martes, 31 de octubre de 2023

MARTIN FIERRO Audio

por Francisco Petrone / Roberto Grela y Héctor Ayala

En 1960, el sello nacional tk grabó esta verdadera joya de nuestra cultura, interpretada por actores de primera línea de la escena nacional, acompañados por guitarristas que sabían hacer muy bien lo suyo

Francisco Petrone le puso su talento interpretativo al personaje Martín Fierro, Luis Medina Castro a uno de los hijos de Martín Fierro, y Walter Nicoletti se lució con un personaje muy difícil de interpretar como el Viejo Vizcacha.

La obra se publicó en un álbum doble, con portada ilustrada por Juan Carlos Castagnino y una composición central que se desplagaba al abrir el álbum sin firma, pero en la que se advierte y sospecha el estilo de los más destacados pintores del costumbrismo realista gauchesco como Hernán Rapella y Eleodoro Marenco.

Roberto Grela y su conjunto de guitarras, y Héctor Ayala, le dieron un  marco expresionista, tradicionalista y creativo a la vez. 

Obviamente, las posibilidades del álbum doble no permitían grabar la obra completa, pero la selección que se hizo no le quita sentido al poema.

Un defecto de esta publicación en youtube es que está mal compaginado, y quedaron mezcladas en el orden Primera Parte y Segunda Parte. Por lo tanto, primero nos enteramos de que Fierro y su amigo Cruz están conviviendo con los indios en la toldería, donde la viruela también se lleva la vida de Cruz, y mucho después "reaparece" el origen de la amistad entre ambos y su decisión de refugiarse de la policía en las tolderías.


La payada entre Martín Fierro y el Moreno ha sido reproducida en fragmentos de distintas interpretaciones en algunas series televisivas. Lo curioso es que no hayan sido producidas en nuestro país. En fin, Don Quijote de la Mancha también fue llevada al cine por los rusos...

Reproducimos algunas de ellas

https://www.youtube.com/watch?v=WTCS6Rmu4Cg

https://www.youtube.com/watch?v=WnDyA1toSaA

https://www.youtube.com/watch?v=6Cd50JfSBig


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jueves, 26 de octubre de 2023

BAR LA PAZ

Llega tu recuerdo en torbellino.
Vuelve en el otoño a atardecer.
Miro la garúa, y mientras miro
gira la cuchara de café.

          Cátulo Castillo, “El último café”

 

Llueve detrás del ventanal.

La imagen del espejo no soy yo,

sólo es mi cuerpo en una mesa

con mi mano detenida en la cuchara del pocillo de café.

Yo soy el que está fuera de él

viendo bailar tu imagen en las gotas que al caer

 te fragmentan y multiplican a la vez

como una granizada de fractales

bailando al ritmo de la brisa gris

en una sinfonía barroca

movida por arpegios y fugas,

contrapuntos y ritmo de tamboriles.

Relampaguea tu sonrisa ante mí,

me acaricia tu piel de viento y agua

y me transporta atravesando los mares

 del tiempo y la distancia.

Y ahora estás aquí, a mi costado, a mis alrededores,

en los múltiples  sentidos de mi soledad,

en los rincones de mis sueños 

hasta que deja de llover 

y una pequeña luz se refleja detrás

del aire y sobre un pedazo de  vereda

Y siento que ya no estás detrás del ventanal

sino muy dentro de mi piel, 

te puedo respirar

como tu perfume y el aroma de la lluvia

en este bar abstracto, 

inmaterial,

en el que el café me observa absorto

ante ese espejo que cree reflejarme,

en el que estoy y no estoy

junto a vos 

inasible 

y sin embargo real.

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miércoles, 18 de octubre de 2023

EL SILENCIO DE LA LLANURA

"Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos pero es intraducible como una música..." 

Jorge Luis Borges, El fin

Mi madre nació y creció en el campo, hasta su casamiento, cuando se fue a vivir al pueblo. Siempre vivió añorando su vida campesina, que tenía ya incorporada definitivamente en lo más profundo de su carácter reservado, por más que sus costumbres y modales eran urbanos, sin afectación.

Como la gente de campo, sabía mirar lejos, y a lo profundo. Siempre divisando con claridad los secretos y misterios de la extensión infinita que se aleja hacia el horizonte. O qué es lo que se acerca, pero aún indivisable para otros.

Una sonrisa siempre sutil, comprensiva, o irónica, cuando era acompañada por una suave exhalación por la nariz, completaba su mirada silenciosa.

Su silencio, sin embargo, solía ser muy expresivo, tan poblado de sugerencias como el mismo campo al atardecer. Uno podía entender si recordaba algo, con la cabeza levemente inclinada hacia su izquierda, en el futuro cuando miraba con toda la cara hacia adelante, o preocupada por lo que se vendría con su mirada apenas dirigida hacia su derecha.

Yo también desarrollé un carácter muy reservado, como también era mi padre, y como él, nuestro silencio era más difícil de descifrar. No eran silencios contenidos por la represión de los sentimientos, sino por elección; se piensa hacia adentro, interpretando lo que se ve y lo que se recuerda, se expresa cuando se hace necesario comunicarse. Entonces ella, con algún gesto pensativo, podía transmitirnos lo que pensaba o sentía hacia nosotros. Y uno no sólo entendía, sino que además, su silencio expresivo funcionaba como un espejo que nos hacía mirarnos hacia adentro, deteniéndonos en lo que sus pensamientos contenían.

Siempre tuve la impresión de que las palabras se han inventado para, muchas veces, separarnos, o alejarnos, como esos ademanes que parecen estar espantando moscas…

Quizás sea tan difícil entenderlo como poder expresarlo con palabras. Que nunca son suficientes para expresar tantas cosas profundas como aquella actitud, que hablaba sin hablar, como la llanura al atardecer. Con la luz que se va apagando, la sinfonía del viento sobre los pastizales y los árboles, las aves que buscan refugio hacia su nido, los sonidos de la laguna y el arroyo, y tras un instante de calma tristona, la calidez del sentimiento de que hay que descansar para poder mañana iniciar un nuevo día.  

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lunes, 16 de octubre de 2023

TEMPORAL

 TEMPORAL

 

Se ha descargado la lluvia

como si el cielo vaciara todos sus tanques

sobre las calles súbitamente anegadas.

Si sigue así, la que se viene es brava.

 

Ya te conozco, che,

Madre Naturaleza,

sé que sos maravillosa para los poetas enamorados

y los ingenuos criollos orientalistas

 

En todo caso

sé muy bien que tenés dos caras,

la fascinante como una mujer hermosa, 

con serenidad y amor de madre divina,

pero también sos terrible

con tus desbordes y gente refugiada en los techos

y tus sequías que matan de sed y espanto;

con tus furias apenas contenidas,

el miedo que provocan tus descargas eléctricas,

con tus terremotos, tus gigantescas olas arrolladoras

de vidas y proyectos, 

de comienzos y fines

para la gente que continuó su rutina

y hasta durmió tranquila

sin escuchar la voz de tus profetas del pronóstico.

 

En fin, vos harás tu juego de bella terrorista,

ya lo tengo aceptado y me preparo,

no me vas a agarrar desprevenido.

Te espero alerta y firme, tercamente

como un miliciano al acecho en su trinchera,

parapetado en mi propia vida

sostenidos mis pies sobre el aire que circula por mi sangre.

Sé que no vas a ganarme, que no podrás llevarte

mi historia, mis recuerdos, 

la música que me ha venido habitando,

mi mirada desangelada y luminosa.


Lo único que tengo en mi cabeza

es que no te lleves nunca

las noches abrazados con mi compañera

la sonrisa de mis hijos,

mis sueños desvelados,

y esta sed de estar vivo, pese a todo.

                                                                                                                                                      ÍNDICE

lunes, 2 de octubre de 2023

EL CABALLITO, EL POETA Y EL FOTÓGRAFO (CUESTIONES DE PIEL…)

  Vi la luz hace mucho tiempo, en el taller del carpintero del barrio. Eso de ver la luz es una manera de decir, porque como todos saben, yo en realidad no nací sino que fui creado, y además, no tengo ojos de verdad para ver. Percibo las cosas, eso sí, a través de mi sensible piel de madera. Y no pienso, pero siento, y las emociones que percibo a mi alrededor han ido forjando mi corazón de madera.

     Lo primero que sentí e incorporé a la memoria de mi piel fueron la emoción y la ternura de mi creador con la que me dio forma con el objetivo de hacer felices a los niños en la calesita del barrio, dándoles rienda suelta a la fantasía, la ilusión, la alegría de girar montados sobre mí en ese pequeño mundo que da vueltas alrededor de sí mismo que es el carrousel, y que parece que el mundo exterior fuera el que gira en el espacio, alrededor nuestro, y dentro de la cabeza de los chicos. Hace tanto tiempo que estoy haciéndolo de un modo incansable, alimentándome de esa energía, que siento que mi trabajo es el mejor del mundo. Porque hasta ese tiempo al que me refiero no sé medirlo en años, yo sólo observo que las salidas del sol y los atardeceres  se repiten permanentemente, pero en realidad el tiempo lo registro en emociones.

     Una vez, entre tanta gente, se acercó a mí un poeta triste. Triste es poco. Tristísimo… Se notaba que había perdido, destrozada tal vez, esa capacidad de sentir emoción y  alegría que tienen los niños, y que tanto disfrutan sus familiares. Sentí que me miraba con toda su tristeza, sin verme a mí, sino a su propia carga de abatimiento, angustia y soledad.  Yo no lo entendí, hasta que un día la calesita dejó de girar. Pasó mucho tiempo en que quedó abandonada, con todos nosotros a la intemperie, deteriorándonos como los botes abandonados a la orilla del mar, resistiendo como podíamos el sol que quema, la lluvia, el granizo, los fuertes vientos… y  el tiempo. Largo tiempo en que nadie se ocupó de nosotros. Algunas personas dijeron que los niños habían perdido la fantasía y preferían las computadoras y los video juegos a la calesita. Yo no lo sé. Pero sí sentí que los adultos nos habían abandonado. A nosotros, y quizás un poco menos, a los niños…

     Una tarde pasó un hombre, también serio y triste como el poeta, con una cámara fotográfica. Venía de fotografiar los bellos paisajes del atardecer entre el ramaje de los árboles de la plaza, las tonalidades violetas y rojizas del horizonte, los árboles añosos que resisten el paso del tiempo, los contrastes de luces cálidas y sombras sugerentes… De pronto, al verme, se conmovió. Sentí el fuerte impacto que le produjo verme, astillado y gris, ya totalmente descolorido. Comprendí que recordaba su infancia de domingos en la calesita, ansioso por subirse a mi montura. Pero sentí que había algo más, que no era del pasado.

Entre los dos, aun separados por la reja, se estableció una comunicación íntima, sin pensamientos, de corazón a corazón. Estaba interiormente tan astillado como yo, pero no derrotado. Su mirada era dolorida, pero firme, como diciendo “Aún estoy vivo!”. Sentí que en él vivía la poesía que no se escribe…

 

     Poco tiempo después me enteré de que había hecho varias copias de sus fotos y las había pegado en las vidrieras de la farmacia y las despensas del barrio, y hasta había mandado notas al diario de la región, para que la calesita fuera arreglada y puesta a punto para volver a funcionar.

     El hombre parece que lo logró.

     El motor de la máquina fue arreglado, se reparó el eje de la calesita, y todos nosotros, en el taller de otro carpintero, fuimos recuperados hasta quedar como nuevos. ¡Y otra vez a girar, entre los gritos de alegría de los niños…! Sentimos que hemos vuelto a vivir, y el barrio ha recuperado el corazón de la infancia, que volvemos a formar parte de la vida y de la identidad del pueblo, en este espacio de fantasía en movimiento por el que han pasado todas las generaciones entre música envolvente y golosinas, y sonrisas de mamás, papás, tías y abuelos…

     Saben cuál es mi mayor deseo? Ya se lo deben imaginar… Que la piel de las personas sea siempre tan sensible como mi piel de madera… Un poco, por lo menos.