No todos los poemas están escritos en verso. Hay poetas que han venido escribiendo también en prosa, sin renunciar a los recursos literarios propios de la poesía. Un caso célebre, sufrido por los estudiantes secundarios de otras épocas, es el de Juan Ramón Jiménez con su "Platero y yo": musicalidad, imágenes poéticas, expresión de la subjetividad, lirismo, refinamiento y embellecimiento de la realidad, este último masivamente reclamado por el público lector acostumbrado a la poesía tradicional.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
PAISAJE GRANA
La cumbre.
Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por sus propios cristales, que le
hacen sangre por doquiera. A su esplendor, el pinar verde se agria, vagamente
enrojecido; y las hierbas y las florecillas, encendidas y transparentes,
embalsaman el instante sereno de una esencia mojada, penetrante y luminosa.
Yo me quedo
extasiado en el crepúsculo. Platero, granas de ocaso sus ojos negros, se va,
manso, a un charco de aguas de carmín, de rosa, de violeta; hunde suavemente su
boca en los espejos, que parece que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por
su enorme garganta como un pasar profuso de umbrías aguas de sangre.
El paraje es
conocido, pero el momento lo trastorna y lo hace extraño, ruinoso y monumental.
Se dijera, a cada instante, que vamos a descubrir un palacio abandonado... La
tarde se prolonga más allá de sí misma, y la hora, contagiada de eternidad, es
infinita; pacífica, insondable...
—Anda,
Platero...
(Juan Ramon Jiménez, "Platero y yo")
Pero también en los narradores se ha recurrido a la creatividad del lenguaje poético para reproducir las percepciones de la realidad que suelen tener algo de mágicas, emotivas. Como no puede ser de otra manera cuando interviene la música. Es el caso de Giovanni Guareschi, con su saga de costumbrismo crítico del sacerdote Don Camilo y su entrañable adversario y amigo el alcalde comunista Peppone Botazzi, en la época de la guerra fría que se vivió entre el período posterior a la Segunda Guerra Mundial y la caída del comunismo a fines de los años 80.
GIOVANNI GUARESCHI:
LA BANDA
(...)
Por la noche, cuando en el entoldado se encendían las llamitas azuladas del acetileno y en la oscuridad la gran carpa, iluminada por debajo, parecía suspendida en el vacío, la banda tocaba la «invitación».
La banda se colocaba delante de la hostería y ahí tocaba un vals que regularmente solía ser el del ruiseñor. Un vals que de pronto daba entrada al clarinete y dejaba que éste se lanzara a una de esas zarabandas de notas agudas que hacen contener la respiración.
Pero el clarinete no estaba allá abajo, delante de la hostería, con los demás. Se había desplazado lejos, sin que se supiera dónde. Cuando los instrumentos de viento-metal y el bajo habían terminado de ejecutar su potente acción y cuando, al quedarse por un instante solo, lanzaba el cornetín una llamada aguda a alguien oculto en la noche, entonces, desde lo alto del campanario, respondía el clarín. Y sus gorjeos bajaban al principio en remolinos como una densa formación de aviones en picado. Pero al cabo de poco la madeja sonora se iba desenredando: una nota fluía tras otra y todas se deslizaban rápidamente por el cielo rozando las tejas de las casas y luego, alzándose para después volver a descender, revoloteando como un fino y luminoso hilo plateado, dibujaban un complicado bordado en el terciopelo negro de la noche que acababa por apagarse: aunque permanecía el surco en el aire.
(...)
(la composición musical) se titulaba La canción del Po, y describía el gran
río, desde el amanecer hasta la puesta del sol.
Mejor dicho, la descripción empezaba a
mediodía. Y en esto (su autor) el marqués había acertado porque por la mañana
un río no cuenta nada, es como si no estuviera. El río es algo que empieza a
mediodía, cuando el sol parte las piedras y las gallinas corean las campanas
que llaman a la gente del campo para que regrese a las casas oscuras y frescas.
Entonces es cuando el gran río empieza a
existir, porque necesita soledad y las voces le molestan.
La composición comenzaba a partir del
mediodía y describía la majestuosa paz de las tardes veraniegas. Después
llegaba la puesta de sol: el cielo se pone rojizo y el río adquiere el color
del cielo. Si no fuera por la tira oscura de la orilla y de los álamos, río y
cielo se fundirían en una sola cosa. La música se volvía cada vez más solemne e
intensa. Luego, al ocaso, de repente se volvía más pausada y melancólica.
Siempre hace fresco por la noche a orillas del gran río; siempre hace fresco
incluso cuando hace calor.
Luego la luna le cantaba al agua su larga
serenata llena de nostalgia. Después venía como una pequeña interrupción porque
la noche ha acabado y empieza un nuevo día. El cornetín lanza de pronto el
quiquiriquí del gallo. El sol está a punto de salir.
Sobre el agua plácida del gran río, como
una tenue capa de sueño, se extiende aún la neblina ligera y azulada de la
noche.
Luego el sol se asoma por detrás de la
cortina lejana de los álamos y empieza a lanzar reflejos brillantes de oro
sobre el agua.
Entonces la alondra se alza desde un prado
y vuela directo hacia el cielo dejando detrás suyo un tenue surco de trinos. Y
llegaba el gran momento del clarinete que, destacándose de los demás
instrumentos metálicos, lanzaba una larga ráfaga de notas al cielo y, cuando
había alcanzado la cumbre del pentagrama, se quedaba allí dejando vibrar la
última nota;
(GIOVANNI GUARESCHI, "El año de Don Camilo")
Poetas "prosaicos": la prosa en la poesía o versos como prosas.
El término "prosaico" tiene una connotación despectiva sobre lo "común y silvestre" que comparte con la tradicional concepción "académica" de poesía como actividad elevada, cargada de una supuesta superioridad cultural por encima de lo "popular". Podía por lo tanto considerarse que la "poesía popular", carente de imágenes provenientes de la mitología greco-romana, la religión judeo-cristiana, las grandes obras de la literatura universal, y las historias de personajes poderosos (los únicos considerados "históricos", ya que no se reconoció hasta el siglo XX la historia social de los pueblos, de la vida cotidiana y de la "microhistoria", que toma los registros de las actas policiales y judiciales y diversos aspectos de la "historias silenciadas". Hubo entonces también una cultura silenciada, y cuando se difundió masivamente, discriminada. Caso típico, la poesía de los payadores, y su expresión "culta", la literatura gauchesca. Martín Fierro sufrió esta subvaloración hasta que Leopoldo Lugones y Jorge Luis Borges lo tomaron en cuenta, habilitando a la obra y a su autor a ser considerados parte de la literatura, incorporándoselos a los programas de estudio de (al menos) la educación secundaria. Pero siempre con las aclaraciones de que su lenguaje era incorrecto o vulgar.
De a poco Ricardo Güiraldes va, Roberto Arlt viene, y luego Ernesto Sábato y Abelardo Castillo, incorporan el lenguaje "vulgar" a su narrativa, que no era precisamente descuidada. Pero como recurso para incorporar a la literatura la realidad sociocultural de sus personajes, mediante expresiones que el narrador se cuida de no caer de su nivel formal, "culto".
Pero el gran cambio se da a partir de los años 50-60, cuando algunos poetas se deciden a romper en su obra esa dicotomía. Ya no escriben solamente despojando a sus versos de las normas establecidas de estructuras rígidas en cuanto a la métrica (la cantidad de sílabas de cada verso en las estrofas ya estructuradas), la rima, el ritmo y la sonoridad musical de la poesía tradicional, sino que empleando un lenguaje coloquial, se comunican con el lector con llaneza tanto en las palabras como en el tono. Para el lector que se pone en contacto por primera vez con estas obras, "no parece poesía, sino alguien que está hablando".
De los muchos ejemplos que podemos citar, propongo dos casos muy significativos:
César Fernández Moreno, que actualiza la poesía sencillista de su padre, basada en hechos y aspectos de la vida real, agregándole esta transformación significativa, como mimetizada, con una impronta netamente personal (totalmente coherente con lo que se propone). CFM revolucionó el ambiente poético en la década del 60, con su obra Argentino hasta la muerte (escrito en 1954, pero editado en 1963, y recitado por el autor en la grabación discográfica de l967), "Un argentino en Europa / Primer viaje"(1955) , "Segundo viaje" (1959-60), (también editados en los 60), "Buenos Aires me vas a matar"(1965) y "Un argentino de vuelta" (1966). En ellos describe, integrando lo personal a lo social (un autoanálisis que constituiría un verdadero festín para los psicólogos sociales), nuestras características como pueblo, con sus luces y sombras: nuestros orígenes inmigrantes, expulsados de Europa por distintos motivos a lo largo de las épocas, integrando ancestros (apellidos) italianos, españoles, judíos en una cultura común, con más valoración de la calle y café que por la educación formal, más bohemia que organización y disciplina, que resuelve las cosas con improvisaciones de último momento, en un país (soñado por Sarmiento, diríamos nosotros: proyecto de civilización europea que reemplace el atraso herencia de España, los indígenas americanos, los gauchos y afroamericanos) que deja mostrar la hilacha de lo que realmente somos, organizado por abogados que "muevan los papeles", donde "ir a los papeles" significa ir a la realidad, una realidad de papeles que se imponen; una burocracia de oficinas y funcionarios que difícilmente estén para resolver cuestiones... Y un imaginario que se siente parte de Europa, pero que en los hechos, somos y nos sentimos extraños en el Viejo Continente. Las experiencias de él como argentino en Europa, en esa especie de poesía sociológica, lo reconocen en un tono irónico y burlón, que quizás tuvo su precursor en el Oliverio Girondo irreverente de los años 20. El final de "Argentino hasta la muerte" merece ser reproducido:
...en cuanto a vos patria
sí patria a vos te estoy hablando
a vos ésa que estás detrás de la palabra
vos che cielo favorito de los cúmulos cielo alambrado por el arco iris
cielo que día a día me revive con su añagaza de luz
cielo que tarde a tarde me asesta su beso plano
cielo que noche a noche me emborracha
vos che tierra que por ahora te dejás estar abajo mío
tierra de las ciudades afrentada de cloacas embozada de asfalto
tierra de los ejidos turbia de cascotitos y fósforos usados y los restos de un sapo
tierra del campo tierra terráquea mejilla del planeta
che patria que volás entre cielo y tierra como pájaro entre sus dos alas
yo te voy a decir lo que necesitás
necesitás muchos hijos insolentes calaveras
generaciones de hijos desalmados
que te quieran que te odien furiosamente
que te tomen como una curva cerradísima
que te tomen como una copa de cicuta
que te tomen la mano la cintura
yo pongo sobre vos y nada más que sobre vos todo mi cuerpo
a esta luz me dieron a esta luz me doy
y bueno soy argentino
De otra manera no tan abrupta, pero muy profunda, Eduardo Romano es otro poeta que en la misma época introdujo lo "prosaico" (simple, y que parece prosa) en sus poesías. Seleccionamos estas dos obras:
LA LOCA
Me decían sentate al lado de la loca
y dale cuerda. La loca a todas horas
destrozada y después –si existe algún después
bajo las ruedas–
dibujaba muñecas en el vidrio,
cantaba letras sucias,
daba pena.
Me decían recitale a la loca
tus poemas.
La loca consumía
el café más amargo con leche
y apagado.
Se sonaba los huesos
traqueteados en camas informes
o en baldíos,
se daba una medida de esperanza.
Sentada en un rincón,
lucía las bananas podridas del sombrero,
un perfume bien rancio, recocido,
su careta de humo,
su rostro pergamino.
Me decían conversá con la loca
de la vida en orsai,
de su hijo roto.
La loca masticaba estampitas lentamente
preguntando si el sol seguía afuera
o lo habían llevado, en bandeja,
hasta su cuarto.
Me decían con guiños, por lo bajo,
explicale a la loca
que está muerta.
GENERACIÓN
Dirán que teníamos el vino violento
y por las tardes, asomados al Río tullido de la Plata,
recitábamos poemas insalubres.
Que éramos unos pobres muchachos sin partido,
militantes violentos de la nada
que rompieron su amor con tanta furia.
Que vivíamos mujeriegos, desbocados
y a veces los domingos
tomábamos el sol entre las gentes pasajeras.
Dirán que siempre hablando de la Revolución
mientras tirábamos al blanco en las kermeses.
Que no teníamos raíces definidas
ni boleto ida y vuelta ni sentimientos a la moda,
ni un pedazo de mar o de tierra reservados.
Dirán por qué los dejaron entrar así, despiertos,
arrancando sonrisas, llorando a carcajadas,
inmensamente tristes, solitarios.
Dirán, podrán decir
los argumentos que sepan o les manden.
Pero nadie se atreverá a negar
la explosión y el silencio
que habíamos puesto en los poemas,
los días que nos quedamos solos
de odio y de alegría,
las noches que gastamos generosos
hasta llegar frente a la última puerta,
cansados de llamar echando humo,
vociferantes también y mal queridos.
Esto (no) es todo. Como se ve, la poesía no sólo sirve para embellecer la realidad y hacerla digerible (o diferible).
Que descansen, queridos lectores y... ¡felices sueños!