La conocí un
11 de setiembre
entre gritos
y banderas de rabia y espanto
cuando un tsunami de sombras que cayó sobre Santiago
se proyectaba amenazante hacia nosotros.
Ella venía
con su sombra detrás
y la mía
se proyectaba delante de mis pasos.
No nos sentíamos atraídos por ellas,
nuestros
cuerpos, nuestras voces, nuestras miradas y sonrisas
nos
convocaban al encuentro.
Yo
necesitaba su rostro brillante, su alegría esencial,
como un
pedacito de sol que sonreía.
Ella se
sentía atraída por ese aire como ausente y distraído
que en
realidad registraba sutilmente las voces, los gestos, la manera de ser y
comportarse
como un
paisano silencioso atento al entorno de la pampa
--Podés
pasar inadvertido y tus antenas están captando todo tu alrededor y sus
devenires,
solía
decirme.
Pero yo interiormente sabía
que mis antenas sobre todo la captaban a ella.
Bien mirado,
yo nunca fui su sombra.
Jamás seguí
sus pasos.
Ya sabía
que entre sombras monstruosas
y nuestras
propias sombras
no podíamos
transitar un camino común,
y eso a su
vez nos atraía,
nos aferrábamos
a cada momento
sabiendo que los tiempos de terribles
se no venían
encima y lo cubrirían todo.
Cuando
llegaron finalmente
no pudimos
despedirnos
pero sabíamos
que volveríamos
con nuestras propias sombras.
Construimos
cada cual su propia vida
con sus
luces y sombras.
No somos más
dos deseos que se encuentran.
Pero cuando
la evoco,
vuelvo a ver
su sonrisa
y siento que en mi interior, junto a mis huesos y mis sueños,
está ella,
ayudándome con su presencia ausente
a comprender
que la vida
siempre es
posible y necesaria,
pese a todas las sombras
y a todas las tormentas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario