—Quién soy?,
es la
pregunta madre que me sugieren los sabios.
Y por
momentos
no sé contestatarla.
(Leyeron
bien, no es un error, ya se irán dando cuenta
de que el contestador
es el contestatario que me habita).
Pero he hallado algunas pistas. Y mi vida
es lo que
he ido y voy siendo.
A lo largo
de ella, en medio de contrastes
sólo he
aprendido el arte de navegar en mares de tormentas,
a veces
contra el viento, y otras
siguiendo
la corriente para no naufragar
hasta
llegar hasta el oleaje que me devuelva a otra costa.
La brújula
ha sido siempre
mi
curiosidad por comprender,
buscando la
luz entre la oscuridad y los gritos confusos,
en busca de
cierta paz y la alegría de encontrarla.
Entendámonos,
no hablo de depresión ni de resignación.
No practico
el olvido
ni la
memoria me aprisiona con sus pesadas cadenas.
Por el
contrario, suele alimentarme.
Mi tristeza
dura sólo unos momentos,
sólo me
siento en armonía al reiniciar el camino
después de
la calma del descanso fértil,
para volver
a una lucha incesante y placentera.
No he
acostumbrado sumar padecimientos
quejándome
ante una justicia
que ni yo
mismo tengo clara.
No soy porteño, y del tango me quedo
con el sentimiento por recuerdos entrañables
subiéndonos a un ritmo que invita a salir a bailar.
Me ha movido más la sensibilidad y el espíritu de lucha
entendida
más como algo que hacer para salir adelante,
las más de
las horas silenciosamente,
como mis
padres, que las cosas más importantes
sabían
trasmitirlas sin palabras.
Las
inolvidables
las he
buscado, y a veces,
las he
vivido sin proponerme hallarlas,
momentos de
eternidad,
fugaces en
el tiempo,
inolvidables
en mis retinas interiores,
como un paisaje
hermoso que perdura,
y el
amor que siento desde lo más profundo.
En fin, en eso estoy, nada de otro mundo.
No lo busco
tampoco.
Al fin de
cuentas,
este mundo
siempre me
ha resultado,
felizmente,
tremendo y
a la vez maravilloso.
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