Paso por la esquina de la vieja confitería de mi barrio,
en la avenida frente a la estación del ferrocarril, en la actualidad recuperada como Centro Cultural. Es inevitable que me invadan recuerdos entrañables, como
fantasmas queridos. Al llegar a mi casa, aún no me han abandonado. Al sentarme
a tomar un café frente al ventanal, se abre una puerta invisible que me
transporta nuevamente allí, solo en la mesa, con mi café express, mirando la llegada
del tren nocturno. Un viejo almanaque futbolero marca un año indefinido de la década del setenta. El antiguo reloj de péndulo señala con sus agujas una extraña hora sin tiempo. Absorto
en el tren, siento que entro a la estación. Interiormente oigo la voz del maquinista
que canta, en un idioma que no se parece a ninguna lengua conocida, pero como
telepáticamente, siento que dice algo así como: “la vida es como un tren que atraviesa distancias y paisajes, transportando historias a lo largo del tiempo. A veces avanza
rápido por llanuras despejadas, otras más lentamente, como también supera los
obstáculos de la montaña, y pasa sobre abismos que dan vértigo a alturas que provocan una mezcla de
pánico y seguridad. Más de un ateo reza en esos momentos que parecen eternos,
toda una vida atraviesa la mente mientras se lo cruza. Y hasta se puede
descarrilar, por esos desatinos que algunos llaman destino.”
El tren parte, pero no hacia la
localidad vecina, sino quién sabe adónde. Suena una canción que escuchaba a mis
veinte años: de aquí a dónde iré, qué tren pasará mañana…
Y con la bocanada de la chimenea y el último pitar
de la locomotora, vuelvo al bar, donde
ha comenzado un espectáculo de bailarines de tango. El varón sobrio, la mujer
muestra la sensualidad de sus piernas, el gesto altivo y altanero, la rosa en
la sien. El llanto tanguero cuenta la historia de amor desencontrado. La mujer
de la rosa me mira desafiante y entreabre los labios. Cuando me acerco, los
cierra, se transforma en un pulpo que me
abraza con tentáculos de rosas, hiriéndome con sus espinas; luego me arroja en
una ciénaga y se va, dejándome el aroma de sus pétalos, más perdurables que las
heridas, hundiéndome en la oscuridad.
El cantor, ahora con la voz de mi
viejo, me dice suavemente: —Tomá el bondi…
El colectivo es una nube que se
detiene en el pantano. En el frente indica el recorrido: NOCHE AL DÍA.
Subo y la luna me abraza, me
contiene. Me sumerjo en ella, amándola como quien se aferra a la vida.
Ya fuera de la ciénaga, vuelvo a
encontrarme en la mesa del bar, empapado de luna, chorreando barro y sangre.
El gato de la casa,
cómodo en su territorio, ahora que ya no hay público en el local, se sienta en
una silla de mi mesa. Me observa, como queriendo acompañarme y comunicarse
conmigo. Con cara y voz de Gardel, me
dice:
—Perdiste…Pero no es
cuestión de suerte. Te perdió la ansiedad y te entregaste fácil… —y después de una pausa, continúa—: Observá la pareja
de bailarines… El hombre tiene aspecto de conocer el juego. Parece
conducirla, pero cuando avanza, la mujer cruza la pierna y lo esquiva,
luciéndose con sus figuras. Él la lleva para que ella se destaque. Sólo al
final se entrega, si él ha sabido tomarla y llevarla bien, sin dejarse llevar
por la ansiedad. Pensalo…
Veo que el pulpo ha recuperado su
cuerpo de mujer, y sus ojos me miran y esquivan a la vez.
Pierdo noción del tiempo y del
espacio. No temo al tren que cruza el abismo. Ni a la ciénaga, ni a los
tentáculos del pulpo y sus espinas. Tu tiempo es hoy, me dice el reloj.
Me dejo envolver por la melodía
sentimental y vibrante, que conduce mis pasos. Seguro y sin jugarme la vida en
la primera mano, me acerco y le susurro:
—¿Bailamos?