Vi la luz hace mucho tiempo, en
el taller del carpintero del barrio. Eso de ver la luz es una manera de decir,
porque como todos saben, yo en realidad no nací sino que fui creado, y además,
no tengo ojos de verdad para ver. Percibo las cosas, eso sí, a través de mi
sensible piel de madera. Y no pienso, pero siento, y las emociones que percibo
a mi alrededor han ido forjando mi corazón de madera.
Lo primero que sentí e incorporé a la
memoria de mi piel fueron la emoción y la ternura de mi creador con la que me dio
forma con el objetivo de hacer felices a los niños en la calesita del barrio,
dándoles rienda suelta a la fantasía, la ilusión, la alegría de girar montados
sobre mí en ese pequeño mundo que da vueltas alrededor de sí mismo que es el
carrousel, y que parece que el mundo exterior fuera el que gira en el espacio,
alrededor nuestro, y dentro de la cabeza de los chicos. Hace tanto tiempo que
estoy haciéndolo de un modo incansable, alimentándome de esa energía, que
siento que mi trabajo es el mejor del mundo. Porque hasta ese tiempo al que me
refiero no sé medirlo en años, yo sólo observo que las salidas del sol y los
atardeceres se repiten permanentemente,
pero en realidad el tiempo lo registro en emociones.
Una vez, entre tanta gente, se acercó a mí
un poeta triste. Triste es poco. Tristísimo… Se notaba que había perdido,
destrozada tal vez, esa capacidad de sentir emoción y alegría que tienen los niños, y que tanto
disfrutan sus familiares. Sentí que me miraba con toda su tristeza, sin verme a
mí, sino a su propia carga de abatimiento, angustia y soledad. Yo no lo entendí, hasta que un día la
calesita dejó de girar. Pasó mucho tiempo en que quedó abandonada, con todos
nosotros a la intemperie, deteriorándonos como los botes abandonados a la
orilla del mar, resistiendo como podíamos el sol que quema, la lluvia, el
granizo, los fuertes vientos… y el
tiempo. Largo tiempo en que nadie se ocupó de nosotros. Algunas personas
dijeron que los niños habían perdido la fantasía y preferían las computadoras y
los video juegos a la calesita. Yo no lo sé. Pero sí sentí que los adultos nos
habían abandonado. A nosotros, y quizás un poco menos, a los niños…
Una tarde pasó un hombre, también serio y
triste como el poeta, con una cámara fotográfica. Venía de fotografiar los
bellos paisajes del atardecer entre el ramaje de los árboles de la plaza, las
tonalidades violetas y rojizas del horizonte, los árboles añosos que resisten
el paso del tiempo, los contrastes de luces cálidas y sombras sugerentes… De
pronto, al verme, se conmovió. Sentí el fuerte impacto que le produjo verme,
astillado y gris, ya totalmente descolorido. Comprendí que recordaba su
infancia de domingos en la calesita, ansioso por subirse a mi montura. Pero
sentí que había algo más, que no era del pasado.
Entre los dos, aun separados por
la reja, se estableció una comunicación íntima, sin pensamientos, de corazón a
corazón. Estaba interiormente tan astillado como yo, pero no derrotado. Su
mirada era dolorida, pero firme, como diciendo “Aún estoy vivo!”. Sentí que en
él vivía la poesía que no se escribe…
Poco tiempo después me enteré de que había
hecho varias copias de sus fotos y las había pegado en las vidrieras de la
farmacia y las despensas del barrio, y hasta había mandado notas al diario de
la región, para que la calesita fuera arreglada y puesta a punto para volver a funcionar.
El hombre parece que lo logró.
El motor de la máquina fue arreglado, se
reparó el eje de la calesita, y todos nosotros, en el taller de otro
carpintero, fuimos recuperados hasta quedar como nuevos. ¡Y otra vez a girar,
entre los gritos de alegría de los niños…! Sentimos que hemos vuelto a vivir, y
el barrio ha recuperado el corazón de la infancia, que volvemos a formar parte
de la vida y de la identidad del pueblo, en este espacio de fantasía en
movimiento por el que han pasado todas las generaciones entre música envolvente
y golosinas, y sonrisas de mamás, papás, tías y abuelos…
Saben cuál es mi mayor deseo? Ya se lo
deben imaginar… Que la piel de las personas sea siempre tan sensible como mi
piel de madera… Un poco, por lo menos.