I
Todo empezó cuando harto de que los
mosquitos no me dejaran tranquilo con sus picaduras y con su zumbido por las
noches, y no había manera de eliminarlos o al menos ahuyentarlos, con aparatos
eléctricos, con líquido o con pastillas, con espirales, y ni hablar de lo que
aumentaron de precio los repelentes y los aerosoles. Un día, al ver venir a uno
de ellos hacia mí, tomé el aerosol y lo descargué con furia contra él. Como el
insecticida no era de los más eficaces, su efecto letal no fue inmediato.
El bichito, ya intoxicado, continuó sobrevolando unos instantes a mi alrededor. Y
ahí sucedió algo curioso. Me daba la impresión de ver su cara aumentar de
tamaño ante mi percepción, o como si mi sentido de la visión hubiera multiplicado
su sensibilidad. Algo similar debía de estar ocurriendo en mi cerebro, pues me
parecía que el insecto se comunicaba conmigo sin palabras, como si me estuviera
haciendo ver y sentir el crimen cometido.
Fueron pocos segundos, pero me pareció muchísimo tiempo. Cuando
reaccioné, lo aplasté entre mis manos como si aplaudiera. Al fin de cuentas,
era una guerra, y lo ayudé a que dejara de sufrir…
II
Nunca me imaginé lo que sucedería
después.
De a poco, empecé a percibir que todo lo
que me rodea aumentaba su tamaño en forma gigantesca, pero solamente podía ver
las cosas desde una perspectiva más bien alta. Fui a lavarme la cara al baño, y
no veía mi imagen en el espejo… Veía… ¡a un mosquito! ¡Un mosquito que seguía
mis movimientos! Y al acercarme, noté que ¡el mosquito tenía mi cara! ¡Al
matarlo, yo me había convertido en mosquito!
Comenzó entonces mi nueva vida. Bandadas donde no era bien recibido porque tenía cara humana, vivir volando a toda ala, evitando en lo posible los insecticidas domiciliarios y las fumigaciones, descansar poco. Nunca me había imaginado que en la corta vida de un insecto cada día podía ser tan agitado. Viví años en un solo día. Pero con un agravante: conservaba de mi dimensión humana la conciencia angustiante de mi finitud. No veía el momento en que pudiera volver a mi estado humano natural. Pero por otra parte, había poco tiempo para pensarlo.
III
Por suerte, cuando creía que ya estaba
perdido, al pasar el tiempo (muuucho tiempo en la vida de insecto) parece que
se me empezó a ir el efecto de la sustancia que me había inoculado el mosquito
que maté, y de a poco fui recuperando mi figura humana. Claro que como la
transformación era gradual, todo el mundo se daba vuelta entre asombrado y
espantado de ver un monstruo, y pronto comprendí que corría peligro de que me
quisieran eliminar, y en el mejor de los casos, si la contrametamorfosis se
terminaba de producir en un calabozo o
en un hospital, pronto tendría que soportar el castigo insufrible de la fama
con sus partidarios y sus detractores, pero siempre con los periodistas
volviéndome loco. ¡Ni pensar en la posibilidad de que mi hijo fuera conocido en
toda la escuela como el hijo del mosquito! Así que ni bien pude me escondí en
un edificio abandonado hasta que volví a sentir y ver mi cuerpo completo de
homo sapiens.
IV
Cuando llegué a casa todavía no estaban mi mujer ni mis hijos. Después de
mirarme en el espejo para recuperar la calma, me senté en el sillón a leer el
diario del día recién comprado, más como pose habitual para recibirlos cuando
llegaran. Pero también, para ubicarme en el tiempo (sólo habían pasado unas
horas humanas) y sobre todo para tener algún tema de conversación normal, que
no levantara la terrible sospecha de que me había vuelto loco.
Cuando llegó mi mujer, la saludé como
siempre y le pregunté:
--¿Qué tal, mi amor, cómo te ha ido?
--De terror. Tuve que andar a la
corridas porque el tiempo nunca alcanza para nada, y encima me llamaron de la
escuela para quejarse porque el nene se
enojó y puteó a los compañeritos que le hacen bullying porque usa anteojos y es
gordito, y aguantar la contaminación que produce el avión fumigador de mosquitos,
y el otro mosquito que se usa para el glifosato en el campo, que lo están
lavando acá nomás en el lavadero de la otra cuadra. No se puede respirar en
este pueblo, no sé si te diste cuenta…
--Sí, como siempre, la ley no se cumple…
--¿Y vos? Contame, ¿a vos cómo te fue?
--Nada… Lo mismo de siempre…
Luis F. Gobea
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