domingo, 27 de junio de 2021

ALGUNAS JOYITAS POCO DIFUNDIDAS DE LAS CANCIONES DE LOS 60-70

PONI MICHARVEGAS Y SUS AMIGOS 

En el último encuentro virtual estuvimos conversando sobre temas relacionados con los años 60-70 de nuestra juventud, y salió la cuestión de la influencia de la canción popular de esos años, sobre nuestra cultura de jóvenes.

Spinetta, Moris, Jaime Dávalos, Manuel J. Castilla, y tantos otros,  son bastante conocidos y cualquiera puede buscarlos en you tube.

Pero hoy quiero hacerles conocer a un grande muy desconocido. Por esos años, en Buenos Aires (por las góndolas de discos de la Av. Corrientes, por supuesto!) me enteré de su existencia y decidí comprar su disco al leer las letras de sus canciones en la contratapa, la tapa con un dibujo  de Antonio Seguí, y comprobar que lo acompañaban nada menos que Carlos Carlsen (que había formado parte del Cuarteto Cedrón) y François Rabbatheste último había acompañado a Paco Ibáñez.

Aquí se los hago conocer: Poni Micharvegas, un cantautor de esa época, que es interesante conocer para conocer y re-conocer la cultura disidente de esos años.  En el siguiente link encontrarán info sobre él y podrán acceder al  "Décadas".

https://www.pagina12.com.ar/247634-la-musica-secreta-de-poni-micharvegas


y otros temas de ese álbum del mismo nombre:

"Ha llegado aquel famoso tiempo de vivir"

"El oso Pérez"

"Autorretrato"

"Contracanto"

"Sudestada"

"El circo"

"El Zorro"

"Mitin"


y un poco más para leer si tienen ganas, con poemas y letras del álbum, y otros poemas dedicados a  él.

http://www.eneabiumi.com/pluginAppObj_182_04/Isla-Negra-434-especial-Poni-Micharvegas--Navegaciones---108.pdf

Para los que quieran tener material de lectura y escuchar canciones de esa época, tienen mucho en un blog que utilicé para mis clases de Literatura de 6° Año, LITERATURA 6, en la primera entrada y en las cinco últimas. Cuando sea grande y tenga plata pongo una radio y tengo para una programación diaria durante décadas...

https://poetassigloveintiuno.blogspot.com/2011/12/5277-martin-poni-micharvegas.html


miércoles, 23 de junio de 2021

Interpretaciones de Abaddón...

 

Abbadon…: Una novela paranoica,

                                              por Wolfgang Karrer

 

1.


     Abaddón el exterminador (1974) es una novela autoreflexiva. Es decir, el autor Ernesto Sábato crea un personaje llamado Ernesto Sabato (sin tilde) quien está tratando de escribrir una novela llamada Abaddón el exterminador. Para complicar el asunto, este personaje Sabato, reflexiona continuamente sobre su novela y sus novelas anteriores. Lo hace solo, con amigos, con estudiantes, en frente de un público, etc. Las reflexiones se acumulan a tres niveles: reflexiones sobre reflexiones sobre reflexiones –y se reflejan en los desdoblamientos de personajes: Sabato – Bruno, Sabato – R., Sabato – Ledesma, Sabato – Schneider, Schneider – Schnitzler, Marcelo – Carlos, Agustina ― Alejandra etc. Todo esto se ha visto y comentado varias veces (Acero 1976; Solotorevsky 1981; Barrera López 1982 etc.). Es que Abaddón es una ficción en segunda potencia, como alguien dice en la novela misma (Sábato 1975,26; cito la primera edición; la segunda está en la red).

 

    Lo que no todos han visto es que Abaddón refleja otras obras anteriores de Ernesto Sábato. Es decir, no solamente las novelas, sino también los ensayos. El personaje Sabato repite, a veces verbalmente, argumentos que el autor Sábato ha hecho desde Hombres y engranajes (1951). Abaddón es también una novela intertextual (Oropeza 1983). Por ejemplo, la novela de crisis y la novela en crisis (Acero 1976, 276-81) acompañan a Sábato por lo menos desde 1951. Surge de nuevo en El escritor y sus fantasmas (1963, 21, 92-94). El argumento básico es que una civilización dominada por el dinero y la razón lleva al Super Estado con el hombre hecho una cosa (64). Y la novela de crisis contesta con una vuelta al sujeto, una sumersión en el interior del yo. El ser más humano en ella es el loco. Es la sujetividad en crisis. Y esta novela ha producido nuevas “técnicas” para representar el “subconsciente” del sujeto (Sábato 1963, 92-93). Esto mismo de la “segunda potencia” ya aparece en El escritor y sus fantasmas (1963, 28).

    Sábato repetidamente ha abogado por la novela existencialista como respuesta a esta crisis. El modelo preferido es La náusea (1938) del filósofo Jean Paul Sartre:


“Su clave más profunda hay que buscarla en su primera novela, en su náusea ante lo contigente y gelatinoso, en su propensión viril por lo nítido, matemático, limpio y racional. Su obra filosófica es el desarollo conceptual de esta obsesión subconsciente." (Sábato 1963, 15).


El escándalo de la contingencia –la ausencia de Dios― resulta inaguantable al héroe existencialista, busca lo absoluto, el orden: "Esto se ve bien en La náusea, cuando el protagonista, angustiado por la contingencia, pretende refugiarse en la melodía –eterna– de un blue 

[sic]." (119). (Esta tesis reaparece dos veces en Abaddón, 40, 483). Para combatir la contingencia, el protagonista trata de ordenar, de vincular todo con todo. La novela existencialista es una síntesis entre el yo y el mundo, el hombre y el universo (Sábato 1953, 1963; 1968). En su ataque contra Sartre del año 1968, del cual se ocupa el personaje Sabato todavía en el 1972, Sábato redefine la situación de la náusea del protagonista, su miedo ante lo femenino y ante lo gelatinoso, como el “universo de un paranoico” (1968, 83). Desde el 1951 ha cambiado su enfoque básico de la novela existencialista: la síntesis del yo y el mundo, la búsqueda de lo absoluto y la náusea ante lo femenino y gelatinoso no son algo viril, sino más bien paranoico.

    De alguna manera, todos los protagonistas de las novelas de Sábato son variaciones sobre el Roquentin de Sartre. Castel es el héroe clásico existencialista, tratando de salir del túnel que es su vida; Fernando Vidal Olmos un paranoico que se siente perseguido por los ciegos; y finalmente en Abaddón Sabato toma el rol de Fernando como el paranoico central (Acero 1976, 276, 284; Barrera López 1982, 112). De hecho, el mismo Sabato llama a Olmos un paranoico (50, 76). Es posible leer Abaddón como otra novela existencialista y muchos críticos así lo han hecho. Hay una continuidad obvia. Pero al hacer el autor paranoico y protagonista de una novela entera radicaliza el experimento del “Informe sobre los Ciegos”. Ya en Dostoievski y en Tolstoi el loco ha sido un instrumento privilegiado para explorar la crisis del mundo contemporáneo a través del inconsciente del protagonista (Sábato 1951, 95; 1953, 23). Sin embargo, restringir el mundo narrado a la visión de este loco significa pasar de la novela existencial como lo ha definido Sábato desde el 1951 (y como Sabato y Bruno siguen haciéndolo en Abaddón) a la novela de paranoia.

 

2.

 

     ¿Qué es la novela de paranoia? De alguna manera, es la sucesora urbana de la novela gótica (Davis 2005). La casa de los espíritus, el castillo lleno de demonios, ha sido reemplazado por el espacio urbano (Dallmann 2009). La paranoia del investigador, detective, periodista, etc. sistematiza el miedo de la heroína, que entra al castillo gótico, enfrentándose con sus demonios. La novela paranoica tiene sus orígenes en el XIX en Francia y los EE. UU. y se ha hecho un paradigma dominante de la novela posmoderna y de la cultura popular en los EE.UU. (Coale 2005). Conspiraciones, alucinaciones, persecuciones o la multiplicación de signos son los ingredientes de las novelas de Thomas Pynchon, Paul Auster y John DeLillo. Aparecen en películas como Matrix, en series de televisión como The X Files, y en en las novelas de Dan Brown. También aparecen en los numerosos libros sobre conspiraciones en la historia. En Argentina, por ejemplo, son los libros de Walter Graziano. El apogeo y, tal vez, la parodia mezclando ficción con historia es lo que encontramos en El péndulo de Foucault de Umberto Eco. Es decir, no solo existe en los EE.UU. desde el asesinato de John F. Kennedy una cultura de paranoia de la cual la novela posmoderna es uno de sus pilares (Melley 2000). Con Abaddón Sábato entra en este mundo del posmodernismo y deja atrás el existencialismo de Sartre. La novela paranoica dialoga con el pos-estructuralismo: todo se conecta en un rizoma.

    Primero hay que conceder a los críticos, que en Abaddón abundan los signos de la novela existencialista. Lo absoluto y el barro, la incomunicación y la soledad, la materia y el espíritu (150-51), en general la existencia (19, 22) y la condición humana (252), todos clisés del existencialismo sartreano convocados en la novela. Especialmente Bruno continúa pensando en estos términos. La náusea de Sartre y su Roquentin, en particular, se mencionan muchas veces (38, 44-54, 49, 51, 52, 53, 61, etc.). Sabato-personaje retiene los rasgos de la náusea, está angustiado por la contingencia, tiene horror de lo gelatinoso, y parece en su transformación kafkiana de rata alada nada más que otro Fernando loco.

    Pero, Abaddón es también una ficción a la segunda potencia (26), donde las tres tramas fragmentadas ilustran la impotencia del autor-personaje de crear (Barrera López 1982, 45-56, 215-226). Esta sensación está en el centro de la cultura de la paranoia (Melley 2000, 7-16). La locura socava la autoridad narrativa de toda la novela. Si la videncia de Sábato/Sabato depende de su desdoblamiento, como dice él (258), entonces su incapacidad de escribir su novela y su paranoia debilitan su autoridad como autor. Es pura megalomanía de Sabato suponer que haya una conspiración tenebrosa en contra de él y de su nuevo libro. Abaddón ilustra la muerte del autor, postulada por Roland Barthes y Michel Foucault en los 1960. La tumba de Sabato imaginada por Bruno al final de la novela simboliza esta muerte. No es más posible la síntesis de la novela existencialista entre el yo y el mundo de objetos para el autor Sabato. Sábato pasa la tarea al lector. Parece abdicar su autoridad de explicarnos el mundo, o por lo menos permite una duda kantiana de sus explicaciones. Es posible que Sabato sacrifique a Agustina (esta metáfora nacional) por Nora para acercarse a Schneider (385); también que Sabato tenga premoniciones de una tenebrosa conspiración que le impide salvar a Marcelo –en el encuentro decisivo Sabato habla solamente de su novela, sabiendo que Marcelo está escondiendo a un guerillero― ¿pero qué pasa si Schneider / Schnitzler no existen? ¿Si la conspiración tenebrosa desde Haushofer es puramente una alucinación paranoica, como las apariciones de Alejandra y Castel? Puede ser que las alucinaciones de Sabato solamente cubran el hecho de que tiene miedo de decir la verdad: él “trata de vivir de cualquier manera, guardando su secreto, aun en condiciones tan horrendas” (459). Por eso abandona a Marcelo y a Agustina. Falla su diálogo con la juventud. Pierde su dignidad.

 

3.

 

     La muerte del autor abre la novela a múltiples lecturas, a una nueva complejidad (Barrera López 1982, 227-36). Sabato mismo lo dice en la novela (65, 83). La crisis de la interpretación que resulta es otra característica central de la cultura de la paranoia (Melley 2000, 32-37). Así que hay muchas interpretaciones de Abaddón no solamente existencialistas, sino también estructuralistas, simbolistas, eróticas, esotéricas, gnósticas, etc. Muchos confían en Sabato, algunos lo confunden con Sábato o se dejan guiar por las reflexiones en la novela. La novela paranoica permite, por definición, una doble lectura: el narrador– protagonista está loco o hay una conspiración verdadera. Tal vez permite las dos lecturas simultáneamente: por lo menos desde Erasmo la locura es un código que permite hablar de lo que “se debe” callar. La duda del lector se hace productiva, empieza a buscar la segunda en la primera “como un especialista en espionaje” (360). Es decir, produce una lectura paranoica.

    Leyendo Abaddón el exterminador no podemos confiar en Sabato y sus reflexiones. Como explica Sábato ya desde 1951, los locos son un instrumento para el autor de explorar el inconsciente que refleja todo un mundo. Y el inconsciente de Sabato, del paranoico, permite entrar en algunas angustias de la vida urbana de Buenos Aires de 1972. Sabato no es el único personaje que refleja la situación histórica de este año. La novela nos presenta con una serie de intelectuales y pseudo-intelectuales que tratan de entender lo que sucede en Argentina en aquellos años: Quique, Ledesma, Gandulfo, Bemberg, Dr. Schnitzler, Dr. Arrambide, los videntes esotéricos, desdoblados en un intelectual delincuente (40) y en una “inteligentzia tenebrosa” del desierto Gobi (80), etc. Algunos son parodias crueles de Sabato y sus ideas (Ledesma, Gandulfo, Dr. Schnitzler), otros críticos severos (Dr. Arrambide), otros presentan opiniones, claramente inaceptables para Sabato (el peronista de salón Bemberg, la vidente Müller). Abaddón presenta una galería de intelectuales argentinos que fallan en comprender la situación amenazante en la cual se encuentra el país. Y también fallan al explicárselo a la generación más joven, como puede verse con Carlucho, el intelectual orgánico, ante Marcelo. Ni en los salones de la alta burguesía corrupta, como los Carranza Paz, ni en los bares estudiantiles alrededor de la facultad, ni en las reuniones de videntes en la capital, ni en las fincas del fin de semana en Ingeniero Maschwitz se producen ideas para comprender lo que viene: la exterminación. Solamente, el viejo Barragán, el loco, que ya predijo los incendios del 1955 en Sobre héroes y tumbas, ve lo está por asomarse: el dragón con siete cabezas. Barragán es otro doble que contrasta con Sabato: ve “sin que ningún otro pudiese advertir el tremendo peligro” (445). Su visión es más clara que las fuerzas tenebrosas del mal. Y en contraste con Sabato, que falla en aclarar a Marcelo el peligro inminente, Barragán habla a la gente en el bar y es escuchado. Barragán y Carlucho son los únicos dos que cumplen con su deber de pasar la información contradictoria que importa: no existen los Reyes Magos, pero si hay un dragón en Argentina.

    ¿Quién es el dragón? Si entre las múltiples lecturas hay una que hace de Abaddón una novela importante argentina, es la lectura política. Marcelo es un secuestrado desaparecido arrojado al río, y el dragón y las fuerzas del mal son los torturadores y asesinos. Hasta ahí estoy de acuerdo con la lectura de Kohut (1986, 614) y de Hermosilla Sánchez (2007, 41-44). Asignar a Sábato y a su novela poderes proféticos de anunciar el golpe militar del 1976 y los treinta mil desaparecidos es tentador y el prólogo a Nunca Más mismo implica tales lecturas retroactivas. Ahí Sábato escribe sobre la tragedia nacional, de las fuerzas tenebrosas y del abismo del mal, incluso de las amenazas contra él y la CONADEP (1986, 7-11). Todo esto muestra su posición ambigua con respecto al terrorismo del estado recientemente superado.

    Las fechas de escritura y publicación de Abaddón sugieren otra realidad para el dragón. Sábato termina la novela a fines de 1973 y entrega el manuscrito a comienzos del 74. La primera edición aparece en abril. Terminan en la novela las tres tramas, anunciadas al comienzo (15-16), el 6 de enero del 1973, así que Sábato tenía conocimientos de los doce meses que siguen a este 6 de enero. Es decir, del tiempo cuando completaba la novela. Parece más realista asumir que el dragón de Sábato/Barragán se refería a sucesos que ocurren en esos meses: secuestros, asesinatos, desapariciones, la matanza en Ezeiza, los comienzos de la AAA, el ERP, las FAR, los montoneros, las torturas. Hay más de siete cabezas en este dragón. En Nunca Más Sábato las denomina la violencia de la extrema derecha y izquierda (7).

    La novela ofrece suficientes indicaciones de que estos son los peligros que amenazan a la Argentina. En un capítulo hacia el fin los torturadores mencionan el ERP, FAR y los montoneros (444-446), el narrador injerta una lista de desaparecidos con los nombres propios de las víctimas (448). Nacho guarda en una caja recortes de textos referidos a la tortura, entre otros el testimonio de Norma Morello sobre las torturas sufridas (398); Norma también aparece en la lista de nombres (448); Nacho guarda un recorte sobre las clases de tortura ofrecidas por un teniente Haylton en Brasil (386). Bruno y Sabato sospechan la existencia de delatadores y agentes provocadores en las reuniones (Puch entre los estudiantes, el Chango en Maschwitz), Sabato alerta a Beba del peligro que corre Marcelo escondiendo a un guerillero (223).

    Que Sábato mismo tuviera miedo de que se descubran en Abaddón sus insinuaciones disfrazadas como locura, es algo que se vuelve evidente en las sucesivas revisiones de la novela durante la dictadura: Sábato (entre otras cosas) elimina partes del testimonio de Norma y del reportaje sobre el sargento Haynes. Las restaura después del 83. (Un análisis detallado de las revisiones múltiples en 1976 y 1985, de las anotaciones de Sábato en la edición española del 75 para el lector europeo revelará mucho de la política de él.)

    ¿Quién entonces es “Abaddón el exterminador”? En la Apocalipsis es el ángel de la muerte que larga al dragón. Hay tres ocasiones en la novela donde los personajes anuncian algo mucho más prosaico: el cambio político inminente en Argentina. Quique (en broma) amenaza a su público femenino: “Ya van a ver cuando vuelva el peronismo.” (234). Nassif, el jefe de Agustina, quiere esperar con sus inversiones hasta que se aclare la “política actual” (118). Lo más escalofriante es el anuncio de los torturadores de Marcelo: “Cuando cambie el gobierno nosotros seguiremos aquí.” (441). Pero hay un signo más de lo que viene.

    En la reunión en Maschwitz, alguien menciona haberse encontrado con su ex-marido mirando La Hora de los Hornos del 1968 (362). En esta película peronista que llama a la violencia y con el fusil (como lo hacen Coco Bemberg, el peronista de salón y Silvia), aparece un mensaje del ex-presidente Juan D. Perón. Preguntado si él puede ofrecer una autocrítica del derrocamiento de su gobierno en 1955 contesta (después de 2h.13m de la película):

 

“Hoy creo que cometí un grave error. Yo tendría que haber convocado a la movilización, comenzar a fusilar a todos los generales rebeldes. Y a todos los jefes y oficiales que estaban en la traición y dominar esta revolución violentamente como violentamente querían arrojarnos del poder. Porque ahora sé que entonces no sabía... Por eso, después de estos 13 años hoy me afirmo en la necesidad de haber exterminado (énfasis de Perón) al enemigo, porque no era el enemigo nuestro, sino el enemigo de la república” (sonrisa a la cámara).

 

Abaddón el exterminador permite una lectura simbólica donde el dragón representa la violencia política inminente, que va costar la vida a miles de personas, y donde parece que el exterminador es Perón.

    Esta lectura Abaddón = Perón es también paranoica. Cede a la trampa de explicaciones fáciles y personalizadas. Explicar el Cordobazo, el asesinato de Aramburu, Ezeiza, la AAA con una persona que llama a la violencia es ignorar la complejidad de la situación política y económica de Argentina entre 1966 y 1973: la crisis económica que amenaza especialmente la clase media y que resulta en violencia política, aumentando las huelgas iniciales, las bombas anónimas, los atentados y los secuestros (O'Donnell 1988, 289-300). La novela menciona a Krieger Vasena (83, 372) conectándolo con las Carranzas, pero se calla sobre DELTEC y las multinacionales. Explora las consecuencias de la crisis argentina en la conciencia de sus intelectuales sean ciegos, locos o videntes.


En conclusión:


(1) El modelo existencialista de la búsqueda de lo absoluto (Castel, Alejandra, Nacho y Agustina) no funciona más despues de Sobre héroes y tumbas.

(2) El modelo de la novela paranoica que lo reemplaza en Abaddón el exterminador destrona al autor y abre nuevas posibilidades de lectura.

(3) La novela paranoica permite criticar la ceguera de los intelectuales argentinos y al mismo tiempo hablar de la violencia política del 1973.

 

Wolfgang Karrer (Osnabrueck, Alemania)

 

Otros artículos sobre las novelas de Sábato

*Ernesto Sábato: novelista de la metrópoli

*Elementos fantásticos en la narrativa de Ernesto Sabato

*Entre el pensamiento lógico y la reivindicación de la condición humana. Una mirada desde la obra de Ernesto Sábato.

*“El lado en sombras de la historia: las ‘barbaries’ de Ernesto Sábato”


jueves, 17 de junio de 2021

SABATO Y LA LITERATURA II - Sabato por Sabato

 Fragmentos de Abaddón el Exterminador en los que Sabato expone su postura ante los puntos de vista  de racionalistas, científicos positivistas e izquierdistas dogmáticos sobre la literatura y el arte, y su relación con los mitos y lo fantástico.

—Le digo. En estos últimos años me he angustiado mucho pensando en este problema. Han investigado a personas dormidas, con encefalógrafos. En una universidad norteamericana, claro. Cuando uno sueña las ondas son diferentes, y así se sabe si el individuo está soñando. Pues bien, cada vez que empieza a soñar lo despiertan. Sabe lo que pasa?  El sujeto puede ser llevado al borde de la locura.  Comprende? Las ficciones tienen mucho de los sueños, que pueden ser crueles, despiadados, homicidas, sádicos, aun en personas normales, que de día están dispuestas a hacer favores. Esos sueños tal vez sean como descargas. Y el escritor sueña por la comunidad. Una especie de sueño colectivo. Una comunidad que impidiera las ficciones correría gravísimos riesgos.

Todos. Qué, para qué. Dormir, los sueños. Al dormir cerramos los ojos, y por lo tanto NOS CONVERTIMOS EN CIEGOS. Se detuvo un poco, sorprendido. El alma desamarra en el gran lago nocturno y comienza el tenebroso viaje: "cette aventure sinistre de tous les soirs"(1). Las pesadillas serían las visiones de ese universo abominable. Y cómo expresar esas visiones? Mediante signos inevitablemente ambiguos: allí no hay "copas" ni "estimado señor" ni "piano". Hay copavaginas, esticarajos, cavaginas, vagipianos, estimarajos, señorajos, pianicopias, coparajos. "Análisis" de los sueños, psicoanalistas, explicaciones de esos símbolos irreductibles a cualquier otro lenguaje. Que no lo hicieran reír, por favor, que andaba mal del estómago. Ortofonías (2) y punto. Y qué candidez. Los Ciegos (3) permanecen tranquilos. Al explicar, todo se reduce a unas cuantas palabras inocuas y falsas: explicarle la relatividad a un chico mongólico con gestos. Claro que se pueden construir símbolos con palabras. No lo hizo Kafka? Pero esas palabras por separado no son los símbolos. Qué dolor de estómago. Dios mío.

(1) Cita de un verso del poeta simbolista Charles Baudelaire: “(los sueños), esta aventura siniestra de todas las noches”.

(2) Ortofonía: corrección de los defectos de la voz y de la pronunciación.

(3) Aquí no se refiere a todas las personas ciegas, sino a los personajes del Informe sobre Ciegos, secta secreta que se propone dominar el mundo sometiéndolo a las tinieblas.

  —Mirá lo que sucedió con el mito. Los tipos de la Enciclopedia se rieron: puro macaneo, pura mistificación. Y, de paso, ahí tenés la raíz de esa confusión actual: desmistificación (4) es lo mismo que des-mitificación. Los hombres de ciencia se morían de risa. Vos no has conocido a esa gente como yo, que he trabajado al lado de premios Nobel, en grandes centros de investigación. Pero hay un caso que me parece patético. El de Lévy-Bruhl

(4)  Desmisitificar: dejar al descubierto un engaño, un ocultamiento, una mentira.              Desmitificar: combatir los mitos por medio de un análisis basado en la razón.

Comenzó una obra para demostrar el ascenso de la mentalidad primitiva a la conciencia científica. Sabes lo que le pasó al pobre tipo? Envejeció tratando de demostrarlo. Pero era honrado y terminó confesando su derrota, reconociendo que la famosa mentalidad "primitiva" no es un estadio inferior del hombre. Y que en un hombre de hoy subsisten las dos mentalidades. Qué horror, no? Observá que esa mentalidad "positiva" (el adjetivo me produce gracia, no lo puedo evitar) inyectó en Occidente la idea de que la cultura científica es superior a la cultura digamos de los polinesios. Qué te parece? Y la ciencia superior al arte, claro. Cuando abandoné la física, el profesor Houssay me retiró el saludo. Para el pensamiento ilustrado el hombre progresaba a medida que se alejaba del estadio mito-poético. En 1820 lo dijo de modo ilustre un cretino, Thomas Lowe Peacock: un poeta en nuestro tiempo es un bárbaro en una comunidad civilizada. La excavación del pobre Lévy-Bruhl reveló hasta qué punto esa pretensión era equivocada, además de estrafalaria y arrogante. Pasó lo que tenía que pasar: expulsado por el pensamiento, el mito se refugió en el arte, que así resultó una profanación del mito, pero al mismo tiempo una reivindicación. Lo que te prueba dos cosas: primero, que es imbatible, que es una necesidad profunda del hombre. Segundo, que el arte nos salvará de la alienación total, de esa segregación brutal del pensamiento mágico y del pensamiento lógico. El hombre es todo a la vez. Por eso la novela, que tiene un pie en cada lado, es quizá la actividad que mejor puede expresar al ser total.

—Hace un tiempo, un crítico alemán me preguntó por qué los latinoamericanos teníamos grandes novelistas pero no grandes filósofos. Porque somos bárbaros, le respondí, porque nos salvamos, por suerte, de la gran escisión racionalista. Como se salvaron los rusos, los escandinavos, los españoles, los periféricos. Si quiere nuestra Weltanschauung (5), le dije, búsquela en nuestras novelas, no en nuestro pensamiento puro.

(5)  Weltanschauung: palabra alemana que significa cosmovisión, forma de entender el mundo

  —Me refiero, claro, a las novelas totales, no a las simples narraciones. Desde Europa, por supuesto, nos vienen a decir que en las novelas no tiene que haber ideas. Los objetivistas. Mi Dios! Siendo el hombre el centro de toda ficción (no hay novelas de mesas o gasterópodos) esa objeción es idiota. Ezra Pound dijo que no podemos permitirnos el lujo de ignorar las ideas filosóficas y teológicas de Dante, ni pasar de largo los pasajes de su novela o poema metafísico que las expresan con mayor claridad. Y no sólo son legítimas las ideas encarnadas sino las purísimas ideas platónicas (6).

(6) En su "teoría de las formas" o "ideas", Platón sostuvo que el mundo sensible es solo una "sombra" de otro más real, perfecto e inmutable del cual provienen los conceptos universales que estructuran la realidad a partir de la "Idea del Bien"; y el alma humana, la cual es inmortal pero esta se encuentra "encarcelada" en el cuerpo.

 No son hombres los que llegaron hasta allí? No se podría entonces hacer una novela con Platón de personaje a menos que liquidáramos buena parte de su espíritu. La novela de hoy, al menos en sus más ambiciosas expresiones, debe intentar la descripción total del hombre, desde sus delirios hasta su lógica. Qué ley mosaica (7) lo prohíbe? Quién tiene el Reglamento absoluto de lo que debe ser una novela? Tous les écarts lui appartiennent (8), dijo Valéry (9) con asco reprobatorio. Creyó que la demolía y lo único que hacía era elogiarla. Pedazo de racionalista! Y te digo novela porque no hay algo más híbrido. En realidad sería necesario inventar un arte que mezclara las ideas puras con el baile, los alaridos con la geometría. Algo que se realizase en un recinto hermético y sagrado, un ritual en que los gestos estuvieran unidos al más puro pensamiento, y un discurso filosófico a danzas de guerreros zulúes. Una combinación de Kant (10) con Jerónimo Bosch (11), de Picasso con Einstein, de Rilke (12) con Gengis Khan (13). Mientras no seamos capaces de una expresión tan integradora, defendamos al menos el derecho de hacer novelas monstruosas.

(7) La ley de Moisés​ o Ley mosaica se refiere a la ley del pueblo de Israel en la Biblia. En hebreo se llama la Torá ("Ley"

(8) En francés, “todas las desviaciones le pertenecen”.

(9)  Paul Valéry:poeta, escritor y filósofo francés (1871-1945).

(10) Emmanuel Kant (1724-1804): filósofo prusiano, cuyo pensamiento racionalista ha tenido una influencia decisiva en la organización del mundo moderno. Buscó por encima de todo, enseñar al ser humano a pensar por sí mismo, rechazando todo tipo de dogmas (supuestas verdades indiscutibles impuestas desde afuera de la propia conciencia), sin descartar la importancia de las ideas previas.

(11) Jerónimo Bosch: pintor holandés (1450-1516) creador de figuras maravillosas y de imágenes llenas de fantasía.

12) Rainer María Rilke (1875-1926): Escritor checo en lengua alemana. Fue el poeta en lengua alemana más relevante e influyente de la primera mitad del siglo XX; amplió los límites de expresión de la lírica y extendió su influencia a toda la poesía europea.

(13) Gengis Kahn (1162- 1227) Guerrero y conquistador mongol que unificó a las tribus nómadas de esta etnia del norte de Asia, fundando el primer Imperio mongol, considerado uno de los imperios más grandes de la historia en términos de expansión territorial, desde Europa Oriental hasta el océano Pacífico, y desde Siberia hasta Mesopotamia, la India e Indochina.

   —Sólo en el arte se revela la realidad, quiero decir toda la realidad. Y nos vienen a decir que esta mitificación del arte es reaccionaria, anticuada, que es del siglo XVIII, de los románticos. Por supuesto.

   Las ideas del romanticismo alemán fueron olvidadas o despreciadas por esta cultura pretenciosa. Entonces hay que sacarlas a relucir. Schopenhauer dijo que hay momentos en que la reacción es progreso, así como el progreso es reacción. Hoy, el progreso consiste en reivindicar esa idea vieja. Los filósofos del romanticismo alemán fueron, después de Vico, los primeros que vieron la cosa con claridad. Como también intuyeron la idea de estructura. Idea correcta, que sin embargo los hombres de ciencia habían tirado por la borda.

—La mentalidad de la ciencia opera así: esta piedra es feldespato, ese feldespato a su vez es descompuesto en moléculas, esas moléculas en átomos tales y cuales. De lo complejo a lo simple, de la totalidad a las partes. Análisis, descomposición. Así nos ha ido. 

No me refiero al progreso técnico. Claro que cuando se trata de piedras o átomos eso marcha. Te hablo de la calamidad que significó suponer que el mismo método podía servir para el hombre. Un hombre no es una piedra, no se puede descomponer en hígado, ojos, páncreas, metacarpios. Es una totalidad, una estructura, donde cada parte no tiene sentido sin el todo, donde cada órgano influye sobre los otros y los otros sobre él. Te enfermas del hígado y los ojos se te ponen amarillos. Cómo puede haber especialistas en ojos? La ciencia escindió todo. Y lo más grave es que escindió el cuerpo del alma. Antes, si no tenías un flemón o no te habías roto una pierna no estabas enfermo, eras un malade imaginaire(8). 

Colocó de nuevo la piedrita en su lugar.  Se paró y se apoyó en la balaustrada.

—Ahí abajo tenés el mundo que hemos logrado, el producto de la ciencia. Pronto tendremos que vivir en jaulas de vidrio. Dios mío, cómo es posible que esto pueda ser el ideal de nadie. 

—El mito, como el arte, es un lenguaje. Expresa cierto tipo de realidad del único modo en que esa realidad puede expresarse, y es irreductible a otro lenguaje. Te pongo un ejemplo sencillo: acabas de oír un cuarteto de Béla Bartók, salís y alguien te pide que se lo "expliques". Claro, nadie comete semejante idiotez. Y sin embargo hacemos eso con un mito. O con una obra literaria. A cada momento alguien me pide que le explique eso del Informe sobre Ciegos. Lo mismo pasa con los sueños. La gente quiere que le expliquen la pesadilla. Pero el sueño expresa una realidad de la única manera en que esa realidad puede expresarse. 

—Es curioso —dijo después— que un hombre como Kosik admita ese papel revelador para el arte pero no para el mito. Ahí es donde le aparece ese resto de pensamiento ilustrado. Pero cuando habla del mito dice más o menos que gracias a la razón dialéctica podemos pasar de la simple opinión a la ciencia, del mito a la verdad. Ves? El mito es una especie de mentira, una mistificación. Se "progresa" pasando del pensamiento mágico al pensamiento racional. Lo mismo le pasaba a Freud, con todo su genio.

La luz contra las tinieblas. Es inútil, lo tienen muy metido. Siempre han estado convencidos de que las creaciones mitológicas deben tener un sentido inteligible. Y que si lo ocultan con imágenes fantásticas y símbolos, hay que "desenmascararlo". Es curioso lo que pasa con Kosik... Cuando leas su libro verás qué tipo excepcional. Y sin embargo... Por un lado dice que el arte es desmitificador y revolucionario, ya que conduce de las ideas falsas a la realidad misma. Pero no comprende lo del mito. Un sueño, por ejemplo, es siempre una pura verdad. Cómo puede mentir? Lo mismo pasa con el arte, cuando es profundo. Una doctrina de derecho puede ser una mistificación, puede ser el instrumento que usa una clase privilegiada para eternizarse legalmente. Pero cómo puede ser una mistificación el QUIJOTE?

Por primera vez, después de mucho tiempo, en que parecía haberse mantenido vuelta hacia su interior, cavilando, Silvia observó:

—De acuerdo. Pero creo que hay una parte de verdad en el marxismo, cuando considera que el arte no se produce sobre la nada sino sobre un tipo de sociedad. Hay, sea como sea, una relación entre el arte y la sociedad. Una homología.

—Claro. Hay alguna relación entre el arte y la sociedad, como hay alguna relación entre una pesadilla y la vida diurna. Pero esa palabra alguna es la que tenemos que examinar con lupa, porque de allí provienen todos los errores. Porque Proust era un niño bien su literatura es la expresión podrida de una sociedad injusta, te afirman. Comprendés? Hay una relación, pero no tiene por qué ser directa. Puede ser inversa, antagónica, una rebelión. No un reflejo, ese famoso reflejo. Es un acto creativo con que el hombre enriquece la realidad. El propio Marx afirmaba que es el hombre el que produce al hombre. Lo que es tan opuesto a ese célebre reflejo como una patada a un espejo. Y en esto como en tanta otra manifestación del marxismo, hay que sacarle el sombrero a Hegel, y a su idea de la autocreación del hombre. Ese ser que se crea a sí mismo lo hace a través de todo lo que el espíritu subjetivo es capaz de hacer: desde una locomotora hasta un poema.

—En esa reunión absurda no tuve ni calma ni paciencia ni ganas de explicar todo esto. Y, además, no tengo por qué dar examen delante de pedantuelos como Araujo, que acaba de descubrir el marxismo hace 27 minutos en algún manualito. Estos revolucionarios no ven más que intereses de clase enmascarados en cualquier obra de arte que venga de la clase privilegiada. Hacen mucho daño, porque luego hay gente que presume de refutar a Marx refutando a estas caricaturas. Marx admiraba al monárquico Balzac y se reía, en cambio, de un comunista llamado Vallés que había escrito una obra llamada, me parece, L’INSURGÉ. Y habría despreciado esta literatura proletaria que en Rusia meten a sangre y fuego. Entre esos productos y las obras de ese snob del Barrio Sexto que se moría por las duquesas, no cabe duda: el que subsistirá será ese niño bien.  (Cuando habla del “niño bien”, Sabato se refiere siempre a Marcel Proust)

—Es que la creación artística surge de todo el ser humano. De todo: no sólo de la parte conciente, de las ideas que pueden ser equivocadas, que generalmente lo son (hasta Aristóteles se equivocó fiero) sino de regiones que no alcanzan a ser alteradas por las relaciones económicas. Hoy sigue habiendo edipos, como en la época de Sófocles. Los edipos no tienen nada que ver con las relaciones económicas griegas. Problemas de la vida y de la muerte, de la finitud, de la angustia y la esperanza. Límites de la condición humana, que existen desde que el hombre es hombre. Por eso los trágicos griegos nos siguen emocionando aunque las estructuras sociales en que surgieron no existan más.



sábado, 12 de junio de 2021

SABATO Y LA LITERATURA. El escritor contra racionalistas y comunistas dogmáticos - I

 Reconocido en gran parte del mundo como uno de los grandes escritores argentinos, Ernesto Sabato fue motivo y protagonista de debates sobre la literatura.

El sistema, a través de las sociedades científicas, podía haber aceptado su filiación comunista en su juventud, pero le reprochó que abandonara la ciencia por la literatura surrealista, y luego por un realismo que incluía también alguna afinidad no sólo con el surrealismo (en el famoso Informe sobre ciegos, como parte de Sobre Héroes y Tumbas, que tiene alguna relativa autonomía dentro de la novela, y que inclusive se ha editado a veces por separado) sino  además con lo real maravilloso.

Pero también entre intelectuales y estudiantes cercanos al comunismo soviético, en una época que ubicaba a los escritores dentro de un marco de necesario compromiso con las luchas sociales y el debate de ideas, fuera del aislamiento tradicional respecto de la sociedad, Sabato fue cuestionado, no por la calidad literaria de su producción, sino por no ubicar a sus personajes en las luchas sociales, como héroes de la militancia revolucionaria, fervientes creyentes en la Revolución social y sus slogans.

En su novela Abaddón el Exterminador, publicada en 1973,  Sabato fija su posición, quizás como una manera de dejar definitivamente claro su punto de vista, cansado ya de soportar preguntas sobre el tema en las entrevistas para revistas literarias. 


He aquí nuestra síntesis de sus ideas, resumidas previamente a la publicación de fragmentos de su obra en los que desarrolla ampliamente su postura. 

Sería  exagerado atribuirle exclusivamente a él la originalidad de estas ideas, pero sí su discurso, con una argumentación personal, auténtica y didáctica. 


SÍNTESIS DE LAS IDEAS DE SABATO

Las ficciones literarias, lo fantástico, irracional, son tan necesarios para la humanidad como lo son los sueños para las personas. Son como descargas que impiden que un individuo enloquezca. Los riesgos de hacer desaparecer las ficciones podrían ser gravísimos.

Y tanto los sueños como los relatos fantásticos se expresan mediante símbolos irracionales, pero éstos no pueden ser traducidos o explicados mediante un lenguaje racional ni científico. Se trata de imágenes de significado ambiguo, polivalente.

La filosofía racionalista y la ciencia positivista combatieron los mitos. El progreso, la civilización, de la mano de la razón y la ciencia, hacen que la humanidad avance en el camino de la evolución, apartando a los hombres de la ignorancia y el atraso, de los cuales serían producto los mitos.

Pero en el hombre existen las dos mentalidades: la “primitiva” de las aldeas y las cavernas,  con la “civilizada”. No hay progreso para salir del atraso.

Los artistas retomaron los mitos, apropiándose de un lenguaje propio de otras culturas, pero revalorizándolos.

Los mitos no desaparecen porque son una necesidad profunda del hombre.

El arte nos salva de esa alienación que nos ha enajenado del elemento fantástico, creativo, simbólico, que convive con la lógica racional. El hombre no es una parte, sino una totalidad.

La novela totalizadora (no el simple relato que no tiene en cuenta esta realidad humana de un modo integral), puede cumplir, en la literatura, esa función necesaria.

Las novelas latinoamericanas, más que la filosofía, expresan nuestra cultura que conserva esa parte del ser humano rechazada por el progreso científico racionalista.

Desde Europa viene la falacia de que la novela debe prescindir de todo lo subjetivo y describir sólo la realidad objetiva. Pero no se tiene en cuenta que los personajes de las novelas son (como los hombres reales) profundamente subjetivos. Su subjetividad está atravesada por su religión, sus creencias filosóficas e ideológicas, sus deseos, sus temores, sus angustias, por conflictos y sentimientos de los que no es conciente. Si eliiminamos la subjetividad, desaparece el ser humano, estamos nada más que ante el mundo natural de animales, insectos, piedras.

Sólo el arte y los mitos transmiten, con su propio lenguaje de   simbólicas, la realidad profunda del hombre. Y mientras nuestra cultura no integre el pensamiento lógico, racional, con la esfera irracional, simbólica, subjetiva, mientras esa integración no sea aceptada, la esfera irracional se continuará refugiando en el arte y en los mitos.

Los marxistas dogmáticos que no entendieron a Marx, reducen el papel del arte y la literatura a la reproducción fiel de la realidad objetiva, atravesada por luchas entre explotados contra explotadores, acompañando y reflejando con su propio lenguaje la lucha por la revolución social. Por lo tanto, consideran que el arte siempre expresa los intereses de clase del artista, habría un arte revolucionario y un arte contrarrevolucionario, que mediante las imágenes simbólicas, como los mitos, encubren, ocultan, el proyecto de las clases dominantes. Hay que interpretarlos de esa manera para desenmascararlos. Y los mitos también deben ser interpretados para poner al descubierto su intencionalidad de mantener las estructuras sociales basadas en la dominación y la explotación de los trabajadores por las clases dominantes.

Sólo ven en la literatura de los escritores burgueses y aristocráticos un medio de expresar ese interés de clase y ocultar lo que no les conviene que se tome conocimiento o conciencia, pues generaría rechazo.

Pero no ven que los grandes artistas y escritores, además de eso, están expresando profundos problemas de todos los seres humanos.

Y no existe el reflejo de la realidad. El arte es producto de la totalidad del ser humano, tanto de la parte racional como irracional. El hombre crea su propia realidad, y se crea a sí mismo mediante la creación, tanto técnica como artística. Y al hacerlo, crea la realidad artística, que es otra realidad, no es el reflejo de lo que ve en el exterior.

domingo, 6 de junio de 2021

OBRAS AL PASO. "EL PARAÍSO", DE Héctor Oesterheld

 HÉCTOR G. OESTERHELD. El Paraíso

    Como todas las mañanas, Juan Carlos Gamarra despierta a la dicha, entre los brazos de Silvia, su mujer, que despierta junto con él, contentos, saciados los dos por el último telesueño: Juan Carlos fue el héroe de una cacería prehistórica, su lanza dio el golpe final al gigantesco mamut, la sangre hirviente lo bañó, en la orgía que siguió las muchachas de la tribu se disputaron sus favores; por su lado Silvia navegó en un galeón español, los piratas atacaron y masacraron a la tripulación, Silvia quedó a merced de la horda embravecida, terminaron haciéndola reina del corsario bergantín.

    Del lecho a la ducha feliz con los tres hijos, cada uno vivió su telesueño, juegan con los chorros radiantes, están alegres, ríen por cualquier cosa. El desayuno, otra etapa de la felicidad compartida, cuando termina Juan Carlos tiene que dejar las risas dichosas, es la hora del trabajo, debe irse. Aunque lo hace sin demasiada pena, también habrá placer en el trabajo, partir no es sacrificio.

    Juan Carlos cierra la puerta metálica, saluda a la imagen que le devuelve la superficie bruñida, un rostro joven aunque ya tiene cincuenta largos, recias las cejas y la mandíbula, lástima las pecas y la nariz tan pequeña, lo infantilizan, pero ¿quién repara en eso?, se sonríe, ya está andando por el túnel, va silbando, feliz, tan feliz que ni se da cuenta.

    Su felicidad no tendrá fin. Como no tendrá fin la felicidad de ningún ser humano: la muerte no existe, es apenas un fantasma del pasado, remoto fantasma ya sin espantos.

    Gracias a los erbos.

    Los erbos, que trajeron a la Tierra la Inmortalidad del Cuerpo.

    Un erbo, Seego, espera junto al ascensor, el gran ojo bien abierto, es su manera de mostrar contento, el corpacho verde y arrugado se balancea, otro modo erbo de decir alegría, saluda a Juan Carlos, a cada hombre que entra al ascensor.

    Nadie deja de contestar el saludo: Seego, como todos los erbos, invita a la sonrisa, no se sabe bien lo que es, si su figura de maceta, con esa coronilla de torpes mechones rojos temblándole en la cabeza, tan parecida a una sandía, o si es la simpatía que entibia siempre la enorme, estrellada pupila azul.

    Hay otra razón, además, para mirar con agrado a Seego, el erbo: una bolsa azul brillante, llena hasta la boca de cartas. Están sin clasificar, pero los tres largos dedos de Seego no se equivocan nunca, cada uno recibe con rapidez y exactitud las cartas que le corresponden.

    Sube el ascensor, a cada tanto un golpe de luz intensa delata un túnel, Juan Carlos lee sus cartas, son cinco, del padre, de los abuelos, de la madre, de dos antiguos compañeros de trabajo.

    Todas son cartas que vienen del Paraíso, de seres que hace mucho se fueron en el viaje sin retorno.

    Cartas con la felicidad de siempre, serenas, un poco aburridas, hay que confesarlo, se cansaron tiempo atrás de enumerar las maravillas de la otra vida, apenas si hace algo más que mantener vivo el afecto.

    Lástima que no vino carta del tío Abel, las suyas sí que son cartas, frescas, salpicadas de detalles sabrosos, nadie diría que el tío Abel lleva en el Paraíso más de doscientos años, «partió» en 1985, apenas cinco años después de la venida de los erbos.

    Un tanto tediosas, sí, pero igual las cartas cumplen su función, fortifican la certeza de la no muerte; cuando los erbos decidan que a uno se le acabó el tiempo terrestre siempre estará el Paraíso, con su plazo infinito. Hay, además, tanta dicha en las cartas que Juan Carlos las lee con sonrisa ancha, por fin las guarda, todas menos la de la madre, siempre lee dos veces sus cartas; la vida es hermosa, alguna vez se acabará pero entonces estará el Paraíso, acogedor, eterno.

    El ascensor sale por fin a la superficie, un estallido de verde, alboroto de gorriones persiguiéndose entre grandes y sombrías flores péndulas, huelen a ozono, son las favoritas de los erbos, se enredan con las madreselvas y los jazmines.

    El ascensor sigue subiendo, ahora va por el filo de una estructura de aluminio, los jardines y los domos donde viven los erbos se van achicando allá abajo, por entre tanto verde emerge el gris óvalo del estadio abandonado, feo testigo de otra era, entonces había fútbol y guerras y muerte en la realidad, y no sólo en el telesueño. Más allá, hasta cambiarse en cielo, la líquida vastedad del gran río.

    Cada vez más alto el ascensor, el viento los golpea en ráfagas frescas.

    —¿Por qué esa cara, Raúl? ¿No pudiste conformar a alguna de las muchachas del telesueño? —todos ríen, la cosa es con Raúl Marlino, por cierto que tiene cara de no haber telesoñado, ni siquiera se afeitó.

    Más viento, antes de que Juan Carlos se dé cuenta, la carta que tiene en la mano se le escapa, desordenado pájaro blanco que planea, va, viene, siempre bajando, el papel es pesado, apenas si alcanza a verlo ya, le duele perder la carta, tenía que ser la de la madre, si pudiera ver dónde cae para buscarla después, pero es inútil, ya sólo ve gorriones y palomas.

    —Cayó en el estadio. —Raúl Marlino señala hacia el carcomido anillo, no será fácil encontrarla, la maleza invade las gradas, lo que debió ser la cancha.

    Pero no pueden seguir mirando: el ascensor se detiene, la puerta se abre a un corredor luminoso, por allí se va al taller de telekinesis, uno entre los millones de talleres esparcidos por todo el planeta.

    Cuarenta bancos de trabajo, paredes desnudas, nada que distraiga la concentración. Pero a un lado de cada banco el ojo apagado de un telesueño promete distracción máxima.

    Charlando, animosos, los hombres se reparten entre los bancos, el trabajo es muy fácil, los descansos son muy prolongados, pasarán la mayor parte de la mañana hundidos en el telesueño.

    La cinta transportadora pone delante de Juan Carlos un cubo translúcido. Juan Carlos contempla por un instante el cristal de cuarzo suspendido sobre el banco, enseguida mira el interior del cubo y piensa el cristal dentro del cubo.

    Mantiene la idea del cuarzo dentro del cubo hasta que tintinea un timbre, la cinta se lleva el cubo ahora irisado de colores brillantes, es un placer verlo, una enorme joya temblando en la cinta, Juan Carlos siente el placer del trabajo bien hecho, los colores brillan tanto sólo cuando la concentración es adecuada.

    —¿Qué habrá en el telesueño? —clics de diales encendiendo los ojos verdes, hay media hora de descanso hasta el próximo cubo.

    —¡El Mundial de Fútbol de 1974! —grita uno, sumergiéndose ya en el telesueño—. ¡La final contra Rusia!

    La mano de Juan Carlos se estira hacia el dial, pero no llega a tocarlo:

    —Juan Carlos… tengo que hablarte… —Raúl Marlino, desde el banco de enfrente, lo mira con ojos ansiosos.

    —¿Qué te ocurre? —Juan Carlos no lo vio nunca así.

    Raúl se pasa con fuerza la mano por la cara, la nariz grande se le dobla, grotesca; tiene más de setenta años pero los rasgos siguen firmes, la piel fresca, rosada. Aunque alrededor de los ojos convergen arrugas que antes no se veían.

    —No doy más, Juan Carlos… El último cubo me costó un triunfo…

    —¡Pero si lo que hacemos no es trabajo! Hasta un chico…

    —Ya sé que es fácil, ¿pero qué querés? Estoy listo, hace cinco días que se me va algún cubo sin que termine de pensarle el cuarzo.

    —¿Cinco días con fallos?

    Raúl asiente, los ojos de Juan Carlos se agrandan. Cinco días con fallos son cinco días con el telesueño sin encenderse…

      —No creo que los erbos —tiembla con rencor la voz de Raúl— se den cuenta de lo que es llegar a casa y encontrar que tu TLS no se prende. Aunque por algo pusieron el castigo.

    —También vos, cinco fallos… ¿Le hablaste a Seego?

    —Claro que le hablé, pero como si nada, me miró con su gran ojo azul, se le mojó todo, es cierto, pero terminó diciendo que ya se me pasará y me mandó a trabajar. Qué querés con los erbos, mucha compasión, mucho preocuparse por todo el género humano, pero incapaces de molestarse por un solo tipo en particular. ¿Qué le importa a Seego que un bicho llamado Raúl Marlino se pase cinco o cien días sin TLS?

    —¡No tenés derecho para hablar así! —estalla Juan Carlos, aplastaría de un puñetazo la boca que dice tales cosas de los erbos, nunca, en toda la constante dicha de su vida, ha oído algo así; además, está el TLS del gran match, él y Raúl son los únicos en todo el taller que no se han hundido en el ojo verde—. ¿No sabés lo que es gratitud? ¡Los erbos te dan todo; desde la casa y la comida hasta el TLS y la ropa! ¡Y todo por una idiotez de trabajo cuatro días por semana! ¡Hasta el Paraíso te dan! —Juan Carlos se contiene, sabe que habló de más.

   —El Paraíso… Tenés razón, el Paraíso…

   —¿Por qué no? —La impaciencia de Juan Carlos crece, peor para Raúl si le va mal, ¿por dónde irá el match, habrán anotado ya los rusos el primer gol? —Después de todo el Paraíso es algo estupendo, el tío Abel contó que…

   —También yo recibo cartas —rebota Raúl—. Pero qué querés, a mí me gusta aquí. Ya sé que tarde o temprano hay que ir al Paraíso, pero todavía soy joven, apenas si…

   —A otros los mandan mucho antes, acordate de Carlini—último esfuerzo de Juan Carlos para no mandar al otro al demonio—. Carlini tenía sólo cuarenta cuando lo mandaron. De sobra sabés que los erbos piensan siempre lo mejor para nosotros —ya Juan Carlos llegó al límite, no quiere preocuparse ni por Raúl ni por nadie, el ojo apagado del TLS es un imán irresistible.

    —Ya que los erbos piensan tanto en nosotros —Raúl no repara en la furia de Juan Carlos—, ¿por qué no arreglan la ida al Paraíso de otra manera? ¿Por qué nadie vuelve nunca?

    —Porque para enviar una persona al Paraíso hay que hacerle una operación irreversible, hasta las criaturas lo saben —mientras responde Juan Carlos hace girar el dial, el ojo se enverdece, oye que Raúl dice algo pero un rumor de mar le llena los oídos, viste camiseta a rayas celestes y blancas, pasto verde bajo los pies, viene la pelota, aumenta el rugido, Juan Carlos elude a un rival, a otro, lo embisten, cae, pelea desde el suelo la pelota, está enardecido, otra vez de pie, amaga un pase, dribla un defensor, elude al arquero con un toque al costado, brama el estadio, un tiro calmo a un ángulo, la pelota entra sin prisa… ¡GOOOOOOOOL! El delirio.

    Baja el ascensor, Juan Carlos ya olvidó la charla con Raúl, la mañana fue perfecta, cubos brillantes, impecables, y el TLS más atrapante que nunca.

    Los árboles suben, los domos de los erbos, el óvalo sucio del estadio en ruinas.

    «La carta de mamá…»

    En la parada al nivel del suelo Juan Carlos se acerca a Seego:

    —¿Puedo visitar el estadio? Un momento, nada más.

    El gran ojo del erbo se achica.

    —El viento me llevó una carta —se apresura Juan Carlos a explicarle, los demás lo apoyan, también ellos vieron volar el papel, el erbo termina por acceder, otra vez se le agranda el ojo.

    —Tenés media hora para buscar la carta, hasta el próximo ascensor —el viento juega con los mechones rojos de la cabeza-sandía—. Tratá de no perderlo.

    Por un camino entre jardines va Juan Carlos hacia la ruina, nunca anduvo por allí, las grandes flores péndulas, en intrincado abrazo con madreselvas y jazmines, le rozan la cabeza, pesadas mariposas erbolanas se espantan apenas a su paso, alguna huye acosada por dos gorriones, parece un ambiente sacado del TLS, sólo que no tan vivo.

    La ruina. Empequeñecida por la cercana estructura de aluminio. Pero con algo de siniestro, de inquietante en el cemento que cede en muchos lugares y muestra hierros oxidados y hostiles.

    Juan Carlos cruza por entre la maleza, aquella debe de ser una de las entradas pero… ¿y estos escombros que cierran el paso?

    Juan Carlos se apoya para saltar por encima, pero los escombros se mueven, se derrumban hacia atrás con rumor sordo.

    Dejan un hueco al descubierto.

    En el hueco algo blanquea entre pedazos de tela verde de moho, son huesos: Juan Carlos está mirando un esqueleto acurrucado, la calavera ríe bajo un casco de hierro, dos agujeros dicen por dónde entró la muerte siglos atrás. Junto al esqueleto, el cañón y la recámara de un fusil, la madera desapareció.

    Es la primera vez que Juan Carlos ve en la realidad un resto humano, nunca supo de un horror así, abismal, está tan cerca del polvo que ni siquiera es obsceno o repugnante, como esos muertos ensangrentados e hinchados por el sol de tanto TLS.

    Hebillas, residuos de correas entre los huesos, un soldado que murió peleando en su puesto, Juan Carlos no sabe qué guerra pudo ser, habiendo TLS ¿quién se ocupa de viejas, descoloridas historias muertas?

    Algo oscuro abulta bajo el esqueleto, Juan Carlos tantea con una rama, lo aparta, es lo que fue una cartera. La toma con dedos que se niegan, es una serie de costras endurecidas, imposible abrirla, hace fuerza, se deshace, apenas si le queda entre los dedos un pedazo de papel manchado de moho.

    Un título en arcaicos, ingenuos caracteres tipográficos: «¡MUERTE A LA INMORTALIDAD!»

    El moho borró gran parte del texto, pero todavía se alcanza a leer algo:

    «… los erbos pretenden dominarnos con el señuelo de la inmortalidad. Pero la inmortalidad que ofrecen es como las cuentas de vidrio con que conquistadores de antaño seducían a los salvajes, para explotarlos después. Inmortalidad peor que la muerte, eso ofrecen los erbos traidores en su afán de…»

    Más moho, otras partes legibles:

    «… cobardes que se dejan engañar por la idea de vivir para siempre…»

    «¿Cambiaremos nuestros sentimientos, nuestras tradiciones, que vienen desde el alto venero de la más remota Historia, por la mentira burda y atroz de esa monstruosa masturbación colectiva que es el mal llamado telesueño?»

    «… en las calles, en las casas… aliente una chispa de vida en los corazones…»

    «… la muerte, nuestra muerte, la última, la más alta dignidad del hombre.»

    Juan Carlos suelta el trozo de proclama, le quema, jamás, ni en el peor los telesueños, supo de un horror semejante. ¡Seres humanos oponiéndose a los erbos, rechazando su favor!

    No, demasiado absurdo.

    Hostil, enemigo, el esqueleto, hostiles las ruinas, ¿qué otros secretos blasfemos se esconderán tras el engaño de las madreselvas y las flores péndulas?

    Juan Carlos se aparta, no buscará la carta, ya recibirá otra, la madre le escribe en todos los correos, no es como el tío Abel.

    Casi corriendo llega a la parada del ascensor, tiene que esperar un buen rato hasta el próximo, nunca ansió tanto sumergirse en el TLS.

    Juan Carlos pelea como soldado de fortuna en Francia, la Guerra de los Cien Años, campañas durísimas, combates cuerpo a cuerpo, asaltos y saqueo, Juan Carlos es el héroe que salva al Rey en desesperada batalla, vino y sangre y muchachas a raudales en la orgía celebrando el triunfo final.

    Cuando Juan Carlos despierta, el cuerpo de Silvia huele todavía a enloquecido festín, le busca los labios pero entre la bruma de la duermevela asoma la calavera del casco agujereado, empieza a ladrar un «¡Mueran los erbos!» que no termina porque ya están los labios encendidos de Silvia borrando todo.

    El desayuno, con sus risas, el rostro pecoso y travieso devolviéndole el guiño desde la puerta bruñida, sí, es la dicha cada día, el ascensor, los compañeros, todos contentos.

    Seego no tiene la bolsa azul brillante, no hubo correo, pero a ninguno le importa, el telesueño fue sensacional, cada uno fue el héroe que salvó al Rey a último momento.

    El ascensor vuela ya cielo arriba, hay dos nuevos que miran todo con ojos de primera vez, árboles y domos se achican allá abajo, el viento repite en el río, hasta el horizonte, cortos penachos de espuma. Entre el verdor, el roto ojo muerto del estadio en ruinas…

    La calavera y sus blasfemias, la última dignidad del hombre, casa por casa erbos traidores, en el TLS una doncella árabe danzó desnuda, los muslos lustrosos crecieron en embriagador primer plano, la calavera vuelve a hundirse en su abismo de ruina y carcoma.

    El ascensor se detiene, llegaron.

    En el corredor Raúl se pone junto a Juan Carlos, está demacrado, de algún modo se está pareciendo al soldado muerto:

    —Todo el fin de semana sin TLS. Me vuelvo loco, Juan Carlos…

    «¿Quién te manda hacer fallos?» está por decirle, ¿por qué cargarlo a él con sus problemas?, apura el paso para evitar la confidencia.

    Pero la silueta baja, maciza, de Seego se balancea allí adelante, cortándoles el paso:

    —Tengo que hablarte, Raúl —como siempre la voz del erbo es cálida, casi aterciopelada.

    «Era de prever», piensa Juan Carlos. «Candidato seguro para el Paraíso.»

    —A vos también tengo que hablarte, Juan Carlos —el erbo dobla por un corredor lateral, hay que seguirlo.

    El corazón de Juan Carlos se dispara, es raro, muy raro que un erbo quiera hablar especialmente con uno. Lo de Raúl se entiende fácil, irá al Paraíso, seguro. Pero, ¿y él? «Cambio de cristales, eso», recuerda. «Cuando cambiaron la turmalina por el cuarzo experimentaron conmigo, hace diez años, o quince. Seguro que eso, un cambio de cristales.»

    Otro erbo se les une, se lleva a Raúl, en la cara cansada del hombre hay una sonrisa blanda, cansada, mejor así, Seego abre una puerta, deja pasar a Juan Carlos.

    Una habitación pequeña, como les gusta a los erbos, colores cambiantes en las paredes; Seego ofrece a Juan Carlos una cucheta baja e incómoda, se repantiga en otra.

    El gran ojo se alarga, un líquido lechoso se acumula en el fondo, refleja los colores de las paredes, la estrellada pupila azul no se aparta de Juan Carlos, que se inquieta, conoce desde siempre a los erbos, Seego lo compadece, siente una gran pena por él.

    —¿De qué se trata? —no se aguanta, alarma ser el objeto de tanta compasión.

    —Ayer fuiste a la ruina —gravedad desusada en la voz del erbo.

    —Sí, te pedí permiso, tenía que buscar la carta que se me cayó, ¿no te acordás?

    —¿Dónde está la carta?

    —Este… resulta que… —se contiene, ¿cómo repetir al erbo lo que decía la vieja proclama?—. Resulta que…

    La cabeza-sandía va de un lado al otro, el ojo se achica, mira al suelo. Por fin, con voz ausente:

    —Sabemos lo que leíste, Juan Carlos… Sabemos lo que tu mala suerte te hizo encontrar.

   —¿Mi mala suerte?

   —Sí, tu mala suerte —otra vez se alarga el gran ojo, más húmedo que nunca—. Me cuesta separarme de vos, tus cubos son quizá los más brillantes de todo el taller, es un placer verte siempre tan contento. Pero no tenemos alternativa.

    Leíste lo que no debías.

    Otra pausa. Juan Carlos contiene el aliento, adivina lo que vendrá pero se resiste a creerlo.

   —Irás al Paraíso en el vuelo de esta tarde… Por supuesto—se apresura a agregar el erbo—, ir al Paraíso no tiene nada de malo, jamás llegó una sola queja de allí, si me apena tanto tu partida es sólo porque uno se aficiona a ciertos humanos, algunos se hacen querer más, cuesta separarse de ellos, vos sos de esos.

    Juan Carlos se mira las manos. Están tranquilas. Nunca esperó ser enviado tan pronto al Paraíso, pero no siente temor alguno, tantas veces leyó en las cartas que la operación previa al viaje es totalmente indolora; leyó también que suele haber un rechazo instintivo al cambio, lo que le pasa a Raúl, por ejemplo, pero le sorprende no sentir nada de eso, al contrario, está agradablemente excitado, la novedad le atrae, sabe que el Paraíso es un lugar maravilloso, muy superior a la Tierra. Es bueno despertar cada mañana contra el cuerpo dócil de Silvia, pero el tío Abel habló siempre de mujeres que…

    —Me alegra que lo tomes así. Sabemos que no hablaste con nadie de lo que leíste. Pero no podemos correr riesgos.

   —¿Riesgos de qué? ¿Qué era lo que leí, Seego? No entendí nada, unas cuantas frases sin sentido…

   —Eso eran, unas cuantas frases sin sentido. Pero, te repito, no podemos correr riesgos.

   —¿Riesgos de qué, Seego? ¡Por favor, cada vez entiendo menos!

   El erbo se levanta, no quiere hablar más. Toma de una repisa una intrincada, minuciosa armazón de alambre.

   —Ahora mismo te preparás para el viaje. Tomá, ponete esto en la cabeza.

   —¿La operación?

   —Sí, si así querés llamarla.

   Juan Carlos obedece. Toda su vida ha obedecido a los erbos. ¿Minutos, horas, semanas?

   Inconsciencia rara, Juan Carlos despierta con la sensación de haber telesoñado, en larguísimo TLS, hasta el último detalle de su vida, como si hubiera repetido cada minuto.

    Seego tiene dos hojas de papel entre los dedos, se queda con una, ofrece la otra a Juan Carlos, le da un lápiz:

    —Escríbele una carta a tu mujer, despidiéndote. Juan Carlos no sabe bien lo que le pasa, pero siempre obedeció a los erbos.

    «Mi querida Silvia: Te escribo unas líneas para…»

    Cuenta la entrevista con Seego, habla del inminente viaje al Paraíso; ni una palabra sobre el esqueleto y la proclama, alinea frases chatas, lugares comunes, nunca habló de otro modo con Silvia, al terminar se cree obligado a un toque de tristeza por la separación, le suena a falsa, la tacha.

    Acaba de tacharla cuando los tres dedos de Seego le quitan la hoja. Y le dan la otra, la que el erbo se reservará para sí.

    Juan Carlos la mira, contiene el aliento.

    En la hoja, palabra por palabra, está escrita una carta exactamente igual a la suya, la misma letra, hasta termina con una tachadura.

    ¿Telepatía? Imposible: la hoja estaba escrita antes de que Juan Carlos escribiera la carta.

   El ojo de Seego se achica, el azul se hace acerado:

    —Pasaste el «test»… Ya podés viajar al Paraíso.

    Seego vuelve a estirarse hacia la repisa, ya tiene entre los dedos un raro juego de varillas, parece en pequeño el esqueleto de un paraguas, a un lado brilla una pantalla metálica.

    Seego enfoca a Juan Carlos con la pantalla:

    —No sentirás nada, te aseguro que…

    Se interrumpe, los colores de las paredes enloquecieron de pronto, relampaguean, se devoran unos a otros, Seego deja las varillas, se incorpora de un salto:

    —Uno de los nuevos, seguro. Piensa lo que no debe en el cubo. En seguida vuelvo.

    Juan Carlos queda solo. Aturdido, no tanto por las luces ni por la salida del erbo como por lo que vendrá.

 

 RELATOS DE OESTERHELD

http://planlectura.educ.ar/wp-content/uploads/2016/01/Presentes-H%C3%A9ctor-Germ%C3%A1n-Oesterheld.pdf

http://institutoalmafuerte.com.ar/materialdidactico/33_202008172320271639245859.pdf

https://www.librosdemario.com/mas-alla-de-gelo-leer-online-gratis

EL ETERNAUTA-Versión de Alberto Breccia

SOBRE LA OBRA DE OESTERHELD

https://www.academia.edu/38165534/Oesterheld_y_sus_alegor%C3%ADas_del_futuro_pdf

https://www.infobae.com/2015/04/05/1720280-martin-hadis-oesterheld-era-profundo-filosofico-y-poetico/

HORIZONTES

  Tenía los años de mi juventud. El horizonte me parecía lejano, pero no tanto. Al menos, posible. Es decir, el horizonte posible buscado....