miércoles, 25 de agosto de 2021

TIEMPOS DE ESPERA por Diana Mariel Souto

        Las agujas del reloj marchaban con lentitud, en contra de los escasos tarjeteros electrónicos del pueblo y en complicidad con los chicos en su despertar escolar.

        Allí el tiempo transcurría diferente a otros lugares.

    Los diarios llegaban luego del mediodía, cuando en la ciudad se cancelaron todos los vuelos anunciados por la mañana. Las noticias eran historias del pasado al momento de leerlas.

    Hacía cinco meses que el cielo encaprichado no permitía usar los paraguas, ni las botas a los niños. Suspendidas estuvieron las caminatas de los jóvenes tomados de la mano; quienes, en otras épocas, humedecían sus rostros para luego secárselos en un compás de caricias.

    Los adultos convirtieron la sequía en un único tema de conversación.

    La vida cotidiana y la del futuro próximo se vieron afectadas.

En el campo los sembrados estaban débiles, escasos en altura y en verdeo. Atascados en la tierra, los cultivos no se movían, no mugían.
Los ojitos del viejo perro de la estancia fijaron la vista en el horizonte. Era el fin de sus tiempos en el pago, ya no lo necesitaban.

Un lunes cuando el sol aún no había asomado, camino al pueblo, supo que el lazo fraterno se destruiría. Miró con nostalgia la última tranquera del puesto que algún día lo vio llegar.

Lo bajaron en un terreno desconocido para él. No era el almacén de Don Tomás, ni el boliche del Negro, tampoco la tienda del Gallego. No hubo despedidas. En esa esquina sin atender, no se ubicó. Comenzó a caminar sin rumbo, con sus ahora abatidos sueños de hogar eterno. Para guardar las últimas energías sostuvo sus músculos una y otra vez.

    Aquella media tarde el cielo no era igual. La vida del poblado quedó teñida con todos los tonos del gris.

    Los del picado del sábado no lo suspendieron, hacía tanto que no llovía…

    Sin embargo, una a una, grandes gotas comenzaron a caer. En el suelo se unieron hasta formar un todo homogéneo, que logró brotar una sonrisa hasta en la persona más seria del lugar. El sonido producido se podía comparar con la más bella melodía compuesta en la madurez.

En la panadería, en la tienda y hasta en la salita de primeros auxilios los mostradores y ambientes quedaron vacíos de gente que ahora se sumaba a la dicha de ver con sus propios ojos el espectáculo gratuito del más allá.

    Con la bendición de los cielos se convirtieron en caminantes serenos los chicos, los jóvenes, los grandes.

Los de la canchita de la estación sintieron la lluvia caer torrencialmente y se permitieron gritar un gol profundo desde un solo bando.

Fue en aquella circunstancia mágica cuando alguien lo tomó en sus brazos y dio refugio al perro vagabundo, en un rincón del hogar.


MI ANÁLISIS DEL CUENTO

Como aspecto positivo, rescato el hecho de que no caiga en el tono melodramático, como si estuviera narrado en sintonía con la relativa naturalidad con que se toman determinadas decisiones sentidas como necesarias, anestesiando la culpa y el conflicto.

Está bien escrito, pero argumentalmente, no pasa nada. Podría haberse profundizado el tema de los derechos del perro, del niño que extraña a su mascota o que pide lacónicamente al menos una explicación.

No hay una relación clara entre el tren que no llega con las noticias, la sequía, el cambio cuando al fin vuelve la lluvia, y el abandono del perro.

El final está resuelto de una manera demasiado rápida, “mágica”, feliz pero sin drama que llegue a emocionarnos ni motive reflexiones. Como si fuera innecesario, puesto que todo terminó bien.

Así como está, podría interpretarse como un collage, o inclusive que la reflexión que se impone podría ser algo así como “todo cambia…”. Podría ser válido según las características de la nueva literatura, pero le quita “sentido”.  

Luis F. Gobea


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