sábado, 1 de mayo de 2021

UN TIPO PELIGROSO por Jorge Uriza

 

UN TIPO PELIGROSO 

        Aquel invierno de 1964 no había sido muy diferente; como todos los años, había llovido mucho y a excepción de las 12 cuadras asfaltadas, el resto de las calles de De la Garma se habían convertido en un fangal durante demasiado tiempo. Pero finalizando septiembre, como respondiendo a un conjuro producido por los rezos de las patronas, ya se cumplían 20 días de no caer una sola gota. El sol y el viento suave habían resucitado el optimismo de la gente, y ese domingo casi caluroso rozaba lo festivo en el ánimo de todos.

        Eran las diez de la mañana; las puertas y ventanas de la casa modesta, al igual que las demás, estaban abiertas de par en par; –Que se lleve la humedad- decía, contenta, doña Anita. Segundo Agüero, albañil y jefe de la familia, jabonaba parte de su rostro para “una buena afeitada”, mirando su reflejo en el espejo que colgaba del marco de la puerta, con la mitad de su cuerpo dentro de la cocina y un pie en el angosto embaldosado que rodeaba la casa y daba al patio lateral, a donde se podía acceder directamente desde la calle porque no había corralón ni verja que lo separase de la vereda de aquella, la tercera cuadra de la calle Bustamante.

        Justamente por ahí entró caminando el tal “Chimiliski”, como lo conocían los habitués de los bares del pueblo, seguramente simplificando fonéticamente un apellido de origen ruso o similar. Había llegado el verano anterior, cuando comenzaba “la campaña de la bolsa”, ocasión en la que solían arribar centenares de changarines y peones golondrinas para ganarse la “changa” en esa dura labor de cargar y descargar a mano las bolsas de cereales que se producían en la zona y salían a través del ferrocarril hacia el puerto. Claro que el tema de las bolsas no era el objetivo de este hombre; en realidad vendía relojes de variada calidad y algunas baratijas que él ofrecía pomposamente como joyas para que los obreros tuvieran una atención para con sus esposas. El verano pasó, pero él se quedó ocupando una habitación del hotel Argentino, frente a la diagonal. “Cuestiones de polleras”, según trascendió después, sería el motivo de haber prolongado su estadía en el pueblo. A pesar de ser muy delgado, de mediana estatura y tez blanca, se comportaba con cierta arrogancia entre gente que normalmente era de poca paciencia, en especial cuando corría la caña y la ginebra. De hecho, con o sin fundamento, todos lo consideraban un tipo peligroso.

        Se detuvo a dos metros de distancia del “gordo” Agüero, quien tardó unos instantes en notar su presencia, ya que se encontraba casi de espaldas hacia él; cuando lo hizo, ambos se miraron, y tal vez porque algo insano en la mirada turbia del visitante lo incomodó, como un oscuro presagio, fue que se acercó dos pasos, y siempre sin que ninguno de los dos dijera una palabra, el forastero sacó de su cintura un arma inconfundible: una pistola Lüger.

        Más atrás, donde comenzaba el patio trasero, un chico de siete años, con las manos crispadas de su madre clavadas en sus hombros, comenzaba a llorar intuyendo de algún modo la gravedad de la escena.

        En gesto inequívoco, el hombre apuntó, desde escasos centímetros,  al pecho del dueño de casa; y como si se tratara de un truco ensayado, en una fracción de segundo, el arma cambió de manos; con un solo manotazo le habían arrancado la Lüger y la supuesta superioridad al tal “Chimiliski”. –¡Pero mirá qué linda pistola!– dijo insólitamente el gordo Agüero mientras la sostenía con la palma de la mano abierta.

        –Matalo, gordo, matalo a ese hijo de puta –la voz del vecino (Avelino “Piraña” De la Lama) desde la vereda de enfrente, mate en mano, cortó, en cierto modo, ese clima de pesadilla. Y aunque él se refería al hecho de contar con un arma, en realidad el gordo Agüero, aquel albañil catamarqueño, acostumbrado al trabajo duro y con ciento treinta kilos de peso, en esas circunstancias no necesitaba una pistola para hacer justicia frente a un remedo de matón que ahora se veía lívido y temeroso.

      El chico de siete años, hijo menor de Agüero, durante el resto de su niñez, y  en su juventud, así como en su adultez y aún hoy, en su vejez, se sigue haciendo esa pregunta que nunca obtuvo respuesta: ¿Por qué? Y repasa recurrentemente, una y otra vez, el final de aquel episodio que lo marcó para siempre; su padre mirando largamente a los ojos a aquel hombre para después, en un giro inesperado, extender su mano y devolverle el arma. Recuerda, o al menos eso cree, que la reacción del tipo fue de vergüenza, con la cabeza gacha mientras metía nuevamente la pistola en su cintura, con la cabeza gacha cuando comenzó a retirarse lentamente y con la cabeza gacha cuando desapareció de la vista de todos.

     No logra dilucidar cuál fue el contrato; cuál fue el convenio; ni cuál fue la doctrina que rezaba todos y cada uno de los principios que parecieron marcar alguna época ¿Dónde están escritos? ¿Dónde constan esos códigos? Sobre la moral; sobre lo que es ético y lo que no; sobre los límites de la dignidad. Y en esto último se demora a menudo, como si ahí estuviera el nudo de sus desvelos. Y desemboca siempre en la misma sospecha. La sospecha de que a aquel hombre, más que un arma, alguien, de un manotazo, le arrebató la dignidad, porque le perdonó la vida la persona a la cual él debió haber matado, y eso no tiene retorno.

     Pero aquel que fue botija en los 60´ se evade, con un poco de cobardía, de esos pensamientos que lo atormentan, alegando que tratar de hacer  filosofía con una Lüger, un chico asustado y una mañana luminosa de septiembre, es cosa de viejos desquiciados.

 

Jorge Uriza, 2021

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