Miér 14 Abril 2021
Gerardo
y Jorge traen cuentos de su propia cosecha y entramos en la previa con una
reflexión crítica de G. sobre su experiencia con un jurado de un concurso
literario en el que participó en una oportunidad. El conflicto, según su
relato, surgió de una observación que le hizo el jurado sobre el uso adecuado o
no de la expresión "a los trompicones" en lugar de
"tambaleante". A lo que él retruca con que en un cuento, el jurado
había empleado 89 veces la palabra "que".
La anécdota me parece rica a la hora de
extraer conclusiones, salteando el obstáculo que significa el respeto
por la sensibilidad del otro, saliendo del involucramiento personal.
Me viene a la mente mi propia experiencia, como estudiante
y como docente, en las comisiones evaluadoras. Y acuden a
mi memoria la relación dinámica, de ida y vuelta, entre lo general y
lo particular, y la actitud propia de los escritores de
literatura fantástica y de vanguardia, de tomar distancia de lo que
narran, tomando los hechos como extraños, viéndolos desde afuera, no
desde la subjetividad. Siempre pensé que puede venir bien
como actitud ante los problemas de la vida.
En general, y más acá de los cuentos
de referencia, que no conocemos, podemos tener en cuenta que en
literatura no toda repetición es incorrecta, puede funcionar como un
recurso expresivo válido. (Paula la memoriosa, recuerda su
nombre: anáfora). No sabemos si esa observación se cumple en el
caso particular del cuento objetado por Gerardo.
Tampoco estamos en condiciones de
evaluar, ni nos interesa entre nosotros, que no estamos cumpliendo el
poco grato rol de evaluadores, si resultaba válido el empleo de
los trompicones con los que tropezamos, y que a mí también me
hacen tambalear en la vereda de mis conocimientos, pues si bien me
parece haberme encontrado alguna lejana vez con esa palabra, la falta
de uso por mi parte me hace dudar. Me hace acordar a una expresión
incorrecta, "trompezón", más conocida por todos nosotros,
que quizás derive de un matrimonio ilegal entre tropezar y trompicar.
Pero en cuanto a la validez o no de que
un autor utilice un término y no otro, ya no depende de
las prescripciones de la gramática o de la academia de letras, sino
de la decisión de quien escribe. La teoría literaria puede servir al
lector y al escritor aficionado, pero su cumplimiento o no, y
su transgresión, son decisiones libres del autor. No deben frenar
la capacidad y necesidad de expresarse libremente.
Obviamente, lo más difícil para todos
los seres humanos, tanto evaluados como evaluadores, es lograr escuchar
las observaciones de otros, a los que se acepta su existencia
cumpliendo su rol al participar de esa situación. Si esta conducta no se
respeta, surgen conflictos. Pero no nos engañemos: los seres humanos
no aceptamos fácilmente normas ni recomendaciones externas,
y necesitamos aprender de nuestra propia experiencia.
La otra cuestión es si es válido corregir
una producción literaria, o artística en general, o si hacerlo es traicionar
los que se sintió al crearlo. No hay demasiado acuerdo, y quizás más que
razones valederas haya subjetividades distintas. Me viene a la memoria Astor
Piazzolla, que cada vez que interpretó sus obras lo hizo de un modo distinto,
cambiando inclusive los arreglos. No creo que el sentimiento que les dio origen
haya sido lo que cambió, sino los modos de expresarlo. Pero esto no es tan
común en la literatura, donde suele haber, en algunos contados, algunas
(sutiles) diferencias de una edición a otra, corregida; lo más frecuente parece
ser que el escritor quite lo que parece estar de más, cambie alguna palabra por
otra de mejor poder expresivo, y vaya puliendo su obra, hasta lograr, como los
pintores, el resultado definitivo.
Esperamos que Gerardo nos envíe sus cuentos, así los publicamos y comentamos en el blog.
Jorge nos lee su cuento, “La batalla”, que reproducimos en la siguiente entrada.
Hola a todas/os. Tal como citó Luis en la reunión de la semana pasada se leyeron los cuentos y se trataron distintos temas. Muy bueno el taller, demasiado bueno, sobre todo al ver otras cosas bastante mediocres que se ven y se escuchan en otros ámbitos.
ResponderEliminarNo soy un "escritor", podría categorizarme como un "cuentista". Un contador de situaciones vividas o de ficción, escritas al "modo mío". Digo esto por que créo que hasta los grandes escritores tienen su forma de escribir, usar un vocabulario al máximo rico y estamos los otros muchos, que escribimos con otro recurso verbal.
También créo que nadie puede "juzgar" el uso de tal o cual palabra por parte de quién escribe, si la palabra está bien escrita es suficiente. Ninguno tampoco podemos juzgar el uso de tal o cual palabra de un libro, así lo escribió su autor y es la opción válida, no que sea la única opción valida, eso no. Seguramente una palabra puede tener múltiples sinónimos, pero el que lo escribió puso la palabra que el quiso.
Mi palabra dentro de un cuento fué "Trompicones" y según el diccionario de la RAE esta es su definición:
Trompicón
(nombre masculino)
Golpe involuntario dado con el pie contra un obstáculo o contra el suelo al ir andando o corriendo y que provoca una pérdida del equilibrio.
"cuando se quita las gafas va dando trompicones"
Bueno aquí está bién clarito... El protagonista del cuento tenía las Uñas Encarnadas de ambos dedos gordos de los pies, por eso al caminar iba a los Trompicones...
Nadie nunca jamás puede cambiar una palabra de un texto, cuento, escrito, etc, etc, el autor es el único que puede hacerlo si quiere. Pero en mi caso, como lo escribo lo dejo... Y así será siempre. No soy mas que nadie, pero tampoco soy menos que nadie.
El cuento que citamos durante esa clase ya lo llevaré para leerlo y compartirlo con los integrantes del taller.
Muchas gracias. Y muchas gracias el poder integrar el grupo del taller de literatura con Luis, una especie de enciclopedia viviente, tanto por su formación, como por su forma de ser.