martes, 3 de agosto de 2021

ALFRED JARRY. Reflexiones patafísicas sobre la ética

 ANTROPOFAGIA

     Esta rama demasiado olvidada de la antropología, la antropofagia, no se muere; la antropofagia no ha muerto. Hay, como se sabe, dos formas de practicar la antropofagia: comer seres humanos o ser comido por ellos. Hay también dos maneras de probar que uno ha sido comido. Por el momento sólo examinaremos una: si La Patrie del 17 de febrero no ha disimulado la verdad, la misión antropofágica enviada por el diario a Nueva Guinea habría logrado un éxito total, tanto que ninguno de sus miembros habría regresado, excepción hecha, como corresponde, de dos o tres especímenes que los caníbales tienen la costumbre de dejar con vida para encargarles trasmitir sus saludos a la Sociedad de Geografía.

     Antes de la llegada de la misión de antropofagia, es verosímil pensar que, entre los papúes, esta ciencia se hallaba en pañales: le faltaban los primeros elementos, los materiales, nos atreveríamos a decir. En efecto, los salvajes no se comen entre ellos. Más aún, se desprende de varios ensayos de nuestros valerosos exploradores militares en África que las razas de color no son comestibles. No debe extrañarnos pues el recibimiento solícito que los caníbales dieron a los blancos.

     Sería un grave error, sin embargo, no ver en la carnicería de la misión europea más que una baja glotonería y un puro interés culinario. Este hecho, a nuestro entender, pone de manifiesto uno de los más nobles impulsos del espíritu humano: su propensión a asimilar todo aquello que encuentra bueno. Constituye una vieja tradición, en la mayor parte de los pueblos guerreros, devorar tal o cual parte del cuerpo de los prisioneros, en la suposición de que encierra diversas virtudes: la bondad, la valentía, la buena vista, la perspicacia, etc. El nombre de la reina Pomaré  significa "comeojo". Esta costumbre ha sido algo abandonada cuando se empezó a creer en localizaciones menos simples. Pero se la vuelve a encontrar en los sacramentos de varias religiones basadas en la teofagia. Cuando los papúes devoran exploradores de raza blanca entienden practicar una comunión con su civilización.

     Si algunas vagas concupiscencias sensuales se han mezclado en el cumplimiento del rito es porque las sugirió el propio jefe de la misión antropofágica, el Sr. Henri Rouyer. Se ha observado que habla insistentemente, en su relato, de su amigo "el buen gordo Sr. de Vriés". Los papúes, a menos que se los suponga excesivamente ininteligentes, lo han interpretado de esta manera: bueno, es decir, bueno para comer; gordo, es decir, habrá para todo el mundo. Es difícil que no se hicieran del Sr. de Vriés la idea de una reserva de alimento vivo prevista para los exploradores. ¿Cómo éstos hubieran dicho que era bueno si no hubieran apreciado su calidad y la cantidad de su corpulencia? Por otra parte, está demostrado, para cualquiera que haya leído relatos de viajes, que los exploradores sólo sueñan con comidas. El Sr. Rouyer confiesa que ciertos días de hambre "abastecían sus estómagos con orugas, gusanos, langostas, hembras de termitas..., insectos de una especie aún rara para la ciencia". Esta búsqueda de insectos raros ha debido parecer a los indígenas un refinamiento de glotonería; en cuanto a las cajas de colecciones, era imposible que no las tomaran por extraordinarias conservas reclamadas por estómagos pervertidos, tal como nos imaginamos nosotros, hombres civilizados, el estómago de los antropófagos.

     Fuatar, jefe de los papúes, propuso al Sr. Rouyer el cambio de dos prisioneros de guerra por el Sr. de Vriés y el boy Aripan. El Sr. Rouyer rechazó esta oferta horrorizado... Pero se apodera clandestinamente de los dos prisioneros de guerra. No vemos ninguna diferencia entre esta actitud y la del ratero que rechazara, no menos horrorizado, la invitación a pagar una cierta suma por la adquisición de una o varias piernas de carnero, pero que hurtara, ausente el carnicero, esos miembros comestibles. El Sr. Rouyer ha tomado dos prisioneros. ¿Qué ha hecho el Sr. Fuatar, jefe de los papúes, al estipular el precio de la liberación del boy y del Sr. de Vriés sino establecer el monto legítimo de su factura?

     Hay, decíamos al comienzo, una segunda manera, para una misión antropofágica, de no volver, y este método es el más rápido y más seguro: que la misión no parta.


SOBRE ALGUNAS VIOLACIONES LEGALES

     Sobre el tema de la violación, así como sobre otros más abstrusos, el legislador ha sabido contentar tanto a los espíritus simples como a los filósofos; a éstos por su sabiduría insondable, a aquéllos por su amable absurdidad. Ha acudido a su habitual procedimiento: ha prohibido expresamente la violación en ciertos casos designados, según todas las apariencias, al azar; en otros casos, no menos arbitrarios, la ha recomendado, sin motivo, de manera aún más expresa.

     Esta contradicción se justifica si se considera que el legislador no responde más que de su capricho, o bien si se toma uno el trabajo de desentrañar, bajo ese capricho, una ley que sea el espíritu mismo de la Ley: el legislador, amigo del orden y de la armonía, experimenta un extremado goce en los movimientos de conjunto, aprueba no importa qué actos, siempre que sean cumplidos por una multitud. Recíprocamente, detesta ver al ser humano agitarse aisladamente. Es así que uno no podría, sin disgustarle, hacer la guerra por sí solo. Recordemos, a propósito, que se leerá más provechosamente el Código, restituyendo toda su amplitud a una expresión que se halla escrita en él abreviadamente: la ley. Se debe leer: la ley (del más fuerte). El contexto da fe de ello.

     Ahora bien, como la violación es por excelencia el acto que requiere el más reducido número de colaboradores, se ofrece a sí mismo a las iras del legislador. Este, sin embargo, en su mansedumbre, lo autoriza a veces, hasta lo prescribe, en dos casos severamente reglamentados.

     Se recordará sin duda un reciente misterio: una niñita desapareció al salir de la casa de sus padres con la intención de adquirir, para sustentarlos, un hígado de ternera. Raptada por unos nómadas, fue hallada dos días después en los lindes de un bosque. Los animales salvajes habían respetado la víscera, encerrada en una canasta, pero hay viejas supersticiones populares que aún tienen vigencia en la gente y la policía, a propósito de seres mitológicos que pueden hallarse en un rincón de un bosque y que reciben la denominación de sátiros. Luego ¿la niña había sido violada?

    Es aquí donde resplandece la deslumbrante sagacidad del legislador. La violación está prohibida en todas partes a los nómadas, al menos en perjuicio de hijos de padres sedentarios, de la misma manera que les está prohibido estacionarse en el territorio de ciertas comunas (¡aunque sea bien evidente que si se estacionan no son nómadas!). No obstante el legislador era impotente en cuanto a verificar si algún nómada o sátiro había perpetrado el delito. ¿Qué se le preguntaba, entonces? Si la violación había tenido lugar o no. Resolvió pues hacer de manera que hubiera tenido lugar, con la intervención de una criatura de las suyas, persona como él sagaz, astuta, respetable y autorizada.

     Es así que, sobre el cuerpo intacto de la niña, un médico -pues hay que llamarlo por su nombre- estuvo encargado del estupro oficial. De igual manera, bajo la mirada benevolente de la ley, y frecuentemente con el apoyo hay que confesarlo de la Iglesia, seres lúbricos hay que raptan a jóvenes puras o tomadas por tales. Sospechosos personajes que reciben el afrentoso y obsceno nombre de testigos, les prestan ayuda. La Prensa, desde hace años, sostiene una campaña que debiera conducir al apresamiento de los delincuentes. Vanamente los periódicos dedican columnas enteras a dar los nombres, apellidos y guaridas de esas bandas de sátiros, bajo la rúbrica “anuncios de casamientos” o “casamientos” o “casamientos en el gran mundo”.

     Digamos, para disculpa de la Iglesia, que ésta no bendice la violación más que cuando el delincuente se compromete, por declaración pública, hermosos escritos y retracción pública, a practicar otras, las cuales no serán ya violaciones, y a no mancillar a otras víctimas durante el resto de sus días.

     Hemos dicho bastante sobre la incoherencia de la Justicia, para ayudar a comprender el símbolo cínico de su Balanza: cada uno de sus platillos tira para su lado; por desgracia, son ellos los que tienen razón, puesto que emplean el mejor método posible para establecer el equilibrio.


CIEN MIL PERSONAS SECUESTRADAS

     Los secuestros están de moda: después de la reclusa de Poitiers, los diarios nos han revelado el caso de un anciano de ochenta y un años que fue martirizado por sus hijos. Estamos personalmente informados de la historia auténtica de otro viejo que hace unos años apeló a la caridad de un pintor filántropo muy conocido, el señor H. R. Este lo despiojó, lo vistió, lo albergó, lo nutrió y abrevó durante algo más de dos meses, en el curso de los cuales el hospedado se mostró casi tan dulce y tratable como el Viejo del mar que se había asido a Simbad el Marino, con una sola diferencia: que era un ebrio demasiado experimentado como para desembarazarse de él con el simple auxilio de unas uvas exprimidas dentro de una calabaza. El Sr. H. R. trató de persuadirlo amablemente de que buscara abrigo en otra parte; entonces el huésped se enfadó, amenazándole con presentar una denuncia ante el consejo de notables (¿por qué ante el consejo de notables?) acusándolo de haberlo SECUESTRADO durante dos meses, impidiéndole trabajar. Sólo se calmó luego de recibir una cierta suma que le permitió terminar sus días con des- ahogo honorable y respetado.

     Hay secuestrados más verdaderos y más interesantes. No se ha dejado de observar que gran número de jóvenes son arbitrariamente quitados a sus familias, no sabemos con qué intención, y sólo les son devueltos al cabo de tres años. Permanecen encerrados entre murallas  y bajo vigilancia. Sin duda para facilitar esta última tarea, la persona o la asociación que los retiene encuentra un placer extraño vistiéndolos de colores vivos. Estos raptos son tan antiguos y se renuevan tan periódicamente, que ya no se les presta atención. No es tan absurda la frase de la cocinera que pretende que los cangrejos se acostumbran a la cocción, aunque no sean los mismos que se ponen a hervir. Quizás esos abusos sean demasiados como para que se pueda intentar siquiera castigarlos.

 

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