miércoles, 25 de agosto de 2021

TIEMPOS DE ESPERA por Diana Mariel Souto

        Las agujas del reloj marchaban con lentitud, en contra de los escasos tarjeteros electrónicos del pueblo y en complicidad con los chicos en su despertar escolar.

        Allí el tiempo transcurría diferente a otros lugares.

    Los diarios llegaban luego del mediodía, cuando en la ciudad se cancelaron todos los vuelos anunciados por la mañana. Las noticias eran historias del pasado al momento de leerlas.

    Hacía cinco meses que el cielo encaprichado no permitía usar los paraguas, ni las botas a los niños. Suspendidas estuvieron las caminatas de los jóvenes tomados de la mano; quienes, en otras épocas, humedecían sus rostros para luego secárselos en un compás de caricias.

    Los adultos convirtieron la sequía en un único tema de conversación.

    La vida cotidiana y la del futuro próximo se vieron afectadas.

En el campo los sembrados estaban débiles, escasos en altura y en verdeo. Atascados en la tierra, los cultivos no se movían, no mugían.
Los ojitos del viejo perro de la estancia fijaron la vista en el horizonte. Era el fin de sus tiempos en el pago, ya no lo necesitaban.

Un lunes cuando el sol aún no había asomado, camino al pueblo, supo que el lazo fraterno se destruiría. Miró con nostalgia la última tranquera del puesto que algún día lo vio llegar.

Lo bajaron en un terreno desconocido para él. No era el almacén de Don Tomás, ni el boliche del Negro, tampoco la tienda del Gallego. No hubo despedidas. En esa esquina sin atender, no se ubicó. Comenzó a caminar sin rumbo, con sus ahora abatidos sueños de hogar eterno. Para guardar las últimas energías sostuvo sus músculos una y otra vez.

    Aquella media tarde el cielo no era igual. La vida del poblado quedó teñida con todos los tonos del gris.

    Los del picado del sábado no lo suspendieron, hacía tanto que no llovía…

    Sin embargo, una a una, grandes gotas comenzaron a caer. En el suelo se unieron hasta formar un todo homogéneo, que logró brotar una sonrisa hasta en la persona más seria del lugar. El sonido producido se podía comparar con la más bella melodía compuesta en la madurez.

En la panadería, en la tienda y hasta en la salita de primeros auxilios los mostradores y ambientes quedaron vacíos de gente que ahora se sumaba a la dicha de ver con sus propios ojos el espectáculo gratuito del más allá.

    Con la bendición de los cielos se convirtieron en caminantes serenos los chicos, los jóvenes, los grandes.

Los de la canchita de la estación sintieron la lluvia caer torrencialmente y se permitieron gritar un gol profundo desde un solo bando.

Fue en aquella circunstancia mágica cuando alguien lo tomó en sus brazos y dio refugio al perro vagabundo, en un rincón del hogar.


MI ANÁLISIS DEL CUENTO

Como aspecto positivo, rescato el hecho de que no caiga en el tono melodramático, como si estuviera narrado en sintonía con la relativa naturalidad con que se toman determinadas decisiones sentidas como necesarias, anestesiando la culpa y el conflicto.

Está bien escrito, pero argumentalmente, no pasa nada. Podría haberse profundizado el tema de los derechos del perro, del niño que extraña a su mascota o que pide lacónicamente al menos una explicación.

No hay una relación clara entre el tren que no llega con las noticias, la sequía, el cambio cuando al fin vuelve la lluvia, y el abandono del perro.

El final está resuelto de una manera demasiado rápida, “mágica”, feliz pero sin drama que llegue a emocionarnos ni motive reflexiones. Como si fuera innecesario, puesto que todo terminó bien.

Así como está, podría interpretarse como un collage, o inclusive que la reflexión que se impone podría ser algo así como “todo cambia…”. Podría ser válido según las características de la nueva literatura, pero le quita “sentido”.  

Luis F. Gobea


UNA DICE TANTAS COSAS EN ESOS CASOS… por Juan Carlos Ustarroz


      —Lo decís ahora, por decir  dijo Laura.

   Laura dijo  Armando con voz cansada no empecés de nuevo. El día está lindo, lo podemos aprovechar…

   Lindo para vos  que lo podés disfrutar…Además, mirá las nubes en el horizonte.

     Se van a ir para otro lado dice Armando, tratando de calmar a Laura, pero el viento había empezado a mover las abundantes flores alrededor de ellos. Parecía que todo el mundo que pasaba llevaba un ramo. 

     Y como se llama? inquirió Laura.

     Ya te dije suspiró,  resignado, Armando.

   —Me olvidé —insiste Laura. Armando sabe que no se olvidó. Lo pregunta para molestarlo. Para hacerlo sentir aún más culpable

     Irina  musita Armando,– Irina se llama.  La conocí hace un mes. En el club.

     Un mes… Laura se muestra irónica. Su boca hace un gesto mustio y su pelo moreno le tapa parcialmente su  cara pálida movido por el viento que, ahora sí, comienza a soplar con fuerza. El sol se ha ido. Comienza a hacer frio.

   Un mes  refuerza Armando, entre enojado y cansado. No irás a pensar que…

    No pienso nada sonríe agriamente Laura, mientras más gente quizás por el viento que los espanta, quizás por la hora, son las 18:45 comienza a pasar rápidamente entre ellos, sin mirarlos ni darse cuenta de su presencia. 

    Recién pasó un año. Cualquiera diría que un año no es mucho…remata Laura con un mohín en la boca.

  Pero vos me dijiste que…interrumpe Armando, tapándose la cabeza con el papel que había traído –empieza a caer una leve llovizna , mientras recoge apresuradamente  la tijera, el libro que leían con Laura cada vez que ella se ponía nostálgica y el álbum de fotos familiares que siempre cargaba por las dudas. 

    Una dice tantas cosas en esos casos dice Laura, con esas sonrisa triste que siempre desarmó a Armando. La gente ya casi no pasa mas. Laura amaga con darse vuelta y dar por terminada la charla.

     La llovizna aumenta y el agua está fría. Entre manotazos, pero prestando atención a Laura, Armando limpia lo que puede o que había quedado sin arrastrar el viento.

  Nos vemos la semana que viene, como siempre dice Armando, destrozado por la culpa e intentando alargar la conversación, pero la llovizna ya era una lluvia, estaba casi obscuro y el lugar se había quedado desierto.

    Sí, sí dijo Laura con tono agrio y sin darse vuelta, mientras desaparecía de su vista.

     Armando termina de recoger todo. Como suponía, está destrozado. Pensará como resolver esto en su casa, pero ahora levanta todo y corre hacia la salida, bajo el agua e intentando proteger sus cosas. Debe apurarse. El cementerio cierra a las 19.

 

MI ANÁLISIS DEL CUENTO

El cuento está muy bien logrado, con su sorpresivo final propio de la literatura fantástica, con algunas señales previas mediante detalles que cobran significatividad al terminar de leerlo.

La narración se desarrolla a través del diálogo entre los dos personajes, y el contexto, que se va comprendiendo al final, sorpresivamente, pero sugerido, no explícito, cobrando significatividad los pequeños detalles referidos como al pasar (la hora, las flores en el piso, otras personas que pasan con flores, y que se alejan cuando comienza a llover).

El conflicto mismo tampoco está explícitamente narrado por el narrador externo: se desprende de sus sobreentendidos en una discusión de reproches y evasiones que intentan evitar el conflicto, en un ambiente percibido en todo momento como raro por el lector, gracias a la economía en las descripciones. Si se lo llevara al cine, ese clima raro se transmitiría en las imágenes sin ninguna dificultad.

El clima meteorológico acompaña al clima humano tormentoso, ambos negados al principio por Armando, y se desatan al mismo tiempo.

La hora aparece como un elemento importante para darle fin al cuento, pero no al conflicto.

Si nos ponemos en muy exigentes, se podría considerar un leve tropiezo el párrafo en el que nos enteramos de que son las 18:45, pues introduce innecesariamente la presencia del narrador externo. Se podría haber resuelto mediante el agregado de unas proposiciones en las que el personaje consulta la hora, queriendo salir de la discusión no deseada. No queda demasiado claro si decide irse “gracias” a la lluvia y el viento imprevistos, o porque advirtió, como todos los demás, que se acercaba la hora del cierre del cementerio.

De todos modos, quizás este detalle se podría aceptar como coherente con el clima de indefinición en el que se desarrolla el cuento. 

Luis F. Gobea

SICARIOS por Jorge Uriza

 

    Enrique Juan Recabarren no conocía el miedo. Era una emoción que nunca, ni siquiera en situaciones de peligro, había logrado contaminar sus decisiones. Pero esa madrugada, faltando poco para el amanecer, se había despertado con el pecho oprimido por una sensación de ahogo desconocida. Y comenzó a preguntarse si “eso” sería, precisamente, el miedo; o alguna variante; pero miedo al fin. Porque era la tercera noche consecutiva que sufría la misma pesadilla: Un hombre, cuyo rostro no podía ver, abría lentamente la puerta, y sin que él pudiera resistirse, lo acribillaba a balazos. 

     Llenó hasta el borde un vaso con agua y se quedó mirando la puerta; la misma de los sueños. ─Si tiene miedo tránquela con la silla─ le había dicho el gallego dueño de la pensión, con un dejo de desprecio, cuando le hizo notar que no tenía cerradura. En ese mismo momento debió tomar la decisión de abandonar ese pueblo; pero no; lo había elegido cuidadosamente, por eso estaba ahí. Además, su nombre, De la Garma, era lo suficientemente raro como para agregarle atractivo. Se extinguían los años 50, y con ellos el auge del ferrocarril, pero él seguía manejándose en tren cuando tenía que desaparecer por algún tiempo; se consideraba un experto; tenía mapas de las líneas ferroviarias de todo el país y referencias de muchísimas localidades, especialmente con pocos habitantes, para pasar algunas vacaciones forzadas, como ahora. Por eso recaló en De la Garma, y por eso también condenó a sus huesos a una tediosa estadía en esa pensión infame que ostentaba al frente, sin pudor, un cartel con el nombre de Hotel Argentino. 

     Haber tomado distancia con el Gran Buenos Aires era algo previsible ─y necesario─ después de haber llevado a cabo su último trabajo: eliminar a Lázaro Morel, reconocido matón devenido en político y mano derecha del Dr. Armando Serrizuela, caudillejo conservador del sur de Avellaneda. Con la excusa de negociar la “propiedad” de dos prostitutas, había atraído a Morel hasta el depósito de un bodegón de la calle Montiel. Le bastó entrarle una sola vez con su daga toledana para cumplir el mandato. ─Recabarren, sos un traicionero hijo de puta…─ dijo Morel con las últimas fuerzas que le quedaban, mientras hilos de sangre y saliva comenzaban a colgar de las comisuras de sus labios; quedó de rodillas, con el mentón clavado en el pecho y las palmas de las manos abiertas. El matador lo miraba en silencio; y se quedó con ganas de contestarle que sí, que de alguna manera todos somos un poco hijos de puta. 

     Levantó el vaso y se acercó para ver la claridad del amanecer a través de la ventana que daba a un terreno lleno de frutales. No alcanzó a hacerlo porque el aire frío que le trepó por la espalda le indicó, inmediatamente, que la puerta estaba abierta. Se dio la vuelta lentamente, con un mal presentimiento. Una mujer, no muy alta y delgada, se encontraba parada dentro de la habitación. La miró detenidamente; su pelo renegrido estaba atado con un pañuelo; y uno de sus párpados, caído, le daba un aspecto inquietante. Vestía una discreta falda azul a la rodilla y un saco al tono. 

     Fue ella quien rompió el silencio.

     ─Usted no me conoce, Recabarren. Me llamo Sofía Soler; me dicen “la chilena”.                     

     Esta vez tuvo que admitir que su piel al erizarse solo podía significar una cosa: sentía miedo; así, crudo. Y su memoria le escupió en un torrente de cinco segundos todas las historias escuchadas sobre esta leyenda: “la chilena”. Que era despiadada. Que no fallaba nunca. Que nadie conocía su nombre. Que era quien había ejecutado al comisario Zunino en Mataderos. ─Esos son cuentos de los milicos que no quieren encontrar al culpable─ decía siempre el colorado Jensen en el bar La Pampa. Pero sus recuerdos se congelaron junto con su sangre al notar, de pronto, que la mujer sostenía una pistola en su mano derecha. Un golpeteo frenético en sus sienes apenas le permitió escuchar la voz que le llegaba desde muy lejos

    ─Recabarren, vengo de parte del Dr. Armando Serrizuela.

    El tiempo que transcurrió desde que el vaso resbaló de su mano hasta estrellarse en el piso fue suficiente para comprender que, para él, ya era demasiado tarde. 

 

MI ANÁLISIS DEL CUENTO

La narración mantiene un estilo coherente, en una 3ra persona que refiere el contexto en relación con la psicología del personaje, sus pensamientos y observaciones, sin descripciones que introduzcan digresiones sobre el argumento. La narración mantiene el interés en un crescendo que va intensificándose sin recurrir a ningún factor externo a la percepción de la realidad del personaje. La aparición del segundo personaje (último y breve pero nada secundario en la trama), tan temida como sorpresiva cuando finalmente sucede, sigue el hilo de la conciencia del victimario  víctima.

Barroquismo

Todo el relato desarrolla características de cierto barroquismo muy bien logrado, siguiendo la relación del espacio físico con las motivaciones y percepciones del personaje. El contraste entre las características del pueblo y la presunción del cartel del “hotel” pueblerino; el político asesinado que es vengado en el mismo lugar que el asesino creía seguro, entre la visión de un pueblo alejado del interior como si fuera un lugar donde no pasa nada, donde no hay historia, porque la historia tiene lugar en las ciudades, y una realidad que la contradice; entre el curriculum de la Chilena y la suposición de su falsedad introduciendo la tensión entre la verdad y la opinión de los escépticos; la muerte sorpresiva pese a que ha querido obsesivamente evitarla con toda planificación, cerrando el círculo; el absurdo seguro de la puerta  trancándola con una silla, con una muerte inevitable al estilo de Borges y Hemingway y lo mejor de la novela negra. (El cuento no finaliza con el triunfo de la ley, el orden y la Justicia legal.)

La opción de situar una historia totalmente ficticia en un pueblo real también tiene su mérito: el autor no cae en el tópico del “color local” distrayendo la atención del lector con descripciones realistas. De la Garma, en este cuento, no es el De la Garma real de esa época ni de ninguna otra; es el pueblo donde transcurre la ficción, introduciendo una vez más el juego barroco entre realidad y ficción.

Luis F. Gobea


Los cuentos del concurso "CHAVES ESCRIBE"

   La literatura también estuvo presente en este 105° aniversario del Distrito de Adolfo Gonzales Chaves, con el concurso de cuento o relato "Chaves escribe", cuyo resultado se dio a conocer en el Centro Cultural Georgina Valdez de Lafargue.

   La calidad literaria de los trabajos presentados justificó su participación. Para llevar a cabo la difícil evaluación, el jurado debió tener en cuenta aspectos a veces "secundarios" a la redacción propia de la literatura, pues todos tenían un estilo literario particular incuestionable, y debimos considerar la coherencia del punto de vista, la relación de la anécdota con el clima que se vive en el  entorno, la verosimilitud, la profundidad de los temas, la articulación temática entre los párrafos, la existencia o no de digresiones, la resolución de los conflictos, la participación del narrador en el mensaje y la significatividad de los hechos y los diálogos, y la relación con el lector en general.  


       Así, el primer premio lo obtuvo Jorge Uriza, con su cuento "Sicarios", el segundo correspondió a Juan Carlos Ustarroz, autor de "Una dice tantas cosas en esos casos...", y el tercero fue de Diana M. Souto con su "Tiempos de espera".
     Nuestra felicitaciones a ellos, como también a los demás participantes, cuyas identidades desconocemos, pues, repito, todas las obras demostraron tener materia prima como para ser consideradas producciones literarias.
    Para todos, y no sólo para los que participaron en este encuentro, vale la pena recordar el consejo de Tamara D'Urbano: seguir leyendo con sentido analítico y crítico, para aprender los secretos del oficio, y ejercitarse en su práctica.
    A partir de la próxima entrada de este blog iremos publicando todos los cuentos del certamen.

    

jueves, 5 de agosto de 2021

ALFRED JARRY - CÁTULO CASTILLO - HORACIO FERRER. La fe y la imagen de Dios a través del patafísico siglo XX

 Y ya que estábamos con las estatuas parlantes, les propongo un diálogo entre producciones literarias sobre el mismo tema, siguiendo el hilo de las interpretaciones contrarias a la lógica de la patafísica de Jarry. Son demasiado obvias como para detenerme a interpretarlas. Pero sobre todo en el poema de Horacio Ferrer, es notoria la influencia de la patafísica, y de la asociación de ideas que propone Jarry identificando a Cristo con un ciclista, pero devolviéndole, aún con un lenguaje metafórico anticonvencional, su sacralidad, pero entendida de otra manera muy humana. La poesía tanguera, si bien es muy cruda, contiene imágenes simbolistas que no se explicarían sin  la gran renovación, subversiva, del lenguaje poético vanguardista, que inició como un creador de avanzada Alfred Jarry. Si Jarry desacraliza con tono humorístico por el absurdo, el tango es la angustia por la ausencia de Dios en un mundo sin amor ni esperanza, alejado de lo espiritual, más descreído que escéptico y más sufriente que burlón. 

    Y es notable también, que Ferrer vuelva a la imagen de Cristo ciclista de Jarry para recuperar el sentido profundo de la fe, que se justifica no con razones, sino por un contexto real que la necesita. Si el mundo fuera maravilloso, la fe no sería necesaria... Y en lugar de quedarse con la descripción de la realidad, vuelve a creer, pero en una imagen de Dios que no es la venerada según la tradición, ni la de la burla del patafísico, que, de todos modos, no ha cortado totalmente con el racionalismo. 

 

 Alfred Jarry

LA PASIÓN, CONSIDERADA COMO UNA CARRERA DE BICICLETAS CUESTA ARRIBA


      Barrabás estaba inscripto, pero no fue de la partida.

     El starter(1) Pilatos, sacando su cronómetro a agua –o clepsidra(2)–, lo que le humedeció las manos (a no ser que simplemente hubiera escupido en ellas) dio la señal de partida. Jesús arrancó a toda velocidad.

Distintos modelos de clepsidras

     En aquel tiempo, según el buen cronista deportivo San Mateo, estaba muy difundida la costumbre de flagelar a los sprinters(3) antes de la largada, así como hacen los cocheros actuales con sus hipomotores(4). El látigo es a la vez un estimulante y un masaje higiénico. Bajo su efecto, Jesús partió muy en forma, pero en seguida pinchó un neumático. Las espinas que se hallaban sembradas en la ruta acribillaron todo el contorno de su rueda delantera.

     En la actualidad puede verse la reproducción exacta de esta verdadera corona de espinas en los escaparates de los fabricantes de bicicletas, expuesta como propaganda para los neumáticos que no revientan. Los de Jesús, single-tube(5) de pista ordinarios, no eran de esta clase.

     Los dos ladrones, lobos de una misma camada, tomaron la delantera.

     Es falso que hubiera habido clavos. Los tres que figuran en los grabados son en realidad el quitaneumático llamado “un minuto”.

Quitaneumáticos

     Pero es conveniente que relatemos previamente las caídas. Y primero describamos en pocas palabras la máquina.

     El cuadro es de invención relativamente reciente. Las primeras bicicletas con cuadro aparecieron en 1890. Anteriormente, el cuerpo de la máquina se componía de dos tubos soldados perpendicularmente uno con otro. Luego del accidente del neumático, Jesús subió la cuesta a pie, llevando a la espalda su cuadro o si se prefiere, su cruz.

     Hay grabados de la época, basados en fotografías, que reproducen esta escena. Pero parece que el ciclismo, como consecuencia del bien conocido accidente que coronó tan desagradablemente la carrera de la Pasión y que ha puesto de actualidad el accidente similar del conde Zborowski en la carrera de Turbie, fue prohibido durante un tiempo por decreto de la Prefectura. Esto explica que los periódicos ilustrados que reprodujeron la escena célebre, representaron bicicletas más bien fantásticas. Confundieron la cruz del cuerpo de la máquina con el manubrio recto, que es otra cruz. Representaron a Jesús con los brazos extendidos sobre el manubrio; y anotemos a propósito de esto, que Jesús pedaleaba acostado sobre su espalda, posición que tenía por objeto disminuir la resistencia del aire.

     Señalemos también que el cuadro o la cruz de la máquina, como algunas llantas actuales, era de madera. Algunos han insistido equivocadamente en que la máquina era una draisiana(6) , instrumento inconcebible en una carrera cuesta arriba, en la subida. Según los viejos hagiógrafos (7) ciclófilos santa Brígida, Gregorio de Tours e Ireneo, la cruz estaba munida de un dispositivo que ellos llaman suppdaneum. No es necesario ser un gran letrado para traducir: pedal. *

Draisiana

     Justo Lipsio, Justino, Bosius(8) y Erycius Puteanus describen otros accesorios que todavía se encuentran, nos informa en 1634 Cornelius Curtius (9), en ciertas cruces japonesas: una saliente de la cruz, de madera o de cuero, sobre la cual el ciclista se pone a caballo; se trata evidentemente de la silla. (*)

     Estas descripciones, por otra parte, no son menos fieles que la definición que dan actualmente los chinos de las bicicletas: “Borriquillo al que se conduce por las orejas y se hace avanzar dándole patadas”.

    Abreviaremos el relato de la carrera en sí, que se halla contada con todo detalle en obras especiales y expuesta por la escultura y la pintura en monumentos ad hoc.

     En la bastante difícil carrera del Gólgota hay catorce curvas. En la tercera de ellas Jesús cayó por primera vez. Su madre, en la tribuna, se alarmó.

     El buen entrenador Simón Cirineo que, de no ocurrir el accidente de las espinas, hubiera estado encargado de correr delante de él para cortarle el viento, cayó entonces de la máquina.

     Aunque no llevaba su máquina, Jesús transpiraba. No es cierto que una espectadora le enjugara el rostro, pero sí es exacto que la periodista Verónica (10) le tomó una instantánea con su Kodak.

     La segunda rodada ocurrió en el séptimo codo, a causa de la gratitud del pavimento. Por fin, Jesús resbaló una tercera vez, sobre un rial, en el onceno codo. Las mujeres galantes de Israel agitaron sus pañuelos en el octavo.

     El deplorable accidente conocido ocurre en la duodécima curva. En ese momento, Jesús estaba dead heat (11) como los dos ladrones. Se sabe también que continuó la carrera como aviador… Pero esto escapa a nuestro tema.


____________________________________

(1) starter: juez de largada

(2) clepsidra: antiguo reloj usado por egipcios, griegos y romanos, que mide el tiempo sobre la base de lo que tarda una cantidad de líquido en pasar de un recipiente a otro, de iguales dimensiones, que se ubica debajo. Se usó hasta la invención del reloj mecánico de péndulo en 1656.

 (3))sprinters: velocistas

(4)hipomotores: término absurdo inventado por Jarry para nombrar de un modo moderno a los coches tirados por caballo (hipo: caballo)

(5)single-tube: semi tubo

(6) draisiana:  vehículo de dos ruedas alineadas, el cual se hace avanzar con el impulso del pie sobre el suelo. Un manillar permitía posar las manos durante del desplazamiento y una palanca, servía para mover la rueda delantera. Fue el primer vehículo práctico de tracción humana y es considerado el antecedente más antiguo de la bicicleta.Sobre la base de la draisiana, en Francia, durante la década de 1860, se inventó el velocípedo.

(7) hagiógrafo: Persona que escribe hagiografías o biografías en que se ensalza la bondad del biografiado, especialmente de los santos.

(8) Bosius: Sacerdote italiano de la primera mitad del siglo XVI, obispo de Malta e inquisidor.

* Jarry introduce un recurso muy utilizado por Borges en algunos de sus más célebres relatos, muy influidos por la patafísica, de aparentar un considerable erudición para validar, irónicamente, una historia fantástica completamente absurda, sobre un supuesto mundo irreal donde todo es al revés. Claro que los escritores argentinos nos hablan desde una ambigüedad muy nuestra, que está más acá de la literatura: si para Hegel todo lo racional es real, y todo lo real es racional, nuestra realidad cotidiana parece contradecirlo, y la coexistencia de leyes y razones lógicas con una realidad paralela propia de un mundo del revés nos hace bastante escépticos.  

(9)Cornelius De Corte (1590-1638), latinizado como Curtius, fue un religioso agustino belga, consejero e historiógrafo del emperador Fernando II de Habsburgo, y hagiógrafo de su familia religiosa. En interacción con la vida intelectual de su época, participó en el debate iconográfico, iniciado por el teórico español Francisco Pacheco a principios del siglo XVII, sobre el número de clavos utilizados durante la crucifixión de Cristo. Dio su opinión en 1622 en De clavis dominicis: había cuatro clavos, no tres; también fue el punto de vista de Pacheco, que se hará eco del Cristo en la cruz de Zurbarán (1627) y del Cristo crucificado de Velásquez (1629-1630).

(10) Verónica  fue la mujer que, durante el Viacrucis, tendió a Cristo un   paño para que enjugara el sudor y la sangre. En la tela habría quedado milagrosamente impreso el rostro de Cristo.

(11)dead heat: empate, “cabeza a cabeza”



Cátulo Castilo

EL MONTÓN

(1973)

 La gente quiere verte fracasar,

Que echés de lado toda convicción,

Que vivás arrinconado

Confundido en el montón.

Que estés haciendo bombo en el mercado

Final de un quilombo sin civilización.

 

Vos, que usabas sabia reflexión,

Vos, que fuiste todo humanidad,

Que fue una meta

Tu Volta seca,

Piedad tu corazón

Y razón tu biblioteca.

Vos, abanderado de la paz,

Colgado Barrabás sin ser ladrón.

 

¡Fulero el entrevero en que te ves!

Tu dura profesión sin fin de mes,

Tu vejez te ha atribulado

Se ha olvidado qué es lo que es.

Por eso te ponés la camiseta

De la manganeta soez del montón.

 

Vos, que usabas sabia reflexión,

Vos, que fuiste todo humanidad,

Que fue una meta 

Tu Volta seca,

Piedad tu corazón

Y razón tu biblioteca.

Ya tu meta se quedó detrás:

¡Que hoy te hagan la puñeta los demás!

https://www.youtube.com/watch?v=SSC19RXP56s&ab_channel=rpmusicvideo


 Horacio Ferrer

LA BICICLETA BLANCA 

(1970)

 

Lo viste, seguro que vos también, alguna vez, lo viste: te hablo de ese eterno ciclista solo, tan solo, que repecha las calles por la noche.
Usa las botamangas del pantalón bien metidas en las medias y una boina calzada hasta las orejas, ¿te fijaste? Nadie sabe, no, de dónde cuernos viene, jamás se le conoce a dónde diablos va.
De todos modos, si lo vieras pasar, miralo con mucho amor: puede que sea, otra vez...

El flaco que tenía la bicicleta blanca;
Silbando una polkita cruzaba la ciudad.
Sus ruedas, daban pena: tan chicas y cuadradas
¡que el pobre se enredaba la barba en el pedal!

Llevaba, de manubrio, los cuernos de una cabra.
Atrás, en un carrito, cargaba un pez y un pan.
Jadeando a lo pichicho, trepaba las barrancas,
Y él mismo se animaba, gritando al pedalear.

"¡Dale, Dios!... , ¡dale, Dios!...,
¡Meté, flaquito, corazón!
Vos sabés que ganar
No está en llegar sino en seguir..."

Todos, mientras tanto, en las veredas,
Revolcándonos de risa
¡lo aplaudimos a morir!
Y él, con unos ojos de novela,
Saludaba, agradecía,
Y sabía repetir:

"¡Dale, Dios!..., ¡dale, Dios!...
¡dale con todo, dale, Dios!..."

Pero cierta noche, su horrible bicicleta con acoplado entró a sembrar una enorme cola fosforescente. ¡Increíble!: los pungas devolvían las billeteras en los colectivos; los poderosos terminaban con el hambre; los ovnis nos revelaban el misterio de la paz; el intendente, en persona, rellenaba los pozos de la calle, y hasta yo, pibe, yo que soy las penas, lloré de alegría bailando bajo esa luz la polka del ciclista.

Después, no sé, ¡te juro!, por qué siniestra rabia,
No sé por qué lo hicimos ¡lo hicimos sin querer!,
Al flaco, ¡pobre flaco!, de asalto y por la espalda,
Su bicicleta blanca le entramos a romper.

Le dimos como en bolsa, sin asco, duro, en grande:
La hicimos mil pedazos... y, al fin, yo vi que él,
Mordiéndose la barba, gritó: "¡que yo los salve!..."
Miró su bicicleta, sonrió, se fue de a pie.

(Mi viejo flaco nuestro que andabas en la Tierra: ¿cómo te olvidaste que no somos ángeles sino hombres y mujeres?)

Flaco,
No te quedes triste,
Todo no fue inútil,
No pierdas la fe...
En un cometa con pedales
¡dale que te dale!
Yo sé que has de volver...

https://www.youtube.com/watch?v=iNQgG4Oj2to&ab_channel=MirandaLede

 

martes, 3 de agosto de 2021

ALFRED JARRY. La patafísica, el poder y los símbolos

LA EXISTENCIA DEL PAPA

(Pasquino y Marforio, las dos célebres estatuas romanas, dialogan.)*

(*)La estatua de Pasquino, que data de aproximadamente del S. III  a. de C., fue usada desde la antigüedad para colocar libelos contrarios al poder del Emperador, y lo mismo ocurrió a partir del siglo XVI  cuando se descubrió la estatua de Marforio (siglo I. d. de C.), esta vez contra funcionarios importantes del poder civil y del Vaticano. Los libelos de la estatua de Marforio replicaban a los de la de Pasquino. Por eso se las llama “estatuas parlantes”. Cuando en el siglo XVII el Papa decidió trasladar la estatua de Marforio al Palazzo dei Conservatori (sede de las autoridades electivas de Roma), el pueblo romano continuó utilizando otras estatuas, no tan famosas como la de Marforio. 

Estatua de Il Pasquino

Estatua de Marforio


MARFORIO: ¿Qué noticias hay?

PASQUINO: El fin del mundo está cerca; lo veo en ciertos signos: los caminos ya no llevan a Roma, sino que parten de ella.

MARFORIO: ¿Quiere usted decir que S. M. Victor Manuel parte de Roma para ir a París? Me pregunto si la cortesía parisiense dará al original la acogida que niega a su imagen. En una palabra, si, en ocasión de su visita, dará curso legal a las piezas de moneda que llevan su imagen y que se ha obstinado en rechazar.

PASQUINO: No todas. En cuanto al rey, circulará libremente, por montes y valles, más allá de los montes y más allá de los valles y por ferrocarril y en coche; libremente, es decir, en medio de los bravos y las avalanchas de una multitud gritona, encerrado en un vehículo rodeado de policías. Un rey es siempre una buena pieza.

MARFORIO: No en su país. Pero usted no me ha comprendido, Pasquino. Le preguntaba: ¿Qué noticias hay... importantes?

PASQUINO: ¿Qué noticias...? ¿de mi salud?

MARFORIO: No  pasquinee  usted en estas dolorosas circunstancias en que la Cristiandad está en juego. Su salud de usted es excelente, mi querido colega de piedra. ¿Qué noticias hay, Pasquino, de la salud de Su Santidad?

PASQUINO: Pero si ya le he contestado, Marforío: todos los caminos parten de Roma, incluso el que lleva de Roma al cielo.

MARFORIO: ¿Qué quiere usted decir? ¿Ha muerto el Papa?

PASQUINO: El Papa no ha muerto. Tiene muy buenas razonespara ello.

MARFORIO: ¡El cielo sea loado! ¿Entonces Su Santidad está mejor?

PASQUINO: ¡Ah, no! No está mejor. También tiene muy buenas razones para ello.

MARFORIO: Es entonces que la enfermedad no se ha agravado y que el estado del Santo padre es estacionario. ¡Penosa pero consoladora incertidumbre!

PASQUINO: Es lo que se llama la infalibilidad papal. Escúcheme bien, Marforio, voy a confiarle a usted un secreto: el Papa no está ni muerto, ni curado, ni enfermo, ni vivo.

MARFORIO: ¿Cómo?

PASQUINO: Ninguna de esas cosas. No hay ningún Papa, nunca ha habido el menor rastro del Papa León XIII.

MARFORIO: Pero los diarios están llenos de relatos de personas que han sido recibidas por él en audiencia y de detalles de su enfermedad. PASQUINO. La vanidad humana es crédula. Y usted, Marforio, ¿lo ha visto?

MARFORIO: Usted sabe muy bien que, como somos de piedra, los desplazamientos nos resultan difíciles. No, por cierto, no he ido a ver al Papa. Me movilizaré un día hasta el Vaticano si me cargan en una carroza, como a un embajador, o si le ponen ruedas y un motor a mi pedestal. Pero que yo no lo haya visto no es una razón para que el Papa no exista. Usted, Pasquino, ¿acaso ha visto a Dios?

PASQUINO: Si lo hubiera visto desconfiaría. Sólo se muestra aquello que no es seguro, para inspirar confianza. Esta es la verdad, Marforio; el Cónclave, reunido a puertas cerradas...

MARFORIO: Sí; el Cónclave es con clave.

PASQUINO: ... Eligió clandestinamente un papa..., el más viejo y moribundo de los cardenales. Y de pronto, a continuación, ese viejo casi difunto se puso a gozar de una extraordinaria longevidad...

MARFORIO: Como si no hubiera hecho más que eso durante toda su vida.

PASQUINO: Precisamente, durante toda su vida no había tenido ninguna aptitud para ese deporte y se lo eligió porque habría de morir en poco tiempo. No hay ningún Papa vivo, Marforio: hay un hombre hábilmente embalsamado o un autómata perfeccionado, irrompible e infalible...

MARFORIO: No estaría mal que el poder espiritual no conservara nada de temporal.

PASQUINO: ¡Hay sobre todo medite usted esto, Marforio una tiara! Piense en los hechos recientes. La Cristiandad la ha pagado exactamente...con el dinero de San Pedro.

MARFORIO: Pero ¿y las punciones?

PASQUINO: No le hacen punciones: ¡le dan cuerda!

MARFORIO: ¿Y esos frascos que trae el doctor Rossini?

PASQUINO: Simple refresco para los reporteros sedientos.

MARFORIO: ¿Su Santidad no sería entonces más que una invención, una noticia falsa creada por los periodistas?

PASQUINO: Agregue usted: anticlericales.



EL ATAÚD DE LA REINA VICTORIA

     Nos felicitarnos de no haber revelado, antes de que hubiera pasado todo Peligro, la terrorífica noticia que va a leerse ahora. Hemos contribuido así a evitar un desastroso pánico. Por poco Europa hubiera debido lamentar la muerte, causada por el más inaudito de los atentados, de varios soberanos y una infinidad de oficiales superiores, reunidos con motivo del entierro de la reina Victoria. La catástrofe ha sido evitada gracias a la intrépida discreción de los organizadores de los funerales.

     Quizás el público no haya podido comprender por qué el coche fúnebre era un carruaje de artillería, ni la razón de las maniobras, deportivas pero extrañas, de los portadores del ataúd real cuyo peso estaba evaluado en trescientos kilos, que "se entrenaron" previamente con otro ataúd de quinientos kilos. Que ese público sepa hoy que acaba de escapar a la más audaz de las tentativas de los anarquistas londinenses: en el ataúd, actualmente empotrado en una bóveda para preservar su eterna seguridad, ¡el cadáver de la Reina había sido sustituido por trescientos kilos de dinamita! Si todo peligro quedó conjurado, se lo debemos a las perfectas condiciones, metódicamente adquiridas, de los músculos de los portadores. Pero inquiriremos tímidamente, ¿era realmente necesario que en el ataúd de entrenamiento, ahora olvidado entre accesorios fuera de uso en algún campo de fútbol o de golf, y aun aceptando la legítima excusa de que era necesario completar rápidamente y con cualquier material el peso de quinientos kilos, era necesario, insistimos, introducir en él  justamente los venerables restos de la Reina?