(A Maruca Cirigliano,
que me enseñó el camino del álamo Carolina)
Fue a comienzos de la primavera, cuando
cambian los vientos.El viejo estaba sentado en el patio, frente a la casa,
pensando vagamente en lo que iba a hacer ese verano. Tenía que arreglar el molino
y después el galpón. Hubiera preferido empezar por el galpón, antes de que
apretara el calor, pero el molino no podía esperar más tiempo. A pesar de todo
la idea del verano lo alegraba. Posiblemente más la idea que el verano mismo.
Ahora era el momento de la idea, cuando el camino estaba todavía húmedo por las
últimas lluvias del invierno y ya los sauces comenzaban a verdear.
El
viejo recostó la silla contra la pared de barro y encendió un cigarro.
Fue entonces cuando sucedió aquello.
Acababa de encender o estaba encendiendo todavía el cigarro cuando oyó
el zumbido sobre la cabeza.
Justamente había dejado de soplar el Este de manera que lo oyó con toda
claridad, como si brotara del cielo. Parecía acercarse desde el Oeste, es
decir, desde atrás de la casa pero en el primer momento no vio nada. Sin
embargo la vieja lo había oído también porque salió a la galería y miró al
cielo. El viejo estaba por dar la vuelta a la casa cuando apareció en lo alto
aquel gran pájaro que planeaba a siete u ocho metros del suelo en dirección al
camino. La vieja gritó algo cuando pasaba sobre el galpón y él vio la sombra en
el patio, negra, alada, rígida y a partir de la sombra tuvo como un
presentimiento.
Primero creyó que era un pájaro y después un barrilete y cuando
desaparecía detrás de los pinos una fantasmal combinación de los dos con una
cabeza de hombre en la punta.
Los pinos estaban pelados, de manera que siguió el planeo del pájaro a
través de las copas como una gran sombra azotada por las ramas. El viejo
calculó que iba a caer un poco más allá de la curva. Sin embargo, cuando
todavía estaba dentro del campo, se empinó dos o tres metros y pareció que
volvía a remontar el vuelo. Trepó en el aire limpiamente y quedó un instante
colgado de las alas, más grandes y negras que nunca. Después hizo un volteo a
la izquierda y comenzó a planear o más bien a caer, esta vez en dirección a la
casa. Fue la segunda vez que entrevió el rostro, intensamente blanco contra las
alas, y las manchas de las manos que golpeaban en el aire en el momento que
arremetía contra el molino. Un metro antes, o menos todavía, el pájaro o lo que
fuera se ladeó un poco, giró sobre sí mismo como un trompo y cayó a plomo sobre
la huerta levantando una nubecita de polvo.
Para esto el viejo estaba corriendo hacia allí mientras el Titán ladraba
como un condenado, atado a la cadena. En el momento en que saltaba el alambrado
el tipo emergió entre las hileras de tomates y el viejo se paró en seco porque
nunca en su vida había visto un tipo semejante, si es que era un tipo en
definitiva. Parecía muy grande por el casco y las alas y esa especie de coraza
que sujetaba el mecanismo pero el viejo, que estaba acostumbrado a apreciar la
encarnadura de las aves de un solo vistazo, adivinó el cuerpo magro y pequeño
debajo de todo aquel aparejo. Tenía un mameluco pegado al cuerpo, un pía de
botines muy livianos, de badana o de lona, un par de rodilleras y un casco con
una almohadilla alrededor, posiblemente de corcho. Usaba unos anteojos redondos
y relucientes sujetos a la cabeza por una cinta que unía las patillas. Pero lo
más notable era esa especie de coraza con el peto de aluminio y el espaldar de
cuero sujetos con hebillas y correas que, pasando entre las piernas y bajo los
brazos amarraban al cuerpo aquellas alas de tela encerada, una de las cuales
arrastraba por el suelo y la otra tenía la punta quebrada hacia arriba como una
navaja a medio abrir.
Cuando vio al viejo el tipo vaciló un instante. Estaba cubierto de polvo
y sangre pero trató de sonreír. Parecía preocupado por los tomates. Después echó
a andar hacia el alambrado de una manera lenta y complicada. Al caminar
producía un ruido como de resortes.
El motivo de que caminara tan lenta y complicadamente era un trozo de
tela envarillada que unía las dos piernas y que a cierta altura hacía el efecto
de una verdadera cola.
Aparte de eso, el hombre debía de tener algún hueso roto por lo menos.
En mitad del alambrado se detuvo, se asió de un poste y volvió a sonreír. El
brillo de los anteojos, como dos espejuelos, le daba un aspecto todavía más
irreal. Así sonriendo se desprendió del poste y trató de caminar hacia el
viejo. Pero apenas pudo alargar los brazos cayó redondo.
El viejo ensilló el ruano y enganchó el charret. Después entre él y la
vieja metieron al tipo en la caja, con alas y todo. Y partieron en la última
luz de la tarde con el Este que había vuelto a soplar. El tipo se quejaba de
tanto en tanto y hacía aquel ruido de resortes al volverse pero en general
parecía muerto. El viejo lo espiaba de vez en cuando pero no podía soportar
aquellos ojos como dos espejitos. Entraron en el pueblo de noche, de manera que
nadie reparó en el par de alas que sobresalían de la caja. El doctor Arce
escuchó al viejo cambiando el cigarro de una punta a otra de la boca y después
se hizo repetir la historia pero igual no entendió nada. Por fin tomó una
linterna y subió al charret resoplando como un toro en celo. Examinó al tipo
con detenimiento pero no pareció sorprendido. Se rascó la nuca, lo cual en él
no era un signo especial de nada, y dijo simplemente:
—¡Aja! Homo volans.
Lo bajaron del charret, lo transportaron entre resoplidos y quejidos a
través de un nebuloso pasillo, orientados por una lamparita de neón, y lo
acomodaron en una sala con olor a botica. Arce se quitó el saco, se arremangó
la camisa con lentitud y sin abandonar el cigarro comenzó a despojar al tipo de
aquellos arreos tan novedosos. El viejo lo ayudó con la coraza y las alas.
Además de las hebillas y correas había toda una serie de resortes que encajaban
en las nervaduras y que no había advertido la primera vez. El ruido provenía de
ahí seguramente, aunque no era un ruido exclusivo de resortes sino algo más
complicado y misterioso. Por último Arce le quitó el casco y los anteojos.
Entonces permaneció un rato pensativo, sobándose la nuca. Después se inclinó
sobre el tipo con la linterna en la mano, cambió de punta el cigarro y dijo:
—Argimón.
Era como una mancha de dolor, más y más oscura, más y más densa. Un
plancton. Una nube. Pero cuando naufragaba por entero en ella, cuando era nada
más que ella y un lejano borde adormecido, irreconocible que invocaba su
nombre, Argimón, el nuevo, el desconocido, el unívoco Basilio Argimón brotaba
de pronto en medio de aquella mancha y ascendía en espiral hacia su solitaria
plenitud. Oía los cuchicheos alrededor de su cama, una voz que erraba por la
pieza, los pasos que transportaban esa voz, la sirena del molino muy alta, más
bajo, navegando en un aire distinto, el vuelo pautado de las campanas a la hora
del Ángelus. Algún rostro se asomaba a sus ojos como a un pozo. Y antes y
después ese punzante silencio que lo consumía como un fuego invisible. Pero
aquel cuerpo enjuto y maltrecho, piadosamente burlado y condolido, no era el
verdadero Basilio Argimón. Los días y los años lo habían usado para transportar
al verdadero y lanzarlo después por los aires, donde planeaba invencible. Así,
en ese momento, suspendido entre el cielo y la tierra estaba él. Todo lo demás
había sido un tanteo, un errar y vagar por la tierra, entre los hombres,
remedando al ángel y al hombre. Hasta que Basilio Argimón tomó el impulso
necesario y saltó. Su mísero cuerpo yacía allá abajo, pero Basilio Argimón era
ese momento... El Este soplaba profundo, parejo. Él entró en la corriente y
hubo un instante de vacilación. Pero después las alas cavaron profundo en el
aire y entonces la verdad del Ángel lo golpeó con fuerza. ¡Podía volar! Estaba
hecho, armado y creado para volar. Era una verdad solitaria que los hombres
tardarían en comprender. Pero era la Verdad.Lo que sobrevino después carecía de
importancia, era
la parte del hombre que quedaba en
él, la parte terrestre que había que consumir y absorber en el Ángel. Esa
parte, nada más que esa fue la que se precipitó desde lo alto. Mientras caía, y
al mismo tiempo caía y se hundía en esa mancha de dolor, alcanzaba a ver en una
sucesión de imágenes cada vez más borrosas el techo de zinc, el rostro azorado
de un viejo, la hilera de pinos descamados, el camino húmedo que a lo lejos
penetraba en la noche, el perfil siniestro del molino.
Después las imágenes se quebraban, se ennegrecían... Abandonó la casa
del doctor Arce un mes después. La gente parecía haber olvidado el asunto.
Sucedía en realidad que como todo asunto, por descabellado que fuese, lo había
recortado, absorbido y clasificado de manera que le permitiese sobrevivir. En
el primer momento les sorprendió o les turbó el hecho de que Basilio Argimón
quisiera volar. Tal vez si hubiese sido otro, el múltiple e ingenioso Plunkett,
por ejemplo, que había ideado un telégrafo pantográfico y un Belén mecanizado y
que algunos años antes, en pleno apogeo del unto Paoloni, provocó una verdadera
revolución con el empleo del colodión en los injertos y la multiplicación de
las plantas por gajos, nadie se habría sorprendido en el verdadero y legítimo sentido
de la palabra. En definitiva, lo inesperado no estaba tanto en el hecho de que
un tipo cualquiera se hubiese propuesto volar y aun de que volase, sino en que
lo hubiese intentado Argimón. Naturalmente, hubo una resuelta aunque confusa
discusión del asunto en el Bar Japonés. Plunkett, que en el Belén mecanizado
había introducido precisamente un ángel volador, sostenía con algún probable
fundamento la imposibilidad del vuelo humano sobre la base de una imitación de
las condiciones mecánicas del vuelo animal. El maestro Marsiletti, director del
Conservatorio Pergolese, sostenía en cambio, con alguna exaltación, que aquél
era el intento de un visionario, un creador, y que si no fuese por el daño que
le producían las corrientes de aire habría saltado desde lo alto del molino
provisto de aquel artificio. Remontándose luego a consideraciones más vagas y
genéricas aludió a la soledad del creador y al sendero riscoso y empinado del
artista para desembocar por el "margaritas ante porcos" en el previsible
tema del "plano superior" y la Aventura del Espíritu. Hablaba por
experiencia propia, cosa que no dijo pero que se 66spbreentendía por el tono y
contenido del discurso. El Club de Arte, el coro parroquial, la banda del
Patronato y, en pliegues más escondidos del pasado, aquella tiernísima romanza
que había compuesto en horas de desvelo para el cincuentenario del Club Social
o el motete para la festividad de San Isidro Labrador, patrono del pueblo, eran
otras tantas perlas arrojadas a los cerdos.
Plunkett vociferó que no tenía nada que ver una cosa con otra y que en
todo caso el más autorizado para opinar sobre el asunto era un creador de la
misma condición y especie que Argimón, concedido que lo fuera. El maestro
Marsiletti lo miró desde arriba, porque se había puesto de pie, y con un ligero
temblor de los mechones de pelo que le brotaban en la nuca proclamó que una
cosa era el genio creador y otra bien distinta el ingenio acumulativo.
Plunkett no entendió muy bien lo que quiso decir pero de todas maneras
se consideró ultrajado y abandonó el salón en forma estrepitosa perseguido por
la voz tonante del maestro Marsiletti, que recién se calmó cuando tuvo que
pagar la consumición. Una nota en El lmparcial, en la que se advertía el humor
estreñido de Plunkett, ampliaba o más bien complicaba el tema de los vuelos con
un pretencioso comentario al "De motu animalium" de Juan Alfonso
Borelli, pero aparte del título (Actualidad) no había una referencia precisa al
vuelo de Argimón.
El maestro Marsiletti respondió una semana después con otra nota
igualmente oblicua sobre Le triomphe d'lcare donde en definitiva se desatendía
de la música para atender al símbolo, atribuyendo al autor una intención que
posiblemente no tuvo, sobre todo si se sugieren las implicancias mecánicas del
asunto, y a la intención un aliento profético del que en todo caso estaba
desprovista. Y eso fue todo.
Un mes después Argimón abandonaba la casa de Arce cubierto con un
impermeable por debajo del cual asomaban las perneras del mameluco y el par de
botines de badana. Medina, el cartero, lo saludó con un brazo en alto como
todas las veces que lo veía. El turco Palatides, que en realidad era griego
pero la gente prefería decirle turco, hizo un movimiento impreciso con la
cabeza y tal vez sonrió o comentó algo hacia el interior de la tienda. Los
pinos de la plaza habían florecido y la tribuna de la banda estaba cubierta de
glicinas. Un tordo músico, que reconoció a la distancia por su familiaridad con
los pájaros, planeó sobre su cabeza entre la pérgola y el "macrocarpus".
El corazón le dio un vuelco. Sonrió al pájaro y apresuró el paso.
La vereda del Japonés estaba cubierta de mesas con algunos tipos que
leían los diarios y otros, como Plunkett, que charlaban en forma soñolienta.
Cuando pasó frente a ellos, por la otra vereda, Plunkett calló y el grupo lo
siguió con la vista. Argimón habría preferido pasar inadvertido pero desde
ahora tendría que acostumbrarse a esas miradas recelosas, a aquel silencio
repentino.
El pasto frente a la casa había crecido a la altura de la cerca y los
racimos azules de la glicina colgaban de los aleros como farolitos venecianos.
Posó una mano sobre la cerca y contempló la casa un buen rato antes de
decidirse a entrar. ¿Qué habría sido de él sin aquella casa? Todos esos años,
esos largos años silenciosos detrás del Ángel probando y tanteando como un
ciego, andando y desandando mil veces el mismo camino, unas al borde de la
revelación, otras al borde del llanto, todos esos años, ¡Dios!, estaban ahí
metidos, detrás de esa puerta que un día traspuso con un par de alas bajo el
brazo. Saltó la cerca y cruzó el jardín pateando el pasto con decisión.
Al abrir la puerta halló sobre el piso dos ejemplares del Amigo de las
Ciencias y uno de La Razón Católica. Este último lo había deslizado el maestro
Marsiletti con una tarjeta que señalaba la página correspondiente a la sección
científica en la que destacaba con un trazo rojo dos notas de actualidad: una
sobre la fundación en París de una comisión permanente para la práctica de la
navegación aérea y otra sobre un nuevo instrumento músico, el sinfonista, que
sobre la base del harmonium u órgano expresivo había logrado construir el abate
Guichené, "un simple cura de campo, que lo ideó a fuerza de perseverancia
y de trabajo, ayudado sin duda por la Providencia" (doble subrayado).
Seguramente en la feliz coincidencia de una nota aérea y otra musical el
maestro Marsiletti creía advertir una coincidencia de índole superior que
destacaba con mano segura en la tarjeta que señalaba la página:
"Ad maiora nati sumus. Suyo,
Marsiletti."
Argimón leyó todo aquello después de encenderla cocina económica y
mientras esperaba que hirviese una pava con agua. Luego con movimientos
minuciosos preparó el té, se sirvió una taza y volvió a leer la primera nota,
la tarjeta, un artículo del Amigo de las Ciencias sobre los meteoros coloreados
observados en París durante los últimos quince años y otra vez la tarjeta del
maestro. Después de todo no estaba solo.
Aquí y allá, en éste y en otros tiempos, había, hubo siempre algún
solitario ejemplar de esa reducida pero inextinguible raza de soñadores que son
la sal del mundo y a la cual pertenecen en grado heroico los hombres voladores.
Volvió la tarjeta al ejemplar de La Razón Católica y con la taza de té en una
mano y todos aquellos mensajes y anuncios del mundo exterior en la otra trepó a
la buhardilla donde habitaba el verdadero Basilio Argimón. Un rayo de sol
penetraba a través de los vidrios polvorientos.
Argimón paseó una mirada cansada pero cariñosa sobre cada uno de los
mudos objetos que habían esperado por él todo ese largo mes. La gran mesa de
bordes gastados y roídos, la lámpara Miller con la pantalla de opalina que
parecía flotar en la penumbra como un globo, los rollos de planos, la caja de
compases, el banco de carpintero, la prensa, el barómetro de cubeta, el
dirigible Giffard que había construido en escala reducida y que colgaba de un
travesaño del techo, los múltiples y complicados armazones de alas que crujían
al menor soplo de viento, el esqueleto de paloma montado con alambres, el
brasero, el caballete, los libros, el higrómetro con el fraile en el antepecho
de la ventana, la calandria, el zorzal y el benteveo embalsamados, la mecedora
que había heredado de su madre y en la cual leía o pensaba y por último dormitaba
cuando el ángel del sueño le daba alcance en la madrugada.
Mientras se quitaba el impermeable examinó con aire crítico el plano
cubierto de signos, trazos y borrones desplegados sobre una de las paredes.
Correspondía al último par de alas, es decir, a aquellas con las cuales se
precipitó desde lo alto y de las que había sido despojado por el doctor Arce. Luego
abrió la ventana. El patio del fondo estaba igualmente cubierto de pasto y el
aromo de intensos botones amarillos. La dama de noche, por su parte, había
cubierto el tapial. Detrás del tapial la tierra se empinaba en una loma de un
verde oscuro, metálico. Detrás de la loma el cielo.
Estaba por volverse cuando sintió un golpeteo de alas en lo alto del
aromo. Argimón orientó hacia allí los espejuelos que le ocultaban los ojos y
silbó tres notas breves, primero en un tono y luego en otro más grave. Hubo un
instante de silencio. Después vibró en el aire, desde la punta del árbol, un
trino repetido, acelerado, ubicuo, como salpicaduras de cristal brotadas en la
cresta de la tarde.Argimón buscó entre los libros, entre los rollos de papel,
con sus movimientos minuciosos y distraídos, sobre el banco de carpintero,
detrás del caballete, intercambiando silbidos con el pájaro invisible, entre
los armazones de alas, detrás de la prensa gasta que halló la caja de lata y
extrajo un puñado de alpiste que colocó sobre el plato de aluminio, en la
ventana...
El trino descendió entonces desde lo alto, balanceándose. jChuc!, aquí,
¡Crik!, allá. Hasta que por fin apareció en la punta de la rama más próxima un
mirlo macho.
Argimón sonrió blandamente.
—Plumito, plumito, plum, plunito...
El pájaro ladeó la cabeza y lo miró con uno de sus negros ojos
relucientes.
—Olito, plunito, plum, plumito...
Luego saltó hacia el borde del plato, cerca de la mano de Argimón.
—Plito, plunito, plum...
La voz se empequeñeció.
—¿Y tus amigos? —preguntó en un susurro—. ¿Dónde están tus amigos?, ¿eh,
Plumito...?
Y volvió a repetir la cantinela plumito, plunito, plum, mientras
observaba otra vez el plano. Se quitó los anteojos, los sopló y los frotó.
Luego tomó una gran hoja de papel y la fijó en la pared, sobre el plano,
extrajo un lápiz del cacharro de lápices y lapiceros que tenía sobre la mesa,
ejecutó unos trazos en el aire, acarició la hoja y, después de meditar un
instante, comenzó a trazar el afilado perfil de una enorme ala.
Argimón trabajó toda esa primavera en el nuevo modelo. Era un diseño
enteramente distinto que echaba por tierra todos los moldes y proyectos
antiguos. Lo había concebido en el momento mismo que planeaba por el aire en
dirección al camino, un poco antes de precipitarse sobre la huerta. Después
había madurado dentro de él todo ese largo mes, no en forma expresa sino por
modo velado, en la penumbra del alma. Por eso tal vez cuando aferró el lápiz y
vaciló un instante frente a la hoja de papel las ideas se le atropellaron en la
cabeza y a partir de entonces fue como si lo consumiera una fiebre interior.
Trabajó sin descanso y casi sin fatiga, insensible al tiempo, el alma en
vilo, los ojos cegados para el mundo, los oídos vueltos para adentro. Unas
veces en la madrugada, otras con la primera claridad del día llegaba el ángel
del sueño y le velaba los ojos. Pero bien pronto Plumito o la brisa del Este o
a más tardar las campanas de la iglesia de San Isidro Labrador lo arrancaban de
la mecedora. Se alisaba el cabello, reponía el alpiste, frotaba lenta y
minuciosamente los anteojos y, de pronto, se abalanzaba sobre la mesa poseído
de nuevo por aquella fiebre.
Había descartado por entero la coraza reduciendo en forma notable las
correas, hebillas y resortes. Pero la novedad no estaba en la mera reducción o
simplificación sino en el diseño del conjunto, en esencia distinto. Ya no se
trataba de un par de alas adheridas o sujetas a un espaldar de cuero. Todo ese
pesado y torpe mecanismo había sido reemplazado por uno totalmente unitario, un
ala única, mucho más amplia que la anterior, que ceñía al aeronauta como una
falda o pantalla de manera que, introduciendo el cuerpo a través de una abertura,
emergían el busto y los brazos por el plano superior. La cola quedaba
igualmente descartada o, mejor, incorporada a aquella ala única, en forma de
bandeja, como dos pequeños bastidores, uno en cada extremo del borde posterior.
Argimón decidió esta vez emplear nervaduras de fresno sometiendo la
madera a un proceso previo de elastización mediante el empleo de grasas y
resinas hirvientes. El arqueo y secado de la madera le llevó un tiempo
considerable, parte del cual debió permanecer inactivo consumido por aquella
fiebre. En esos días cortó el pasto, que había alcanzado la altura de un
hombre, preparó varias cajas para Plumito y sus compañeros y terminó de
restaurar el par de arcángeles de yeso que custodiaban el altar mayor de la
iglesia parroquial. El verano anterior había reparado un San Juan Bautista el
brazo derecho partido y la nariz tronchada y un ángel con cítara suspendido en
el frontón del altar de Santa Lucía, además del borde del platillo que sostenía
los ojos de la santa y dos dedos de la mano derecha, que es siempre la más
expuesta porque generalmente se representa en actitud de bendecir.
El trabajo con ángeles y aun con arcángeles le resultaba bastante
entretenido, por razones que se comprenden, aunque aquella concepción primaria
del asunto ofendía las leyes más elementales del vuelo científico. En una de
sus idas y venidas tropezó un buen día con el maestro Marsiletti que, torvo y
reconcentrado, trotaba por la plaza San Martín. Fue verlo y abalanzarse sobre
él con los brazos en alto y los largos mechones de pelo que flotaban "qual
piuma al vento". Lo estrujó y lo palpó con resuelto entusiasmo aunque,
como siempre, parecía algo absorto y perplejo, como si una nube le velara las
cosas. Tomóle luego del brazo y hablando de cosas imprecisas pero resonantes
pasaron frente al Bar Japonés. No se tocó el tema de los vuelos, ni tema
concreto ninguno, pero de todas maneras Argimón sintió esa entrañable corriente
que fluía entre él y el viejo, esos lazos y parentescos espirituales, esa santa
hermandad "in música atque in aere"*.
El maestro se despidió frente a la farmacia Marino con la promesa de
hacerle llegar un nuevo ejemplar de La Razón Católica en el que se exponían los
resultados y conclusiones del estudio del padre Secchi sobre los anillos de
Saturno y una nota de probable interés sobre galvanoplástica.
Una vez que las maderas estuvieron a punto, Argimón volvió a encerrarse
en la buhardilla sin otra compañía que la de Plumito, una pareja de tordos, una
calandria, un pechito colorado, una recelosa y mudable urraca y un número
variable de pájaros forasteros.
El armado del nuevo modelo, con sus formas elaboradas, suponía ciertos
refinamientos técnicos. Aparte de la disposición general, que exigía un ajuste
y equilibrio perfectos, había algo más sutil e inadvertido que representaba el
verdadero y profundo cambio. En pocas palabras, la idea, la idea que le golpeaba
la cabeza (primero un pálpito, después una forma confusa, después el sesgo, la
perspectiva, por fin el claro golpe de luz), consistía en obtener mediante aquel
singular diseño una mayor velocidad de las moléculas de aire en la parte
superior de las alas aumentando, en consecuencia, por el principio de la
conservación de la energía, la presión sobre la parte inferior. Es decir, la
diferencia de presiones tenía que generar por fuerza un impulso hacia arriba,
el impulso que elevándolo por los aires lo despojaría por fin de ese último
lastre o residuo terrestre que le impedía sostenerse en la altura. Eso en
teoría.
En la práctica, Argimón debió construir una serie de plantillas al
calibre sobre las que más tarde torció, arqueó y encoló las varas de fresno,
midiendo y cotejando cada movimiento de la madera con toda clase de compases:
de espesor, de calibre, de corredera, de proporciones.
Estaba en esto una tarde cuando sintió un rumor distinto que provenía
del patio del fondo. Plumito brincó de la ventana al aromo. Argimón se asomó al
patio pero no advirtió nada en el primer momento. Sin embargo, algo después se
repitió el rumor e inclusive pudo identificarlo. Era en la dama de noche, sobre
el tapial. Volvió a asomarse y efectivamente sobre el tapial, entre las oscuras
hojas de la dama de noche, emergían dos cabezas de muchachos.
Se miraron, inmóviles. Argimón sonrió por fin aunque tal vez debieron
ser ellos los que se mostraron cordiales. Después sopló y frotó los anteojos y
volvió a su trabajo.
Cuando se asomó una hora después no sólo las cabezas estaban todavía
allí sino el resto del cuerpo. Habían trepado al tapial y, uno sentado y el
otro de pie, relojeaban hacia la ventana.
Argimón decidió ignorarlos esta vez. Cargó alpiste en el plato, repasó
los anteojos y canturreando por lo bajo se apartó de la ventana.
Sólo una vez, antes del oscurecer, espió desde atrás de un postigo. Se
habían ido.
Al día siguiente los vio en la parte de adelante, junto a la cerca, y
dos días después aparecieron encaramados en lo alto del aromo. Esto ya era
demasiado. Argimón se armó de valor y asomándose por la ventana preguntó qué
diablos hacían allí. Eso en resumen, porque en realidad lo que se dijo fue así:
—¿Cuál es tu nombre? (al de la derecha).
—José.
—¡Aja! Pepito... ¿Y el tuyo? (al de la izquierda).
—Marcelo.
—Marcelo.. . Es un lindo nombre... Marcelo, Marcelino, Marcelito.
—Marcelo.
—Bueno, ¿y qué hacen allí, si se puede saber?
José: —Queremos verte volar.
Pausa.
Argimón (frotando los anteojos, en un tono leve): —¿De dónde sacaron
eso?
Marcelo: —Nosotros lo sabemos.
Argimón (tontamente): —¡ Ah! conque ustedes lo saben...(risa de
falsete).
José (señalando el ala): —¿Qué es eso?
Argimón (señalando el caballete): —Pues qué es esto...
José (señalando el ala):
—No, eso.
Argimón (sin señalar nada): —Una sinfonista.
José: —No, es un ala. Y no digas más tonterías.
Argimón pensó que tarde o temprano, más bien temprano, iban a terminar
por cansarse. Pero dos semanas después, cuando estaba por comenzar con el
entelado, seguían sobre el aromo observándolo todo con una expresión seria y
reconcentrada. De manera que decidió capitular. Mientras echaba un puñado de
alpiste en el plato y a propósito de una observación sobre el tiempo o los
pájaros o los aromos, les sugirió que podían subir a la buhardilla, siempre y
cuando...
El siempre y cuando cayeron en el vacío porque todavía estaba blandiendo
un dedo admonitor cuando los dos muchachos irrumpieron en la buhardilla.
Argimón se volvió lentamente, los examinó en silencio y después de
acomodarse los anteojos se puso a encender el farol.
Fue así como a partir de aquella tarde los discípulos Marcelo y José
entraron en cierto modo al servicio del maestro de vuelo Basilio Argimón, ocupándose
desde aquel momento en los menesteres simples y comunes, tales como ordenar el
cuarto, servir el té, cargar el alpiste, alcanzar una herramienta, sostener el
balde de cola o desplegar alguno de esos raros y manoseados planos que el
maestro consultaba a menudo. En noviembre terminaron con el entelado y el día
de Todos los Santos Argimón efectuó una prueba de viento.
Hubo que reemplazar un bastidor y armar todo el arreo de acoplamiento,
pero de cualquier forma el aparato estuvo listo para fines de diciembre.
Argimón dio a entender que faltaba esto o aquello, pero la verdad que estaba
listo y que lo único que quedaba por hacer era echarse a volar.
Una madrugada Basilio Argimón cargó el ala sobre un remolque que había
construido con las ruedas de una segadora, metió el traje de vuelo en una bolsa
y marchó en las penumbras hacia la gran aventura.
Había decidido enfrentar aquella prueba sin complicar a los discípulos,
ni al maestro Marsiletti. Solo había emprendido aquel camino, solo debía
concluirlo.
Por lo demás, toda compañía resultaba aparente en esta clase de empresa
solitaria. Apagó el farol de tormenta, echó una última mirada a la casa y
partió.
El campo escogido para la prueba era un terreno elevado, del otro lado
del pueblo, con los parapetos y barrancones donde efl otro tiempo funcionaba el
polígono de tiro. Atravesando el pueblo quedaba a poco más de media hora, pero
Argimón prefería dar un rodeo por razones que se comprenden. De manera que al
llegar a la esquina vio a un lado y se internó en las sombras.
Hacia el Este la noche se agrietaba en largas hendeduras de una luz
blanquecina.
Las últimas casas, los primeros árboles parecían flotar a ras del suelo,
chatos y desprovistos de sombra.
Aquel momento, la noche de un lado, el día del otro y él, Argimón,
trotando entre los dos, le producía un extraño regocijo, un plácido y sereno
contento. En alas de ese contento trotaba, pues, con largos y resueltos pasos
cuando, de pronto, dos sombras harto familiares surgieron ante él al extremo de
una calle. Argimón se detuvo en seco con un crujido de ruedas y maderas.
Maestro y discípulos se miraron en silencio con torvas e inseguras miradas.
Aquello era un atropello, un verdadero abuso —se quitó y frotó los
lentes—, en cierto modo un atraco. No dijo nada de esto, naturalmente, pero ya
era bastante con que se le ocurriera. Marcelo parecía confuso, aunque tal vez
simplemente estaba dormido, pero José tenía un gesto adusto, desafiante. ¡Era
el colmo! Esto sí que lo dijo, pero sin signos de admiración.
—Es el colmo...
—Nos has abandonado —dijo entonces José.
Y se produjo un gran silencio.
Permanecieron en aquel silencio hasta que una ráfaga de viento agitó el
ala y las tres cabezas a un mismo tiempo se volvieron hacia el Este. Entonces
el maestro hizo un ademán invitante, los discípulos empuñaron la vara del
remolque y los tres trotaron en dirección a la mañana. Llegaron al polígono
cuando ya había amanecido. El viento soplaba ahora parejo desde el Este,
golpeando de lleno contra los parapetos.
Ante todo, Argimón clavó una estaca en tierra e izó un pequeño globo.
Después sacó de la bolsa el traje de vuelo y procedió a vestirse con segura
minuciosidad. Primero se calzó el mameluco ajustando los extremos de mangas y
perneras con unas tiras de género. Luego se aseguró los anteojos, reemplazando
esta vez las patillas con un par de cordones de zapatos. Esto le llevó su
tiempo. Por último, sentándose en tierra, se calzó el par de rodilleras y,
nuevamente de pie, el casco de cuero con los protectores de corcho.
Terminado el arreo, flexionó las piernas y los brazos y giró la cabeza a
uno y otro lado para asegurarse de que todo se mantenía en su lugar. En ese
momento comenzaron a sonar las campanas de la iglesia llamando a la primera
misa. Ahora sonaban bajo porque ellos estaban por encima de la torre y además
sonaban muy lejos porque el viento empujaba el tañido hacia el Oeste.
Argimón había escogido el segundo parapeto porque tenía el terraplén más
parejo y posiblemente más largo. Antes de ajustarse el ala trepó hasta lo alto
con el globo y lo izó allí para estudiar el movimiento del aire. Estuvo un buen
rato en eso y parecía ver cosas que sólo él era capaz de advertir.
De vuelta abajo, tomó impulso y volvió a trepar la loma, esta vez a la
carrera. Corría a grandes saltos, estirando las piernas todo lo posible y con
los brazos abiertos como si sostuviera un par de alas invisibles. Esto mismo
entusiasmó a los muchachos. Cuando bajó parecía satisfecho. No dijo nada pero
sonrió «cada uno de ellos y les zamarreó la cabeza.
Tocábale el turno al ala. Con grandes cuidados la quitaron del remolque
y la depositaron en tierra. Entonces Argimón se introdujo en la abertura del
medio y los muchachos, tomándola de las puntas, la alzaron hasta que le quedó a
la altura del pecho. Siguiendo luego las instrucciones del maestro le ayudaron
a sujetar cada una de las hebillas y correas del sistema de acoplamiento.
Cuando terminaron con todo, Argimón, que parecía ahora un verdadero
pájaro, ejecutó una serie de saltos y flexiones destinados a probar el ajuste
del conjunto. Tras esto, y como prueba final, comenzó a correr en círculos a
grandes y flexibles trancos. En una de las vueltas ellos alcanzaron a ver que
sonreía. Es que había sentido, todavía en tierra, la suave embestida del aire,
el hueco y la caladura del ala, el blando impulso hacia arriba...
Había llegado el momento. Argimón estaba al pie de la loma. Observaba el
globo. Se volvió y sonrió a los muchachos. Luego clavó la mirada en lo alto y
echó a correr. Ellos corrieron también. Corrían y gritaban trepando la loma. El
gran pájaro marchaba adelante, a los saltos, en el viento. Sentían agitarse y
vibrar el ala y las pisadas cada vez más espaciadas de Argimón. Por fin, en el
último salto, con un temblor arrebatado, se lanzó al vacío. Primero trepó hacia
arriba en un medio giro. Luego, después de un instante de inmovilidad, cuando
parecía que iba a precipitarse a tierra, calzó en la corriente con un ligero
cabeceo de resistencia. Y entonces Argimón se elevó por los aires. Lenta y
majestuosamente Basilio Argimón se elevó por los aires, remontándose sobre
amplias ondas invisibles hacia el Este.
Ellos manotearon y gritaron desde lo alto del parapeto sin poder
seguirlo. Hasta que el gran pájaro ladeó las alas, giró delicadamente y a favor
del viento pasó muy alto sobre sus cabezas.
—¡Ar gimón! ¡Argimón! —gritaron ellos corriendo detrás de su sombra en
el suelo.
Pero Basilio Argimón no podía oír nada más que el zumbido del viento. La
noticia corrió por el pueblo como un reguero de pólvora. No sólo los dos
muchachos habían sido testigos del vuelo. Estaban también un chacarero de Wames
y un viajante y, lo que al parecer resultaba más categórico, el propio doctor
Arce, que volvía en el sulky de atender a un enfermo y lo siguió desde el
camino blandiendo el látigo y mascando el cigarro.
Argimón aterrizó en el baldío detrás de su propia casa, de manera que
cuando la mitad del pueblo llegó hasta allí ya se había despojado de sus alas y
apareció en la puerta con el mismo aspecto de insignificante que tenía siempre.
El maestro Marsiletti casi estalla de entusiasmo. Bastón, galera,
chaleco y esclavina encabezó una bulliciosa manifestación desde la tribuna de
la banda, en la plaza, hasta la casa de Argimón, pasando naturalmente frente al
Bar Japonés detrás de cuyos vidrios flotaron algunos rostros borrosos. En
resumen, fue un día de gloria.
Acallado el primer entusiasmo, el grupo Plunkett pasó a la ofensiva una
semana después. El chacarero no sólo pretendía haber visto a un hombre volando
sino almas en pena, gente aparecida y luces malas. Para más datos, se trataba
del loco Seretti, que se pasaba el día sobre el techo de chapas de su rancho y
que, por llamativa coincidencia, había sido el único del pueblo de Wames que
pretendía haber visto al maestro de vuelo cuando planeaba sobre el camino entre
Bragado y Chacabuco, a la altura del puente del Salado, lugar reconocidamente
propicio para toda clase de visiones y apariciones.
El viajante había desaparecido. Los muchachos, aparte de ser unos
mocosos, estaban influidos por el propio Argimón. Quedaba en pie el doctor
Arce, metafóricamente hablando desde luego, porque en la vida real más de una
vez no podía sostenerse sobre sus estremidades. Las inferiores, se entiende,
ironía en la que se advierte el estilo amañado de Plunkett. El maestro
Marsiletti contraatacó en forma breve y concisa. Proponía que el 12 de enero,
aniversario de la Sociedad Unión y Benevolencia, el vecino Basilio Argimón
ejecutará un vuelo de prueba lanzándose desde lo alto del molino Río de la Bata
en presencia del cura, el intendente y el comisario, como así del resto de las
personas de Chacabuco que merecían plena y debida fe.
Hubo dudas, vacilaciones, y por fin apuestas. El señor Atibo Maroni se
comprometió a impresionar una placa fotográfica que documentara el episodio
utilizando al efecto un aparato provisto con el moderno obturador de cortina.
Argimón, que a todo esto no había abierto la boca ni abandonado la buhardilla,
ocupado como estaba en introducir ciertas mejoras al sistema de timones,
observó que no podía fijarse un día preciso de manera tan categórica por cuanto
había que tomar en cuenta las condiciones del tiempo y en especial las del
viento. Estaba muy flaco y amarillo y mientras hablaba efectuaba apretadas
anotaciones sobre un plano colgado en la pared. Plunkett se frotó las manos y
exclamó, atragantándose de furia, que aquello no era más que una excusa.
Después de una serie de idas y venidas el maestro Marsiletti, que volvía a
quedarse solo, anunció con menos entusiasmo que, antes o después del 12 de
enero, no hacía caso de fechas, Basilio Argimón treparía a lo alto del molino y
desde allí se lanzaría al espacio. Podía jurarlo si eso ayudaba en algo. No
sólo pasó el 12 de enero. Inclusive pasó el verano y Basilio Argimón no daba
señales de vida. La mitad de la gente lo había olvidado cuando un buen día, el
tercer domingo de abril, festividad de San Benito Labre, para ser precisos, el
grupito de charlatanes del Bar Japonés sintió un rumor al fondo de la calle y
algo después vio aparecer a aquel fantástico personaje con un mameluco negro,
un par de rodilleras y un casco de cuero. Plunkett se levantó de un salto,
pálido de ira.
—¡Argimón!
Efectivamente, era Argimón, aunque costase un poco reconocerlo. Detrás,
sobre un remolque, venía aquella especie de ala o barrilete que la mayor parte
conocía por referencias.
Uno de los muchachos tiraba de la vara y el otro traía un globo sujeto
con un piolín.
¡Había llegado el día!
El señor Atilio Maroni corrió por la máquina y el maestro Marsiletti
alcanzó al grupo cuando llegaba al molino, cerca del hotel Unión. Primero
subieron el ala. Después treparon los muchachos y por último ascendió Argimón.
El maestro Marsiletti insistió en subir también pero entre Argimón y el cura
lograron que abandonara la idea.
Una vez arriba Argimón izó el globo y estudió el movimiento del aire. El
viento soplaba con algo de fuerza pero en forma arrachada. Habría preferido un
viento más parejo y constante aunque fuera menos intenso. Argimón hizo luego
una corrida de prueba hasta el borde del paramento. Entretanto la gente se
había ido apiñando abajo, sobre la vereda del molino, y seguía todos aquellos
movimientos con una curiosidad maliciosa. Argimón, a su vez, contempló a la
gente cuando después de la primera corrida se detuvo en el borde. En realidad,
recién ahora reparaba en ella, un montoncito de hormigas.
No creían en él. Creían en Plunkett, por ejemplo. En el fondo, había
soñado más de una vez con ese momento. El ascenso final, la multitud, el vuelo.
Pero ahora, a punto de conseguirlo, en cierto modo ya conseguido, ¿qué había
logrado con eso? Nada más que la absoluta certeza de su total soledad. Arriba,
más arriba, mucho más arriba, muchísimo más arriba... Ese era el camino, la
senda estrecha y solitaria. Se ajustó otro poco los anteojos y probó una
segunda corrida pues aquí el espacio era más reducido y quería calcular el
momento preciso del salto.
Cuando se asomó esta segunda vez, en el filo mismo de la cornisa, la
gente prorrumpió en un largo y tembloroso grito, una especie de balido, que
llegó a lo alto cuando se había vuelto de espaldas. Argimón asomó y agitó una
mano.
Mientras hacía todo esto, Marcelo y José aguantaban el ala, que se
sacudía a cada racha de viento. Argimón se introdujo por fin en la abertura del
medio y ellos lo alzaron y ajustaron hebillas y correas. Luego el maestro
ejecutó las flexiones y saltos de práctica. Una corta carrera hasta la mitad de
la plataforma sustituyó, por razones de espacio, el trote circular. De
cualquier forma, estaba todo en orden y el maestro se situó en el borde
posterior, listo para el vuelo. José agitó un pañuelo de acuerdo a lo
convenido, el señor Maroni aprontó la máquina y el señor Pelice disparó una
bomba de estruendo. Silencio.
Un salto y otro salto y otro. Antes del borde Argimón ya estaba en el
aire.
Hubo un cabeceo inicial, como siempre, y después ese instante de
vacilación, casi de inmovilidad. Pero en el momento mismo que el grito llegaba
desde el fondo de la calle, Argimón cobró repentina altura embestido por una
racha de viento. La gente alcanzó a ver el jirón de tela y el pedaleo alocado
de las piernas. Luego, con un giro en barrena, el hombre pájaro se precipitó a
tierra y se estrelló contra el techo del hotel Unión.