LA BOLSA VACÍA
por Luis F. Gobea
Yo creía que nadie me entendía todo lo que quería decir, lo intentaba sin éxito una y otra vez con distintas palabras. Entonces, enojado y solitario,
me dirigí al viejo altillo de la casa que se usaba como desván. Cada tanto, con
una mezcla de desgano y firmeza, mi madre tomaba la decisión de deshacerse
finalmente de cosas que se habían guardado con la fantasiosa idea de que podrían
servir con algunos arreglos; algunas se vendían como chatarra, la ropa vieja se
separaba para donarlas a alguien a quien le pueda servir, y otras cosas sin
valor iban a la basura.
Sin embargo, me llamaba la atención la presencia de una vieja
bolsa vacía, que resistía los embates de puestas en orden de mi madre, previas
a una limpieza y desinfección del lugar. Nunca entendí por qué, pero yo sentía
que la bolsa tenía algo de misterioso. ¿Tenía o contendría? Llegué hasta a
soñar con la bolsa.
Pero en el altillo yo me encontraba con mis viejos recuerdos:
el caballito de madera, la ropa de cowboy de mi primer disfraz, la guitarrita a
la que le faltaban algunas clavijas y casi todas las cuerdas, que aún sonaba
con notas destempladas, un frasco con bolitas, algunos números de El Gráfico, un
revólver de hojalata a cebitas, la foto de los hermanos Emiliozzi y el poster
de Amadeo Carrizo junto a otro de Los Beatles, el birrete de egresado, y una
entrañable foto del Ford A con capota de lona de mi viejo, una antigua lámpara
a combustible que había pertenecido a mi abuelo…Un antiguo reloj de pared, ya
roto, junto a un almanaque de propaganda del año 1956 marcaba doblemente el
paso del tiempo, implacable con las personas y también con el instrumento que
lo controlaba…
Estuve un rato largo en ese desván de los recuerdos rotos,
comunicándome sin palabras con esos objetos inertes y sin embargo tan cargados
de vida, de historia…
Hasta que mi madre apareció suavemente en el altillo, como
cuidando no irrumpir bruscamente en mis pensamientos, me abrazó tiernamente y
me dio un beso.
--No te aflijas… --me
dijo--.Todo vuelve a su lugar… Te quiero mucho, hijo…
Esa tarde comprendí dos cosas: que cuando las palabras no alcanzan,
los sentimientos, las actitudes hacia la otra persona, pueden lograrlo con
palabras milagrosas que suenan mágicas.
Y que esa vieja bolsa vacía continuaba allí porque era el
símbolo de todos nuestros recuerdos, nuestras historias, con sus proyectos soñados
y fracasos, lo que intentamos y lo que pudimos hacer, la nostalgia y las ganas
de mirar hacia adelante. Eso y muchas cosas más, que difícilmente quepan en todas las palabras del diccionario. Y que el tiempo es como el árbol de la vida: hunde sus
raíces en el pasado, y crece en el presente hacia el futuro. Y la vivencia de
esa tarde se incorporó al contenido de esa bolsa. Yo tampoco la voy a arrojar
nunca a la basura.
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