Delante de mi casa, en un patio de tierra raída, gastada como el género de mi camisa Grafa, en un cantero someramente cercado por ladrillos musgosos, hay una planta de azalea que plantó mi madre hace unos doce años. Sus flores de piel violeta tiemblan delicadamente con este ansioso viento de septiembre que levanta, en esta mañana, un fresco olor a terrones, a humo agrio, a pan casero, a húmedas maderas. A partir de esta plantita que ahora flamea en la clara mañana y que mi madre riega todas las tardes, apenas se pone el sol, yo reconstruyo, acaso invento, mi casa.
sábado, 22 de mayo de 2021
MI MADRE ANDABA EN LA LUZ / Haroldo Conti
Detrás del patio está todavía, en la penumbra del corredor de chapas, la
bomba de elevación y sobre las paredes encaladas las macetas que colgó mi madre
hechas con latas de aceite: cinta argentina, malvones, filodendros y una
plantita carnosa de ramitas nacaradas que trajo el Polo de un viaje al norte y
que puntualmente para este tiempo echa en las puntas unos ramilletes de plumas
rojas. Mi madre los llama pepitos, pero ese es más bien el nombre de un pájaro
y la verdad que eso parecen. Del tirante que aguanta la armadura del techo
cuelga una balanza de platillo y una jaula de alambre con un caburé ojos de
gato, pajarito mago de tremenda fama que mi padre compró por doscientos pesos a
un viajante que lo trajo de Apóstoles, en Misiones.
Mi padre, que veía flacos fantasmones
por todas partes, que juntó cada peso arañando esta tierra con sus manos, que
no conoció ni amó a otra mujer que mi madre, se pasó dos días con sus noches
escarbando a esta lechucita para encontrar la mosca mágica que, según dicen,
esconde debajo de sus alas. Sólo encontró piojos. Cada tanto volvía a la carga
con un par de guantes de badana agujereados en las puntas pero el caburé lo
miraba de tal manera, girando la cabeza como la tuerca de un bulón, que siempre
terminaba mareado. El caburé, en definitiva, no le dio nada a mi padre pero, con
todo, el viejo, más por ostentación que por otra cosa, llevó hasta el final de
sus días una pluma de la lechucita en el fieltro del sombrero. Lo enterraron
con ese sombrero y con la plumita del ala izquierda del caburé que no le trajo
más salud de la que tenía al natural y menos todavía la más rasposa fortunita
ya que el viejo se murió deseando un tractor Ferguson de segunda mano que lo
ayudara con la tierra. Ni para eso le dio el cuero. Cualquiera hoy día tiene un
tractor y el viejo los debe oír desde abajo trajinando sobre la tierra. Tal vez
le baste ahora con eso porque era hombre que se conformaba con poco. Le gustaba
lo simple, sentarse debajo del corredor, por ejemplo, y oír el rumor de los
pájaros que alborotaban entre los árboles, al caer la tarde, y el trueno lejano
del tren que se atropellaba en el horizonte, y el trepidar de la cosechadora
que, como un barco, navegaba majestuosamente los cuadros de trigo en diciembre
o el golpe de la varilla del molino cuando, como ahora, sopla parejo el viento y
la rueda gira a lo loco y, más que nada, el espumoso entrechocar de las hojas
del álamo Carolina debajo del cual dormía la siesta en el verano, del otro lado
del camino, ese viejo álamo que todavía está ahí, como un penacho de cenizas, y
se parece en parte a mi padre. Bueno, todo esto a propósito de la jaula que
cuelga del travesaño.
La casa, mi casa en el pueblo, tiene
por detrás un monte enredado con una huella parda cavada entre los árboles, que
son: eucaliptos, álamos mussolini y sauce gigante, un sauce enmarañado de
corteza rotosa que en invierno, este tiempo que termina, se pone gris, casi
azulado, casi idea. Por ese caminito me internaba yo en mi infancia, iba que
iba árbol y pajarito, piel de corteza, piernas de yuyo, buscando esas locas
invenciones que duermen en la madera. Hasta el primer alambrado. Ahí estaba el
camino de tierra y después, del otro lado, aunque alejado, el álamo Carolina
que amó mi padre, muy solo, textual, alta madera de ensueños. La casa estaba
rodeada de olmos, acacias y paraísos que se poblaban de torcazas y monteras con
sus lustrosas levitas de cenizas, dulces pececitos de la tarde. A la caída del
sol la punta de estos árboles se inflama con un color anaranjado y el monte se
aquieta, se suspende. En medio de esta maraña neblinosa que se dilata como una
nube, que se consume como un lento fuego esparciendo el humo oloroso de
septiembre, a esta hora, y a consecuencia de los calores prematuros que
brotaron en agosto, se advierte y se fija en los ojos con lentitud un pelecho verde.
Es la primavera que empuja desde adentro de la madera, apenas una visión, poco
más que un presentimiento, porque la noche ya sube desde la tierra y oscurece
los árboles, borra los brotes, adormece el monte. El álamo Carolina, cuyo
penacho anaranjado asoma a la derecha, por encima del techo de chapas, es el
último en borrarse. Más bien parece que remontara vuelo y se hundiese en el
cielo. El humo de la chimenea lo opaca, lo sacude, lo trae y lo lleva. Tal vez
por eso parezca que se reanima. Mi madre, abajo, acaba de echar leña a la
cocina económica que no se fatiga de arder y soplar todo el día. Es una vieja
cocina “Carelli”, de tres hornallas, fabricada en Venado Tuerto y creo que la
casa empezó por ahí, por esta cocina que mi padre trajo en un charret desde
Bragado, donde la compró de segunda mano y la montó en medio de un claro, al
reparo de un árbol, y después empezó la casa. Mientras siga encendida mi casa
vivirá. Mi madre es esa sombra encorvada
frente a la cocina. Ha pasado allí gran parte de su vida, desde que mi padre
instaló la “Carelli” junto a aquel árbol cuyas raíces deben estar todavía
debajo del piso de ladrillo. Yo entro y salgo de mi casa, es decir, de esta
cocina que es donde transcurren nuestras vidas, mil veces al día cuando en realidad
lo que estoy haciendo es romperme el culo junto a la continua nº.2 de la
Papelera del Norte. Es mi forma de ir tirando. Yo sé que en este mismo momento
que la continua ronca a todo pulmón arrastrando un blanco y humeante chorro de
papel mi casa está ahí, en medio de los árboles. Y así vivo.
Mi madre abre la hornalla y echa una
leña. Su cara se enciende con un color rojizo, como los árboles del atardecer,
como el álamo que amó mi padre. Sus manos se iluminan hasta el blanco, de un
lado, y se oscurecen del otro. Su piel está algo más arrugada, cubiertas de
grandes pecas marrones. Mí madre ha envejecido otro poco este invierno. Yo lo
veo en sus manos porque su cara sigue siendo la misma para mí. El fuego de la
hornalla se la arrebata, inflama el borde de sus pelos y mi madre sonríe. Me
sonríe a mí que en este momento, a 200 kilómetros de mi casa, pienso en ella al
lado de la continua N92. Su rostro se enciende y se apaga como una lámpara en
el inmenso galpón, entre bobinas de papel y cilindros relucientes, contra la
grúa puente que se desplaza con lentitud sobre nuestras cabezas, mi madre, alta
lámpara perpetuamente encendida en mi noche, mi madre. El fuego se reanima y su
luz escapa por las rendijas de las hornallas agitando todo el cuarto como un
viento secreto. La luz cruzada del sol que declina penetra por la puerta
siempre abierta y borra las patas de la mesa de pino, tan vieja como la
“Carelli”, la misma mesa que nos junta tres veces al día, mi padre en la punta,
mi madre del lado de la cocina y de este otro yo y el Polo, mi hermano que se
quedó en el pueblo. Sobre esta misma mesa velaron a mi padre. No tiene hule ni
mantel. Solamente la madera, blanca de tanto jabón y cepillo, carcomida y
tajeada, con los chamuscos de los cigarrillos de mi padre en la punta. Mi madre
los fregaba pero se ponían más oscuros. Creo que quedarán ahí para siempre
recordándome a mi padre que fumaba negros fuertes y a veces medio Avanti. Así
son las cosas. Se vuelven más memoriosas que uno, se vuelven uno. Mi padre era
su cuerpo flaco y viejo y unas pocas cosas. Quedan las cosas. La escopeta de un
caño, calibre 16, que pende de un clavo en la pared junto a la puerta, al lado
del cuero del gato montés que abatió en el monte. La romana con la escala de
bronce. Hay otras cosas que están ahí desde mi infancia, que se confunden con
mi historia. El sol de noche que alumbraba nuestra oscuridad hasta que el viejo
puso un Villa de dos caballos y medio, la bolsa de galletas que al partirlas
inauguraban el día con un tibio olor a trigo y migas, el infaltable almanaque
del Almacén de Ramos Generales de Montes y Cía., la fiambrera con el alambre
mil veces remendado y, suspendidas del techo, dos barras de cañas de las que
colgaba la factura de cerdo. Chorizos criollos, codeguines, morcillas, jamones,
bondiolas, lomo ahumado. En un estante, queso de chancho, una lata de grasa muy
blanca y un frasco con el paté que preparaba mi madre en base al hígado,
tocino, coñac y especias. En tiempos de mi padre se carneaban dos cerdos de
doscientos kilos cada uno en la primera quincena de julio, cuando apretaba la
escarcha, “donde se hace el menguante”, y la casa era una fiesta con grandes
ollas hirvientes, buches de caña, jarros de café, mate amargo, chuletas bien
tostadas y alguna guitarra. El Polo le daba a la máquina de picar y don Pancho
Cejas prestaba mano para la morcilla. Su especialidad eran las morcillas y los
cuentos de aparecidos. Murió en el 59 y él mismo empezó a aparecerse ya en el
invierno del 60, para julio justo que Américo Agustín Laval lo vio sobre el
puente del Salado con el ponchito y la gorra, todo de cuerpo presente, bien
verídico. Laval se persignó y don Pancho se hizo transparente, se vino lucecita
y hasta chamuscó el pasto. Sobre el puente, del lado de Bragado, en la mano del
campo de Cirigliano, ahí mismo. Consta. La última vez que se apareció, también
en el puente, compareció ante don Ramón Cabral que venía a caballo desde el
campo de Arbeleche con un gallo Calcuta debajo del brazo. Fue en marzo del 73.
Le dijo a don Ramón que había que votar para intendente al ingeniero Dimarco.
Le erró feo por más finado que fuese.
La luz que entra por la puerta se ha
acortado, es una ceniza amarilla a ras del suelo. El motor del Fiat que remolca
el disco de rastra en el campo de Acuña, detrás del alambrado, ha dejado de
arañar el cielo. Es un Fiat 700 de 70 HP como jamás soñó mi padre y lo maneja
el Polo que está haciendo barbecho para engordar la tierra antes de sembrar. El
Polo trabaja para Omar Basilio Acuña que se hizo rico en una patada, tiene un
cuarto en el hotel Coll de Bragado y no le cortan la cabeza por menos de 500
millones de pesos. Así son las cosas en esta tierra. Omar tiene la misma edad
del Polo pero él, el Polo, mi hermano, nació como mi padre para padecer la
tierra. Nada más.
Una bandada de pavos mamut bronceado
cruzan por el patio en dirección a una acacia tumbada donde pasarán la noche.
Mi madre sale al patio con una varita de mimbre pues los desgraciados no
desaprovechan la ocasión para picotear la azalea.
Los ladridos de unos perros pelotean
a lo lejos, por encima del alambrado. Son los perros del Polo que viene
cruzando el campo.
Mi madre levanta la vista y todavía
más lejos, por encima de los últimos alambrados, por arriba del monte de la
estancia de Acuña, detrás inclusive del puente del Salado que desde el patio es
apenas una loma pelada, ve una nubecita de polvo que avanza por el medio del
camino. Es el Expreso 25 de Mayo que, como siempre, llega con retraso.
Mi madre piensa que acaso ahí llego
yo. Yo estoy llegando siempre, madre.
La sirena anuncia el final del turno
y me largo hacia las puertas entre los flotantes cascos de plástico que se
desplazan como un río mientras atrás queda la continua roncando y silbando y el
otro turno reemplaza puntualmente al que se marcha. El negro Prieto, que viene
por la otra mano, me saluda con el brazo en alto.
Ahora voy hacia la villa en el
tambaleante micro que suelta un tornillo a cada barquinazo. Algunos de los
muchachos gritan y canta todavía porque estos negros tienen un aguante bárbaro.
Les pueden estar chupando la sangre con una bomba de diafragma y ellos siguen
gritando y cantando. Cantando y gritando mientras corren ruidosamente hacia el
montón de mugre en que viven. Los demás duermen debajo de los cascos. Yo pienso
que voy llegando a mi casa, en mi pueblo, en una tarde así. Inclusive a través
de la ventanilla veo a mi madre que espanta a los pavos, veo el victorioso
color de la azalea en el patio de mi casa que flamea en la última luz de esta
tarde. Veo, por supuesto, al álamo Carolina que brilla por encima de las chapas
y hasta veo sobre el techo a mi propio padre que mira para el lado de Irala. Un
puñado de casitas y tapiales aparece y desaparece entre los árboles. Ese es mi
pueblo.
Apareció el molino, a la derecha.
Primero el horno de ladrillos, después el campamento de Vialidad y después el
molino de La Silvina. En su memoria el campamento por lo general venía después
del molino. Ahí estuvo una vez.
Aquí el cielo es ancho y profundo, no
un miserable agujero en lo alto de la calle. Hacia el oeste, es decir, hacia
Los Toldos más o menos el cielo se emblanquecía sobre un borde rojizo que
abrazaba las puntas de los árboles. Por detrás del colectivo, que arrastraba
una nube de polvo también rojiza en lo más alto, la noche remontaba velozmente
como un gran pájaro azulado. El expreso montó brevemente la loma del puente y
desde esa altura, a través de la ventanilla que chorreaba polvo, vio de una
ojeada las grandes praderas que se oscurecían, los montes que despedían azules
humaredas de sombras, los palos del alumbrado de Warnes y, en el momento que
emprendía la bajada, las breves manchas amarillas de las señales en el paso a
nivel. Sintió inclusive el vaho húmedo de los pastos y esa creciente vibración de
la tierra cuando llega la noche, aunque esto fuese más bien un anticipo de su
memoria.
El molino estaba quieto, el chorro de
humo de la chimenea de La Silvina ascendía rectamente.
El ómnibus se tumbó a la izquierda y
al final de la curva, después de Los Pumas, asomaron en línea las señales del
paso. En su memoria todo era más lento y más grande. El ómnibus lo dejaba en la
vía porque venía con retraso y no bajaba más que él y debía seguir hasta 25 de
Mayo, si es que llegaba entero a Bragado y no perdía el motor en alguno de los
barquinazos.
Se tanteó la porra con sus dedos
machucados, luego se deslizó a lo largo del pasillo sosteniendo en alto la
valija de cartón con el zuncho de lata que era lo único que volvía al pueblo,
aparte de él mismo, se entiende.
El expreso se detuvo entre las vías,
negro y tembloroso. “¡Uames!” gritó el gallego como quien dice mierda, pero
nadie se dio por enterado, salvo un punto que se quitó el sombrero que le
cubría la cara y miró hacia la derecha, donde sólo estaba el campo pelado. El
pueblo quedaba a la izquierda, detrás de los árboles que bordean la vía, pero
había que ir hasta ahí para comprobarlo.
Se volvió con un pie en el aire y
sonrió por encima del hombro a los tipos que seguían viaje. Él nunca pasó de
Bragado pero algunos de aquellos tipos iban hasta 25, o, desde allí, a Islas,
Mosconi, Huetel, Monteverde, todos esos nombres. “¡El paquete!”, gritó uno de
los tipos. Le alcanzaron el paquete y saltó. Trató de agradecer y de saludar al
mismo tiempo y levantó una mano hacia una fila de rostros que se embalaron a
través de los vidrios.
Encendió un cigarrillo y embocó,
liviano de piernas, el camino de acceso entre los altos y temblorosos
eucaliptos que ahora brillaban con la húmeda claridad del atardecer y las vías
del Sarmiento. El ruido que traía en la cabeza le fue saliendo despacio y a
medida que le salía el ruido le entraba el pueblo. Ahora que oía verdaderamente
el golpe de sus pasos sobre la tierra pelada se le hacía que estaba volviendo
del Salado a donde había ido a cazar patos crestones o a pescar tarariras. El
ronquido del motor del expreso se fue apagando detrás de su cabeza en un amplio
círculo que apuntaba a Bragado y en tanto se apagaba y por fin se perdió empezó
a sentir entre paso y paso el rumor que brotaba de los pastos, ese punzante
chirriar de la tierra cuando llega la noche, el cloqueo de sapos y ranitas y, a
lo lejos, el ronquido de un tractor.
Las primeras casas aparecieron en un
tajo de luz con las paredes de ladrillos que se borraban contra la claridad del
ocaso. El galpón de la estación echaba gruesos resplandores como si ardiera por
todos los lados. Por encima de los techos divisó el remate de los silos del
almacén de Montes. Bueno, ahí estaba. “Este sorete es mi pueblo”, pensó. ¿Qué
dirían los muchachos de la Papelera si lo viesen? Pues casi todos ellos han
salido de un agujero igual y cuando hablan del mundo más o menos piensan en él.
Atravesó la calle en dirección al
almacén del viejo Pampín. Aparte de un letrero con una pareja de taraditos que
se zampaban una botella de Coca-Cola nada había cambiado, por lo que recordaba.
La vidriera seguía con la persiana bajada desde que el negro González le partió
el vidrio con una bola de billar y las paredes de ladrillo parecían como que se
fuesen consumiendo a la vista, deshaciéndose en blandos terrones de barro
cocido.
El salón estaba vacío. Tampoco había
cambiado gran cosa. La mesa de billar a la que el mismo negro le había roto el
paño al pifiar una bola seguía cubierta por hojas de papel de diario. Sobre el
mostrador oscuro estaban, de un lado, los botellones con caramelos y, del otro,
la balanza de dos platos y la vitrina con velas, agujas, ovillos de hilo,
broches, hebillas y cordones para zapatos, igual que en su infancia. La
heladera de hielo con la puertas vencidas y grandes herrajes de bronce hacía
tiempo que servía de armario. En su época fue un motivo de orgullo para el
viejo Pampín y un signo del progreso de Warnes. Ahora estaba cubierta por el
mismo polvo marrón de la calle que coloreaba los bordes de los estantes, la
repisa con las lámparas de querosene, las mesas quemadas y machucadas y su
propia ropa. El alto techo con ladrillos de 30 y vigas de pinotea se perdía en
la penumbra de la que colgaban como grandes arañas los faroles de mantilla
sujetos a unos ganchos de alambre y unas ramas secas para atrapar a las moscas.
Debajo del reloj de péndulo seguían colgando los ovillos de hilo choricero, el
estante con alpargatas y el cencerro que el viejo usaba para tocar a rebato
cuando se armaba una podrida. Al lado de la heladera a querosene que había
reemplazado a la de hielo el piso estaba sembrado de esqueletos de vino y
botellas vacías. Había un almanaque de la acreditada casa de don Alfonso S.
Ferro e hijo, artículos rurales, mangas, tranqueras, reparación de máquinas
agrícolas, colocación de aguadas en general con un paisaje de las sierras de
Córdoba que no tenía un pito que ver con Wames ni con cosa alguna a trescientos
kilómetros a la redonda y un molino de viento en negro proveniente de un viejo
y carcomido clisé de la imprenta Castillo y López, de Chacabuco. De la pared
opuesta a la puerta colgaba todavía un espejo de Cinzano salpicado de cagaditas
de mosca que se había salvado milagrosamente de los bochazos y las broncas.
Un rostro blanco y pelusiento emergió
lentamente por detrás del mostrador. Era el viejo Pampín en persona que subía
del sótano al cual había caído en un descuido algunos años atrás porque la tapa
estaba justo detrás del mostrador y a veces la dejaba abierta y así fue que
yendo de la balanza a los botellones de caramelos desapareció como por arte de
encantamiento y hubo que extraerlo con un aparejo. Tenía la cara más chupada y
algo gris pero en resumen era el mismo Pampín de siempre. Apretó los ojos
detrás de los vidrios de sus anteojos de metal y repasó cuidadosamente el salón
porque no veía una breva más allá del largo de su brazo.
—¡Hola, don Ramón! —dijo
él desde la mesa de billar, pero el viejo, que le apuntaba con una oreja, no
reconoció su voz, de manera que sonrió vagamente a las sombras del salón y
estiró aún más el cogote.
Él dio unos pasos hacia el mostrador
y cuando entró en foco el viejo rió brevemente con su risita de ratón.
—Pedro… —dijo
con cautela, y quedó con la boca abierta.
Él sacudió la cabeza
despreocupadamente y se acercó otro poco.
—¡Pedrito!
Dejó la valija, se acomodó el saco de
camero gamuzado, mil trescientos cincuenta pesos ley en cómodas cuotas a sola
firma, y le alargó la mano de costado. El viejo, que no era un hombre de mundo,
la tomó entre las suyas, flacas y duras como ramitas, y la estuvo sacudiendo un
rato sin decir palabra.
La verdad que no se parecía del todo
a don Ramón Pampín. La carne se le había corrido hacia abajo como si el viejo,
el verdadero, se hubiese encogido por dentro de manera que la piel, salpicada
de manchas, le colgaba de sus huesos. En su memoria este viejo de ahora se
superponía al primer Pampín, que empezó repartiendo pan con una jardinera, e
inclusive al don Ramón Pampín que no llegó a conocer sino que inventó a partir
de su padre, el cual lo conoció cuando llegó de España en 1911 y se enterró en
ese agujero, nació en cierto modo y creció con el pueblo. Era de Santa Eugenia
de Fao, ayuntamiento de Touro, partido judicial de Arzúa, provincia de la
Coruña, lo cual repetía siempre cuando comenzaba a contar cualquier historia,
como si todo, aun Warnes, el ferrocarril Sarmiento, el almacén de Montes y el
Club Sportivo y Recreativo hubiesen empezado por ahí. Naturalmente, su época de
esplendor coincidió con la del pueblo. Él ya recordaba ese tiempo como propio y
a menudo aquel era su pueblo más que este de ahora, deshabitado y polvoriento.
Recordaba las calles, las únicas dos que había, una a cada lado de la vía,
cruzadas por sulkis, charres, tractores y automóviles, sobre todo para el
tiempo de las cosechas, las farras prolongadas en el boliche del viejo o en el
Club Ferrocarril Oeste, cuando bajaban las mejores orquestas de Bragado y
Chacabuco y aun de Junín y la plata saltaba de la tierra a los bolsillos y de
los bolsillos a un lado y otro de la vía, por todos los ruidosos boliches,
bailantas y quermeses. Todo eso terminó cuando Onganía suprimió la prórroga de
arrendamientos y los chacareros se fueron por los caminos y la tierra volvió a
manos de unos pocos estancieros y por aquellos caminos vino la tristeza, más
polvo y el olvido. De todo eso saben estas paredes que ahora callan y se
desmoronan debajo del sol. Y el viejo Pampín que lo mira con sus ojos legañosos
y posiblemente ve en él un testimonio de toda esa mufosa vejez. Porque él es su
padre que murió y su madre que envejeció y él mismo que se marchó pues aquí la
tierra no daba para todos, el pueblo se había achicado y los que nacían era
para irse tarde o temprano.
De golpe el viejo Pampín lo atrajo
por encima del mostrador y lo besó en la cara, igual que su viejo o el Polo.
Esto era muy de don Ramón Pampín. Olía a carne ahumada.
El ruido atrajo a la mujer, doña
Rosa, que asomó la cabeza, blanca como una aparición, por la puerta debajo del
cuadro con la foto desvanecida del padre y la hermana del viejo que desde
aquella pared habían visto desfilar por el mostrador a todo Warnes sin haber
salido de la Coruña.
—Es Pedro, el hijo de Seretti —dijo el viejo sin soltarlo.
Por lo general le decían “el loco
Seretti”, no a él sino a su padre. La mujer comenzó a sacudir la cabeza y a
arrugar la cara porque era muy nerviosa y el viejo, cuando andaba repartiendo
pan con la jardinera, la había sacado del medio del monte, como quien dice.
Ella se parecía a lo que había sido en aquel tiempo, antes de irse, porque ya
entonces estaba seca.
—¿Cuándo llegaste? —preguntó
Pampín, como si no viera la valija.
—Acabo de bajar del expreso. Me dejó en el cruce.
—¿Te acordás, Rosa? Seretti.
La mujer sacudió más fuerte la
cabeza.
—¿Qué vas a tomar, hijo?
—Un Séptimo Regimiento -dijo él con soltura.
El viejo casi se cae de culo.
—¿Qué es eso?
El Pedro no sabía muy bien lo que era
pero le pareció distinguido. Lo había oído en la tele, en Dos tipos audaces.
Roger Moore entraba con una rubia de la gran puta en un garito de la Jamaica y
pedía un Séptimo Regimiento. En realidad, era una contraseña para hacer
contacto con un conde italiano que en apariencia andaba en el negocio de la
bauxita porque lo cierto es que era un agente de una central de espías
norteamericanos que estaba metido en el balurdo de la yerba. ¡Esa sí que era
vida!
Aprovechó que el viejo lo había
soltado para sacar los cigarrillos con lo que a un mismo tiempo tuvo ocasión de
mostrar el anillo de plata con una piedra de plástico, que parecía un
transmisor secreto y le había costado casi una quincena, y la camisa estampada
a rayas. Convidó un cigarrillo al viejo que alargó la zarpa con avidez. El
cigarrillo saltó de la caja por sí solo y el viejo paró la mano a mitad de
camino.
—¿Y eso? —preguntó
excitado. Le había aparecido algo del antiguo don Ramón Pampín.
Pedro comenzó a disparar un
cigarrillo tras otro. En resumen, era una caja de plástico con un resorte. La
había cambiado por una corbata pintada a mano. La corbata, aunque
norteamericana legítima, era vieja y bastante grasa y él la usó hasta
aburrirse. En cualquier caso, aquel trasto daba para más.
—Las cosas que hacen hoy día —dijo el viejo realmente impresionado.
El Pedro le pasó la caja. Después de
examinarla en detalle y de disparar unos cuantos cigarrillos, Pampín sirvió dos
copitas de caña Legui, que era lo más distinguido que se le podía ocurrir.
El viejo preguntó cómo le iban las
cosas por la capital y él dijo que si se lo proponía le iban bien en cualquier
parte. Para ser franco, la capital lo aburría un poco. A la tercera copita el
viejo se puso sentimental y comenzó a hablar del loco Seretti. La cara se le había
oscurecido otro poco y la nariz, cruzada de venitas, se le empezó a enrojecer.
El Pedro miró de reojo la tapa del sótano, que había quedado abierta, y pensó
que con otra copa el viejo se zampaba adentro otra vez. Aquella caña quemada
era como tragar un puñado de azúcar. Una bebida para velorios.
Estaba esperando el momento de meter
una frase y salir de allí cuando la puertita se hizo a un lado y por detrás de
la vieja, que seguía sacudiendo la cabeza, apareció una hembrita blanca como la
leche, los cachetes cubiertos de pecas, con dos bultitos debajo del vestido y
una madeja de pelos colorados que lo miró a la cara y bajó los ojos, y de golpe
se olvidó hasta del nombre.
—Carmen, este es Pedro Seretti. ¿Te acordás? —dijo el viejo.
La chica negó con la cabeza, sin
levantar los ojos.
—Iban juntos al colegio —insistió el viejo en un tono lastimero.
El Pedro recordó borrosamente un
camino polvoriento y una cabeza de pasto que trotaba a su lado.
La chica sonrió para el suelo y
agachó la cabeza otro poco con lo que los bultitos aumentaron de tamaño.
Pampín mencionó unas cuantas cosas a
propósito de la Escuela Bartolomé Mitre, que quedaba dos cuadras más allá, en
la misma calle, que era la única, por otra parte, pero el Pedro apenas lo
escuchaba. La chica lo volvió a mirar y entonces aprovechó el momento para
disparar un cigarrillo. Ella bajó la cabeza rápidamente y se rió con todo el
cuerpo. Después salió atropellando a la vieja que quiso pasar por la puerta al
mismo tiempo.
Pedro dejó la copita y se apartó del
mostrador. Ya que lo había hecho aprovechó para despedirse.
—¿Cuánto te vas a quedar?
—Un par de días.
El viejo Pampín lo acompañó hasta la
puerta y antes de salir lo tomó por los hombros y lo miró largamente a los ojos
con su cara de trapo echada a un lado.
—Pedrito Seretti, ¿quién iba a decir…?
Hacía mucho tiempo que no oía su
nombre todo entero.
Siguió hasta el final de la calle,
que era una canaleta de sombras, y un poco antes de la viuda Barrasa dobló a la
izquierda por un caminito entre los yuyos que empezaba a humedecerse, silbando
bajito Melón amarillo.
Al fondo de este caminito, contra el
mero cielo que se hinchaba de sombras vio la casa y el corazón le dio un
puñetazo. “Esta es mi casa —se
dijo—. Dondequiera que viva.” Y apuró el
paso.
Por encima del techo de chapas vio
brillar a lo lejos el penacho anaranjado del álamo Carolina que se hundía
lentamente en el cielo como un barrilete. Era su claro punto de referencia
mientras hubiese luz, esa limpia y perfumada claridad de los campos.
Antes de entrar se detuvo un rato
junto a la cerca, que estaba medio tumbada sobre la zanja. Un chorro de humo
brotaba derechamente por la boca de la chimenea y eso daba a la casa un poco de
vida. La planta de azalea flotaba como un trapo violeta en medio del cantero de
ladrillos. Su madre, por lo visto, le había removido la tierra alrededor ahora
que se venía la primavera y probablemente le mezclase un poco de abono. Debajo
de la galería colgaba todavía la balanza de platillo pero no vio la jaula con
el caburé. Grandes costras de cal desprendidas de las paredes dejaban al
descubierto el barro reseco y agrietado. La casa en su conjunto más bien estaba
hecha una ruina pero había un camino tendido en su corazón que apuntaba
rectamente hacia ella y lo que él veía, con otros ojos, era bien distinto. A
decir verdad, ya era una ruina cuando vivía el viejo, que se pasaba la mitad
del tiempo arreglando el techo, construido con chapas de segundo clavo, y al
final se le dio por quedarse arriba porque desde allí se veía todo diferente y
hasta una vez la obligó a subir a la pobre vieja. De ahí le vino en parte lo de
loco Seretti. Uno pasaba por el camino y ya de lejos lo veía parado sobre la
casa como un espantapájaros. La Angelita Tesorieri puso el grito en el cielo el
día que el viejo vio desde arriba cómo se la culeaba el morocho Villafañe, el
viajante de la tienda Galli, de Chacabuco, detrás del galpón de los Medina. El
viejo no vio nada de facto porque miraba simplemente para Irala, pero la
Angelita empezó a joder con que andaba de bombero metiéndose en lo ajeno. El
viejo, cuando se enteró, dijo, por todo comentario, que él era tan dueño de
andar por el techo de su casa como la Angelita de que le rompieran el ajeno cuantas
veces quisiera. El viejo era un demócrata en toda la línea. Lo cual no le
sirvió de nada, pues se murió sin el Ferguson y sin un metro más de tierra que
el lote que le dejó el abuelo, el cual fue demócrata conservador igual que él.
Cuando Perón le dio la tierra a los colonos, y así algunos muertos de hambre de
entonces son los bacanes de ahora, y, por lo que importaba al viejo entonces,
los tamberos pasaron, en el 46, de tirar la teta a veinticinco el jornal a
cuarenta y cinco pesos, su padre vio que la mano venía de otro lado pero igual
siguió votando las boletas del partido Demócrata Conservador, de puro terco. En
una ocasión el intendente Francisco Ibarra, alias Pancho La Burra, le prometió
un crédito para el Ferguson, antes de las elecciones, se entiende, pero después
no vio nunca más al intendente, ni por supuesto al tractor, aunque las boletas
seguían llegando por correo puntualmente cada vez que había que votar. Más o
menos, fue la única correspondencia que recibió en su vida. En fin, siempre que
pensaba en la casa la pensaba con el viejo encima. En todo el tiempo que estuvo
afuera la casa creció en su cabeza y era una casa fuerte y segura como un gran
árbol plantado en medio del campo. Su padre estaba acurrucado encima, el Polo
corría por el patio y su madre asomaba la cabeza por la puerta de la cocina
atraída por los ladridos de los perros que se atropellaban hacia la entrada. A
veces no veía a su padre pero divisaba, igual que ahora, el penacho del álamo
Carolina que sobresalía por detrás y era como verlo a él. Entonces el Polo ya
era lo que es hoy, un hombre grande y silencioso. Estaba sentado debajo de la
galería con los perros echados alrededor, en el mismo lugar donde se sentaba su
padre cuando volvía del campo o del tambo de los Cirigliano. El Polo tenía los
mismos rasgos de su padre y su misma madera y posiblemente iba a terminar como
él, sudando y escarbando para otro, contento con probar una sembradora
combinada nueva de cinco surcos con adicionales para aporcar y escardillar,
sistema semilister, no importa que no fuese suya. Él amaba a la tierra sin
tomar en cuenta los alambrados. Era una sola y ancha y fecunda tierra y bastaba
con subirse al techo de la casa para mirarla a la puesta del sol, por ejemplo,
y darse cuenta que le pertenecía a uno hasta donde alcanzaba la vista, y aún
más allá hasta donde daba el mundo, con un hambre y una propiedad distinta que
no reconocían más cercos o alambrados que los que fijara uno en su corazón.
Sea como fuese, la casa de aquellos
tiempos era lo que él veía realmente, no sólo en su memoria mientras sudaba
como un caballo al lado de la continua N22 de la Papelera del Norte, que
tampoco era de él, por supuesto, sino ahora mismo que la tenía delante.
Un perro viejo alzó la cabeza y trotó
hacia él como si tirara de una piedra. Le olió una pierna y lo acompañó hasta
la puerta de la cocina. Al pasar junto a la azalea, que era por donde empezaba
todo, rozó con la punta áspera de sus dedos la piel violácea de una de las
flores y sintió que el secreto temblor de la planta le entraba en todo el
cuerpo.
La vieja estaba sentada frente a la
cocina Carelli con un cacharro sobre las rodillas. Levantó la cabeza y miró
hacia la sombra que le había tapado la luz de la puerta. El fuego de la
hornalla coloreaba la punta de sus cabellos como el sol el alto penacho del
álamo Carolina. El resto de su cuerpo era un flaco hueco de sombras.
Se puso de pie en silencio, sin
sobresalto, y se acercó despacio con los ojos muy abiertos.
Alargó una mano y le tocó la cara.
—Pedro —dijo
por lo bajo.
El Pedro tragó saliva.
—Pedro, hijo.
El Pedro dejó la valija en el suelo y
la abrazó con torpeza. Era un manojo de huesos que temblaba entre sus brazos
como una rama. Sin embargo ese poquito de mujeríos había sostenido en alto,
ella sola, porque no hubo golpe que la echara abajo cuando hacía rato que ellos
rodaban por el suelo.
—No es para llorar —dijo
él.
Ella se separó un poco.
—Estás más flaco.
—Estoy bien.
Se miraron en silencio un buen rato.
Ninguno de los dos sabía qué decir.
Se miraban y sonreían y él estaba de
pie en la puerta de su casa como un forastero cualquiera.
El Polo llegó cuando no había más luz. Lo saludó y lo besó en la
oscuridad y después, como era corto de palabra, fue y arrancó el Villa y
prendió la luz que llegó boqueando a través de la bombita oscurecida por el
humo de la Carelli. También él estaba más flaco y algo canoso, lo que, por
suerte, dio pie a un par de bromas. Se parecía cada vez más a su padre. Debajo de
los ojos tenía dos manchas de polvo. Llevaba, como siempre, una camisa raída,
unas bombachas batarazas sujetas poruña faja cubierta igualmente de polvo en
los pliegues y un par de alpargatas desflecadas.
La última vez que lo vio fue desde la
ventanilla del expreso, al pegar la curva. Corría y saltaba al costado del
expreso. Los perros lo seguían de atropellada. Al fin quedó atrás y levantó una
mano antes de que se lo tragara el camino. Por cierto que aquel camino se había
llevado unas cuantas cosas. Si se ponía del lado de la casa, tenía que pensar
que a él mismo se lo había llevado.
La vieja preparó el mate y el Polo
trajo galleta de campo y unos chorizos. Don Pancho Cejas antes de finar les
había enseñado a conservarlos frescos dentro de un cajón cubierto de maíz en
grano. Él abrió la valija de cartón y sacó los regalos. Había pateado de un
negocio a otro contando los mangos y comparando los precios. En cada vidriera
veía colgadas entre los trapos esas mismas caras que ahora tenía delante, con ese
gesto o marca de resignación que posiblemente el Polo y la vieja estarían
viendo en ese momento sobre su propio rostro, mientras pensaban que las cosas
le habían ido mejor que a ellos, no que le habían ido, simplemente.
Sostuvo delante de su madre un batón
pirineo con las solapas y los puños bordados con flores de crisantemo en hilo
matelasé.
La vieja movió la cabeza en señal de
reproche y él dijo, espiando su rostro flaco y descolorido por encima del
batón:
—Para mi flor.
—¡Este hijo! —dijo
ella juntando las manos.
Y volvió a tocarle la cara como si no
terminara de reconocerlo.
El Pedro desvió la mirada, metió la
mano en la valija y sacó una cajita de cuero con un par de botones relucientes
que alcanzó al Polo.
—No se me ocurrió otra cosa —dijo con naturalidad.
La verdad que le había costado sus
buenos quince mil mangos. Por suerte era bastante impresionante. Una Super
Chatarra Mod. 2700 TR 8, Alta Fidelidad, Gran Lujo, con audífono y todo. El
audífono parecía un supositorio y la voz salía por allí puntiaguda, tan
secreta, cordoncito milagrero que lo ataba a uno al mundo. Después de examinar
la caja en detalle el Polo giró uno de los botones y desde su áspera mano
salieron gritando Los Iracundos, que cantaban esa dulce chotera Porque no vale
la pena.
El Pedro se puso a sacudir la cabeza
y a patear el suelo con sus zapatos de plataforma y cuero repujado, a tres
colores, que al Polo le hicieron abrir tamaños ojos. El Polo los señaló y rió
con fuerza. En términos generales, para él, que había recorrido el equivalente
del mundo en alpargatas, era calzado de puto. La vieja volvió a decir “Este
hijo”. A él le pareció que el viejo reía también desde el techo.
La vieja se puso el batón para darle
el gusto. Le quedaba un poco grande pero los crisantemos, a pesar de la luz
rasposa de la lamparita, brillaban como si estuviesen cubiertos por el rocío
igual que una mañana de invierno. Su madre amaba a los pájaros y las flores y
junto a la cerca tenía un cantero de crisantemos, esa flor que brota a fines
del otoño y alegra el pálido tiempo de la espera, cuando la tierra se duerme,
el monte se seca y el álamo Carolina es un alto manojo de ramas.
El Polo bajó la radio y mientras el
Pedro picaba de aquel sabroso salame, que tenía mezclada carne de potranca a la
de cerdo, se preguntaron y respondieron cosas sin que en ningún momento
llegaran a conversar como se entiende por lo general. A ratos se miraban en
silencio y reían de esa manera lastimosa. Entonces el Pedro preguntaba por alguien
que se había ido o, lo que es lo mismo, se había muerto.
El Polo hizo un esfuerzo y le
preguntó cómo le iban las cosas. Él dijo que bien, naturalmente. ¿De qué otra
forma le podían ir? Hizo saltar un cigarrillo y al Polo se le torcieron los
ojos. Hasta había tenido oportunidad de echar un párrafo con Néstor Leonel
Scotta, el goleador de Racing, y como el Polo lo mirase como si fuese un
aparecido, reprodujo como parte de aquella famosa conversación algo que leyó en
la revista Goles. Por ejemplo, y a título ya de confidencia después de un par
de Séptimo Regimiento, Scotta le confesó que le hacía falta pensar un poco más
dentro del área. No atorarse, fundamentalmente cuando el arquero salía a
taparlo. Había malogrado una punta de oportunidades por el apuro en resolver,
le dijo textual Néstor Scotta, pasándole un brazo por los hombros como si fuese
el propio Pizzuti. ¡Gran tipo el Néstor!
El Polo sacudía la cabeza y miraba el
aire y de vez en cuando decía “¡La puta!”.
—¿Y a vos cómo te va? —preguntó
con fuerza el Pedro.
El Polo se encogió de hombros como un
desgraciado.
—Y… siempre lo mismo. ¿Qué te parece? Se siembra trigo y a los
veinte días sale trigo. Se siembra maíz y a los diez días sale maíz. Hasta
ahora nunca salió otra cosa.
Rieron de arrastre.
El Polo contó que ese año habían
sembrado un sorgo híbrido forrajero, de gran valor nutritivo y velocidad de
crecimiento, tanto que a los cuarenta y cinco días de la siembra ya se podía
iniciar el pastoreo, un rinde de cien toneladas de forraje verde por hectárea,
alta calidad de rebrote, firme al pisoteo. Del sorgo pasó, igual que si hablara
de fútbol o de hembras, al maíz híbrido doble Continental Gigante, de granos
grandes y colorados y un marlo blanco y fino, talludo, es decir, de gran resistencia
al vuelco y fuerte arraigue. El Pedro conocía muy bien esa sanata. La partitura
cambiaba en algún detalle pero era siempre la misma. Su padre hablaba todo el
tiempo de las mismas cosas. La boca y las orejas se le florecían de espigas y
mazorcas sin que la bondad de los sembrados necesariamente los alcanzara a
ellos, al Polo, a don Pancho Cejas, a Américo Laval, a su padre, que ahora era
una semilla plantada en la tierra y que tal vez algún día, de puro obstinado,
diese una planta de maíz, por ejemplo, con un tallo de 2,20 por lo menos y una
espiga bien granada cubierta por un ponchito de chala muy abrigado, una planta
que diese que hablar desde Chacabuco a Bragado y a la que la vieja le pusiese
un nombre como pepitos.
El Polo, que se había dado manija
para rato, hablaba ahora de un nuevo silo rodante, con la noria plegable, que
Acuña había comprado en 25 de Mayo, con capacidad para arriba de las mil bolsas
y 45 TT por hora. Hablaba como si fuese de él y como si el silo, a su vez,
fuese un Chevrolet con dos carburadores, palanca al piso, llantas de magnesio y
cubiertas Cinturato.
La vieja, que había salido un rato
antes, volvió a entrar con una gallina colgando del brazo. La vieja hacía un
puchero de gallina sobre la base del puchero a la española, esto es, con
chorizos criollos, morcilla, porotos y garbanzos, dos patitas de cerdo lavadas
y algunos trozos de panceta. La sola idea lo hacía a uno sentirse bien. Al
Pedro se le hizo que dentro de un rato su padre bajaría del techo y se sentaría
en la punta de la mesa quemada por los cigarrillos. A partir de ese pucherito
de la vieja, aquella casa recobraría su exacto lugar en el mundo y ya no sería
necesario moverse más de ahí, podría quedarse pegado a aquella tierra para
siempre, como la planta de azalea o el álamo carolina, y no decir otra vez
adiós y volver a romperse el culo al lado de la continua nº.2, ¿para qué?
¿Para usar zapatos de taco alto y
hablar con Néstor Scotta y morirse de tristeza cada vez que se ve un árbol
florecido?
A la mañana siguiente volvió al almacén y
estuvo con los muchachos. Eran y no eran los mismos. El Cacho estaba
completamente pelado, Campodónico usaba anteojos y el Tulio era un barrilito de
grasa. Pero había otra cosa que los separaba, además de la facha. Algunos, por
supuesto, se habían ido como él. Roque, Paco, Elorde.
—¿Cómo se llamaba el flaco aquel?
—Parodi, el flaco Parodi.
—¿Qué se hizo?
—Se fue.
—Era un buen medio campista.
—¿Un qué?
—Un coso… un patadura —explicó
Campodónico driblando una pelota imaginaria.
—No, ese era Albello.
—¿Albello…? ¡Ah, sí!
—Se fue.
Así estuvieron un buen rato,
recordando nombres, sucesos de la infancia, riendo exageradamente por nada
hasta que les empezó a doler la cara. El Pedro volvió a contar lo de Néstor
Leonel Scotta, primero en la tabla de “scorers” de su zona.
—Según me dijo, se le da mejor en los campeonatos nacionales que
en el Metropolitano. No sé por qué, me dijo. Yo me pregunto lo mismo, le dije.
En una palabra, estuvimos de acuerdo.
Campodónico revoleó los ojos detrás
de los lentes y el Cacho sacudió la cabeza muy impresionado. El Pedro cada
tanto flexionaba las piernas y subía o bajaba con ostentación el cierre de la
McGregor de fibra poliéster que le había costado otra quincena. El viejo
Pampín, que aprobaba todo con su risita de ratón, sirvió en una de las
polvorientas mesitas unas copas de Amargo Serrano, a base de carqueja,
viravira, zarzaparrilla, poleo, paico y tomillo que tenía gusto a remedio, con algunas
rodajas de panceta arrollada, trozos de longaniza calabresa, aceitunas y maníes
con cáscara. El Pedro, sintiéndose Charles Bronson, pidió un vaso de ginebra
con un corte de bitter, algo francamente repulsivo pero que le pareció
distinguido para aquellos grasas. Pampín puso cara de desconcierto pero lo
sirvió de todas maneras.
El Pedro se acomodaba la porra a cada
rato o miraba el reloj digital que compró en una casa de remates en San
Fernando y de paso miraba para la puertita al costado del mostrador, debajo de
la fotografía, pero la Carmen no se hizo ver en todo ese tiempo. Alguien
preguntó si pensaba ir al baile en el Club Sportivo y Recreativo y él dijo que
había venido a descansar, a menos que valiera realmente la pena, porque estaba
un poco cansado con la vida loca de la ciudad.
—Ustedes saben…
Campodónico guiñó un ojo con picardía
pero ellos, naturalmente, no sabían un corno. Bueno, se zampó la copa de golpe
y sintió que una bola de fuego bajaba aullando por sus tripas y le borraba la mitad
del cuerpo.
Vuelta a cambiarse. Esta vez se puso el saco de hilo blanco con bieses
azules en el cuello solapa que había comprado de ocasión en una feria americana
por una falla en la tela. Le quedaba uno o dos números más grande pero fue una
suerte porque ahora justamente estaba de moda el estilo “el finado era más
grande”.
Cuando llegó al baile hacía un par de
horas que había comenzado pero sólo a un grasa y a los Pavese, que todavía no
pudieron casar a la menor, se les ocurre llegar al comienzo. Era un baile de
rompe y raja. Habían traído de Chacabuco al Trío Real de Tangos con la voz de
Obdulio Quiroga y la característica Los Caballeros del Trópico, esto es, Las
Momias del Trópico, que hacían jazz, tropical, melódico y, sobre todo, ruido, con
la voz de Pelusa Bonavetti, el hijo del taño Bonavetti, que se sacudía como una
loca sobre todo cuando cantaba Dame el fuego de ni amor en el mismo estilo
barriga de Sandro. La salvación estaba en las “selectas grabaciones”, aunque no
confiaba en el gusto de aquellos campesinos. En fin, lo importante eran las
hembritas.
Antes de entrar se acomodó el
envoltorio y se repasó los zapatos con una hoja de diario. Era una linda noche
y allá a lo lejos, del otro lado de la vía, brillaba una luz en su casa. Percibió,
como un gran cuerpo dormido en la oscuridad, el olor húmedo de los pastos y los
árboles y esa gran respiración de la tierra. Y de pronto, vaya a saber por qué,
les sintió a las cosas el mismo gusto de antes, a los blancos tapiales que
colgaban en la claridad espectral que manaba de los altos faroles de mercurio,
al galpón de la estación de la exacta medida de su infancia, al viejo Club
Sportivo y Recreativo, a la ancha calle de tierra, inclusive al Trío Real de
Tangos que en ese momento rascaba Nube de Humo, a toda esa vejez, y cuando
encaró la entrada era como si no se hubiera marchado todavía y el mundo fuera
del tamaño de su pueblo.
Hizo una entrada a lo Belmondo. Se
paró en la puerta con las piernas abiertas, miró a la chusma con cara de agente
secreto y se apretó la cintura con los brazos, ladeando el cuerpo como un peso
welter. Un gesto muy fino, dentro de todo. Hasta el gallego Pinol, que dirigía
el Trío Real y que, según las malas lenguas, era un trío por la sencilla razón
de que dos lo sostenían y él tocaba Desde el alma, por ejemplo, se volvió para
mirarlo. Porque seguramente era el gallego Pinol aquel carcamán con cara de
reblandecido y tres pelos locos que iban y venían sobre su cabeza como un
camino de cornisa, fuertemente adheridos a la pelada con una costra de
tragacanto. Saludó en general con un brazo en alto pero casi se cae de culo
cuando divisó a la Carmen en medio de la pista con un par de Lee que parecían
más bien pintados sobre sus poderosos cuartos traseros y una polera de punto
morley que le hinchaba los paragolpes como si de un momento a otro fuesen a
saltar ellos mismos a la pista. ¡Mamita!
Desde aquel preciso momento no vio
más nada, solamente esos dos pichones que se caían del nido y estaban esperando
un par de manos que los sostuvieran. Hacia allí apuntó resueltamente sus pasos
aunque esto es sólo una frase porque aquellas criaturas lo arrastraron como un
imán a través del salón y si Campodónico no se hace a un lado lo tira por el
suelo.
Bailaron toda la noche y la verdad
que estuvo inspirado. No sólo él, sino el gallego Pinol y Los Caballeros del
Trópico que parecían haber resucitado de sus cenizas. El viejo Pampín y la
mujer estaban sentados en un rincón. La mujer revoleaba los ojos como si el
galpón se le fuera a caer encima de un momento a otro pero el viejo sonreía con
cara de infeliz. Vaya uno a saber qué es lo que veía realmente a través de sus
ojos legañosos y los lentes mellados. Mientras saltaba y se retorcía como un
gato en celo, el Pedro se decía para adentro “¡Qué se le va a hacer!”. Es que
saltaba y se movía casi a su pesar, como un borracho, y cuando Los Caballeros
tocaron Dame el fuego de tu amor y la loca Pelusa se retorcía como si fuese a
poner un huevo perdió la cabeza del todo. “Dame el fuego, dame, dame el fuego”,
mugía el Pelusa echando el culito para un lado y otro y la verdad que eso de
que “soy un viento que no tiene rumbo” y “una ceniza que nadie recoge” era una
idea profunda que tenía que ver con cierta desgracia del Pedro que no estaba muy
clara y que, entre salto y salto, asociaba porfiadamente con la imagen de su
viejo sobre el techo de chapas.
En el tutti final el Pedro se puso a
aullar “Dame el fuego, dame, dame, dame el fuego”, sin sacar los ojos de los
dos pichones que saltaban al mismo ritmo y que sin duda eran un fuerte motivo
de combustión. La Carmen se reía y bajaba los ojos pero no dejaba de mover el
cuerpo, sólo que lo hacía de una manera subterránea moviendo lo justo cada
parte. Cuando pasaron los discos, el Pedro se calmó un poco porque tocaron
Solitario, por la orquesta de Lafayette, y eso lo ponía nostálgico, pero al
rato Las Cuatro Estaciones cantaban a grito pelado Vueltas y vueltas y, aunque
el disco ya estaba un poco pasado, se enloqueció por completo. El galpón, las luces
y aquellos saludables organismos que saltaban y se sofocaban a su alrededor
empezaron a girar cada vez más ligero y el aire se volvió de fuego. La Carmen
lo miraba ahora a los ojos todo el tiempo mientras empujaba con los dos
bultitos y él saltaba cada vez más alto como si estuviera hecho enteramente de
goma, golpeando las manos y haciendo sonar los deditos. ¡Qué noche!
Aprovechó una pausa y salió a
respirar el aire húmedo de la madrugada. La alta marea de la noche lo envolvió
con sus sombras empapadas por el relente. De los pastos y zanjones brotaban
esas hipnóticas vibraciones que son como el pulso de la tierra y que él
escuchaba desvelado en el catre que la vieja le armaba en la cocina junto al
rescoldo de la Carelli. La cabeza le daba vueltas y no veía muy bien dónde
ponía los pies pero, con todo, antes de entrar, pensó “El viejo debe estar
volviendo del Salado”, a donde iba a pescar en este tiempo a la encandilada con
el sol de noche.
Cambió el agua, contó los pesos que
le quedaban y entró.
Volvía silbando bajito “Yo quiero a
Lola”, liviano como una pluma aunque con un ligero dolor entre las piernas
provocado por aquel festival de belín duro, cuando vio una figura que se
despegaba del tapial del almacén y sin dejar de caminar, apenas se desvió hacia
el cordón de la vereda, bastante más alto que la calzada, hacia el copudo
plátano que se hinchaba de sombras por encima de su cabeza, alargó las manos y
avanzó derechamente en la oscuridad.
No se dijeron una palabra. Ella tan
sólo reía por lo bajo y cada tanto se quejaba aunque no dejó de empujar, y
cuando el Pedro levantó la cabeza desde su agitada tibieza las estrellas se
habían corrido otro poco sobre el negro horizonte y sintió a un mismo tiempo el
olor de su cuerpo y el viejo olor de la tierra.
Esperó a un costado de la calle de
tierra en la mugrosa claridad del amanecer que venía del lado de Alberti. Atrás
quedaba su casa con una lucecita que boqueaba en la cocina iluminaba un
rectángulo del patio sin alcanzar a alumbrar la planta de azalea que dentro de
una hora se iluminaría con su carnosa luz violeta para alumbrar el día de su
madre pero no quiso volverse a mirar, como no quiso que lo acompañara nadie.
Un gallo cachaciento alborotó a sus
espaldas y algo después sintió el trote de un caballo que se alejaba hacia las
afueras. El viejo Pampín no abría hasta las ocho. En eso vio aparecer al fondo
de la calle las luces temblorosas del expreso que barrían la franja de tierra.
Alzó la valija y ahora se volvió por esta sola vez. Allí estaba la luz.
El expreso se detuvo temblando debajo
del plátano cuya piel moteada se desvanecía en la neblina. Un postigo se abrió
en una punta del almacén y adivinó el rostro pegado a los vidrios. Saludó hacia
las sombras, porque no se veía más que eso, y sonrió sin ganas. Empuñó con
decisión la valija y el paquete de huevos, pan con chicharrones y chorizos
criollos que le preparó su madre y se zambulló dentro del coche. Mientras
tanteaba los asientos vio que la lucecíta giraba bruscamente detrás de los
vidrios, parpadeaba unos metros entre los bultos de las casas y luego se hundía
en la tierra.
El paso a nivel, el molino de La
Silvina, el puente del Salado, el campamento de Vialidad, el homo de ladrillos.
Acomodó la valija y el paquete y
trató de dormir.
El Pedro saltó del puente y bajó por
el terraplén en dirección a la villa Cartón arrastrando unas cuantas piedras.
Cuando vio los techos de chapa
asfáltica desde el puente se detuvo un instante y pareció que iba a seguir de
largo. Estuvo un rato allá arriba pensando alguna cosa y después bajó y
mientras bajaba y el ruido y las voces de la villa crecían en su cabeza se iba
diciendo, entiéndase, sin bronca y al final casi con alegría, se iba diciendo
que aquel agujero era su verdadero lugar en la tierra.
Al pasar las vías se cruzó con
algunos tipos del segundo turno de la Papelera y algo más allá con el Negro
Monte que tiraba alegremente del carrito cargado con recortes de hojalata y
botellas vacías. El Negro levantó su cabezota de animal y lo saludó a los gritos.
Atravesó la villa saludando a un lado
y otro con la valija en la mano y el paquete de la vieja debajo del brazo. El
rengo Correa estaba remendando el techo de la casilla mientras la vieja,
dentro, gritaba como una condenada, que era su modo de hablar. Se oían varias
radios a la vez y, por encima de todo, la voz de queso de Carlitos “Pueblo”
Rolan que cantaba ese chiquichá Ahí viene la ambulancia.
“Cascote” se puso a ladrar apenas
dobló la esquina. Le quitó la cadena y casi lo voltea de puro contento. Le tiró
una patada sin intención y saludó a la Beba que había sacado la cabeza llena de
ruleros por la ventana de al lado.
Dobló con cuidado la ropa y la metió
en el cajón de embalar que usaba como ropero. Después se puso el mameluco y
antes de salir contó el puñado de billetes ajados y grasientos que le quedaba
encima. Tenía que tirar con eso toda la quincena. Bueno, por lo menos estaba al
día con el crédito y ese fin de semana minga de joda. Tal vez podía conseguir
una changa.
Volvió a cruzar las vías y trepó al
terraplén. Apuró el paso, sin matarse, para alcanzar a los muchachos. Allí iban
todos, el Aldo y el Beto y el Rulo, gritando y riendo en dirección a la mole
oscura de la Papelera.
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