miércoles, 10 de noviembre de 2021

I. MARTÍN FIERRO Y LA TRADICIÓN HERNANDIANA

 Desde 1938, el 10 de noviembre se recuerda el Día de la Tradición, fruto de una propuesta del vicegobernador de la Pcia. de Bs. As. Aurelio Amoedo, perteneciente al Partido Demócrata Nacional (Conservador). La fecha recuerda el nacimiento de José Hernández, y procura reafirmar las tradiciones gauchas: comidas y bebidas, danzas, payadas, refranes y dichos populares, juegos y entretenimientos, vestimentas, ranchos de adobe y aljibes, pulperías, artesanías, caballos, emprendados, domas, carreras de sortija, facones y boleadoras, chiripás y botas de potro...

Pero la obra de José Hernández fue escrita con otro sentido, que vale la pena recordar también como parte de la tradición democrática: la denuncia contra las injusticias, la defensa de los derechos humanos, la corrupción como elemento inseparable de esas situaciones en las que los más débiles llevan la peor parte.

“Debe el gaucho tener casa, / escuela, iglesia y derechos”

Hernández tampoco idealizó en su obra al gaucho, no lo convirtió en una especie de estampita religiosa con una vida y una conducta ejemplar, libre de todo defecto. Presenta una gran variedad de personajes dentro de ese grupo social: personas que han  llevado una vida digna antes de ser despojados de sus derechos, de su familia y de sus bienes, y sometidos a una vida de penurias como soldados en la lucha contra los indios; otros que se han sumado a la policía pero que se suman en su defensa, pero cargados de resentimiento y de rencor; paisanos que si bien han sido reclutados por la fuerza actúan como cómplices de la corrupción junto al Comandante perjudicando a sus pares, pero que vuelven a identificarse con su origen, denunciando y criticando lo que han visto como partícipes secundarios; otros que llevan una conducta indigna, han sido los sinvergüenzas necesarios para encubrir el despojo de los hijos de los gauchos reclutados, y su filosofía de  vida es cruelmente cínica y oportunista, violenta y despreciativa hacia los demás.

El gaucho también es mostrado con su carga de machismo y discriminación hacia los negros, que le aflora cuando se emborracha en los bailes y pulperías, llevándolo a un comportamiento violento y pendenciero. Pero también, ya viejo, se arrepiente y educa a sus hijos con los valores humanos que la experiencia le ha llevado a comprender “porque nada enseña tanto / como el sufrir y el llorar”. Sus hijos han aprendido la lección y ayudan a que no vuelva a cometer los mismos errores, ni aun cuando él siente que las circunstancias no elegidas lo empujan a repetir la historia (aunque a esta edad, es evidente que ya no sobrevivirá a lo que seguramente será su último duelo a facón).

https://www.teatrocervantes.gob.ar/obra/martin-fierro-4/

Ese aspecto de la obra de Hernández no morirá con él. Sobrevivió en muchos payadores que continuaron expresando la voz de los desamparados, despojados e invisibilizados, en poetas cantores como Atahualpa Yupanqui, José Larralde, Alfredo Zitarrosa y tantos otros.

Desde este blog le rendimos homenaje a José Hernández, a su obra, que quizás es más importante que él mismo, a las víctimas de atropellos e injusticias, y a todos los que aun no siendo gauchos, sentimos todavía hoy que esa obra sigue siendo necesaria, como es necesario nuestro compromiso como pueblo, como sociedad, para contribuir a que estos males se superen. Por eso, consideramos que es acertada la afirmación de que “Martín Fierro” es nuestra “Biblia gaucha”. Borges lamentaba que esto fuera así, y que nuestra obra nacional debería ser “Facundo”, de Sarmiento. Quizás, de lo que se trata, en las primeras décadas del siglo XXI, es de comprender los elementos comunes de las dos obras, y de integrar el proyecto de progreso y civilización con el respeto por los gauchos y sus descendientes. Al fin de cuentas, más de un gaucho de esta época es descendiente de inmigrantes, valora la escuela pública y quiere que se respete su autonomía a la hora de votar, y vivir en paz, con trabajo, educación, salud y respeto por la dignidad humana.

A partir de las siguientes entradas, nuestra manera de recordar a José Hernández será volver a sus propias palabras, sobre todo en boca de algunos de sus personajes que expresan claramente la intencionalidad del autor: Martín Fierro, el sargento Cruz, y su hijo Picardía. 

Volveremos a sus estrofas referidas a los derechoshumanos, la institucionalización de la política fraudulenta y el reclutamientoforzoso de soldados para la guerra contra los indios, el maltrato y la corrupción en los fortines de la frontera, en los testimonios de Martín Fierro y Picardía.

 

El gaucho Martín Fierro define así su canto:

Martín Fierro

 Mucho tiene que contar

El que tuvo que sufrir,

Y empezaré por pedir

No duden de cuanto digo;

Pues debe creerse al testigo

Si no pagan por mentir. 

 

Y no piensen los oyentes

Que del saber hago alarde;

He conocido aunque tarde,

Sin haberme arrepentido,

Que es pecado cometido

El decir ciertas verdades. 

 

Pero voy en mi camino

Y nada me ladiará;

He de decir la verdá;

De naides soy adulón;

Aquí no hay imitación;

Esta es pura realidá. 

 

Y el que me quiera enmendar

Mucho tiene que saber;

Tiene mucho que aprender

El que me sepa escuchar;

Tiene mucho que rumiar

El que me quiera entender. 

 

Más que yo y cuantos me oigan,

Más que las cosas que tratan,

Más que los que ellos relatan,

Mis cantos han de durar;

Mucho ha habido que mascar

Para echar esta bravata. 


  ÍNDICE DEL BLOG

III. MARTÍN FIERRO Y EL FRAUDE POLÍTICO COMO FORMA DE RECLUTAR SOLDADOS

 Martín Fierro


Cantando estaba una vez

En una gran diversión,

Y aprovechó la ocasión

Como quiso el Juez de Paz...

Se presentó, y ahi nomás

Hizo una arriada en montón.

 

A mí el Juez me tomó entre ojos

En la ultima votación:

Me le había hecho el remolón

Y no me arrimé ese día,

Y él dijo que yo servía

A los de la esposición. 

 

Y ansí sufrí ese castigo

Tal vez por culpas ajenas,

Que sean malas o sean güenas

Las listas, siempre me escondo:

Yo soy un gaucho redondo

Y esas cosas no me enllenan.

 

De los pobres que allí había

A ninguno lo largaron,

Los más viejos rezongaron,

Pero a uno que se quejó

En seguida lo estaquiaron,

Y la cosa se acabó. 

 


Picardía

Me le escapé con trabajo

En diversas ocasiones;

Era de los adulones;

Me puso mal con el Juez;

Hasta que al fin una vez

Me agarró en las eleciones.  

 

Ricuerdo que esa ocasión

Andaban listas diversas;

Las opiniones dispersas

No se podían arreglar:

Decían que el Juez, por triunfar,

Hacía cosas muy perversas. 

 

Cuando se riunió la gente

Vino a proclamarla el ñato,

Diciendo con aparato

"Que todo andaría mal,

Si pretendía cada cual

Votar por un candilato." 

 

Y quiso al punto quitarme

La lista que yo llevé,

Mas yo se la mesquiné,

Y ya me gritó: "¡Anarquista!

Has de votar por la lista

Que ha mandao el Comiqué." 

 

Me dió verguenza de verme

Tratado de esa manera;

Y como si uno se altera

Ya no es fácil que se ablande,

Le dije: "Mande el que mande,

Yo he de votar por quien quiera. 

 

"En las carpetas de juego

Y en la mesa eletoral,

A todo hombre soy igual,

Respeto al que me respeta,

Pero el naipe y la boleta

Naides me lo ha de tocar." 

 

Ahi no más ya me cayó

A sable la polecía;

Aunque era una picardía

Me decidí a soportar,

Y no los quise peliar

Por no perderme ese día. 

 

Atravesao me agarró

Y se aprovechó aquel ñato;

Dende que sufrí ese trato

No dentro donde no quepo;

Fi a jinetiar en el cepo

Por cuestión de candilatos.

 

Dende equellas eleciones

Se siguió el batiburrillo;

Aquél se volvió un ovillo

Del que no había ni noticia,

Es señora la justicia..

¡Y anda en ancas del más pillo!

 

"Vos, porque sos ecetuao,

Ya te querés sulevar;

No vinistes a votar

Cuando hubieron eleciones;

No te valdrán ececiones:

¡Yo te voy a enderezar! " 

 

Y a éste por este motivo

Y a otro por otra razón,

Toditos, en conclusión,

Sin que escapara ninguno,

Jueron pasando uno a uno

A juntarse en un rincón. 

 

Y allí las pobres hermanas,

Las madres y las esposas

Reclamaban cariñosas

Sus lágrimas de dolor;

Pero gemidos de amor

No remedian estas cosas. 

 

Nada importa que una madre

Se desespere o se queje,

Que un hombre a su mujer deje

En el mayor desamparo;

Hay que callarse, o es claro

Que lo quiebran por el eje.  

 

Dentran después a empeñarse

Con este o aquel vecino;

Y, como en el masculino,

El que menos corre, vuela,

Deben andar con cautela

Las pobres, me lo imagino. 

 

Muchas al Juez acudieron,

Por salvar de la jugada;

Él les hizo una cuerpiada,

Y, por mostrar su inocencia,

Les dijo: "Tengan pacencia

Pues yo no puedo hacer nada." 

 

Ante aquella autoridá

Permanecían suplicantes,

Y, después de hablar bastante,

"Yo me lavo"; dijo el Juez,

"Como Pilatos los pies:

Esto lo hace el Comendante." 


De ver tanto desamparo

El corazón se partía;

Había madre que salía

Con dos, tres hijos o más,

Por delante y por detrás,

Y las maletas vacías.  

 

"Donde irán ?", pensaba yo,

"A perecer de miseria?

Las pobres, si de esta feria

Hablan mal, tienen razón;

Pues hay bastante materia

Para tan justa aflición."

 

  ÍNDICE DEL BLOG

II. MARTÍN FIERRO Y LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS

 

Estaba el gaucho en su pago 

Con toda siguridá,

Pero aura... ¡barbaridá!,

La cosa anda tan fruncida,

Que gasta el pobre la vida

En juir de la autoridá. 

 

Pues si usté pisa en su rancho

Y si el alcalde lo sabe,

Lo caza lo mesmo que ave

Aunque su mujer aborte... !

No hay tiempo que no se acabe

Ni tiento que no se corte!. 

 

Y al punto dése por muerto

Si el alcalde lo bolea,

Pues ahí nomas se le apea

Con una felpa de palos;

Y después dicen que es malo

El gaucho si los pelea. 

 

Y el lomo le hinchan a golpes,

Y le rompen la cabeza,

Y luego con ligereza,

Ansí lastimao y todo,

Lo amarran codo a codo

Y pa el cepo lo enderiezan. 


Ahi comienzan sus desgracias,

Ahi principia el pericón,

Porque ya no hay salvación,

Y que usté quiera o no quiera,

Lo mandan a la frontera

O lo echan a un batallón. 


Tuve en mi pago en un tiempo

Hijos, hacienda y mujer,

Pero empecé a padecer,

Me echaron a la frontera,

¡Y que iba a hallar al volver!

Tan sólo hallé la tapera. 

 

Dende chiquito gané

La vida con mi trabajo,

Y aunque siempre estuve abajo

Y no sé lo que es subir

También el mucho sufrir

Suele cansarnos, ¡barajo! 

 

En medio de mi inorancia

Conozco que nada valgo:

Soy la liebre o soy el galgo

Asigún los tiempos andan;

Pero también los que mandan

Debieran cuidarnos algo.

 

Él nada gana en la paz

Y es el primero en la guerra;

No le perdonan si yerra,

Que no saben perdonar,

Porque el gaucho en esta tierra

Sólo sirve pa votar. 

 

Para él son los calabozos,

Para él las duras prisiones,

En su boca no hay razones

Aunque la razón le sobre;

Que son campanas de palo

Las razones de los pobres. 


Hace mucho que sufrimos

La suerte reculativa.

Trabaja el gaucho y no arriba

Porque a lo mejor del caso,

Lo levantan de un sogazo

Sin dejarle ni saliva. 

 

De los males que sufrimos

Hablan mucho los puebleros,

Pero hacen como los teros

Para esconder sus niditos:

En un lao pegan los gritos

Y en otro tienen los güevos. 

 

Y se hacen los que no aciertan

A dar con la coyontura:

Mientras al gaucho lo apura

Con rigor la autoridá,

Ellos a la enfermedá

Le están errando la cura. 

 

Y dejo rodar la bola,

Que algún día se ha de parar...

Tiene el gaucho que aguantar

Hasta que lo trague el hoyo,

O hasta que venga algún criollo

En esta tierra a mandar. 

 

Es el pobre en su orfandá

De la fortuna el desecho,

Porque naides toma a pecho

El defender a su raza:

Debe el gaucho tener casa,

Escuela, iglesia y derechos.


  ÍNDICE DEL BLOG

IV. MARTÍN FIERRO Y LA CORRUPCIÓN EN LA FRONTERA


 Los sueldos, los alimentos y las armas para los soldados llegan… 

¿pero a dónde?


Martín Fierro

A naides le dieron armas,

Pues toditas las que había

El Coronel las tenía,

Sigun dijo esa ocasión,

Pa repartirlas el día

En que hubiera una invasión. 

 

A veces decía al volver

Del campo la descubierta

Que estuviéramos alerta,

Que andaba adentro la indiada,

Porque había una rastrillada

O estaba una yegua muerta. 

 

Recién entonces salía

La orden de hacer la riunión,

Y cáibamos al cantón

En pelos y hasta enancaos,

Sin armas, cuatro pelaos

Que íbamos a hacer jabón. 

 

Daban entonces las armas

Pa defender los cantones,

Que eran lanzas y latones

Con ataduras de tiento...

Las de juego no las cuento

Porque no había municiones. 

 

Y un sargento chamuscao

Me contó que las tenían

Pero que ellos la vendían

Para cazar avestruces;

Y así andaban noche y día

Déle bala a los ñanduses.


Y cuando se iban los indios

Con lo que habían manotiao,

Salíamos muy apuraos

A perseguirlos de atrás;

Si no se llevaban más 

Es porque no habían hallao.

 

Del sueldo nada les cuento,

Porque andaba disparando;

Nosotros de cuando en cuando

Solíamos ladrar de pobres:

Nunca llegaban los cobres

Que se estaban aguardando. 

 

Y andábamos de mugrientos

Que el mirarnos daba horror;

Les juro que era un dolor

Ver esos hombres, ¡por Cristo!

En mi perra vida he visto

Una miseria mayor. 

 

Poncho, jergas, el apero,

Las prenditas, los botones,

Todo, amigo, en los cantones

Jué quedando poco a poco;

Ya me tenían medio loco

La pobreza y los ratones.

 

Y pa mejor hasta el moro

Se me jué de entre las manos;

No soy lerdo... pero, hermano,

Vino el Comendante un día

Diciendo que lo quería

–Pa enseñarle a comer grano.  

 

Afigúrese cualquiera

La suerte de este su amigo,

A pie y mostrando el umbligo,

Estropiao, pobre y desnudo;

Ni por castigo se pudo

Hacerse más mal conmigo. 


Ansí pasaron los meses,

Y vino el año siguiente,

Y las cosas igualmente

Siguieron del mesmo modo:

Adrede parece todo

Pa atormentar a la gente. 

 

No teníamos más permiso,

Ni otro alivio la gauchada,

Que salir de madrugada,

Cuando no había indio ninguno,

Campo ajuera a hacer boliadas

Desocando los reyunos.

 

Y cáibamos al cantón

Con los fletes aplastaos,

Pero a veces medio aviaos

Con plumas y algunos cueros,

Que pronto con el pulpero

Los teníamos negociaos. 

 

Era un amigo del jefe

Que con un boliche estaba;

Yerba y tabaco nos daba

Por la pluma de avestruz,

Y hasta le hacía ver la luz

Al que un cuero le llevaba. 

 

Sólo tenía cuatro frascos

Y unas barricas vacías,

Y a la gente le vendía

Todo cuanto precisaba... 

Algunos creiban que estaba

Allí la proveduría. 

 

¡Ah, pulpero habilidoso!

Nada le solía faltar.

¡Ahijuna!, para tragar

Tenía un buche de ñandú;

La gente le dió en llamar

–El boliche de virtú. 


Aunque es justo que quien vende 

Algún poquitito muerda,

Tiraba tanto la cuerda 

Que, con sus cuatro limetas

Él cargaba las carretas

De plumas, cueros y cerda. 

 

Nos tenía apuntaos a todos 

Con más cuentas que un rosario,

Cuando se anunció un salario

Que iban a dar, o un socorro;

Pero sabe Dios qué zorro

Se lo comió al Comisario; 

 

Pues nunca lo vi llegar,

Y al cabo de muchos días

En la mesma pulpería

Dieron una güena cuenta,

Que la gente muy contenta

De tan pobre recibia. 

 

Sacaron unos sus prendas,

Que las tenían empeñadas;

Por sus deudas atrasadas

Dieron otros el dinero;

Al fin de fiesta el pulpero

Se quedó con la mascada. 

 

Yo me arrescosté a un horcón

Dando tiempo a que pagaran,

Y poniendo güena cara

Estuve haciéndome el poyo,

A esperar que me llamaran

Para recibir mi boyo. 

 

Pero ahi me puede quedar

Pegao pa siempre al horcón,

Ya era casi la oración

Y ninguno me llamaba;

La cosa se me ñublaba

Y me dentró comezón. 

 

Pa sacarme el entripao

Vi al Mayor, y lo fí a hablar;

Yo me lo empecé a atracar,

Y como con poca gana 

Le dije: –Tal vez mañana

Acabarán de pagar.

 

–¡Qué mañana ni otro día! –,

Al punto me contestó:

–La paga ya se acabó;

¡Siempre has de ser animal!

– Me rai y le dije: –Yo...

No he recebido ni un rial.- 

 

Se le pusieron los ojos

Que se le querían salir,

Y ahi no más volvió a decir

Comiéndome con la vista:

–Y que querés recibir 

Si no has dentrao en la lista?

 

–Esto sí que es amolar–,

Dije yo pa mis adentros;

–Van dos años que me encuentro

Y hasta aura he visto ni un grullo;

Dentro en todos los barullos 

Pero en las listas no dentro. 


Vide el plaito mal parao

Y no quise aguardar más...

Es güeno vivir en paz

Con quien nos ha de mandar;

Y reculando pa atrás

Me le empecé a retirar. 

 

Y todo era alborotar

Al ñudo, y hacer papel;

Conocí que era pastel

Pa engordar con mi guayaca;

Más si voy al Coronel

Me hacen bramar en la estaca. 

 

¡Ah, hijos de una...!, la codicia

Ojalá les ruempa el saco!

Ni un pedazo de tabaco

Le dan al pobre soldao,

Y lo tienen, de delgao,

Más ligero que un guanaco. 

 

Aquello no era servicio

Ni defender la frontera;

Aquello era ratonera

En que sólo gana el juerte:

Era jugar a la suerte 

Con una taba culera. 

 

Allí tuito va al revés;

Los milicos son los piones,

Y andan en las poblaciones

Emprestaos pa trabajar;

Los rejuntan pa peliar

Cundo entran indios ladrones. 

 

Yo he visto en esa milonga

Muchos Jefes con estancia,

Y piones en abundancia,

Y majadas y rodeos;

He visto negocios feos

A pesar de mi inorancia. 


Y colijo que no quieren

La barunda componer;

Para eso no ha de tener,

El Jefe que esté de estable,

Más que su poncho y su sable,

Su caballo y su deber. 


Picardía

Siempre el mesmo trabajar,

Siempre el mesmo sacrificio,

Es siempre el mesmo servicio,

Y el mesmo nunca pagar. 

 

Siempre cubiertos de harapos,

Siempre desnudos y pobres,

Nunca le pagan un cobre

Ni le dan jamás un trapo. 

 

Sin sueldo y sin uniforme

Lo pasa uno aunque sucumba:

Confórmese con la tumba;

Y si no... no se conforme. 

 

Pues si usté se ensoberbece

O no anda muy voluntario,

Le aplican un novenario

De estacas... que lo enloquecen. 

 

Andan como pordioseros

Sin que un peso los alumbre,

Porque han tomao la costumbre

De deberle años enteros. 

 

Siempre hablan de lo que cuesta;

Que allá se gasta un platal:

¡Pues yo no he visto ni un rial

En lo que duró la fiesta! 

 

Es servicio estrordinario

Bajo el jusil y la vara,

Sin que sepamos qué cara

Le ha dao Dios al Comisario. 

 

Pues si va a hacer la revista

Se vuelve como una bala:

Es lo mesmo que luz mala

Para perderse de vista; 

 

Y de yapa cuando va,

Todo parece estudiao:

Van con meses atrasaos

De gente que ya no está; 

 

Pues si adrede que lo hagan,

Podrán hacerlo mejor:

Cuando cai, cai con la paga

Del contingente anterior; 

 

Porque son como sentencia

Para buscar al ausente, 

Y el pobre que está presente

Que perezca en la endigencia; 

 

Hasta que, tanto aguantar

El rigor con que lo tratan

O se resierta, o lo matan,

O lo largan sin pagar. 

 

De ese modo es el pastel,

Porque el gaucho –ya es un hecho–

No tiene ningún derecho,

Ni naides vuelve por él.  

 

¡La gente vive marchita!

Si viera cuando echan tropa:

Les vuela a todos la ropa

Que parecen banderitas. 


De todos modos lo cargan,

Y al cabo de tanto andar,

Cuando lo largan, lo largan

Como pa echarse a la mar. 

 

Si alguna prenda le han dao

Se la vuelven a quitar:

Poncho, caballo, recao,

Todo tiene que dejar. 

 

Y esos pobres infelices,

Al volver a su destino,

Salen como unos Longinos

Sin tener con que cubrirse. 

 

A mí me daba congojas

El mirarlos de ese modo,

Pues el más aviao de todos

Es un perejil sin hojas. 

 

Aura poco ha sucedido,

Con un invierno tan crudo,

Largarlos a pie y desnudos

Pa volver a su partido. 

 

Y tan duro es lo que pasa

Que, en aquella situación,

Les niegan un mancarrón

Para volver a su casa. 

 

¡Lo tratan como a un infiel!

Completan su sacrificio

No dándole ni un papel

Que acredite su servicio. 

 

Y tiene que regresar

Más pobre de lo que jué;

Por supuesto, a la mercé

Del que lo quiere agarrar.  


Y no averigüe después

De los bienes que dejó:

De hambre, su mujer vendió

por dos lo que vale diez. 

 

Y como están convenidos

A jugarle manganeta,

A reclamar no se meta,

Porque ése es tiempo perdido. 

 

De entonces en adelante

Algo logré mejorar,

Pues supe hacerme lugar

Al lado del ayudante. 

 

El se daba muchos aires:

Pasaba siempre leyendo;

Decían que estaba aprendiendo

Pa recebirse de flaire.  

 

Aunque lo pifiaban tanto,

Jamás lo vi dijustao;

Tenía los ojos paraos

Como los ojos de un santo. 

 

Muy delicao, dormía en cuja;

Y no sé por qué sería,

La gente lo aborrecía

Y le llamaban La Bruja. 

 

Jamás hizo otro servicio

Ni tuvo más comisiones

Que recebir las raciones

De víveres y de vicios.  

 

Yo me pasé a su jogón

Al punto que me sacó,

Y ya con el me llevó

A cumplir su comisión. 


Estos diablos de milicos

De todo sacan partido:

Cuando nos vían riunidos

Se limpiaban los hocicos. 

 

Y decían en los jogones

Como por chocarrería:

"Con la Bruja y Picardía

Van a andar bien las raciones." 

 

A mí no me jué tan mal,

Pues mi oficial se arreglaba;

Les diré lo que pasaba

Sobre este particuIar. 

 

Decían que estaban de acuerdo

La Bruja y el provedor,

Y que recebía lo pior;

Puede ser, pues no era lerdo. 

 

Que a más en la cantidá

Pegaba otro dentellón, 

Y que por cada ración

Le entregaban la mitá; 

 

Y que esto lo hacía del modo

Como lo hace un hombre vivo:

Firmando luego el recibo,

Ya se sabe, por el todo. 

 

Pero esas murmuraciones

No faltan en campamento.

Déjenme seguir mi cuento,

O historia de las raciones. 

 

La Bruja las recebía,

Como se ha dicho, a su modo;

Las cargábamos, y todo

Se entriega en la Mayoría. 


Sacan allí en abundancia

Lo que les toca sacar,

Y es justo que han de dejar

Otro tanto de ganancia. 

 

Van luego a la compañía;

Las recibe el Comendante,

El que, de un modo abundante,

Sacaba cuanto quería. 

 

Ansí la cosa liviana

Va mermada, por supuesto;

Luego se le entrega el resto

Al oficial de semana.

Araña, quien te arañó?

Otra araña como yo. 

 

Este le pasa al sargento

Aquello tan reducido,

Y, como hombre prevenido,

Saca siempre con aumento. 

 

Esta relación no acabo

Si otra menudencia ensarto,

El sargento llama al cabo

Para encargarle el reparto. 

 

Él también saca primero

Y no se sabe turbar:

Naides le va a aviriguar

Si ha sacado más o menos. 

 

Y sufren tanto bocao

Y hacen tantas estaciones,

Que ya casi no hay raciones

Cuando llegan al soldao. 

 

¡Todo es como pan bendito!

Y sucede de ordinario

Tener que juntarse varios

Para hacer un pucherito.

 

 Dicen que las cosas van

Con arreglo a la ordenanza.

¡Puede ser! pero no alcanzan;

¡Tan poquito es lo que dan! 

 

Algunas veces, yo pienso,

Y es muy justo que lo diga,

Sólo llegaban las migas

Que habían quedao en los lienzos. 

 

Y esplican aquel infierno

En que uno está medio loco

Diciendo que dan tan poco

Porque no paga el Gobierno. 

 

Pero eso yo no lo entiendo,

Ni a aviriguarlo me meto;

Soy inorante completo

Nada olvido y nada apriendo. 

 

Tiene uno que soportar

El tratamiento más vil:

A palos en lo civil,

A sable en lo militar. 

 

El vistuario es otro infierno;

Si lo dan, llega a sus manos

En invierno el de verano,

Y en el verano el de invierno. 

 

Y yo el motivo no encuentro

Ni la razón que esto tiene,

Mas dicen que eso ya viene

Arreglao dende adentro.  


HORIZONTES

  Tenía los años de mi juventud. El horizonte me parecía lejano, pero no tanto. Al menos, posible. Es decir, el horizonte posible buscado....