sábado, 29 de mayo de 2021

HACIA LA LITERATURA FANTÁSTICA . El encuentro con Borges

 Sintetizando las características generales del realismo, del realismo mágico y lo real maravilloso, 

-el realismo pretende describir la realidad social y política con objetividad aparente, como si se limitara a registrarla sin que intervenga explícitamente la subjetividad del autor. De todos modos, ésta suele hacerlo mediante la presentación de las situaciones y de los personajes, el uso de algunos adjetivos que influencian la interpretación por parte del lector de un modo en particular. (En literatura, ninguna palabra es puesta al azar, de un modo no intencional). Y también, por el recorte que hace de la realidad para quitarle el velo que la encubre o disimula. Pues se muestra objetivamente la realidad que se quiere mostrar al desnudo, desde una intención crítica;

-el realismo mágico introduce en la descripción realista elementos del mundo de la fantasía, ya sean éstas provenientes de "otra realidad", como en el caso de las apariciones fantasmagóricas, o del inconciente, de lo onírico (es decir, proveniente de los sueños), propios del arte y la literatura surrealistas;

-lo real maravilloso describe una realidad objetiva, propia de la sociedad y la cultura latinoamericanas, en la que lo maravilloso, extraño para la visión europea de la realidad, está presente en la realidad misma, no es externa a ella, sino que forma parte de la misma realidad. Maravilloso, extraordinario, raro, para el observador externo a esa realidad. Pero no para los que pertenecen a esa realidad.

La literatura fantástica, introduce elementos inexplicables, fantásticos, propios de un campo no conocido y hasta rechazado por la ciencia ( o al menos, por la ciencia tradicional. En estas últimas décadas la ciencia está comenzando a avanzar sobre ese territorio desconocido, que ya la física cuántica adelantó sin lograr desplazar a la física tradicional). Pero no lo hace de un modo tajante, sino que los presenta desde un modo que nos hace dudar, sin entender claramente lo que pasó, y dejando abierta la posibilidad de que la realidad no sea de sea interpretable desde un solo punto de vista. Todo puede ser... Quizás lo extraordinario, lo inexplicable, la realidad paralela, no sea un producto de la imaginación, sino que la imaginación es una forma de acceder a esa realidad que verdaderamente exista. Algo que quizás ya estaba previsto de algún modo por la corriente anterior al realismo, el romanticismo, al introducirla en la vida misma. Edgar Allan Poe con sus Narraciones extraordinarias, y en las Leyendas y algunos poemas de Gustavo Adolfo Bécquer (Rima III y Rima V) que contienen mucho más que metáforas e imágenes poéticas provenientes del mundo cotidiano y terrenal.

    Ricardo Piglia considera que Borges fue el creador de este género. Otros van un poco más lejos, buscando antecedentes como Poe. Y que a partir de él, se empezó a escribir este tipo de literatura no sólo en América, sino también en Europa. Y podríamos suponer que              Borges se remontaría a la mitología nórdica y a la literatura oriental clásica, en las que se inspiró para escribir muchos de sus cuentos.

    Para no caer en otro mito como el del supuesto origen argentino del dulce de leche por la negra de la estancia de Rosas, creo que también en este caso debemos entender que si bien ya existía, Borges le dio un toque muy especial, por su forma literaria y por su contenido universal, que los hizo famosos entre los escritores de "todo el mundo" a Borges y su literatura. Lo que reúne características propias del talento creativo es reconocido como "origen". Pues, salvo la creación divina del mundo, nada surge de la nada, nada ni nadie surge de la nada, sino de una transformación personal de lo que ya existía más otros elementos más actuales. Y al fin de cuentas, así como no sería sólo ironía decir que si Dios creó todo lo que antes no existía, Darwin creó el origen y la evolución de las especies y del hombre. Antes del Génesis bíblico y de Darwin, nada de eso existía...Las cosas son, pero decimos que existen cuando tomamos conocimiento de ellas.

    Sea como sea, vamos a iniciar el itinerario de lecturas fantásticas con Borges. 

    Para empezar, vamos al encuentro de "El encuentro".

    Es un cuento breve y sustancioso, concentrado, en el que, como es habitual en Borges (y en toda la buena literatura, pero en él de un modo muy notable), ninguna palabra está de más, ninguna es casual. 

    El recurso de adelantarnos desde el comienzo mismo el origen del relato, y el contexto en el que sucedieron los hechos, nos llevan a un momento de su infancia, en una quinta donde se han reunido familiares y amigos, a los que se refiere por sus apellidos y nombres reales. El niño Borges es el único que advierte algo raro desde el comienzo, aunque no entiende por qué (sólo lo entenderá años más tarde, ya adulto, cuando logra atar los cabos sueltos que están ahora en el relato, y darle forma literaria. Pues es el adulto Borges el narrador. No recurre a la ficción del relato en tercera persona sobre lo que vivió aquel niño, ni la otra, la de crear un relato en el que el mismo relata los hechos y su interpretación como niño. Lo hace desde otra óptica alejada de su niñez, de 1910 y de muchas otras cosas que le dieron vida al tiempo (hacia 1910, el año del cometa y del Centenario, y son tantas las cosas que desde entonces hemos poseído y perdido). Recordemos que cuando pasó el cometa Halley en ese año, el realismo mágico o lo real maravilloso tuvieron una dimensión real, cuando movidos por las tradicionales creencias sobre la influencia nefasta de esos acontecimientos naturales extraordinarios, el terror y el desconcierto ante esta supuesta señal de una temida catástrofe, mucha gente se suicidó ante la inminencia vivida en sus psiquis alteradas de que sobrevendría el fin del mundo. 

     Jorgito, el Borges niño, advierte los detalles significativos que pasaron inadvertidos a los demás, como su presencia misma para estos jóvenes cuya edad no pasaba de los 30 años. Detalles que se convertirán en las pistas del relato, que nos sugieren por adelantado qué hechos sucederán:

"mi primo, creo recordar, entonó La tapera y El gaucho de Elías Regules y unas décimas en lunfardo, en el menesteroso lunfardo de aquellos años, sobre un duelo a cuchillo en una casa de la calle Junín."

"Yo sentía (la frase es de Lugones) el miedo de lo demasiado tarde. No quise mirar el reloj."

"Uriarte propuso a gritos a Duncan un póker mano a mano. Alguien objetó que esa manera de jugar solía ser muy pobre y sugirió una mesa de cuatro. Duncan lo apoyó, pero Uriarte, con una obstinación que no entendí, ni traté de entender, insistió en lo primero."

"Un caserón desconocido y oscuro (sólo en el comedor había luz) significa más para un niño que un país ignorado para un viajero."

"el dueño de casa (...) me llevó a una vitrina. Cuando prendió la lámpara, vi que contenía armas blancas.(...) Le pregunté si entre las armas no figuraba la daga de Moreira, en aquel tiempo el arquetipo del gaucho..."

"No sé quién abrió la vitrina. Maneco Uriarte buscó el arma más vistosa y más larga, la del gavilán en forma de U; Duncan, casi al desgaire, un cuchillo de cabo de madera, con la figura de un arbolito en la hoja. Otro dijo que era muy de Maneco elegir una espada. A nadie le asombró que le temblara en aquel momento la mano; a todos, que a Duncan le pasara lo mismo." 

El relato del duelo desparejo es objetivo y transmite el dramatismo del momento en sus pequeños detalles significativos, sobriamente, sin descripciones recargadas.

Luego de estos detalles significativos, años después, como en un  cuento policial, el comisario Olave le llama la atención sobre ellos. Dos armas como esas habían pertenecido a dos cuchilleros muertos que se odiaron toda su vida y murieron sin haberse encontrado... Y allí Borges encuentra la explicación fantástica hecha realidad para entender lo sucedido:

"Nueve o diez hombres, que ya han muerto, vieron lo que vieron mis ojos — la larga estocada en el cuerpo y el cuerpo bajo el cielo — pero el fin de otra historia más antigua fue lo que vieron. Maneco Uriarte no mató a Duncan; las armas, no los hombres, pelearon. Habían dormido, lado a lado, en una vitrina, hasta que las manos las despertaron. Acaso se agitaron al despertar; por eso tembló el puño de Uriarte, por eso tembló el puño de Duncan. Las dos sabían pelear — no sus instrumentos, los hombres — y pelearon bien esa noche. Se habían buscado largamente, por los largos caminos de la provincia, y por fin se encontraron, cuando sus gauchos ya eran polvo. En su hierro dormía y acechaba un rencor humano." 

    La conclusión de Borges es inquietante, pues no vuelve a la interpretación racional sino que da por válida la explicación fantástica. (Ya lo ha hecho indirectamente, al reproducir el comentario de Olave, según la causa de los duelos criollos estaría en la difusión popular, circo de Podestá mediante, del relato de Juan Moreira.)

"Las cosas duran más que la gente. Quién sabe si la historia concluye aquí, quién sabe si no volverán a encontrarse."


Recreación de la daga de Juan Moreira, con su famoso gavilán en U (o C, según otras versiones)

Borges con un cuchillo fantástico en su mano. (Pero sus ironías eran más filosas...)


LA INTERPRETACIÓN SOCIOLÓGICA 

    Desde este enfoque, la literatura es un producto no sólo de una determinada sociedad en un momento dado, sino también el autor, con sus actitudes, puntos de vista, intereses y conflictos. Éstos no son puramente subjetivos, personales, sino que están fuertemente influenciados por una realidad de la que, como todos, no puede, ni queriendo, aislarse, evadirse, negarla de alguna manera. Ni la persona más inteligente puede dar un salto en el vacío, pues en la sociedad real esos vacíos no existen.
      En ese contexto, surge la ideología (visión de la realidad condicionada por el lugar que ocupa el sujeto en la sociedad, formada por un imaginario proveniente de su formación, sus vínculos con la clase social a la que pertenece); esa manera de interpretar las cosas en su imaginario social, no es patrimonio de los movimientos políticos, sino que tiene lugar en todos los miembros y agrupaciones de la sociedad. Y por supuesto, existen distintas ideologías, que a la vez que analizan críticamente al resto, de la sociedad,  le dan un trato especial, o encubren, lo que se refiere al propio grupo de pertenencia, o más específicamente, la clase social, su propia inserción en la sociedad, que es en los hechos un espacio de desigualdades y conflictos de intereses.
             Es clásica ya la crítica sociológica de Borges como un escritor perteneciente a una familia perteneciente a la oligarquía terrateniente tradicional, en crisis y decadencia desde la crisis de los años 30. Como suele suceder en las familias ricas, tuvo sus simpatías de joven con las ideas socialistas (Raúl González Tuñón recordó en una entrevista un poema del joven Borges dedicado a la Revolución Rusa de octubre1917). Ya de anciano, se autodefinió como "un anarquista decepcionado". Su anarquismo, como el de su padre, sólo tenía un sentido humanista teórico, abstracto, sin consecuencias en la práctica. En los hechos, digerible por el liberalismo aceptado y practicado superficialmente por el sistema, especialmente cuando se trata de las libertades en otras partes del mundo. Pero muy limitado a la hora de comprender la bárbara realidad americana y argentina, alejada de la civilización europea que se busca trasplantar para sustituir la local.
                   Esta coincidencia de intereses e ideologías transformó a Borges el niño mimado de la oligarquía para los medios y el aparato cultural del sistema. 
                   Esa vocación universal, hizo que el indiscutible talento de Borges se dirigiera a los grandes temas de "la humanidad" en general, no a los pequeños grandes temas que atraviesan la realidad de los pueblos concretos. (Lo cual no desmerece su importancia si sabemos dirigir nuestra mirada sobre esos grandes temas a la realidad concreta de un modo creativo, ni empaña su calidad literaria a la que ya nos hemos referido en encuentros anteriores).
                    A la hora de presentarnos un hecho concreto, saltan a la vista en su narración realista, algunos detalles sobre la vida cotidiana de los jóvenes de esa oligarquía de apellidos ilustres: la recreación en la quinta, lejos del mundo urbano, aislados de la realidad social, de los conflictos (1910, año del Centenario, había estado precedido por la gran movilización obrera anarquista de 1909, ferozmente reprimida por  el coronel Falcón. A fines del mismo año, el anarquista Simón Radowitzky llevó a cabo la venganza a las masacres de la "semana roja" asesinándolo en un atentado. Borges menciona como referencia la estatua de Falcón). Conflictos que todavía no se han apagado totalmente en 1910, a pesar de tener el gobierno la situación bajo control para los festejos ante numerosas autoridades y personajes destacados de la cultura del mundo occidental. 
                      Aislados no sólo de los conflictos: también del control. Claro que no tan aislados: gracias a sus contactos, logran que no intervenga la justicia ante la muerte de un hombre en un duelo (es decir, en la ilegalidad) del que todos los presentes son responsables por no haberlo evitado; es más por haberlo organizado. 

"La tradición exige que los hombres en trance de pelear no ofendan la casa en que están y salgan afuera. Medio en jarana, medio en serio, salimos a la humeda noche. Yo no estaba ebrio de vino, pero sí de aventura; yo anhelaba que alguien matara, para poder contarlo después y para recordarlo.

Quizá en aquel momento los otros no eran más adultos que yo. También sentí que un remolino, que nadie era capaz de sujetar, nos arrastraba y nos perdía. No se prestaba mayor fe a la acusación de Maneco; todos la interpretaban como fruto de una vieja rivalidad, exacerbada por el vino."

Queda al desnudo que la justicia no rige para ellos, sino para las clases populares. La verdad se mantiene en secreto. La ironía recae de todos modos sobre ellos: nadie debe enterarse de que Duncan murió como un cuchillero, en un combate a cuchillo, sino en un  duelo con espadas propio de la aristocracia. El delito no es el duelo, sino la transgresión a los códigos de clase, que promueven un comportamiento común, que los califican como "gente como uno", y no como "mersas". Y la interpretación de lo sucedido mediante  la energía sobrenatural de los cuchillos como responsables de esa muerte, lava las culpas de los "niños bien". Lo que no sucede en los comportamientos de los orilleros: no hay justificación para el bárbaro asesinato de la mujer compartida de "La intrusa". Refiriéndose a los cuchillos asesinos, han sido receptores, a su vez, del odio de sus antiguos dueños, que pasan a ser los causantes originarios del drama:  "En su hierro dormía y acechaba un rencor humano." Las causas del enfrentamiento entre los contendientes de la quinta son inexplicables hasta para ellos mismos. Algo así como "la fatalidad".


Ensayos sobre Borges

                      

                     




    



    



jueves, 27 de mayo de 2021

MARIPOSAS Samanta Schweblin

 

    

    Ya vas a ver qué lindo vestido tiene hoy la mía, le dice Calderón a Gorriti, le queda tan bien con esos ojos almendrados, por el color, viste; y esos piecitos…

      Están junto al resto de los padres, esperan ansiosos la salida de sus hijos. Calderón habla pero Gorriti sólo mira las puertas todavía cerradas.

     Vas a ver, dice Calderón, quédate acá, hay que quedarse cerca porque ya salen. ¿Y el tuyo cómo va?

      El otro hace un gesto de dolor y se señala los dientes.

   No me digas, dice Calderón. ¿Y le hiciste el cuento de los ratones…? Ah, no; con la mía no se puede, es demasiado inteligente.   

    Gorriti mira el reloj. En cualquier momento se abren las puertas y los chicos salen disparados, riendo a gritos en un tumulto de colores, a veces manchados de témpera, o de chocolate. Pero por alguna razón, el timbre se retrasa. Los padres esperan.

      Una mariposa se posa en el brazo de Calderón, que se apura a atraparla. La mariposa lucha por escapar, pero él une las alas y la sostiene de las puntas. Aprieta fuerte para que no se le escape.

     Vas a ver cuando la vea, le dice a Gorriti sacudiéndola, le va a encantar.

    Pero aprieta tanto que empieza a sentir que las puntas se empastan. Desliza los dedos hacia abajo y comprueba que la ha marcado. La mariposa intenta soltarse, se sacude y una de las alas se abre al medio como un papel. Calderón lo lamenta, intenta inmovilizarla para ver bien los daños, pero termina por quedarse con parte del ala pegada a uno de los dedos.

    Gorriti lo mira con asco y niega, le hace un gesto para que la tire. Calderón la suelta. La mariposa cae al piso. Se mueve con torpeza, intenta volar pero ya no puede. Al fin se queda quieta, sacude cada tanto una de sus alas, pero ya no intenta nada más. Gorriti le dice que termine con eso de una vez y él, por el propio bien de la mariposa por supuesto, la pisa con firmeza. No alcanza a apartar el pie cuando advierte que algo extraño sucede. Mira hacia las puertas y entonces, como si un viento repentino hubiese violado las cerraduras, las puertas se abren, y cientos de mariposas de todos los colores y tamaños se abalanzan sobre los padres que esperan. Piensa si irán a atacarlo, tal vez piensa que va a morir. Los otros padres no parecen asustarse; las mariposas sólo revolotean entre ellos. Una última cruza rezagada y se une al resto.

   Calderón se queda mirando las puertas abiertas, y tras los vidrios del hall central, las salas silenciosas. Algunos padres todavía se amontonan frente a las puertas y gritan los nombres de sus hijos.

    Entonces las mariposas, todas ellas en pocos segundos, se alejan volando en distintas direcciones. Los padres intentan atraparlas. Calderón, en cambio, permanece inmóvil. No se anima a apartar el pie de la que ha matado, teme, quizá, reconocer en sus alas muertas, los colores de la suya.

LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO Mariana Enríquez

 

    La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, discutía su alcance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto: la chica del subte sólo predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba. 

     Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto, hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos, y si ella lo notaba, en verano, cuando podía verles la piel al aire, acariciaba con los dedos mugrientos los pelitos asustados y sonreía con su boca que era un tajo. Incluso había quienes se bajaban del vagón cuando la veían subir: los que ya conocían el método y no querían el beso de esa cara horrible.

   La chica del subte, además, se vestía con jeans ajustados, blusas transparentes, incluso sandalias con tacos cuando hacía calor. Llevaba pulseras y cadenitas colgando del cuello. Que su cuerpo fuera sensual resultaba inexplicablemente ofensivo.

   Cuando pedía dinero lo dejaba muy en claro: no estaba juntando para cirugías plásticas, no tenían sentido, nunca volvería a su cara normal, lo sabía. Pedía para sus gastos, para el alquiler, la comida —nadie le daba trabajo con la cara así, ni siquiera en puestos donde no hiciera falta verla—. Y siempre, cuando terminaba de contar sus días de hospital, nombraba al hombre que la había quemado: Juan Martín Pozzi, su marido. Llevaba tres años casada con él. No tenían hijos. Él creía que ella lo engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo. Para evitar eso, él la arruinó, que no fuera de nadie más, entonces. Mientras dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó el encendedor. Cuando ella no podía hablar, cuando estaba en el hospital y todos esperaban que muriera, Pozzi dijo que se había quemado sola, se había derramado el alcohol en medio de una pelea y había querido fumar un cigarrillo todavía mojada.

   —Y le creyeron —sonreía la chica del subte con su boca sin labios, su boca de reptil—. Hasta mi papá le creyó.

   Ni bien pudo hablar, en el hospital, contó la verdad. Ahora él estaba preso.

   Cuando se iba del vagón, la gente no hablaba de la chica quemada, pero el silencio en que quedaba el tren, roto por las sacudidas sobre los rieles, decía qué asco, qué miedo, no voy a olvidarme más de ella, cómo se puede vivir así.

   A lo mejor no había sido la chica del subte la desencadenante de todo, pero ella había introducido la idea en su familia, creía Silvina. Fue una tarde de domingo, volvían con su madre del cine —una excursión rara, casi nunca salían juntas—. La chica del subte dio sus besos y contó su historia en el vagón; cuando terminó, agradeció y se bajó en la estación siguiente. No le siguió a su partida el habitual silencio incómodo y avergonzado. Un chico, no podía tener más de veinte años, empezó a decir qué manipuladora, qué asquerosa, qué necesidad; también hacía chistes. Silvina recordaba que su madre, alta y con el pelo corto y gris, todo su aspecto de autoridad y potencia, había cruzado el pasillo del vagón hasta donde estaba el chico, casi sin tambalearse —aunque el vagón se sacudía como siempre—, y le había dado un puñetazo en la nariz, un golpe decidido y profesional, que lo hizo sangrar y gritar y vieja hija de puta qué te pasa, pero su madre no respondió, ni al chico que lloraba de dolor ni a los pasajeros que dudaban entre insultarla o ayudar. Silvina recordaba la mirada rápida, la orden silenciosa de sus ojos y cómo las dos habían salido corriendo no bien las puertas se abrieron y habían seguido corriendo por las escaleras a pesar de que Silvina estaba poco entrenada y se cansaba enseguida —correr le daba tos—, y su madre ya tenía más de sesenta años. Nadie las había seguido, pero eso no lo supieron hasta estar en la calle, en la esquina transitadísima de Corrientes y Pueyrredón; se metieron entre la gente para evitar y despistar a algún guarda, o incluso a la policía. Después de doscientos metros se dieron cuenta de que estaban a salvo. Silvina no podía olvidar la carcajada alegre, aliviada, de su madre; hacía años que no la veía tan feliz.  

  Hicieron falta Lucila y la epidemia que desató, sin embargo, para que llegaran las hogueras. Lucila era una modelo y era muy hermosa, pero, sobre todo, era encantadora. En las entrevistas de la televisión parecía distraída e ingenua, pero tenía respuestas inteligentes y audaces y por eso también se hizo famosa. Medio famosa. Famosa del todo se hizo cuando anunció su noviazgo con Mario Ponte, el 7 de Unidos de Córdoba, un club de segunda división que había llegado heroicamente a primera y se había mantenido entre los mejores durante dos torneos gracias a un gran equipo, pero, sobre todo, gracias a Mario, que era un jugador extraordinario que había rechazado ofertas de clubes europeos de puro leal —aunque algunos especialistas decían que, a los treinta y dos y con el nivel de competencia de los campeonatos europeos, era mejor para Mario convertirse en una leyenda local que en un fracaso transatlántico—. Lucila parecía enamorada y, aunque la pareja tenía mucha cobertura en los medios, no se le prestaba demasiada atención; era perfecta y feliz, y sencillamente faltaba drama. Ella consiguió mejores contratos para publicidades y cerraba todos los desfiles; él se compró un auto carísimo.

   El drama llegó una madrugada cuando sacaron a Lucila en camilla del departamento que compartía con Mario Ponte: tenía el 70% del cuerpo quemado y dijeron que no iba a sobrevivir. Sobrevivió una semana.

   Silvina recordaba apenas los informes en los noticieros, las charlas en la oficina; él la había quemado durante una pelea. Igual que a la chica del subte, le había vaciado una botella de alcohol sobre el cuerpo —ella estaba en la cama— y, después, había echado un fósforo

encendido sobre el cuerpo desnudo. La dejó arder unos minutos y la cubrió con la colcha. Después llamó a la ambulancia. Dijo, como el marido de la chica del subte, que había sido ella. 

  Por eso, cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les creyó, pensaba Silvina mientras esperaba el colectivo —no usaba su propio auto cuando visitaba a su madre: la podían seguir—. Creían que estaban protegiendo a sus hombres, que todavía les tenían miedo, que estaban shockeadas y no podían decir la verdad; costó mucho concebir las hogueras. 

  Ahora que había una hoguera por semana, todavía nadie sabía ni qué decir ni cómo detenerlas, salvo con lo de siempre: controles, policía, vigilancia. Eso no servía. Una vez le había dicho una amiga anoréxica a Silvina: no pueden obligarte a comer. Sí pueden, le había contestado Silvina, te pueden poner suero, una sonda. Sí, pero no pueden controlarte todo el tiempo. Cortás la sonda. Cortás el suero. Nadie puede vigilarte veinticuatro horas al día, la gente duerme. Era cierto. Esa compañera de colegio se había muerto, finalmente. Silvina se sentó con la mochila sobre las piernas. Se alegró de no tener que viajar parada. Siempre temía que alguien abriera la mochila y se diera cuenta de lo que cargaba. 

   Hicieron falta muchas mujeres quemadas para que empezaran las hogueras. Es contagio, explicaban los expertos en violencia de género en diarios y revistas y radios y televisión y donde pudieran hablar; era tan complejo informar, decían, porque por un lado había que alertar sobre los feminicidios y por otro se provocaban esos efectos, parecidos a lo que ocurre con los suicidios entre adolescentes. Hombres quemaban a sus novias, esposas, amantes, por todo el país. Con alcohol la mayoría de las veces, como Ponte (por lo demás el héroe de muchos), pero también con ácido, y en un caso particularmente horrible la mujer había sido arrojada sobre neumáticos que ardían en medio de una ruta por alguna protesta de trabajadores. Pero Silvina y su madre recién se movilizaron —sin consultarlo entre ellas— cuando pasó lo de Lorena Pérez y su hija, las últimas asesinadas antes de la primera hoguera. El padre, antes de suicidarse, les había pegado fuego a madre e hija con el ya clásico método de la botella de alcohol. No las conocían, pero Silvina y su madre fueron al hospital para tratar de visitarlas o, por lo menos, protestar en la puerta; ahí se encontraron. Y ahí estaba también la chica del subte.

   Pero ya no estaba sola. La acompañaba un grupo de mujeres de distintas edades, ninguna de ellas quemada. Cuando llegaron las cámaras, la chica del subte y sus compañeras se acercaron a la luz. Ella contó su historia, las otras asentían y aplaudían. La chica del subte dijo algo impresionante, brutal: 

  —Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva.

   La mamá de Silvina se acercó a la chica del subte y a sus compañeras cuando se retiraron las cámaras. Había varias mujeres de más de sesenta años; a Silvina la sorprendió verlas dispuestas a pasar la noche en la calle, acampar en la vereda y pintar sus carteles que pedían BASTA BASTA DE QUEMARNOS. Ella también se quedó y, por la mañana, fue a la oficina sin

dormir. Sus compañeros ni estaban enterados de la quema de la madre y la niña. Se están acostumbrando, pensó Silvina. Lo de la niñita les da un poco más de impresión, pero sólo eso, un poco. Estuvo toda la tarde mandándole mensajes a su madre, que no le contestó ninguno. Era bastante mala para los mensajes de texto, así que Silvina no se alarmó. Por la noche, la llamó a la casa y tampoco la encontró. ¿Seguiría en la puerta del hospital? Fue a buscarla, pero las mujeres habían abandonado el campamento. Quedaban apenas unos fibrones tirados y paquetes vacíos de galletitas, que el viento arremolinaba. Venía una tormenta y Silvina volvió lo más rápido que pudo hasta su casa porque había dejado las ventanas abiertas.

   La niña y su madre habían muerto durante la noche. 

  Silvina participó de su primera hoguera en un campo sobre la ruta 3. Las medidas de seguridad todavía eran muy elementales; las de las autoridades y las de las Mujeres Ardientes. Todavía la incredulidad era alta; sí, lo de aquella mujer que se había incendiado dentro de su propio auto, en el desierto patagónico, había sido bien extraño: las primeras investigaciones indicaron que había rociado con nafta el vehículo, se había sentado dentro, frente al volante, y que ella misma había dado el chasquido al encendedor. Nadie más: no había rastros de otro auto —eso era imposible de ocultar en el desierto—, y nadie hubiera podido irse a pie. Un suicidio, decían, un suicidio muy extraño, la pobre mujer estaba sugestionada por todas esas quemas de mujeres, no entendemos por qué ocurren en Argentina, estas cosas son de países árabes, de la India. 

  —Serán hijos de puta; Silvinita, sentate —le dijo María Helena, la amiga de su madre, que dirigía el hospital clandestino de quemadas ahí, lejos de la ciudad, en el casco de la vieja estancia de su familia, rodeada de vacas y soja—. Yo no sé por qué esta muchacha, en vez de contactar con nosotras, hizo lo que hizo, pero bueno: a lo mejor se quería morir. Era su derecho. Pero que estos hijos de puta digan que las quemas son de los árabes, de los indios… 

  María Helena se secó las manos —estaba pelando duraznos para una torta— y miró a Silvina a los ojos.

   —Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices.

   La torta era para festejar a una de las Mujeres Ardientes, que había sobrevivido a su primer año de quemada. Algunas de las que iban a la hoguera preferían recuperarse en hospitales, pero muchas elegían centros clandestinos como el de María Helena. Había otros, Silvina no estaba segura de cuántos.

  —El problema es que no nos creen. Les decimos que nos quemamos porque queremos y no nos creen. Por supuesto, no podemos hacer que hablen las chicas que están internadas acá, podríamos ir presas. 

  —Podemos filmar una ceremonia —dijo Silvina.

   —Ya lo pensamos, pero sería invadir la privacidad de las chicas.

   —De acuerdo, ¿pero si alguna quiere que la vean? Y podemos pedirle que vaya hacia la hoguera con, no sé, una máscara, un antifaz, si quiere taparse la cara.

   —¿Y si distinguen dónde queda el lugar? —Ay, María, la pampa es toda igual. Si la ceremonia se hace en el campo, ¿cómo van a saber dónde queda?

   Así, casi sin pensarlo, Silvina decidió hacerse cargo de la filmación cuando alguna chica quisiera que su Quema fuera difundida. María Helena contactó con ella menos de un mes después del ofrecimiento. Sería la única autorizada, en la ceremonia, a estar con un equipo electrónico. Silvina llegó en auto: entonces todavía era bastante seguro usarlo. La ruta 3 estaba casi vacía, apenas la cruzaban algunos camiones; podía escuchar música y tratar de no pensar. En su madre, jefa de otro hospital clandestino, ubicado en una casa enorme del sur de la ciudad de Buenos Aires; su madre, siempre arriesgada y atrevida, tanto más que ella, que seguía trabajando en la oficina y no se animaba a unirse a las mujeres. En su padre, muerto cuando ella era chica, un hombre bueno y algo torpe («Ni se te ocurra pensar que hago esto por culpa de tu padre», le había dicho su madre una vez, en el patio de la casa-hospital, durante un descanso, mientras inspeccionaba los antibióticos que Silvina le había traído, «tu padre era un hombre delicioso, jamás me hizo sufrir»). En su ex novio, a quien había abandonado al mismo tiempo que supo definitiva la radicalización de su madre, porque él las pondría en peligro, lo sabía, era inevitable. En si debía traicionarlas ella misma, desbaratar la locura desde adentro. ¿Desde cuándo era un derecho quemarse viva? ¿Por qué tenía que respetarlas?

   La ceremonia fue al atardecer. Silvina usó la función video de una cámara de fotos: los teléfonos estaban prohibidos y ella no tenía una cámara mejor, y tampoco quería comprar una por si la rastreaban. Filmó todo: las mujeres preparando la pira, con enormes ramas secas de los árboles del campo, el fuego alimentado con diarios y nafta hasta que alcanzó más de un metro de altura. Estaban campo adentro —una arboleda y la casa ocultaban la ceremonia de la ruta—. El otro camino, a la derecha, quedaba demasiado lejos. No había vecinos ni peones. Ya no, a esa hora. Cuando cayó el sol, la mujer elegida caminó hacia el fuego. Lentamente. Silvina pensó que la chica iba a arrepentirse, porque lloraba. Había elegido una canción para su ceremonia, que las demás —unas diez, pocas— cantaban: «Ahí va tu cuerpo al fuego, ahí va. / Lo consume pronto, lo acaba sin tocarlo.» Pero no se arrepintió. La mujer entró en el fuego como en una pileta de natación, se zambulló, dispuesta a sumergirse: no había duda de que lo hacía por su propia voluntad; una voluntad supersticiosa o incitada, pero propia. Ardió apenas veinte segundos. Cumplido ese plazo, dos mujeres protegidas por amianto la sacaron de entre las llamas y la llevaron corriendo al hospital clandestino. Silvina detuvo la filmación antes de que pudiera verse el edificio.

   Esa noche subió el video a internet. Al día siguiente, millones de personas lo habían visto.  

  Silvina tomó el colectivo. Su madre ya no era la jefa del hospital clandestino del sur; había tenido que mudarse cuando los padres enfurecidos de una mujer —que gritaban «¡tiene hijos, tiene hijos!»— descubrieron qué se escondía detrás de esa casa de piedra, centenaria, que alguna vez había sido una residencia para ancianos. Su madre había logrado escapar del

allanamiento —la vecina de la casa era una colaboradora de las Mujeres Ardientes, activa y, al mismo tiempo, distante, como Silvina— y la habían reubicado como enfermera en un hospital clandestino de Belgrano: después de un año entero de allanamientos, creían que la ciudad era más segura que los parajes alejados. También había caído el hospital de María Helena, aunque nunca descubrieron que la estancia había sido escenario de hogueras, porque, en el campo, no hay nada más común que quemar pastizales y hojas, siempre iban a encontrar pasto y suelo quemado. Los jueces expedían órdenes de allanamiento con mucha facilidad, y, a pesar de las protestas, las mujeres sin familia o que sencillamente andaban solas por la calle caían bajo sospecha: la policía les hacía abrir el bolso, la mochila, el baúl del auto cuando ellos lo deseaban, en cualquier momento, en cualquier lugar. El acoso había sido peor: de una hoguera cada cinco meses — registrada: con mujeres que acudían a los hospitales normalesse pasó al estado actual, de una por semana.

  Y, tal como esa compañera de colegio le había dicho a Silvina, las mujeres se las arreglaban para escapar de la vigilancia más que bien. Los campos seguían siendo enormes y no se podían revisar con satélite constantemente; además todo el mundo tiene un precio; si podían ingresar al país toneladas de drogas, ¿cómo no iban a dejar pasar autos con más bidones de nafta de lo razonable? Eso era todo lo necesario, porque las ramas para las hogueras estaban ahí, en cada lugar. Y el deseo las mujeres lo llevaban consigo.

   No se va a detener, había dicho la chica del subte en un programa de entrevistas por televisión. Vean el lado bueno, decía, y se reía con su boca de reptil. Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere a un monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y se prenden fuego —y capaz que le pegan fuego al cliente también.  

  Una noche, mientras esperaba el llamado de su madre, que le había encargado antibióticos — Silvina los conseguía haciendo ronda por los hospitales de la ciudad donde trabajaban colaboradoras de las Mujeres Ardientes—, tuvo ganas de hablar con su ex novio. Tenía la boca llena de whisky y la nariz de humo de cigarrillo y del olor a la gasa furacinada, la que se usa para las quemaduras, que no se iba nunca, como no se iba el de la carne humana quemada, muy difícil de describir, sobre todo porque, más que nada, olía a nafta, aunque detrás había algo más, inolvidable y extrañamente cálido. Pero Silvina se contuvo. Lo había visto en la calle, con otra chica. Eso, ahora, no significaba nada. Muchas mujeres trataban de no estar solas en público para no ser molestadas por la policía. Todo era distinto desde las hogueras. Hacía apenas semanas, las primeras mujeres sobrevivientes habían empezado a mostrarse. A tomar colectivos. A comprar en el supermercado. A tomar taxis y subterráneos, a abrir cuentas de banco y disfrutar de un café en las veredas de los bares, con las horribles caras iluminadas por el sol de la tarde, con los dedos, a veces sin algunas falanges, sosteniendo la taza. ¿Les darían trabajo? ¿Cuándo llegaría el mundo ideal de hombres y monstruas? 

  Silvina visitó a María Helena en la cárcel. Al principio, ella y su madre habían temido que las otras reclusas la atacaran, pero no, la trataban inusitadamente bien. «Es que yo hablo con las chicas. Les cuento que a nosotras las mujeres siempre nos quemaron, ¡que nos quemaron durante cuatro siglos! No lo pueden creer, no sabían nada de los juicios a las brujas, ¿se dan

cuenta? La educación en este país se fue a la mierda. Pero tienen interés, pobrecitas, quieren saber.».

   —¿Qué quieren saber? —preguntó Silvina. 

  —Y, quieren saber cuándo van a parar las hogueras.

   —¿Y cuándo van a parar?

   —Ay, qué sé yo, hija, ¡por mí que no paren nunca! .

   La sala de visitas de la cárcel era un galpón con varias mesas y tres sillas alrededor de cada una: una para la presa, dos para las visitas. María Helena hablaba en voz baja: no confiaba en las guardias.

   —Algunas chicas dicen que van a parar cuando lleguen al número de la caza de brujas de la Inquisición.

   —Eso es mucho —dijo Silvina. 

  —Depende —intervino su madre—. Hay historiadores que hablan de cientos de miles, otros de cuarenta mil.

  —Cuarenta mil es un montón —murmuró Silvina.

   —En cuatro siglos no es tanto —siguió su madre.

  —Había poca gente en Europa hace seis siglos, mamá. 

  Silvina sentía que la furia le llenaba los ojos de lágrimas. María Helena abrió la boca y dijo algo más, pero Silvina no la escuchó y su madre siguió y las dos mujeres conversaron en la luz enferma de la sala de visitas de la cárcel, y Silvina solamente escuchó que ellas estaban demasiado viejas, que no sobrevivirían a una quema, la infección se las llevaba en un segundo, pero Silvinita, ah, cuándo se decidirá Silvinita, sería una quemada hermosa, una verdadera flor de fuego.

sábado, 22 de mayo de 2021

AD ASTRA / Haroldo Conti

     (A Maruca Cirigliano, que me enseñó el camino del álamo Carolina)

 

    Fue a comienzos de la primavera, cuando cambian los vientos.El viejo estaba sentado en el patio, frente a la casa, pensando vagamente en lo que iba a hacer ese verano. Tenía que arreglar el molino y después el galpón. Hubiera preferido empezar por el galpón, antes de que apretara el calor, pero el molino no podía esperar más tiempo. A pesar de todo la idea del verano lo alegraba. Posiblemente más la idea que el verano mismo. Ahora era el momento de la idea, cuando el camino estaba todavía húmedo por las últimas lluvias del invierno y ya los sauces comenzaban a verdear.

    El viejo recostó la silla contra la pared de barro y encendió un cigarro.

    Fue entonces cuando sucedió aquello.

    Acababa de encender o estaba encendiendo todavía el cigarro cuando oyó el zumbido sobre la cabeza.

    Justamente había dejado de soplar el Este de manera que lo oyó con toda claridad, como si brotara del cielo. Parecía acercarse desde el Oeste, es decir, desde atrás de la casa pero en el primer momento no vio nada. Sin embargo la vieja lo había oído también porque salió a la galería y miró al cielo. El viejo estaba por dar la vuelta a la casa cuando apareció en lo alto aquel gran pájaro que planeaba a siete u ocho metros del suelo en dirección al camino. La vieja gritó algo cuando pasaba sobre el galpón y él vio la sombra en el patio, negra, alada, rígida y a partir de la sombra tuvo como un presentimiento.

    Primero creyó que era un pájaro y después un barrilete y cuando desaparecía detrás de los pinos una fantasmal combinación de los dos con una cabeza de hombre en la punta.

    Los pinos estaban pelados, de manera que siguió el planeo del pájaro a través de las copas como una gran sombra azotada por las ramas. El viejo calculó que iba a caer un poco más allá de la curva. Sin embargo, cuando todavía estaba dentro del campo, se empinó dos o tres metros y pareció que volvía a remontar el vuelo. Trepó en el aire limpiamente y quedó un instante colgado de las alas, más grandes y negras que nunca. Después hizo un volteo a la izquierda y comenzó a planear o más bien a caer, esta vez en dirección a la casa. Fue la segunda vez que entrevió el rostro, intensamente blanco contra las alas, y las manchas de las manos que golpeaban en el aire en el momento que arremetía contra el molino. Un metro antes, o menos todavía, el pájaro o lo que fuera se ladeó un poco, giró sobre sí mismo como un trompo y cayó a plomo sobre la huerta levantando una nubecita de polvo.

    Para esto el viejo estaba corriendo hacia allí mientras el Titán ladraba como un condenado, atado a la cadena. En el momento en que saltaba el alambrado el tipo emergió entre las hileras de tomates y el viejo se paró en seco porque nunca en su vida había visto un tipo semejante, si es que era un tipo en definitiva. Parecía muy grande por el casco y las alas y esa especie de coraza que sujetaba el mecanismo pero el viejo, que estaba acostumbrado a apreciar la encarnadura de las aves de un solo vistazo, adivinó el cuerpo magro y pequeño debajo de todo aquel aparejo. Tenía un mameluco pegado al cuerpo, un pía de botines muy livianos, de badana o de lona, un par de rodilleras y un casco con una almohadilla alrededor, posiblemente de corcho. Usaba unos anteojos redondos y relucientes sujetos a la cabeza por una cinta que unía las patillas. Pero lo más notable era esa especie de coraza con el peto de aluminio y el espaldar de cuero sujetos con hebillas y correas que, pasando entre las piernas y bajo los brazos amarraban al cuerpo aquellas alas de tela encerada, una de las cuales arrastraba por el suelo y la otra tenía la punta quebrada hacia arriba como una navaja a medio abrir.

    Cuando vio al viejo el tipo vaciló un instante. Estaba cubierto de polvo y sangre pero trató de sonreír. Parecía preocupado por los tomates. Después echó a andar hacia el alambrado de una manera lenta y complicada. Al caminar producía un ruido como de resortes.

    El motivo de que caminara tan lenta y complicadamente era un trozo de tela envarillada que unía las dos piernas y que a cierta altura hacía el efecto de una verdadera cola.

    Aparte de eso, el hombre debía de tener algún hueso roto por lo menos. En mitad del alambrado se detuvo, se asió de un poste y volvió a sonreír. El brillo de los anteojos, como dos espejuelos, le daba un aspecto todavía más irreal. Así sonriendo se desprendió del poste y trató de caminar hacia el viejo. Pero apenas pudo alargar los brazos cayó redondo.

    El viejo ensilló el ruano y enganchó el charret. Después entre él y la vieja metieron al tipo en la caja, con alas y todo. Y partieron en la última luz de la tarde con el Este que había vuelto a soplar. El tipo se quejaba de tanto en tanto y hacía aquel ruido de resortes al volverse pero en general parecía muerto. El viejo lo espiaba de vez en cuando pero no podía soportar aquellos ojos como dos espejitos. Entraron en el pueblo de noche, de manera que nadie reparó en el par de alas que sobresalían de la caja. El doctor Arce escuchó al viejo cambiando el cigarro de una punta a otra de la boca y después se hizo repetir la historia pero igual no entendió nada. Por fin tomó una linterna y subió al charret resoplando como un toro en celo. Examinó al tipo con detenimiento pero no pareció sorprendido. Se rascó la nuca, lo cual en él no era un signo especial de nada, y dijo simplemente:

    —¡Aja! Homo volans.

    Lo bajaron del charret, lo transportaron entre resoplidos y quejidos a través de un nebuloso pasillo, orientados por una lamparita de neón, y lo acomodaron en una sala con olor a botica. Arce se quitó el saco, se arremangó la camisa con lentitud y sin abandonar el cigarro comenzó a despojar al tipo de aquellos arreos tan novedosos. El viejo lo ayudó con la coraza y las alas. Además de las hebillas y correas había toda una serie de resortes que encajaban en las nervaduras y que no había advertido la primera vez. El ruido provenía de ahí seguramente, aunque no era un ruido exclusivo de resortes sino algo más complicado y misterioso. Por último Arce le quitó el casco y los anteojos. Entonces permaneció un rato pensativo, sobándose la nuca. Después se inclinó sobre el tipo con la linterna en la mano, cambió de punta el cigarro y dijo:

    —Argimón.

    Era como una mancha de dolor, más y más oscura, más y más densa. Un plancton. Una nube. Pero cuando naufragaba por entero en ella, cuando era nada más que ella y un lejano borde adormecido, irreconocible que invocaba su nombre, Argimón, el nuevo, el desconocido, el unívoco Basilio Argimón brotaba de pronto en medio de aquella mancha y ascendía en espiral hacia su solitaria plenitud. Oía los cuchicheos alrededor de su cama, una voz que erraba por la pieza, los pasos que transportaban esa voz, la sirena del molino muy alta, más bajo, navegando en un aire distinto, el vuelo pautado de las campanas a la hora del Ángelus. Algún rostro se asomaba a sus ojos como a un pozo. Y antes y después ese punzante silencio que lo consumía como un fuego invisible. Pero aquel cuerpo enjuto y maltrecho, piadosamente burlado y condolido, no era el verdadero Basilio Argimón. Los días y los años lo habían usado para transportar al verdadero y lanzarlo después por los aires, donde planeaba invencible. Así, en ese momento, suspendido entre el cielo y la tierra estaba él. Todo lo demás había sido un tanteo, un errar y vagar por la tierra, entre los hombres, remedando al ángel y al hombre. Hasta que Basilio Argimón tomó el impulso necesario y saltó. Su mísero cuerpo yacía allá abajo, pero Basilio Argimón era ese momento... El Este soplaba profundo, parejo. Él entró en la corriente y hubo un instante de vacilación. Pero después las alas cavaron profundo en el aire y entonces la verdad del Ángel lo golpeó con fuerza. ¡Podía volar! Estaba hecho, armado y creado para volar. Era una verdad solitaria que los hombres tardarían en comprender. Pero era la Verdad.Lo que sobrevino después carecía de importancia, era

la parte del hombre que quedaba en él, la parte terrestre que había que consumir y absorber en el Ángel. Esa parte, nada más que esa fue la que se precipitó desde lo alto. Mientras caía, y al mismo tiempo caía y se hundía en esa mancha de dolor, alcanzaba a ver en una sucesión de imágenes cada vez más borrosas el techo de zinc, el rostro azorado de un viejo, la hilera de pinos descamados, el camino húmedo que a lo lejos penetraba en la noche, el perfil siniestro del molino.

    Después las imágenes se quebraban, se ennegrecían... Abandonó la casa del doctor Arce un mes después. La gente parecía haber olvidado el asunto. Sucedía en realidad que como todo asunto, por descabellado que fuese, lo había recortado, absorbido y clasificado de manera que le permitiese sobrevivir. En el primer momento les sorprendió o les turbó el hecho de que Basilio Argimón quisiera volar. Tal vez si hubiese sido otro, el múltiple e ingenioso Plunkett, por ejemplo, que había ideado un telégrafo pantográfico y un Belén mecanizado y que algunos años antes, en pleno apogeo del unto Paoloni, provocó una verdadera revolución con el empleo del colodión en los injertos y la multiplicación de las plantas por gajos, nadie se habría sorprendido en el verdadero y legítimo sentido de la palabra. En definitiva, lo inesperado no estaba tanto en el hecho de que un tipo cualquiera se hubiese propuesto volar y aun de que volase, sino en que lo hubiese intentado Argimón. Naturalmente, hubo una resuelta aunque confusa discusión del asunto en el Bar Japonés. Plunkett, que en el Belén mecanizado había introducido precisamente un ángel volador, sostenía con algún probable fundamento la imposibilidad del vuelo humano sobre la base de una imitación de las condiciones mecánicas del vuelo animal. El maestro Marsiletti, director del Conservatorio Pergolese, sostenía en cambio, con alguna exaltación, que aquél era el intento de un visionario, un creador, y que si no fuese por el daño que le producían las corrientes de aire habría saltado desde lo alto del molino provisto de aquel artificio. Remontándose luego a consideraciones más vagas y genéricas aludió a la soledad del creador y al sendero riscoso y empinado del artista para desembocar por el "margaritas ante porcos" en el previsible tema del "plano superior" y la Aventura del Espíritu. Hablaba por experiencia propia, cosa que no dijo pero que se 66spbreentendía por el tono y contenido del discurso. El Club de Arte, el coro parroquial, la banda del Patronato y, en pliegues más escondidos del pasado, aquella tiernísima romanza que había compuesto en horas de desvelo para el cincuentenario del Club Social o el motete para la festividad de San Isidro Labrador, patrono del pueblo, eran otras tantas perlas arrojadas a los cerdos.

    Plunkett vociferó que no tenía nada que ver una cosa con otra y que en todo caso el más autorizado para opinar sobre el asunto era un creador de la misma condición y especie que Argimón, concedido que lo fuera. El maestro Marsiletti lo miró desde arriba, porque se había puesto de pie, y con un ligero temblor de los mechones de pelo que le brotaban en la nuca proclamó que una cosa era el genio creador y otra bien distinta el ingenio acumulativo.

    Plunkett no entendió muy bien lo que quiso decir pero de todas maneras se consideró ultrajado y abandonó el salón en forma estrepitosa perseguido por la voz tonante del maestro Marsiletti, que recién se calmó cuando tuvo que pagar la consumición. Una nota en El lmparcial, en la que se advertía el humor estreñido de Plunkett, ampliaba o más bien complicaba el tema de los vuelos con un pretencioso comentario al "De motu animalium" de Juan Alfonso Borelli, pero aparte del título (Actualidad) no había una referencia precisa al vuelo de Argimón.

    El maestro Marsiletti respondió una semana después con otra nota igualmente oblicua sobre Le triomphe d'lcare donde en definitiva se desatendía de la música para atender al símbolo, atribuyendo al autor una intención que posiblemente no tuvo, sobre todo si se sugieren las implicancias mecánicas del asunto, y a la intención un aliento profético del que en todo caso estaba desprovista. Y eso fue todo.

    Un mes después Argimón abandonaba la casa de Arce cubierto con un impermeable por debajo del cual asomaban las perneras del mameluco y el par de botines de badana. Medina, el cartero, lo saludó con un brazo en alto como todas las veces que lo veía. El turco Palatides, que en realidad era griego pero la gente prefería decirle turco, hizo un movimiento impreciso con la cabeza y tal vez sonrió o comentó algo hacia el interior de la tienda. Los pinos de la plaza habían florecido y la tribuna de la banda estaba cubierta de glicinas. Un tordo músico, que reconoció a la distancia por su familiaridad con los pájaros, planeó sobre su cabeza entre la pérgola y el "macrocarpus". El corazón le dio un vuelco. Sonrió al pájaro y apresuró el paso.

    La vereda del Japonés estaba cubierta de mesas con algunos tipos que leían los diarios y otros, como Plunkett, que charlaban en forma soñolienta. Cuando pasó frente a ellos, por la otra vereda, Plunkett calló y el grupo lo siguió con la vista. Argimón habría preferido pasar inadvertido pero desde ahora tendría que acostumbrarse a esas miradas recelosas, a aquel silencio repentino.

    El pasto frente a la casa había crecido a la altura de la cerca y los racimos azules de la glicina colgaban de los aleros como farolitos venecianos. Posó una mano sobre la cerca y contempló la casa un buen rato antes de decidirse a entrar. ¿Qué habría sido de él sin aquella casa? Todos esos años, esos largos años silenciosos detrás del Ángel probando y tanteando como un ciego, andando y desandando mil veces el mismo camino, unas al borde de la revelación, otras al borde del llanto, todos esos años, ¡Dios!, estaban ahí metidos, detrás de esa puerta que un día traspuso con un par de alas bajo el brazo. Saltó la cerca y cruzó el jardín pateando el pasto con decisión.

    Al abrir la puerta halló sobre el piso dos ejemplares del Amigo de las Ciencias y uno de La Razón Católica. Este último lo había deslizado el maestro Marsiletti con una tarjeta que señalaba la página correspondiente a la sección científica en la que destacaba con un trazo rojo dos notas de actualidad: una sobre la fundación en París de una comisión permanente para la práctica de la navegación aérea y otra sobre un nuevo instrumento músico, el sinfonista, que sobre la base del harmonium u órgano expresivo había logrado construir el abate Guichené, "un simple cura de campo, que lo ideó a fuerza de perseverancia y de trabajo, ayudado sin duda por la Providencia" (doble subrayado). Seguramente en la feliz coincidencia de una nota aérea y otra musical el maestro Marsiletti creía advertir una coincidencia de índole superior que destacaba con mano segura en la tarjeta que señalaba la página:                   

 

        "Ad maiora nati sumus. Suyo, Marsiletti."

 

    Argimón leyó todo aquello después de encenderla cocina económica y mientras esperaba que hirviese una pava con agua. Luego con movimientos minuciosos preparó el té, se sirvió una taza y volvió a leer la primera nota, la tarjeta, un artículo del Amigo de las Ciencias sobre los meteoros coloreados observados en París durante los últimos quince años y otra vez la tarjeta del maestro. Después de todo no estaba solo.

    Aquí y allá, en éste y en otros tiempos, había, hubo siempre algún solitario ejemplar de esa reducida pero inextinguible raza de soñadores que son la sal del mundo y a la cual pertenecen en grado heroico los hombres voladores. Volvió la tarjeta al ejemplar de La Razón Católica y con la taza de té en una mano y todos aquellos mensajes y anuncios del mundo exterior en la otra trepó a la buhardilla donde habitaba el verdadero Basilio Argimón. Un rayo de sol penetraba a través de los vidrios polvorientos.

    Argimón paseó una mirada cansada pero cariñosa sobre cada uno de los mudos objetos que habían esperado por él todo ese largo mes. La gran mesa de bordes gastados y roídos, la lámpara Miller con la pantalla de opalina que parecía flotar en la penumbra como un globo, los rollos de planos, la caja de compases, el banco de carpintero, la prensa, el barómetro de cubeta, el dirigible Giffard que había construido en escala reducida y que colgaba de un travesaño del techo, los múltiples y complicados armazones de alas que crujían al menor soplo de viento, el esqueleto de paloma montado con alambres, el brasero, el caballete, los libros, el higrómetro con el fraile en el antepecho de la ventana, la calandria, el zorzal y el benteveo embalsamados, la mecedora que había heredado de su madre y en la cual leía o pensaba y por último dormitaba cuando el ángel del sueño le daba alcance en la madrugada.

    Mientras se quitaba el impermeable examinó con aire crítico el plano cubierto de signos, trazos y borrones desplegados sobre una de las paredes. Correspondía al último par de alas, es decir, a aquellas con las cuales se precipitó desde lo alto y de las que había sido despojado por el doctor Arce. Luego abrió la ventana. El patio del fondo estaba igualmente cubierto de pasto y el aromo de intensos botones amarillos. La dama de noche, por su parte, había cubierto el tapial. Detrás del tapial la tierra se empinaba en una loma de un verde oscuro, metálico. Detrás de la loma el cielo.

    Estaba por volverse cuando sintió un golpeteo de alas en lo alto del aromo. Argimón orientó hacia allí los espejuelos que le ocultaban los ojos y silbó tres notas breves, primero en un tono y luego en otro más grave. Hubo un instante de silencio. Después vibró en el aire, desde la punta del árbol, un trino repetido, acelerado, ubicuo, como salpicaduras de cristal brotadas en la cresta de la tarde.Argimón buscó entre los libros, entre los rollos de papel, con sus movimientos minuciosos y distraídos, sobre el banco de carpintero, detrás del caballete, intercambiando silbidos con el pájaro invisible, entre los armazones de alas, detrás de la prensa gasta que halló la caja de lata y extrajo un puñado de alpiste que colocó sobre el plato de aluminio, en la ventana...

    El trino descendió entonces desde lo alto, balanceándose. jChuc!, aquí, ¡Crik!, allá. Hasta que por fin apareció en la punta de la rama más próxima un mirlo macho.

    Argimón sonrió blandamente.

    —Plumito, plumito, plum, plunito...

    El pájaro ladeó la cabeza y lo miró con uno de sus negros ojos relucientes.

    —Olito, plunito, plum, plumito...

    Luego saltó hacia el borde del plato, cerca de la mano de Argimón.

    —Plito, plunito, plum...

    La voz se empequeñeció.

    —¿Y tus amigos? —preguntó en un susurro—. ¿Dónde están tus amigos?, ¿eh, Plumito...?

    Y volvió a repetir la cantinela plumito, plunito, plum, mientras observaba otra vez el plano. Se quitó los anteojos, los sopló y los frotó.

    Luego tomó una gran hoja de papel y la fijó en la pared, sobre el plano, extrajo un lápiz del cacharro de lápices y lapiceros que tenía sobre la mesa, ejecutó unos trazos en el aire, acarició la hoja y, después de meditar un instante, comenzó a trazar el afilado perfil de una enorme ala.

    Argimón trabajó toda esa primavera en el nuevo modelo. Era un diseño enteramente distinto que echaba por tierra todos los moldes y proyectos antiguos. Lo había concebido en el momento mismo que planeaba por el aire en dirección al camino, un poco antes de precipitarse sobre la huerta. Después había madurado dentro de él todo ese largo mes, no en forma expresa sino por modo velado, en la penumbra del alma. Por eso tal vez cuando aferró el lápiz y vaciló un instante frente a la hoja de papel las ideas se le atropellaron en la cabeza y a partir de entonces fue como si lo consumiera una fiebre interior.

    Trabajó sin descanso y casi sin fatiga, insensible al tiempo, el alma en vilo, los ojos cegados para el mundo, los oídos vueltos para adentro. Unas veces en la madrugada, otras con la primera claridad del día llegaba el ángel del sueño y le velaba los ojos. Pero bien pronto Plumito o la brisa del Este o a más tardar las campanas de la iglesia de San Isidro Labrador lo arrancaban de la mecedora. Se alisaba el cabello, reponía el alpiste, frotaba lenta y minuciosamente los anteojos y, de pronto, se abalanzaba sobre la mesa poseído de nuevo por aquella fiebre.

    Había descartado por entero la coraza reduciendo en forma notable las correas, hebillas y resortes. Pero la novedad no estaba en la mera reducción o simplificación sino en el diseño del conjunto, en esencia distinto. Ya no se trataba de un par de alas adheridas o sujetas a un espaldar de cuero. Todo ese pesado y torpe mecanismo había sido reemplazado por uno totalmente unitario, un ala única, mucho más amplia que la anterior, que ceñía al aeronauta como una falda o pantalla de manera que, introduciendo el cuerpo a través de una abertura, emergían el busto y los brazos por el plano superior. La cola quedaba igualmente descartada o, mejor, incorporada a aquella ala única, en forma de bandeja, como dos pequeños bastidores, uno en cada extremo del borde posterior.

    Argimón decidió esta vez emplear nervaduras de fresno sometiendo la madera a un proceso previo de elastización mediante el empleo de grasas y resinas hirvientes. El arqueo y secado de la madera le llevó un tiempo considerable, parte del cual debió permanecer inactivo consumido por aquella fiebre. En esos días cortó el pasto, que había alcanzado la altura de un hombre, preparó varias cajas para Plumito y sus compañeros y terminó de restaurar el par de arcángeles de yeso que custodiaban el altar mayor de la iglesia parroquial. El verano anterior había reparado un San Juan Bautista el brazo derecho partido y la nariz tronchada y un ángel con cítara suspendido en el frontón del altar de Santa Lucía, además del borde del platillo que sostenía los ojos de la santa y dos dedos de la mano derecha, que es siempre la más expuesta porque generalmente se representa en actitud de bendecir.

    El trabajo con ángeles y aun con arcángeles le resultaba bastante entretenido, por razones que se comprenden, aunque aquella concepción primaria del asunto ofendía las leyes más elementales del vuelo científico. En una de sus idas y venidas tropezó un buen día con el maestro Marsiletti que, torvo y reconcentrado, trotaba por la plaza San Martín. Fue verlo y abalanzarse sobre él con los brazos en alto y los largos mechones de pelo que flotaban "qual piuma al vento". Lo estrujó y lo palpó con resuelto entusiasmo aunque, como siempre, parecía algo absorto y perplejo, como si una nube le velara las cosas. Tomóle luego del brazo y hablando de cosas imprecisas pero resonantes pasaron frente al Bar Japonés. No se tocó el tema de los vuelos, ni tema concreto ninguno, pero de todas maneras Argimón sintió esa entrañable corriente que fluía entre él y el viejo, esos lazos y parentescos espirituales, esa santa hermandad "in música atque in aere"*.

    El maestro se despidió frente a la farmacia Marino con la promesa de hacerle llegar un nuevo ejemplar de La Razón Católica en el que se exponían los resultados y conclusiones del estudio del padre Secchi sobre los anillos de Saturno y una nota de probable interés sobre galvanoplástica.

    Una vez que las maderas estuvieron a punto, Argimón volvió a encerrarse en la buhardilla sin otra compañía que la de Plumito, una pareja de tordos, una calandria, un pechito colorado, una recelosa y mudable urraca y un número variable de pájaros forasteros.

    El armado del nuevo modelo, con sus formas elaboradas, suponía ciertos refinamientos técnicos. Aparte de la disposición general, que exigía un ajuste y equilibrio perfectos, había algo más sutil e inadvertido que representaba el verdadero y profundo cambio. En pocas palabras, la idea, la idea que le golpeaba la cabeza (primero un pálpito, después una forma confusa, después el sesgo, la perspectiva, por fin el claro golpe de luz), consistía en obtener mediante aquel singular diseño una mayor velocidad de las moléculas de aire en la parte superior de las alas aumentando, en consecuencia, por el principio de la conservación de la energía, la presión sobre la parte inferior. Es decir, la diferencia de presiones tenía que generar por fuerza un impulso hacia arriba, el impulso que elevándolo por los aires lo despojaría por fin de ese último lastre o residuo terrestre que le impedía sostenerse en la altura. Eso en teoría.

    En la práctica, Argimón debió construir una serie de plantillas al calibre sobre las que más tarde torció, arqueó y encoló las varas de fresno, midiendo y cotejando cada movimiento de la madera con toda clase de compases: de espesor, de calibre, de corredera, de proporciones.

    Estaba en esto una tarde cuando sintió un rumor distinto que provenía del patio del fondo. Plumito brincó de la ventana al aromo. Argimón se asomó al patio pero no advirtió nada en el primer momento. Sin embargo, algo después se repitió el rumor e inclusive pudo identificarlo. Era en la dama de noche, sobre el tapial. Volvió a asomarse y efectivamente sobre el tapial, entre las oscuras hojas de la dama de noche, emergían dos cabezas de muchachos.

    Se miraron, inmóviles. Argimón sonrió por fin aunque tal vez debieron ser ellos los que se mostraron cordiales. Después sopló y frotó los anteojos y volvió a su trabajo.

    Cuando se asomó una hora después no sólo las cabezas estaban todavía allí sino el resto del cuerpo. Habían trepado al tapial y, uno sentado y el otro de pie, relojeaban hacia la ventana.

    Argimón decidió ignorarlos esta vez. Cargó alpiste en el plato, repasó los anteojos y canturreando por lo bajo se apartó de la ventana.

    Sólo una vez, antes del oscurecer, espió desde atrás de un postigo. Se habían ido.

    Al día siguiente los vio en la parte de adelante, junto a la cerca, y dos días después aparecieron encaramados en lo alto del aromo. Esto ya era demasiado. Argimón se armó de valor y asomándose por la ventana preguntó qué diablos hacían allí. Eso en resumen, porque en realidad lo que se dijo fue así:

    —¿Cuál es tu nombre? (al de la derecha).

    —José.

    —¡Aja! Pepito... ¿Y el tuyo? (al de la izquierda).

    —Marcelo.

    —Marcelo.. . Es un lindo nombre... Marcelo, Marcelino, Marcelito.

    —Marcelo.

    —Bueno, ¿y qué hacen allí, si se puede saber?

    José: —Queremos verte volar.

    Pausa.

    Argimón (frotando los anteojos, en un tono leve): —¿De dónde sacaron eso?

    Marcelo: —Nosotros lo sabemos.

    Argimón (tontamente): —¡ Ah! conque ustedes lo saben...(risa de falsete).

    José (señalando el ala): —¿Qué es eso?

    Argimón (señalando el caballete): —Pues qué es esto...

    José (señalando el ala):

    —No, eso.

     Argimón (sin señalar nada): —Una sinfonista.

    José: —No, es un ala. Y no digas más tonterías.

    Argimón pensó que tarde o temprano, más bien temprano, iban a terminar por cansarse. Pero dos semanas después, cuando estaba por comenzar con el entelado, seguían sobre el aromo observándolo todo con una expresión seria y reconcentrada. De manera que decidió capitular. Mientras echaba un puñado de alpiste en el plato y a propósito de una observación sobre el tiempo o los pájaros o los aromos, les sugirió que podían subir a la buhardilla, siempre y cuando...

    El siempre y cuando cayeron en el vacío porque todavía estaba blandiendo un dedo admonitor cuando los dos muchachos irrumpieron en la buhardilla.

    Argimón se volvió lentamente, los examinó en silencio y después de acomodarse los anteojos se puso a encender el farol.

    Fue así como a partir de aquella tarde los discípulos Marcelo y José entraron en cierto modo al servicio del maestro de vuelo Basilio Argimón, ocupándose desde aquel momento en los menesteres simples y comunes, tales como ordenar el cuarto, servir el té, cargar el alpiste, alcanzar una herramienta, sostener el balde de cola o desplegar alguno de esos raros y manoseados planos que el maestro consultaba a menudo. En noviembre terminaron con el entelado y el día de Todos los Santos Argimón efectuó una prueba de viento.

    Hubo que reemplazar un bastidor y armar todo el arreo de acoplamiento, pero de cualquier forma el aparato estuvo listo para fines de diciembre. Argimón dio a entender que faltaba esto o aquello, pero la verdad que estaba listo y que lo único que quedaba por hacer era echarse a volar.

    Una madrugada Basilio Argimón cargó el ala sobre un remolque que había construido con las ruedas de una segadora, metió el traje de vuelo en una bolsa y marchó en las penumbras hacia la gran aventura.

    Había decidido enfrentar aquella prueba sin complicar a los discípulos, ni al maestro Marsiletti. Solo había emprendido aquel camino, solo debía concluirlo.

    Por lo demás, toda compañía resultaba aparente en esta clase de empresa solitaria. Apagó el farol de tormenta, echó una última mirada a la casa y partió.

    El campo escogido para la prueba era un terreno elevado, del otro lado del pueblo, con los parapetos y barrancones donde efl otro tiempo funcionaba el polígono de tiro. Atravesando el pueblo quedaba a poco más de media hora, pero Argimón prefería dar un rodeo por razones que se comprenden. De manera que al llegar a la esquina vio a un lado y se internó en las sombras.

    Hacia el Este la noche se agrietaba en largas hendeduras de una luz blanquecina.

    Las últimas casas, los primeros árboles parecían flotar a ras del suelo, chatos y desprovistos de sombra.

    Aquel momento, la noche de un lado, el día del otro y él, Argimón, trotando entre los dos, le producía un extraño regocijo, un plácido y sereno contento. En alas de ese contento trotaba, pues, con largos y resueltos pasos cuando, de pronto, dos sombras harto familiares surgieron ante él al extremo de una calle. Argimón se detuvo en seco con un crujido de ruedas y maderas. Maestro y discípulos se miraron en silencio con torvas e inseguras miradas.

    Aquello era un atropello, un verdadero abuso —se quitó y frotó los lentes—, en cierto modo un atraco. No dijo nada de esto, naturalmente, pero ya era bastante con que se le ocurriera. Marcelo parecía confuso, aunque tal vez simplemente estaba dormido, pero José tenía un gesto adusto, desafiante. ¡Era el colmo! Esto sí que lo dijo, pero sin signos de admiración.

    —Es el colmo...

    —Nos has abandonado —dijo entonces José.

    Y se produjo un gran silencio.

    Permanecieron en aquel silencio hasta que una ráfaga de viento agitó el ala y las tres cabezas a un mismo tiempo se volvieron hacia el Este. Entonces el maestro hizo un ademán invitante, los discípulos empuñaron la vara del remolque y los tres trotaron en dirección a la mañana. Llegaron al polígono cuando ya había amanecido. El viento soplaba ahora parejo desde el Este, golpeando de lleno contra los parapetos.

    Ante todo, Argimón clavó una estaca en tierra e izó un pequeño globo. Después sacó de la bolsa el traje de vuelo y procedió a vestirse con segura minuciosidad. Primero se calzó el mameluco ajustando los extremos de mangas y perneras con unas tiras de género. Luego se aseguró los anteojos, reemplazando esta vez las patillas con un par de cordones de zapatos. Esto le llevó su tiempo. Por último, sentándose en tierra, se calzó el par de rodilleras y, nuevamente de pie, el casco de cuero con los protectores de corcho.

    Terminado el arreo, flexionó las piernas y los brazos y giró la cabeza a uno y otro lado para asegurarse de que todo se mantenía en su lugar. En ese momento comenzaron a sonar las campanas de la iglesia llamando a la primera misa. Ahora sonaban bajo porque ellos estaban por encima de la torre y además sonaban muy lejos porque el viento empujaba el tañido hacia el Oeste.

    Argimón había escogido el segundo parapeto porque tenía el terraplén más parejo y posiblemente más largo. Antes de ajustarse el ala trepó hasta lo alto con el globo y lo izó allí para estudiar el movimiento del aire. Estuvo un buen rato en eso y parecía ver cosas que sólo él era capaz de advertir.

    De vuelta abajo, tomó impulso y volvió a trepar la loma, esta vez a la carrera. Corría a grandes saltos, estirando las piernas todo lo posible y con los brazos abiertos como si sostuviera un par de alas invisibles. Esto mismo entusiasmó a los muchachos. Cuando bajó parecía satisfecho. No dijo nada pero sonrió «cada uno de ellos y les zamarreó la cabeza.

    Tocábale el turno al ala. Con grandes cuidados la quitaron del remolque y la depositaron en tierra. Entonces Argimón se introdujo en la abertura del medio y los muchachos, tomándola de las puntas, la alzaron hasta que le quedó a la altura del pecho. Siguiendo luego las instrucciones del maestro le ayudaron a sujetar cada una de las hebillas y correas del sistema de acoplamiento.

    Cuando terminaron con todo, Argimón, que parecía ahora un verdadero pájaro, ejecutó una serie de saltos y flexiones destinados a probar el ajuste del conjunto. Tras esto, y como prueba final, comenzó a correr en círculos a grandes y flexibles trancos. En una de las vueltas ellos alcanzaron a ver que sonreía. Es que había sentido, todavía en tierra, la suave embestida del aire, el hueco y la caladura del ala, el blando impulso hacia arriba...

    Había llegado el momento. Argimón estaba al pie de la loma. Observaba el globo. Se volvió y sonrió a los muchachos. Luego clavó la mirada en lo alto y echó a correr. Ellos corrieron también. Corrían y gritaban trepando la loma. El gran pájaro marchaba adelante, a los saltos, en el viento. Sentían agitarse y vibrar el ala y las pisadas cada vez más espaciadas de Argimón. Por fin, en el último salto, con un temblor arrebatado, se lanzó al vacío. Primero trepó hacia arriba en un medio giro. Luego, después de un instante de inmovilidad, cuando parecía que iba a precipitarse a tierra, calzó en la corriente con un ligero cabeceo de resistencia. Y entonces Argimón se elevó por los aires. Lenta y majestuosamente Basilio Argimón se elevó por los aires, remontándose sobre amplias ondas invisibles hacia el Este.

    Ellos manotearon y gritaron desde lo alto del parapeto sin poder seguirlo. Hasta que el gran pájaro ladeó las alas, giró delicadamente y a favor del viento pasó muy alto sobre sus cabezas.

    —¡Ar gimón! ¡Argimón! —gritaron ellos corriendo detrás de su sombra en el suelo.

    Pero Basilio Argimón no podía oír nada más que el zumbido del viento. La noticia corrió por el pueblo como un reguero de pólvora. No sólo los dos muchachos habían sido testigos del vuelo. Estaban también un chacarero de Wames y un viajante y, lo que al parecer resultaba más categórico, el propio doctor Arce, que volvía en el sulky de atender a un enfermo y lo siguió desde el camino blandiendo el látigo y mascando el cigarro.

    Argimón aterrizó en el baldío detrás de su propia casa, de manera que cuando la mitad del pueblo llegó hasta allí ya se había despojado de sus alas y apareció en la puerta con el mismo aspecto de insignificante que tenía siempre.

    El maestro Marsiletti casi estalla de entusiasmo. Bastón, galera, chaleco y esclavina encabezó una bulliciosa manifestación desde la tribuna de la banda, en la plaza, hasta la casa de Argimón, pasando naturalmente frente al Bar Japonés detrás de cuyos vidrios flotaron algunos rostros borrosos. En resumen, fue un día de gloria.

    Acallado el primer entusiasmo, el grupo Plunkett pasó a la ofensiva una semana después. El chacarero no sólo pretendía haber visto a un hombre volando sino almas en pena, gente aparecida y luces malas. Para más datos, se trataba del loco Seretti, que se pasaba el día sobre el techo de chapas de su rancho y que, por llamativa coincidencia, había sido el único del pueblo de Wames que pretendía haber visto al maestro de vuelo cuando planeaba sobre el camino entre Bragado y Chacabuco, a la altura del puente del Salado, lugar reconocidamente propicio para toda clase de visiones y apariciones.

    El viajante había desaparecido. Los muchachos, aparte de ser unos mocosos, estaban influidos por el propio Argimón. Quedaba en pie el doctor Arce, metafóricamente hablando desde luego, porque en la vida real más de una vez no podía sostenerse sobre sus estremidades. Las inferiores, se entiende, ironía en la que se advierte el estilo amañado de Plunkett. El maestro Marsiletti contraatacó en forma breve y concisa. Proponía que el 12 de enero, aniversario de la Sociedad Unión y Benevolencia, el vecino Basilio Argimón ejecutará un vuelo de prueba lanzándose desde lo alto del molino Río de la Bata en presencia del cura, el intendente y el comisario, como así del resto de las personas de Chacabuco que merecían plena y debida fe.

    Hubo dudas, vacilaciones, y por fin apuestas. El señor Atibo Maroni se comprometió a impresionar una placa fotográfica que documentara el episodio utilizando al efecto un aparato provisto con el moderno obturador de cortina. Argimón, que a todo esto no había abierto la boca ni abandonado la buhardilla, ocupado como estaba en introducir ciertas mejoras al sistema de timones, observó que no podía fijarse un día preciso de manera tan categórica por cuanto había que tomar en cuenta las condiciones del tiempo y en especial las del viento. Estaba muy flaco y amarillo y mientras hablaba efectuaba apretadas anotaciones sobre un plano colgado en la pared. Plunkett se frotó las manos y exclamó, atragantándose de furia, que aquello no era más que una excusa. Después de una serie de idas y venidas el maestro Marsiletti, que volvía a quedarse solo, anunció con menos entusiasmo que, antes o después del 12 de enero, no hacía caso de fechas, Basilio Argimón treparía a lo alto del molino y desde allí se lanzaría al espacio. Podía jurarlo si eso ayudaba en algo. No sólo pasó el 12 de enero. Inclusive pasó el verano y Basilio Argimón no daba señales de vida. La mitad de la gente lo había olvidado cuando un buen día, el tercer domingo de abril, festividad de San Benito Labre, para ser precisos, el grupito de charlatanes del Bar Japonés sintió un rumor al fondo de la calle y algo después vio aparecer a aquel fantástico personaje con un mameluco negro, un par de rodilleras y un casco de cuero. Plunkett se levantó de un salto, pálido de ira.

    —¡Argimón!

    Efectivamente, era Argimón, aunque costase un poco reconocerlo. Detrás, sobre un remolque, venía aquella especie de ala o barrilete que la mayor parte conocía por referencias.

    Uno de los muchachos tiraba de la vara y el otro traía un globo sujeto con un piolín.

    ¡Había llegado el día!

    El señor Atilio Maroni corrió por la máquina y el maestro Marsiletti alcanzó al grupo cuando llegaba al molino, cerca del hotel Unión. Primero subieron el ala. Después treparon los muchachos y por último ascendió Argimón. El maestro Marsiletti insistió en subir también pero entre Argimón y el cura lograron que abandonara la idea.

    Una vez arriba Argimón izó el globo y estudió el movimiento del aire. El viento soplaba con algo de fuerza pero en forma arrachada. Habría preferido un viento más parejo y constante aunque fuera menos intenso. Argimón hizo luego una corrida de prueba hasta el borde del paramento. Entretanto la gente se había ido apiñando abajo, sobre la vereda del molino, y seguía todos aquellos movimientos con una curiosidad maliciosa. Argimón, a su vez, contempló a la gente cuando después de la primera corrida se detuvo en el borde. En realidad, recién ahora reparaba en ella, un montoncito de hormigas.

    No creían en él. Creían en Plunkett, por ejemplo. En el fondo, había soñado más de una vez con ese momento. El ascenso final, la multitud, el vuelo. Pero ahora, a punto de conseguirlo, en cierto modo ya conseguido, ¿qué había logrado con eso? Nada más que la absoluta certeza de su total soledad. Arriba, más arriba, mucho más arriba, muchísimo más arriba... Ese era el camino, la senda estrecha y solitaria. Se ajustó otro poco los anteojos y probó una segunda corrida pues aquí el espacio era más reducido y quería calcular el momento preciso del salto.

    Cuando se asomó esta segunda vez, en el filo mismo de la cornisa, la gente prorrumpió en un largo y tembloroso grito, una especie de balido, que llegó a lo alto cuando se había vuelto de espaldas. Argimón asomó y agitó una mano.

    Mientras hacía todo esto, Marcelo y José aguantaban el ala, que se sacudía a cada racha de viento. Argimón se introdujo por fin en la abertura del medio y ellos lo alzaron y ajustaron hebillas y correas. Luego el maestro ejecutó las flexiones y saltos de práctica. Una corta carrera hasta la mitad de la plataforma sustituyó, por razones de espacio, el trote circular. De cualquier forma, estaba todo en orden y el maestro se situó en el borde posterior, listo para el vuelo. José agitó un pañuelo de acuerdo a lo convenido, el señor Maroni aprontó la máquina y el señor Pelice disparó una bomba de estruendo. Silencio.

    Un salto y otro salto y otro. Antes del borde Argimón ya estaba en el aire.

    Hubo un cabeceo inicial, como siempre, y después ese instante de vacilación, casi de inmovilidad. Pero en el momento mismo que el grito llegaba desde el fondo de la calle, Argimón cobró repentina altura embestido por una racha de viento. La gente alcanzó a ver el jirón de tela y el pedaleo alocado de las piernas. Luego, con un giro en barrena, el hombre pájaro se precipitó a tierra y se estrelló contra el techo del hotel Unión.

HORIZONTES

  Tenía los años de mi juventud. El horizonte me parecía lejano, pero no tanto. Al menos, posible. Es decir, el horizonte posible buscado....