UN TIPO PELIGROSO
Aquel
invierno de 1964 no había sido muy diferente; como todos los años, había
llovido mucho y a excepción de las 12 cuadras asfaltadas, el resto de las
calles de De la Garma se habían convertido en un fangal durante demasiado
tiempo. Pero finalizando septiembre, como respondiendo a un conjuro producido
por los rezos de las patronas, ya se cumplían 20 días de no caer una sola gota.
El sol y el viento suave habían resucitado el optimismo de la gente, y ese
domingo casi caluroso rozaba lo festivo en el ánimo de todos.
Eran
las diez de la mañana; las puertas y ventanas de la casa modesta, al igual que
las demás, estaban abiertas de par en par; –Que se lleve la humedad- decía,
contenta, doña Anita. Segundo Agüero, albañil y jefe de la familia, jabonaba
parte de su rostro para “una buena afeitada”, mirando su reflejo en el espejo
que colgaba del marco de la puerta, con la mitad de su cuerpo dentro de la
cocina y un pie en el angosto embaldosado que rodeaba la casa y daba al patio
lateral, a donde se podía acceder directamente desde la calle porque no había
corralón ni verja que lo separase de la vereda de aquella, la tercera cuadra de
la calle Bustamante.
Justamente
por ahí entró caminando el tal “Chimiliski”, como lo conocían los habitués de
los bares del pueblo, seguramente simplificando fonéticamente un apellido de
origen ruso o similar. Había llegado el verano anterior, cuando comenzaba “la
campaña de la bolsa”, ocasión en la que solían arribar centenares de
changarines y peones golondrinas para ganarse la “changa” en esa dura labor de
cargar y descargar a mano las bolsas de cereales que se producían en la zona y
salían a través del ferrocarril hacia el puerto. Claro que el tema de las
bolsas no era el objetivo de este hombre; en realidad vendía relojes de variada
calidad y algunas baratijas que él ofrecía pomposamente como joyas para que los
obreros tuvieran una atención para con sus esposas. El verano pasó, pero él se
quedó ocupando una habitación del hotel Argentino, frente a la diagonal.
“Cuestiones de polleras”, según trascendió después, sería el motivo de haber
prolongado su estadía en el pueblo. A pesar de ser muy delgado, de mediana
estatura y tez blanca, se comportaba con cierta arrogancia entre gente que
normalmente era de poca paciencia, en especial cuando corría la caña y la
ginebra. De hecho, con o sin fundamento, todos lo consideraban un tipo
peligroso.
Se
detuvo a dos metros de distancia del “gordo” Agüero, quien tardó unos instantes
en notar su presencia, ya que se encontraba casi de espaldas hacia él; cuando
lo hizo, ambos se miraron, y tal vez porque algo insano en la mirada turbia del
visitante lo incomodó, como un oscuro presagio, fue que se acercó dos pasos, y
siempre sin que ninguno de los dos dijera una palabra, el forastero sacó de su
cintura un arma inconfundible: una pistola Lüger.
Más
atrás, donde comenzaba el patio trasero, un chico de siete años, con las manos
crispadas de su madre clavadas en sus hombros, comenzaba a llorar intuyendo de
algún modo la gravedad de la escena.
En
gesto inequívoco, el hombre apuntó, desde escasos centímetros, al pecho del dueño de casa; y como si se
tratara de un truco ensayado, en una fracción de segundo, el arma cambió de
manos; con un solo manotazo le habían arrancado la Lüger y la supuesta
superioridad al tal “Chimiliski”. –¡Pero mirá qué linda pistola!– dijo
insólitamente el gordo Agüero mientras la sostenía con la palma de la mano
abierta.
–Matalo,
gordo, matalo a ese hijo de puta –la voz del vecino (Avelino “Piraña” De la
Lama) desde la vereda de enfrente, mate en mano, cortó, en cierto modo, ese
clima de pesadilla. Y aunque él se refería al hecho de contar con un arma, en
realidad el gordo Agüero, aquel albañil catamarqueño, acostumbrado al trabajo
duro y con ciento treinta kilos de peso, en esas circunstancias no necesitaba
una pistola para hacer justicia frente a un remedo de matón que ahora se veía
lívido y temeroso.
El chico de siete años, hijo menor de
Agüero, durante el resto de su niñez, y en su juventud, así como en su adultez y aún
hoy, en su vejez, se sigue haciendo esa pregunta que nunca obtuvo respuesta:
¿Por qué? Y repasa recurrentemente, una y otra vez, el final de aquel episodio
que lo marcó para siempre; su padre mirando largamente a los ojos a aquel
hombre para después, en un giro inesperado, extender su mano y devolverle el
arma. Recuerda, o al menos eso cree, que la reacción del tipo fue de vergüenza,
con la cabeza gacha mientras metía nuevamente la pistola en su cintura, con la
cabeza gacha cuando comenzó a retirarse lentamente y con la cabeza gacha cuando
desapareció de la vista de todos.
No logra dilucidar cuál fue el contrato;
cuál fue el convenio; ni cuál fue la doctrina que rezaba todos y cada uno de
los principios que parecieron marcar alguna época ¿Dónde están escritos? ¿Dónde
constan esos códigos? Sobre la moral; sobre lo que es ético y lo que no; sobre
los límites de la dignidad. Y en esto último se demora a menudo, como si ahí
estuviera el nudo de sus desvelos. Y desemboca siempre en la misma sospecha. La
sospecha de que a aquel hombre, más que un arma, alguien, de un manotazo, le
arrebató la dignidad, porque le perdonó la vida la persona a la cual él debió
haber matado, y eso no tiene retorno.
Pero aquel que fue botija en los 60´ se
evade, con un poco de cobardía, de esos pensamientos que lo atormentan,
alegando que tratar de hacer filosofía
con una Lüger, un chico asustado y una mañana luminosa de septiembre, es cosa
de viejos desquiciados.
Jorge Uriza, 2021
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