HÉCTOR G. OESTERHELD. El Paraíso
Como todas las
mañanas, Juan Carlos Gamarra despierta a la dicha, entre los brazos de Silvia,
su mujer, que despierta junto con él, contentos, saciados los dos por el último
telesueño: Juan Carlos fue el héroe de una cacería prehistórica, su lanza dio
el golpe final al gigantesco mamut, la sangre hirviente lo bañó, en la orgía
que siguió las muchachas de la tribu se disputaron sus favores; por su lado
Silvia navegó en un galeón español, los piratas atacaron y masacraron a la
tripulación, Silvia quedó a merced de la horda embravecida, terminaron
haciéndola reina del corsario bergantín.
Del lecho a la ducha
feliz con los tres hijos, cada uno vivió su telesueño, juegan con los chorros
radiantes, están alegres, ríen por cualquier cosa. El desayuno, otra etapa de
la felicidad compartida, cuando termina Juan Carlos tiene que dejar las risas
dichosas, es la hora del trabajo, debe irse. Aunque lo hace sin demasiada pena,
también habrá placer en el trabajo, partir no es sacrificio.
Juan Carlos cierra la
puerta metálica, saluda a la imagen que le devuelve la superficie bruñida, un
rostro joven aunque ya tiene cincuenta largos, recias las cejas y la mandíbula,
lástima las pecas y la nariz tan pequeña, lo infantilizan, pero ¿quién repara
en eso?, se sonríe, ya está andando por el túnel, va silbando, feliz, tan feliz
que ni se da cuenta.
Su felicidad no tendrá
fin. Como no tendrá fin la felicidad de ningún ser humano: la muerte no existe,
es apenas un fantasma del pasado, remoto fantasma ya sin espantos.
Gracias a los erbos.
Los erbos, que
trajeron a la Tierra la Inmortalidad del Cuerpo.
Un erbo, Seego, espera
junto al ascensor, el gran ojo bien abierto, es su manera de mostrar contento,
el corpacho verde y arrugado se balancea, otro modo erbo de decir alegría,
saluda a Juan Carlos, a cada hombre que entra al ascensor.
Nadie deja de
contestar el saludo: Seego, como todos los erbos, invita a la sonrisa, no se
sabe bien lo que es, si su figura de maceta, con esa coronilla de torpes
mechones rojos temblándole en la cabeza, tan parecida a una sandía, o si es la
simpatía que entibia siempre la enorme, estrellada pupila azul.
Hay otra razón,
además, para mirar con agrado a Seego, el erbo: una bolsa azul brillante, llena
hasta la boca de cartas. Están sin clasificar, pero los tres largos dedos de
Seego no se equivocan nunca, cada uno recibe con rapidez y exactitud las cartas
que le corresponden.
Sube el ascensor, a
cada tanto un golpe de luz intensa delata un túnel, Juan Carlos lee sus cartas,
son cinco, del padre, de los abuelos, de la madre, de dos antiguos compañeros
de trabajo.
Todas son cartas que
vienen del Paraíso, de seres que hace mucho se fueron en el viaje sin retorno.
Cartas con la
felicidad de siempre, serenas, un poco aburridas, hay que confesarlo, se
cansaron tiempo atrás de enumerar las maravillas de la otra vida, apenas si
hace algo más que mantener vivo el afecto.
Lástima que no vino
carta del tío Abel, las suyas sí que son cartas, frescas, salpicadas de
detalles sabrosos, nadie diría que el tío Abel lleva en el Paraíso más de
doscientos años, «partió» en 1985, apenas cinco años después de la venida de
los erbos.
Un tanto tediosas, sí,
pero igual las cartas cumplen su función, fortifican la certeza de la no muerte;
cuando los erbos decidan que a uno se le acabó el tiempo terrestre siempre
estará el Paraíso, con su plazo infinito. Hay, además, tanta dicha en las
cartas que Juan Carlos las lee con sonrisa ancha, por fin las guarda, todas
menos la de la madre, siempre lee dos veces sus cartas; la vida es hermosa,
alguna vez se acabará pero entonces estará el Paraíso, acogedor, eterno.
El ascensor sale por
fin a la superficie, un estallido de verde, alboroto de gorriones
persiguiéndose entre grandes y sombrías flores péndulas, huelen a ozono, son
las favoritas de los erbos, se enredan con las madreselvas y los jazmines.
El ascensor sigue
subiendo, ahora va por el filo de una estructura de aluminio, los jardines y
los domos donde viven los erbos se van achicando allá abajo, por entre tanto
verde emerge el gris óvalo del estadio abandonado, feo testigo de otra era,
entonces había fútbol y guerras y muerte en la realidad, y no sólo en el
telesueño. Más allá, hasta cambiarse en cielo, la líquida vastedad del gran río.
Cada vez más alto el
ascensor, el viento los golpea en ráfagas frescas.
—¿Por qué esa cara,
Raúl? ¿No pudiste conformar a alguna de las muchachas del telesueño? —todos
ríen, la cosa es con Raúl Marlino, por cierto que tiene cara de no haber telesoñado,
ni siquiera se afeitó.
Más viento, antes de
que Juan Carlos se dé cuenta, la carta que tiene en la mano se le escapa,
desordenado pájaro blanco que planea, va, viene, siempre bajando, el papel es
pesado, apenas si alcanza a verlo ya, le duele perder la carta, tenía que ser
la de la madre, si pudiera ver dónde cae para buscarla después, pero es inútil,
ya sólo ve gorriones y palomas.
—Cayó en el estadio.
—Raúl Marlino señala hacia el carcomido anillo, no será fácil encontrarla, la
maleza invade las gradas, lo que debió ser la cancha.
Pero no pueden seguir
mirando: el ascensor se detiene, la puerta se abre a un corredor luminoso, por
allí se va al taller de telekinesis, uno entre los millones de talleres
esparcidos por todo el planeta.
Cuarenta bancos de trabajo, paredes desnudas,
nada que distraiga la concentración. Pero a un lado de cada banco el ojo
apagado de un telesueño promete distracción máxima.
Charlando, animosos,
los hombres se reparten entre los bancos, el trabajo es muy fácil, los
descansos son muy prolongados, pasarán la mayor parte de la mañana hundidos en
el telesueño.
La cinta
transportadora pone delante de Juan Carlos un cubo translúcido. Juan Carlos
contempla por un instante el cristal de cuarzo suspendido sobre el banco,
enseguida mira el interior del cubo y piensa el cristal dentro del cubo.
Mantiene la idea del
cuarzo dentro del cubo hasta que tintinea un timbre, la cinta se lleva el cubo
ahora irisado de colores brillantes, es un placer verlo, una enorme joya
temblando en la cinta, Juan Carlos siente el placer del trabajo bien hecho, los
colores brillan tanto sólo cuando la concentración es adecuada.
—¿Qué habrá en el telesueño?
—clics de diales encendiendo los ojos verdes, hay media hora de descanso hasta
el próximo cubo.
—¡El Mundial de Fútbol
de 1974! —grita uno, sumergiéndose ya en el telesueño—. ¡La final contra Rusia!
La mano de Juan Carlos
se estira hacia el dial, pero no llega a tocarlo:
—Juan Carlos… tengo
que hablarte… —Raúl Marlino, desde el banco de enfrente, lo mira con ojos
ansiosos.
—¿Qué te ocurre? —Juan
Carlos no lo vio nunca así.
Raúl se pasa con
fuerza la mano por la cara, la nariz grande se le dobla, grotesca; tiene más de
setenta años pero los rasgos siguen firmes, la piel fresca, rosada. Aunque
alrededor de los ojos convergen arrugas que antes no se veían.
—No doy más, Juan
Carlos… El último cubo me costó un triunfo…
—¡Pero si lo que
hacemos no es trabajo! Hasta un chico…
—Ya sé que es fácil,
¿pero qué querés? Estoy listo, hace cinco días que se me va algún cubo sin que
termine de pensarle el cuarzo.
—¿Cinco días con
fallos?
Raúl asiente, los ojos
de Juan Carlos se agrandan. Cinco días con fallos son cinco días con el
telesueño sin encenderse…
—No creo que los
erbos —tiembla con rencor la voz de Raúl— se den cuenta de lo que es llegar a
casa y encontrar que tu TLS no se prende. Aunque por algo pusieron el castigo.
—También vos, cinco
fallos… ¿Le hablaste a Seego?
—Claro que le hablé,
pero como si nada, me miró con su gran ojo azul, se le mojó todo, es cierto,
pero terminó diciendo que ya se me pasará y me mandó a trabajar. Qué querés con
los erbos, mucha compasión, mucho preocuparse por todo el género humano, pero
incapaces de molestarse por un solo tipo en particular. ¿Qué le importa a Seego
que un bicho llamado Raúl Marlino se pase cinco o cien días sin TLS?
—¡No tenés derecho
para hablar así! —estalla Juan Carlos, aplastaría de un puñetazo la boca que
dice tales cosas de los erbos, nunca, en toda la constante dicha de su vida, ha
oído algo así; además, está el TLS del gran match, él y Raúl son los únicos en
todo el taller que no se han hundido en el ojo verde—. ¿No sabés lo que es
gratitud? ¡Los erbos te dan todo; desde la casa y la comida hasta el TLS y la
ropa! ¡Y todo por una idiotez de trabajo cuatro días por semana! ¡Hasta el
Paraíso te dan! —Juan Carlos se contiene, sabe que habló de más.
—El Paraíso… Tenés
razón, el Paraíso…
—¿Por qué no? —La
impaciencia de Juan Carlos crece, peor para Raúl si le va mal, ¿por dónde irá
el match, habrán anotado ya los rusos el primer gol? —Después de todo el
Paraíso es algo estupendo, el tío Abel contó que…
—También yo recibo
cartas —rebota Raúl—. Pero qué querés, a mí me gusta aquí. Ya sé que tarde o
temprano hay que ir al Paraíso, pero todavía soy joven, apenas si…
—A otros los mandan
mucho antes, acordate de Carlini—último esfuerzo de Juan Carlos para no mandar
al otro al demonio—. Carlini tenía sólo cuarenta cuando lo mandaron. De sobra
sabés que los erbos piensan siempre lo mejor para nosotros —ya Juan Carlos
llegó al límite, no quiere preocuparse ni por Raúl ni por nadie, el ojo apagado
del TLS es un imán irresistible.
—Ya que los erbos
piensan tanto en nosotros —Raúl no repara en la furia de Juan Carlos—, ¿por qué
no arreglan la ida al Paraíso de otra manera? ¿Por qué nadie vuelve nunca?
—Porque para enviar
una persona al Paraíso hay que hacerle una operación irreversible, hasta las
criaturas lo saben —mientras responde Juan Carlos hace girar el dial, el ojo se
enverdece, oye que Raúl dice algo pero un rumor de mar le llena los oídos,
viste camiseta a rayas celestes y blancas, pasto verde bajo los pies, viene la
pelota, aumenta el rugido, Juan Carlos elude a un rival, a otro, lo embisten,
cae, pelea desde el suelo la pelota, está enardecido, otra vez de pie, amaga un
pase, dribla un defensor, elude al arquero con un toque al costado, brama el
estadio, un tiro calmo a un ángulo, la pelota entra sin prisa… ¡GOOOOOOOOL! El
delirio.
Baja el ascensor, Juan
Carlos ya olvidó la charla con Raúl, la mañana fue perfecta, cubos brillantes,
impecables, y el TLS más atrapante que nunca.
Los árboles suben, los
domos de los erbos, el óvalo sucio del estadio en ruinas.
«La carta de mamá…»
En la parada al nivel
del suelo Juan Carlos se acerca a Seego:
—¿Puedo visitar el
estadio? Un momento, nada más.
El gran ojo del erbo
se achica.
—El viento me llevó
una carta —se apresura Juan Carlos a explicarle, los demás lo apoyan, también
ellos vieron volar el papel, el erbo termina por acceder, otra vez se le
agranda el ojo.
—Tenés media hora para
buscar la carta, hasta el próximo ascensor —el viento juega con los mechones
rojos de la cabeza-sandía—. Tratá de no perderlo.
Por un camino entre
jardines va Juan Carlos hacia la ruina, nunca anduvo por allí, las grandes
flores péndulas, en intrincado abrazo con madreselvas y jazmines, le rozan la
cabeza, pesadas mariposas erbolanas se espantan apenas a su paso, alguna huye
acosada por dos gorriones, parece un ambiente sacado del TLS, sólo que no tan
vivo.
La ruina.
Empequeñecida por la cercana estructura de aluminio. Pero con algo de siniestro,
de inquietante en el cemento que cede en muchos lugares y muestra hierros
oxidados y hostiles.
Juan Carlos cruza por
entre la maleza, aquella debe de ser una de las entradas pero… ¿y estos
escombros que cierran el paso?
Juan Carlos se apoya
para saltar por encima, pero los escombros se mueven, se derrumban hacia atrás
con rumor sordo.
Dejan un hueco al
descubierto.
En el hueco algo
blanquea entre pedazos de tela verde de moho, son huesos: Juan Carlos está
mirando un esqueleto acurrucado, la calavera ríe bajo un casco de hierro, dos
agujeros dicen por dónde entró la muerte siglos atrás. Junto al esqueleto, el
cañón y la recámara de un fusil, la madera desapareció.
Es la primera vez que
Juan Carlos ve en la realidad un resto humano, nunca supo de un horror así,
abismal, está tan cerca del polvo que ni siquiera es obsceno o repugnante, como
esos muertos ensangrentados e hinchados por el sol de tanto TLS.
Hebillas, residuos de
correas entre los huesos, un soldado que murió peleando en su puesto, Juan
Carlos no sabe qué guerra pudo ser, habiendo TLS ¿quién se ocupa de viejas,
descoloridas historias muertas?
Algo oscuro abulta
bajo el esqueleto, Juan Carlos tantea con una rama, lo aparta, es lo que fue
una cartera. La toma con dedos que se niegan, es una serie de costras
endurecidas, imposible abrirla, hace fuerza, se deshace, apenas si le queda
entre los dedos un pedazo de papel manchado de moho.
Un título en arcaicos,
ingenuos caracteres tipográficos: «¡MUERTE A LA INMORTALIDAD!»
El moho borró gran
parte del texto, pero todavía se alcanza a leer algo:
«… los erbos pretenden
dominarnos con el señuelo de la inmortalidad. Pero la inmortalidad que ofrecen
es como las cuentas de vidrio con que conquistadores de antaño seducían a los
salvajes, para explotarlos después. Inmortalidad peor que la muerte, eso
ofrecen los erbos traidores en su afán de…»
Más moho, otras partes
legibles:
«… cobardes que se dejan
engañar por la idea de vivir para siempre…»
«¿Cambiaremos nuestros
sentimientos, nuestras tradiciones, que vienen desde el alto venero de la más
remota Historia, por la mentira burda y atroz de esa monstruosa masturbación
colectiva que es el mal llamado telesueño?»
«… en las calles, en
las casas… aliente una chispa de vida en los corazones…»
«… la muerte, nuestra
muerte, la última, la más alta dignidad del hombre.»
Juan Carlos suelta el
trozo de proclama, le quema, jamás, ni en el peor los telesueños, supo de un
horror semejante. ¡Seres humanos oponiéndose a los erbos, rechazando su favor!
No, demasiado absurdo.
Hostil, enemigo, el
esqueleto, hostiles las ruinas, ¿qué otros secretos blasfemos se esconderán
tras el engaño de las madreselvas y las flores péndulas?
Juan Carlos se aparta,
no buscará la carta, ya recibirá otra, la madre le escribe en todos los
correos, no es como el tío Abel.
Casi corriendo llega a
la parada del ascensor, tiene que esperar un buen rato hasta el próximo, nunca
ansió tanto sumergirse en el TLS.
Juan Carlos pelea como
soldado de fortuna en Francia, la Guerra de los Cien Años, campañas durísimas,
combates cuerpo a cuerpo, asaltos y saqueo, Juan Carlos es el héroe que salva
al Rey en desesperada batalla, vino y sangre y muchachas a raudales en la orgía
celebrando el triunfo final.
Cuando Juan Carlos
despierta, el cuerpo de Silvia huele todavía a enloquecido festín, le busca los
labios pero entre la bruma de la duermevela asoma la calavera del casco
agujereado, empieza a ladrar un «¡Mueran los erbos!» que no termina porque ya
están los labios encendidos de Silvia borrando todo.
El desayuno, con sus
risas, el rostro pecoso y travieso devolviéndole el guiño desde la puerta
bruñida, sí, es la dicha cada día, el ascensor, los compañeros, todos
contentos.
Seego no tiene la bolsa azul brillante, no
hubo correo, pero a ninguno le importa, el telesueño fue sensacional, cada uno
fue el héroe que salvó al Rey a último momento.
El ascensor vuela ya
cielo arriba, hay dos nuevos que miran todo con ojos de primera vez, árboles y
domos se achican allá abajo, el viento repite en el río, hasta el horizonte,
cortos penachos de espuma. Entre el verdor, el roto ojo muerto del estadio en
ruinas…
La calavera y sus
blasfemias, la última dignidad del hombre, casa por casa erbos traidores, en el
TLS una doncella árabe danzó desnuda, los muslos lustrosos crecieron en
embriagador primer plano, la calavera vuelve a hundirse en su abismo de ruina y
carcoma.
El ascensor se
detiene, llegaron.
En el corredor Raúl se
pone junto a Juan Carlos, está demacrado, de algún modo se está pareciendo al
soldado muerto:
—Todo el fin de semana
sin TLS. Me vuelvo loco, Juan Carlos…
«¿Quién te manda hacer
fallos?» está por decirle, ¿por qué cargarlo a él con sus problemas?, apura el
paso para evitar la confidencia.
Pero la silueta baja,
maciza, de Seego se balancea allí adelante, cortándoles el paso:
—Tengo que hablarte,
Raúl —como siempre la voz del erbo es cálida, casi aterciopelada.
«Era de prever»,
piensa Juan Carlos. «Candidato seguro para el Paraíso.»
—A vos también tengo
que hablarte, Juan Carlos —el erbo dobla por un corredor lateral, hay que
seguirlo.
El corazón de Juan
Carlos se dispara, es raro, muy raro que un erbo quiera hablar especialmente con
uno. Lo de Raúl se entiende fácil, irá al Paraíso, seguro. Pero, ¿y él? «Cambio
de cristales, eso», recuerda. «Cuando cambiaron la turmalina por el cuarzo
experimentaron conmigo, hace diez años, o quince. Seguro que eso, un cambio de
cristales.»
Otro erbo se les une,
se lleva a Raúl, en la cara cansada del hombre hay una sonrisa blanda, cansada,
mejor así, Seego abre una puerta, deja pasar a Juan Carlos.
Una habitación
pequeña, como les gusta a los erbos, colores cambiantes en las paredes; Seego
ofrece a Juan Carlos una cucheta baja e incómoda, se repantiga en otra.
El gran ojo se alarga,
un líquido lechoso se acumula en el fondo, refleja los colores de las paredes,
la estrellada pupila azul no se aparta de Juan Carlos, que se inquieta, conoce
desde siempre a los erbos, Seego lo compadece, siente una gran pena por él.
—¿De qué se trata? —no
se aguanta, alarma ser el objeto de tanta compasión.
—Ayer fuiste a la
ruina —gravedad desusada en la voz del erbo.
—Sí, te pedí permiso,
tenía que buscar la carta que se me cayó, ¿no te acordás?
—¿Dónde está la carta?
—Este… resulta que…
—se contiene, ¿cómo repetir al erbo lo que decía la vieja proclama?—. Resulta
que…
La cabeza-sandía va de
un lado al otro, el ojo se achica, mira al suelo. Por fin, con voz ausente:
—Sabemos lo que
leíste, Juan Carlos… Sabemos lo que tu mala suerte te hizo encontrar.
—¿Mi mala suerte?
—Sí, tu mala suerte
—otra vez se alarga el gran ojo, más húmedo que nunca—. Me cuesta separarme de
vos, tus cubos son quizá los más brillantes de todo el taller, es un placer
verte siempre tan contento. Pero no tenemos alternativa.
Leíste lo que no
debías.
Otra pausa. Juan
Carlos contiene el aliento, adivina lo que vendrá pero se resiste a creerlo.
—Irás al Paraíso en el
vuelo de esta tarde… Por supuesto—se apresura a agregar el erbo—, ir al Paraíso
no tiene nada de malo, jamás llegó una sola queja de allí, si me apena tanto tu
partida es sólo porque uno se aficiona a ciertos humanos, algunos se hacen querer
más, cuesta separarse de ellos, vos sos de esos.
Juan Carlos se mira
las manos. Están tranquilas. Nunca esperó ser enviado tan pronto al Paraíso,
pero no siente temor alguno, tantas veces leyó en las cartas que la operación
previa al viaje es totalmente indolora; leyó también que suele haber un rechazo
instintivo al cambio, lo que le pasa a Raúl, por ejemplo, pero le sorprende no
sentir nada de eso, al contrario, está agradablemente excitado, la novedad le
atrae, sabe que el Paraíso es un lugar maravilloso, muy superior a la Tierra.
Es bueno despertar cada mañana contra el cuerpo dócil de Silvia, pero el tío
Abel habló siempre de mujeres que…
—Me alegra que lo
tomes así. Sabemos que no hablaste con nadie de lo que leíste. Pero no podemos
correr riesgos.
—¿Riesgos de qué? ¿Qué
era lo que leí, Seego? No entendí nada, unas cuantas frases sin sentido…
—Eso eran, unas cuantas
frases sin sentido. Pero, te repito, no podemos correr riesgos.
—¿Riesgos de qué,
Seego? ¡Por favor, cada vez entiendo menos!
El erbo se levanta, no
quiere hablar más. Toma de una repisa una intrincada, minuciosa armazón de
alambre.
—Ahora mismo te
preparás para el viaje. Tomá, ponete esto en la cabeza.
—¿La operación?
—Sí, si así querés
llamarla.
Juan Carlos obedece.
Toda su vida ha obedecido a los erbos. ¿Minutos, horas, semanas?
Inconsciencia rara,
Juan Carlos despierta con la sensación de haber telesoñado, en larguísimo TLS,
hasta el último detalle de su vida, como si hubiera repetido cada minuto.
Seego tiene dos hojas
de papel entre los dedos, se queda con una, ofrece la otra a Juan Carlos, le da
un lápiz:
—Escríbele una carta a
tu mujer, despidiéndote. Juan Carlos no sabe bien lo que le pasa, pero siempre
obedeció a los erbos.
«Mi querida Silvia: Te
escribo unas líneas para…»
Cuenta la entrevista
con Seego, habla del inminente viaje al Paraíso; ni una palabra sobre el
esqueleto y la proclama, alinea frases chatas, lugares comunes, nunca habló de
otro modo con Silvia, al terminar se cree obligado a un toque de tristeza por
la separación, le suena a falsa, la tacha.
Acaba de tacharla
cuando los tres dedos de Seego le quitan la hoja. Y le dan la otra, la que el
erbo se reservará para sí.
Juan Carlos la mira,
contiene el aliento.
En la hoja, palabra
por palabra, está escrita una carta exactamente igual a la suya, la misma
letra, hasta termina con una tachadura.
¿Telepatía? Imposible:
la hoja estaba escrita antes de que Juan Carlos escribiera la carta.
El ojo de Seego se
achica, el azul se hace acerado:
—Pasaste el «test»… Ya
podés viajar al Paraíso.
Seego vuelve a
estirarse hacia la repisa, ya tiene entre los dedos un raro juego de varillas,
parece en pequeño el esqueleto de un paraguas, a un lado brilla una pantalla
metálica.
Seego enfoca a Juan
Carlos con la pantalla:
—No sentirás nada, te
aseguro que…
Se interrumpe, los
colores de las paredes enloquecieron de pronto, relampaguean, se devoran unos a
otros, Seego deja las varillas, se incorpora de un salto:
—Uno de los nuevos,
seguro. Piensa lo que no debe en el cubo. En seguida vuelvo.
Juan Carlos queda solo. Aturdido, no tanto por
las luces ni por la salida del erbo como por lo que vendrá.
http://institutoalmafuerte.com.ar/materialdidactico/33_202008172320271639245859.pdf
https://www.librosdemario.com/mas-alla-de-gelo-leer-online-gratis
EL ETERNAUTA-Versión de Alberto Breccia
SOBRE LA OBRA DE OESTERHELD
https://www.academia.edu/38165534/Oesterheld_y_sus_alegor%C3%ADas_del_futuro_pdf
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