miércoles, 20 de septiembre de 2023

LA VIEJA CASA PATERNA

  A diferencia de las vías de los trenes, que son para partir, mi casa paterna se bifurcaba dentro de su unidad.

     La pesada puerta de hierro y vidrio, con un óvalo de mármol en la parte inferior, protegía, pero no intentaba dejar afuera a nadie. El zaguán, con sus molduras a los costados y sus dos querubines con una cornucopia con abundantes uvas derramadas en la parte superior, recibía a los que ingresaban, arriba de la puerta de entrada al living, que dejaba ver un antiguo escritorio y los estantes cargados de libros.

     Ya eso hacía sentir que se trataba de una casa bastante particular.

     A la izquierda, el living comunicaba con una habitación con balcón a la calle, y con la farmacia que identificaba a la esquina.

     La habitación era de mi hermana y yo, que la dejamos de ocupar diariamente cuando a los 12 años nos fuimos a residir y estudiar en Tres Arroyos hasta que egresamos del secundario. De ahí, a la Universidad, en Buenos Aires. Y esa habitación, vacía la mayor parte del año, nos recibía cada vez que volvíamos por poco tiempo, y sentíamos la sensación del cambio que significaba en nuestras vidas. De que nos debíamos ir acostumbrando a dejar poco a poco esa casa. Y nuestros viejos, a reconocer que crecer es alejarse, cada vez que pasaban por la puerta o entraban a esa habitación vacía…

     La farmacia era el espacio público de la casa, del trabajo de mi padre. Lo veo levantado a las 6 de la mañana, tomando unos mates para iniciar el día, mientras organizaba las tareas: las fórmulas magistrales para entregar, el pedido a la droguería, el banco, y, seguramente, estar un poco consigo mismo a medida que terminaba de despertar, antes de que llegara la empleada encargada del lavado de los pisos. Firme como una roca, por más que hubiera pasado una noche de sueño interrumpido por timbres de pacientes con recetas de urgencia, o hubiera tenido una larga reunión de la Comisión Directiva del Club, de la que era tesorero, o un baile del que sólo había tenido tiempo para ducharse, afeitarse y ponerse en condiciones de trabajar.

     Al acercarse la hora del almuerzo, cuando ya disminuía el trabajo, en la rebotica recibía a sus amigos, compartiendo una picada con alguno de sus vinos preferidos.   

     Y antes de cerrar por la noche, venían los preocupados a confesar sus conflictos con su autoridad, basada en la convicción de lo correcto, su trato a su vez serio y comprensivo, ayudando a sugerir criterios antes de tomar sus propias decisiones.

     La biblioteca metálica guardaba muchos biblioratos comerciales e impositivos, pero recuerdo en particular una carpeta que archivaba los pedidos de colaboración de los alumnos de las escuelitas rurales para poder armar su botiquín escolar, y las cartitas de agradecimiento por su donación. La conocí después que falleció.

 

     Un pasillo comunicaba el living con el otro flanco de la casa bifurcada, la de la vida privada: la habitación de los viejos, el baño, y un ex garaje que de a poco  fui convirtiendo en mi “bulín” bohemio, con mis libros, revistas, discos y cassettes, donde recibía a mis amigos.

     Una escalera de madera lo comunicaba con un altillo, que funcionaba como  desván donde se acumulaban todos los objetos que ya no se usaban o se guardaban como partes significativas de la historia familiar. Una especie de museo privado, donde mi imaginación podía revivir épocas pasadas; mis viejos juguetes, mi guitarrita de cuatro cuerdas, revólveres a cebita, soldaditos y cowboys de plástico, que eran mejores que los de plomo porque podían flotar en el agua de alguna pileta, o en alguna zanja; una valija con almanaques, reglas y tinteros de publicidad de la farmacia, y bolsitas de papel madera para entregar remedios con el logo de la farmacia anterior, que mi viejo había comprado; un antiguo reloj de péndulo que estaba en una foto de la familia en la que estaba yo de bebé de un año y algo, sentado sobre las rodillas de papá, la de los hermanos Emiliozzi y otra de Juan Gálvez; una antigua heladera para barras de hielo y aserrín…

     El pasillo comunicaba al patio, donde mi madre cultivaba las flores emblemáticas de la casa: malvones, alelíes y lirios. Una higuera se apoyaba contra la medianera. Sus frutos duraban poco…

     Pero el corazón de la casa era, por supuesto, la cocina. Allí nos comunicábamos con mi madre mientras cocinaba, tomábamos unos mates, se reunía la familia extensa los domingos y en las fiestas navideñas, se leía, se escuchaba la radio, se jugaba a los naipes, se escribían las cartas; se vivía, con una calidez que perdura en mi memoria. Y por supuesto, se recibía a las visitas, tanto gente del barrio como gente autopercibida como “importante”. Pero también gente verdaderamente importante para nosotros: los amigos y los vendedores de libros, que pasaban a formar parte de nuestras nuevas amistades. Y entre ellos, algunos, muy interesantes. Como el aventurero brasileño Eduardo Barros Prado que vivió gran parte de su vida en Argentina; militar, combatiente republicano en la Guerra Civil Española, periodista, cazador, explorador y etnógrafo que había convivido con las tribus indígenas de la Amazonia, tanto en forma privada como parte de un programa del gobierno de Joao Goulart, para defender los derechos de esos pueblos. Como tal, había sido aceptado por tribus a las que ningún equipo de científicos había logrado acceder. Inclusive, la de las mujeres guerreras, y la de los jíbaros reductores de cabezas de sus enemigos. 

       O el antiguo ex empleado de la farmacia, criado por su madre sola con mucho esfuerzo, que estudió enfermería, se embarcó, y conoció a una señorita belga con la que se casó y formó su familia en Bélgica; volvía al pueblo a visitar a su madre, a sus amigos y a nosotros, porque sentía que siempre se lo había tratado como a un hijo. 

    O el novio de la chica que trabajaba en casa, un ingeniero que había estado trabajando en Cuba en la primera época de la Revolución.

    O el divertidísimo cónsul de la España franquista, que le traía a mi viejo noticias de la Península, y masitas de confitería deliciosas a las que él se comía casi todas, y un día se puso a jugar con globos con nosotros y reventó el fluorescente.

       La cocina era también el espacio pacifico donde venían a dialogar serenamente gente que sostenía las más enconadas diferencias ideológicas y políticas.

      También en la cocina nos despedíamos cuando nos íbamos a estudiar. Lo hacíamos en privado, no en la vereda. Y allí también tenían lugar los besos y abrazos del regreso, a veces de sorpresa, y muchas otras simulándolas como si fueran un ritual necesario. Sobre esa mesa grande mamá nos escribía periódicamente sus cartas cargadas de información, amor y recomendaciones.

 

      Todos nos hemos ido yendo de la vieja casa, despidiéndonos del zaguán con sus querubines y su cornucopia con uvas derramadas. Ya la vendí hace años, cuando ya era sólo un edificio arruinado por la falta de mantenimiento. No la vendí a cualquiera, por supuesto. La compró una amiga muy querida, que también guardaba hermosos recuerdos de ella, y le dio nueva vida con su familia.

      No me costó venderla. La casa de la que hablo ya no era más un edificio; ya había pasado a existir para siempre, inalterable, en mi memoria y en mi corazón. La emoción vuelve a mí cada vez que la evoco. Porque si bien nuestras vidas sí se bifurcaron, en esa casa que evoco están mis raíces: mis gustos, mis sueños, mis conflictos y mis decepciones, mi volver a empezar, mis zambas y bossas novas enamoradas, mis tangos tristes y mis rockandroles vibrantes. Esa casa, es mucho más que una casa. Volviendo a ella en mi evocación cada tanto encuentro la savia para vivir mi presente. En otra casa, claro. Con mis hijos afuera, bifurcados también. Todo cambia y todo vuelve a empezar...


Sobre Eduardo Barros Prado: 

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lunes, 18 de septiembre de 2023

CIUDAD DE NOCHE

                                                                                                                                        

Reverbera tu sombra un instante

en el espejo mágico

como un zarpazo sobre la inercia

de mi sueños fatigados de armas inútiles

en la zona imprecisa de la ciudad de noche

de trenes y paredones, plazas y puentes

y hoteles con habitaciones invisibles,

jazmines y ascensores,

vacíos y mañanas

con camas y puertas hacia los desafíos

entre destellos de carteles luminosos.

                                                                                                                                                     ÍNDICE


jueves, 14 de septiembre de 2023

MI PUEBLO ES DADÁ Y SURREALISTA

 A diferencia de lo que sucede en la vieja Europa, donde las grandes revoluciones culturales asombran por sus transgresiones novedosas, destrozando en los conceptos teóricos y en la práctica artística y literaria el orden lógico de la realidad, donde "lo racional es real y lo real es racional", según lo veía el filósofo alemán Hegel (1770-1881), en nuestra realidad cotidiana la realidad es irracional, absurda, paradójica. Lo cual se nota principalmente lejos de las grandes ciudades, tan parecidas a las capitales europeas.

Aquí, la ruptura con lo racional y lógico es lo corriente. Así lo he observado  en mi pueblo. Digo, no sé.

Los invito a leer esto y después me dicen. Puedo estar equivocado. Ya se sabe, demasiada literatura aleja a la mente de la percepción de lo real.


MI PUEBLO ES DADÁ Y SURREALISTA, CREAMELÓ.

Las cloacas y el turismo de aventura, un molino australiano, un árbol de navidad, el obelisco, un avión Cessna, un avión a chorro, Maradona y el mural que representa al pueblo, la confitería, la vieja barraca, la discoteque, la falsa diagonal, los espectáculos en el andén, El lado oscuro de la luna, el Cuarteto Imperial, Los Pericos, un cantor desafinado, Gardel y mis amigos, el panadero, periodista digital y relator de fútbol.

Así como René Magritte escribió la desconcertante frase “Ceci n’est pas une pipe”

(Esto no es una pipa) a una de sus obras que representa precisamente la imagen de una pipa,

yo puedo decir, sin provocar asombro, que mi texto no es literatura.

Es simplemente una reflexión espontánea según fueron surgiendo las cosas

ante mis ojos y recuerdos e ideas en mi cabeza, sin ninguna pretensión literaria. La

literatura es un trabajo concienzudo que exige dedicación y capacidad autocrítica.

Por ahora, mi natural haraganería me lleva a preferir el formato de una simple conversación. Porque, como comprenderán, soy de un pueblo donde no son muy habituales esas virtudes de la gente honesta y respetable, pero si de intelectualidad se trata,

hemos descubierto sin necesidad de literaturas ni filosofías, muchas de las

características creadas por los pensadores y escritores de vanguardia que todavía dan que hablar

entre los académicos de las grandes ciudades. 

 

Los dadaístas proponían mezclar sin ninguna coherencia palabras e imágenes como una forma de rechazar lo establecido y de reinventar el sentido como un niño que aprende a hablar con su lenguaje propio. Los surrealistas cuestionaron al máximo el concepto de realidad en elarte como representación del mundo objetivo, incorporando imágenes cuyo sentido proviene de la semántica particular del inconciente del poeta. Resignifícalo tú mismo, inconciente lector, libérate de la dominación cultural por los Grandes Próceres de la Literatura.

Mientras camino rumbo a la panadería, voy relacionando a mi pueblo con la acumulación de imágenes dispersas con las que Manzi evocó y pintó con palabras el barrio de Pompeya. Buenos Aires es la coherencia de la diversidad, difícil de entender a simple vista. El poeta le encuentra, por medio de la visión emocionada, ese sentido unificador que quizás sus mismos habitantes no pudieron percibir ni expresar, hasta que lo descubrieron en esos tangos.

Con todo este bagaje en mi cabeza, voy observando el paisaje de mi pueblo, tan trillado por su cotidianeidad, que vemos lo mismo de siempre, sin que nos inspire ni una simple imagen poética. Lo hago sintiendo que estoy haciendo turismo de aventuras, o imaginando que soy un cazador que avanza entre la nieve y los peligros de las trampas colocadas. La obra de las cloacas, desde hace medio siglo reclamadas, empezadas dos veces y dos veces sin terminar, postergadas por la administración municipal siguiente por estar mal hechas, y ahora que necesita urgente reconquistar votos perdidos en las paso, parece que se van a terminar. Pero con una desprolijidad tan grande que no se puede caminar seguro entre colchones y montañas de barro. Es muy fácil resbalar. Pero peor puede ser pisar sobre la tierra sin afirmar con que la pala de la excavadora ha tapado las zanjas. Una señora (joven, por suerte), al pasar muy confiada se enterró hasta la cintura. Vinieron los obreros a afirmar la tierra, pero al día siguiente su marido se enterró hasta las rodillas…  

De pronto, descubro que somos un pueblo dadaísta y surrealista a la vez. He visto desfilar figuras fantasmales e incoherentes, desordenadas y en la frontera entre el recuerdo y la resignificación, entre el atraso y la posmodernidad. La centenaria estación ferroviaria, que dio origen al pueblo, en cuyo andén tuvieron lugar representaciones teatrales, y, en un mismo día, un recital de una banda haciendo covers de El lado oscuro de la luna; el Cuarteto Imperial; Los Pericos, y  un desafinado cantor local que arrasó con las simpatías del público. La torre de señales aún conserva la posición horizontal de su advertencia de que está por pasar un tren por la vía muerta. Junto a los galpones del ferrocarril, el predio donde las carreras de caballos y las pruebas de destreza de jinetes convocan multitudes criollas de la región, en un pueblo donde los pobladores sueñan con llegar a ser una ciudad y todavía se dice “paisano” con desprecio. Un viejo molino australiano que ha perdido sus aspas es algo así como nuestro obelisco. Adornado para las fiestas desde hace tres años como un arbolito navideño desarmado después de cada 6 de enero, este año continúa armado y tenemos Navidad durante todo el año, pero sin lucecitas porque hubo un desperfecto que no se solucionó. La esquina donde funcionaron las oficinas del empresario más poderoso del pueblo, luego un boliche bailable, posteriormente un todo por 2 pesos, y actualmente cerrado. Jóvenes con sus motos y gauchos a caballo suelen usar la pista para caminar.

Desde la vereda, un grupo de niños cumplen emocionados con el ritual tradicional de saludar al avión Cessna que sobrevuela bajo, contra las reglas, como regalando el espectáculo a los vecinos que lo observan. Se dirige a la última manzana del pueblo, donde está el campo de aterrizaje. Nadie recuerda al reducido grupo ecologista que denunció el envenenamiento constante que estamos sufriendo con el glifosato. Nadie tiene en cuenta a los perdedores. Frente al ex terreno del ferrocarril, la sede del Club Atlético Agrario exhibe dos  murales de Maradona, recordando que el Diez alguna lejana noche  participó de un partido amistoso cuando se inauguró la  iluminación nocturna en la canchita que fue bautizada con su nombre. El mural fue hecho por un artista de La Plata, que además nos dejó otra obra como homenaje al pueblo, representándonos  con las imágenes de una Rastrojero semioculta entre la selva, y un ciervo…  Ante el silencioso desconcierto, aclaró que eran símbolos de la defensa del ambiente y su fauna autóctona, y la Rastrojero, la había incluido porque le había llamado la atención la gran cantidad de autos antiguos que había en el pueblo, de industria nacional… Los autos no eran reliquias de colección, sino Renault 12, Ford Falcon, F-100, de los peones de campo que venían al pueblo. Esto despertó cierta indignación entre los propietarios de las 4 x 4, que siendo también numerosos se sintieron ofendidos  como  garmenses… Y no demasiado entusiasmo por parte de los peones, a los que no les resultó gracioso que se los identificara con esos autos, porque ellos también sueñan con andar en una de estas modernas camionetas 4 x 4 nuevas… Porque en mi pueblo, que algunos locutores de FM llaman ciudad, y nos molesta que se nos llame “localidad”, ya que “pueblo” resulta directamente ofensivo, casi nadie se identifica con lo que es, sino como lo que desea ser… o ser visto. Ser es ser percibido, decía un filósofo de la Edad Media de cuyo nombre no quiero acordarme.

Por el cielo del pueblo pasa por la ruta aérea un avión a retropropulsión, dejando su estela… Pasan los aviones a chorro, los chorros viajan en avión…

Tomo por la diagonal, como llamamos a una calle que forma parte de un damero perfecto, pues la verdadera diagonal es la avenida de entrada y salida al pueblo, paralela a las vías, pero que en realidad no corta a ninguna manzana en dos mitades triangulares. Lo que llamamos “la calle de atrás”, “la calle de los camiones”, “donde está la balanza”, en los papeles, sería la ruta que en La Plata figura como asfaltada, pero sigue siendo de tierra, 40 años después de “hecha”.

Paso por la manzana de la “diagonal” donde el viejo edificio de la primera barraca “no pudo ser” el edificio de un proyecto de museo aplaudido por todos los funcionarios pero que se transformó en una ruinosa “discoteca” habilitada contra todas las disposiciones  y el sentido más elemental. Paso por la “vereda”, que ya no es de tierra, pues sólo es pastizal alto y bosta de caballos que suelen pastar allí. Ya estoy llegando a la panadería de mi amigo Pepe, además, periodista digital, relator de fútbol, y memorioso del pasado del pueblo. Algo más que el pan voy a buscar.

Porque los garmenses somos así, amigueros. Si uno de los emblemas de Buenos Aires es Gardel vestido de gala y hasta con sombrero de copa junto al obelisco, que a nosotros no nos representa para nada. El Gardel nuestro es el amigo, (*) en noches de bohemia en los cafés, o yendo a cenar juntos, sin tanta etiqueta, es Gardel y Razzano, Gardel y Le Pera, Gardel y sus guitarristas… Porque la vida, para nosotros, no se puede transitar sin amigos… Y nuestros amigos, ya se habrán dado cuenta, son tan diversos como el paisaje del pueblo, pero misteriosamente, contra toda lógica, cierta magia nos une…y la hace comprensible.

 

(*) Con mis amigos, jóvenes de los 70, escuchadores deleitados de Almendra, Los Beatles, Manal, Bob Dylan, Oscar Peterson, el Gato Barbieri, la bossa nova, Piazzolla, Salgán-De Lío, Troilo y el Trío Federico-Berlingieri-Cabarcos, lo sentíamos tan cercano a “nuestro” Gardel, que habíamos adoptado (no sé si era anónimo, yo creí que era  creación de un amigo) una frase que aplicábamos como metáfora de un acercamiento frustrado, especialmente cuando intentábamos darle la mano a otra persona que nos dejaba con la mano tendida: “me dejó parado y sonriente con la mano extendida como Gardel en el bronce”… No era una falta de respeto, por supuesto.



https://drive.google.com/file/d/1XS1LDlYNd3W7Yq9I_O75fyCQXvOiKTG5/view?usp=drive_link



martes, 5 de septiembre de 2023

IMPROVISACIÓN SOBRE "LA BOTELLA ARROJADA AL MAR CON UN MENSAJE" DE RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 LA BOTELLA ARROJADA AL MAR CON UN MENSAJE


QUERIDO RAÚL

¿Qué se habrán hecho las viejas noches de carnaval

con sus disfraces, sus bailes callejeros y en los clubes

en  cálidas y ansiadas noches de verano?

¿Adónde fueron los barrios amigables

con sus charlas entre vecinos y la música por la propaladora

las tardecitas a la hora de la vuelta del perro?

¿En qué íntimo cofre, inmaterial y mágico

guardó sus secretos la mujer casada

enamorada de otro hombre?

Todos somos sobrevivientes de algún Titanic

en el que quedaron nuestros sueños

y las ideas más bellas

que nunca volvieron a salir a flote;

el oleaje las recuerda cada tanto

al doblar la esquina una noche cualquiera.

¿Qué habrá sido de las emociones intensas

de mi juventud recién inaugurada

con esas ansias y ese placer por vivir,

y las palabras cargadas de absoluto

que nunca fueron pronunciadas?

¿Cuál fue el destino de aquellas miradas claras

que alumbraron caminos en medio de junglas y desiertos?

Apartado de Dios con sus 10 mandamientos

y sus cinco evangelios,

ese dios para todos y para ninguno,

yo sueño con que un día se acerque a tomar unos mates con nosotros

y cuando mucho, paternal y fraterno 

con su mirada pregunte cada noche

¿Cómo vas, qué has dicho y qué has hecho?

y cada mañana ¿Qué querés hacer hoy?

¿Qué esperás de vos mismo?

Mientras tanto, todas las noches pienso

en esas botellas arrojadas al mar con un mensaje,

esos cofres en el fondo del océano

esas brisas sutiles que nos traen voces y sueños

de otros tiempos buscando corazones y cuerpos para despertar

en medio de la ensoñación entre la bruma.



HORIZONTES

  Tenía los años de mi juventud. El horizonte me parecía lejano, pero no tanto. Al menos, posible. Es decir, el horizonte posible buscado....