Me siento atraída por este planeta hermoso, por eso giro
a su alrededor. No puedo dejar de observar sus cambiantes paisajes únicos, con
sus montañas, valles y llanuras, océanos, lagos y ríos, sus playas, su vegetación,
sus peces, aves, animales de tan variadas especies…
Pero tiene la belleza de su pecado original, que es la
imperfección. Placas tectónicas mal superpuestas, en constantes aunque
imperceptibles movimientos, con un fuego interior que le da calor y a la vez lo
suele destruir con sus volcanes, terremotos, tsunamis, aludes e inundaciones…
Los hombres que lo habitan son como la Tierra;
maravillosos, cambiantes, creativos, e imperfectos. Su gran imperfección no
está en sus limitaciones, sino en no reconocer lo maravilloso de su poder
interior. Y así les va… Violencias de todo tipo, entre grupos, entre países,
por su género, su religión, su situación social, su nacionalidad… sus mismos
vecinos. Crean sus propios monstruos con esa actitud, y luego se refugian a la
defensiva en la desconfianza, la crítica destructiva, la oposición…, la soledad
suele ser compartida de una manera triste, angustiada, incomunicativa, cerrada
por la soberbia…La justifican en vez de superarla cambiando su actitud por otra
que les saldría naturalmente, pero que ellos mismos han encarcelado con costumbres
a las que otorgaron un carácter sagrado, de su identidad de hierro, que a su
vez, los lastima y les provoca llanto… o más violencias… ¡Les cuesta tanto
salir de su propio ego!
Han necesitado sabios que les hagan ver que en su
interior más profundo, encontrándose con su propia naturaleza, está el poder
para cambiar las cosas y construir una vida mejor, que tanto ansían. Han
inventado ídolos religiosos, políticos, deportivos, siempre buscando salvadores
que si no logran satisfacerlos, al menos soñar que los representan en sus
deseos, a los que suelen confundir con la realidad…
Pero pese a todo, tienen una gran capacidad de enfrentar
dificultades y salir adelante, algo que para los dioses y los poderosos de la
Tierra suele resultar desafiante, y se esfuerzan por domesticarlos… Y esa
energía que los anima parece incomprensible… Pero han logrado sobrevivir en el
desierto, en la selva, en las alturas, a las orillas de ríos caudalosos y
violentos, en el hielo, aunque se aglomeran como hormigas en las grandes
ciudades más inhóspitas y violentas que la naturaleza… Y también sobreviven a
las grandes catástrofes, las de la Naturaleza y las provocadas por su soberbia
a la que han solido llamar “civilización”.
Siempre he sido para ellos una presencia muy importante, tal
vez por mi cercana lejanía… ¡Si
comprendieran lo triste que es estar rodeada de un inmenso océano oscuro,
iluminada por infinita cantidad de estrellas lejanísimas, que murieron hace
tantos millones de años…!
Me han convertido
en un símbolo de sus deseos… y de sus fantasmas. Unos me consideraron una diosa.
Otros, se enamoraron de mi belleza, y me asociaron a todo lo femenino: el amor,
el misterio, la luz que ilumina la noche y la hace maravillosa. Otros, me
atribuyen desgracias de cuyas causas suelen ser responsables, terribles
hechizos y hasta el mal carácter… Yo sólo hago lo que puedo: no soy la que despierta
su inspiración artística ni sus sentimientos eróticos, sólo los ayudo a
concentrarse en su yo más profundo, donde reside su poder maravilloso. La
escasez de oxígeno en el aire en horas nocturnas, es la que les hace bajar su
estado de tensión por otro más sensible…
Ese oxígeno que necesitan para vivir, y a la vez los envejece, y los
hace recurrir al consumo de antioxidantes para evitarlo… ¡Si comprendieran que precisamente porque van a morir, estando vivos, debieran valorarlo más…!
De todos modos, eso me hace sentir muy bien, aunque sólo
sea una opaca pantalla de la luz creadora de vida del sol… Siento que también soy
una parte necesaria de un cierto equilibrio. Y yo en el fondo, les tengo alguna envidia.
Créanme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario