DE LOS ANTIGUOS GRIEGOS A BAUDELAIRE
“Conócete a ti mismo”
–Sócrates (tomado de un templo del dios Apolo en Delfos)
“El hombre es la medida
de todas las cosas” –Protágoras
(Atenas, siglo V a. de
C.)
“Hombre libre, tú
siempre amarás el mar! / El mar es tu espejo…” Charles Baudelaire (1857)
Un hombre colocó sobre la costa esta
escultura que representa a un hombre mirando el mar; otro hombre que pasaba la
fotografió, y muchos miramos esa fotografía, y muchos más esa escultura cuando
pasan por allí. Ninguno de ellos se puso a mirar el mar. Y sin embargo, a
muchos nos atrae ese deseo atávico de contemplar ese cielo infinito de aguas en
movimiento incesante, y siempre distinto.
El hombre, y no el mar, es la medida
de todo. No nos interesa el mar en sí con todo lo maravilloso que es, tanto como reconocernos a
nosotros mismos, limitados en espacio, tiempo y movimientos, pero profundos e
insondables como el mar, con nuestro deseo de infinito. Somos tan limitados
como los animales, pero nuestra conciencia anhela el conocimiento del infinito
y de lo insondable…, como nuestro propio espíritu.
Por eso es indiscutible la necesidad
de conocernos a nosotros mismos, pero también es casi imposible lograrlo si no
observamos a otros, limitados como nosotros mismos, o en la naturaleza,
ilimitada como nuestra potencialidad y nuestros deseos. Si nos miramos al
espejo, no nos mostramos ni nos vemos como somos, y tampoco como nos ven otros…
y cada otro nos vé de distinta manera… Entonces, ¿quién soy yo?
Así, es difícil de aceptar
literalmente que somos la medida de algo, cuando somos la negación de la
medida; y cuando somos tan libres y distintos, inestables y flexibles, que no
podemos ser el metro patrón de nada. No hay que estudiar espacios tan lejanos
para comprender la relatividad de nuestro universo humano.
El viento salado ha curtido la piel arenosa de este
hombre que se ha sentado en la costa a contemplar el mar, ese
infinito de agua en movimiento, cambiante y eterno, tan distinto de la visión beatífica del cielo.
Nada a su alrededor le importa. Ni el ruido
de la calle, ni el viento, ni la arena en su cara, ni los otros
hombres que se detienen a observarlo. Sus ojos sólo registran el mar; sus oídos, el ruido de las olas como una música sinfónica desde la profundidad
del universo líquido.
Con la claridad del día y la soñolienta extensión de la noche, nada lo perturba y continúa allí concentrado
en sus pensamientos, que vienen a su mente como las ondas del mar, en un oleaje profundo y suave. Ni la nostalgia,
ni la angustia, ni la desesperación lo acosan.
En ese hombre, habrás reconocido a la humanidad, es decir, a ti mismo.
Siéntate a su lado e imítalo. Cuando te incorpores, volverás renacido,
sintiendo que al menos te has conectado con el infinito y con tu sed por
él. Habrás hecho un viaje al lugar más lejano y
profundo, inabarcable y desconocido.
(*) Aclaración: empleo la palabra "hombre" no en su sentido relacionado con el género, sino en su significado general de ser humano, pese a que es visible que la escultura representa la figura de una mujer.

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