por Luis F. Gobea
I
Caminando con
un brillo radiante en su cara
a un paso
rítmico casi de saltarín,
vuelve de la
panadería
con el
caliente pan fresco
en la bolsa
gozosa y bamboleante.
Quedarse con
el vuelto es lo de menos.
Lo más
importante es ir comiendo
un mignon, o
un poco de felipe
o al menos,
la tierna miga
de la
amigable flauta.
Cuando
llegue a su casa lo espera
el deslizar
del cuchillo
con la
manteca untuosa,
esperando la lluviecita de sal
y los brazos
abiertos de la hoja de perejil.
Refunfuñando
contento,
obedece la
orden de lavarse las manos
y sentarse a
la mesa.
La vida es
un festín.
II
Ese pan no
ha sido
regalo de un
dios triste que llueve desde el cielo;
con alegría
artesanos de sueños madrugados
por el fuego
del horno y el amor en las manos
transmutaron la harina en dorada esperanza,
en alimento
del cuerpo y la sonrisa,
para que fuera entregado por la panadera
intercambiando
las bendiciones
de la luz en sus miradas
No fue la
red social virtual la que lo hizo posible.
ni lo
explicará jamás la gris sociología.
No hubo
ningún superhéroe que motivara el consumo
desde el
atractivo mandato de la publicidad.
Fue el
entramado de vivencias que nos comunica
y nos hace
felices como el agua a las plantas.
El milagro
del trabajo que siembra hoy el futuro,
con la energía sutil
del amor y los sueños compartidos.
En su museo
viviente de experiencias,
en la
memoria, en el deseo y en sus ojos,
el niño para
siempre atesora un secreto.