibles, que no podemos ser el metro patrón de nada. No hay que estudiar espacios tan lejanos para comprender la relatividad de nuestro universo humano.

El viento salado ha curtido la piel arenosa de este hombre que se ha sentado en la costa a contemplar el mar, ese infinito de agua en movimiento, cambiante y eterno, tan distinto de la visión beatífica del cielo.

Nada a su alrededor le importa. Ni el ruido de la calle, ni el viento, ni la arena en su cara, ni los otros hombres que se detienen a observarlo. Sus ojos sólo registran el mar; sus oídos, el ruido de las olas como una música sinfónica desde la profundidad del universo líquido.

Con la claridad del día y la soñolienta extensión de la noche, nada lo perturba y continúa allí concentrado en sus pensamientos, que vienen a su mente como las ondas del mar,  en un oleaje profundo y suave. Ni la nostalgia, ni la angustia, ni la desesperación lo acosan.

En ese hombre, habrás reconocido a la humanidad, es decir, a ti mismo.

Siéntate a su lado e imítalo. Cuando te incorpores, volverás renacido, sintiendo que al menos te has conectado con el infinito y con tu sed por él.   Habrás hecho un viaje al lugar más lejano y profundo,  inabarcable y desconocido. 

 (*) Aclaración: empleo la palabra "hombre" no en su sentido relacionado con el género, sino en su significado general  de ser humano, pese a que es visible que la escultura representa la figura de una mujer.


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