martes, 27 de abril de 2021

EL PALO DERECHO por Gerardo Rodríguez

 EL PALO DERECHO

Cuento de Gerardo G. Rodríguez,  presentado en fase Distrital de los Juegos Bonaerenses año 2016.

    Soy  El Palo Derecho, sí, el derecho. El de este lado de la cancha, el del arco que da a la calle Camarones, el de las definiciones importantes.

    Yo que sé de tiempos malos, buenos y de los más raros, los muy buenos.

    Tengo dos edades, 58 años y 36 años.

    Sí que sé también, de lluvias, granizos, soles extenuantes, golpes y hasta de malas pinturas, que con tal de parecer nuevo me pintaron con cada cosa…

    Algunos se preocuparon por mí, digo esto porque al palo izquierdo y al travesaño los tuvieron que cambiar, como yo estaba sano me dejaron, el tiempo y los golpes pudieron más con ellos, no llegaron a mis 58 años, mi primera edad.

    Todo comenzó en un campito allá por 1911, donde un grupo de apasionados del fútbol crearon mi club “El Banderín”, sí, así se llamó y se llama en reconocimiento al barcito de la esquina de Magariños, Cervantes y Bahía Blanca donde se reunían y que así se llamaba. Ahí se creó y fundó el Club Atlético Social y Cultural El Banderín.

    De un día para otro me fueron a elegir a la carpintería del barrio, yo, el palo derecho,  terminé siendo de urunday, madera dura, que no se dobla, que no se quiebra y que no se rompe y que los bichos no me atacan  (a los insectos me refiero).

    Duré muchos directivos, jugadores, cancheros, directores técnicos y hasta hinchas, claro, son muchos años.

    Y entre esos años he vivido tantas cosas… Por ejemplo, me compartieron muy buenos arqueros, cada uno con su estilo. El Loco Oliviero, que caminaba la línea de cal entre los dos palos tres veces antes de cada partido, Bartolo Floresta, que atajaba con pantalones largos y tenía sobre ellos puestas las rodilleras, El Chino Joménez, que cada vez que le hacían un gol me pateaba a ras del suelo, y entre muchos otros El Loco Delallama, el más raro de todos, ya que cuando le pateaban un penal, siempre siempre se paraba junto a mí a la espera que se lo patearan desconcertando al jugador contrario, así y todo atajó unos cuantos, nunca supe si yo le daba el valor en ese momento crucial.

     Después, cómo no recordar a las duplas de defensores, entre muchas, al Gordo Calderón y al Negro Borda, que disfrutaban del juego y encima tenían tiempo de salir jugando entre risas. Al Colorado Cedro y Adolfo Lunas, dos señores del área chica y grande. A los dos negros, al Negro Tibero y al Negro Blancos, dupla de defensa impasable, de pierna fuerte pero leales. El gringo Tanil, que acomodaba a los jugadores en la cancha, así el equipo siempre debía moverse al ritmo de él.

    También me tocó sufrir a varios delanteros de los buenos, como Tito Aloniso, que acariciaba la pelota de tal forma que siempre terminaba en gol. Al Liebre Burgos, que siempre se la “tiraban larga” y llegaba al arco para convertir. Demás esta destacar a Fito Colivinorelli, al Cabezón Varelar y al Gallego Pallacio, todos excelsos jugadores dentro del área. Pero los más recordados eran los malos, maletas que se les dice, como Enrique “Croto” Doren, errador de goles como pocos, Cucusa Lacanat que de petiso siempre se quedaba corto y en toda su carrera hizo 20 goles nomás, y el peor de todos, el Negro Chiribín, que parecía tener comprados los palos, siempre les pegaba con la pelota y pateaba fuertísimo que estremecía los palos, más el izquierdo y el travesaño, por eso fueron los más sufridos y tuvieron que cambiarlos.

    Así pasó el tiempo, llegó el cambio “generacional” de hace 36 años y de los palos pasamos a los caños, el derecho, el izquierdo y el travesaño. Pero a pesar de que todo se desarrollaba normalmente, a mí no pudieron sacarme. Tan arraigado estaba en el basamento que me dejaron, entonces quedé adentro del caño derecho, quedé como único sobreviviente de aquel día de 1911 en que me trajeron de la carpintería del barrio, me colocaron y todo comenzó.

    Ya las cosas no son como antes, yo ahora soy el espíritu del palo derecho, pero igual veo lo que pasa a mi alrededor y ya nada es como antes. Antes los jugadores estaban una vida en el club y jugaban por amor a la camiseta,  ahora solo duran seis meses y cada vez quieren cobrar más por ponerse la camiseta.

    De las tribunas me han tirado de todo, algunas no me molestaron, otras dejaron su marca en el caño, como la baldosa que arrojaron aquel día del descenso a la C.

    Ya nada es como antes, en fin, mi vida sigue adelante, añorando lo pasado, como cuando festejaron sobre el arco aquel ascenso a la A aquel año 1967.

    Las cosas no fueron bien en años siguientes, bajamos a la C y después de muchos años pudimos subir a la B, donde creo que nos quedaremos.

    El interés por parte de la dirigencia es otro. Ya no está la misma pasión por el club y por el buen fútbol, hoy es otra cosa, así lo escucho decir a los socios del club de hace 70 años. Hasta los socios son distintos, hoy se les llama “triunfalistas” y yo me pregunto: “Si yo aguanté 94 años, buenas, malas y las más raras, las muy buenas, y mi espíritu sigue VIVO, porque los que vienen a la cancha no hacen como yo aunque este adentro de un caño”…

VIVA MI ESPÍRITU, VIVA EL BANDERÍN POR SIEMPRE…


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