Enrique Juan
Recabarren no conocía el miedo. Era una emoción que nunca, ni siquiera en
situaciones de peligro, había logrado contaminar sus decisiones. Pero esa
madrugada, faltando poco para el amanecer, se había despertado con el pecho
oprimido por una sensación de ahogo desconocida. Y comenzó a preguntarse si
“eso” sería, precisamente, el miedo; o alguna variante; pero miedo al fin.
Porque era la tercera noche consecutiva que sufría la misma pesadilla: Un
hombre, cuyo rostro no podía ver, abría lentamente la puerta, y sin que él
pudiera resistirse, lo acribillaba a balazos.
Llenó hasta el borde un vaso con agua y se
quedó mirando la puerta; la misma de los sueños. ─Si tiene miedo tránquela con
la silla─ le había dicho el gallego dueño de la pensión, con un dejo de desprecio,
cuando le hizo notar que no tenía cerradura. En ese mismo momento debió tomar
la decisión de abandonar ese pueblo; pero no; lo había elegido cuidadosamente,
por eso estaba ahí. Además, su nombre, De la Garma, era lo suficientemente raro
como para agregarle atractivo. Se extinguían los años 50, y con ellos el auge
del ferrocarril, pero él seguía manejándose en tren cuando tenía que
desaparecer por algún tiempo; se consideraba un experto; tenía mapas de las
líneas ferroviarias de todo el país y referencias de muchísimas localidades,
especialmente con pocos habitantes, para pasar algunas vacaciones forzadas,
como ahora. Por eso recaló en De la Garma, y por eso también condenó a sus
huesos a una tediosa estadía en esa pensión infame que ostentaba al frente, sin
pudor, un cartel con el nombre de Hotel Argentino.
Haber tomado distancia con el Gran Buenos
Aires era algo previsible ─y necesario─ después de haber llevado a cabo su
último trabajo: eliminar a Lázaro Morel, reconocido matón devenido en político
y mano derecha del Dr. Armando Serrizuela, caudillejo conservador del sur de
Avellaneda. Con la excusa de negociar la “propiedad” de dos prostitutas, había
atraído a Morel hasta el depósito de un bodegón de la calle Montiel. Le bastó
entrarle una sola vez con su daga toledana para cumplir el mandato.
─Recabarren, sos un traicionero hijo de puta…─ dijo Morel con las últimas
fuerzas que le quedaban, mientras hilos de sangre y saliva comenzaban a colgar
de las comisuras de sus labios; quedó de rodillas, con el mentón clavado en el
pecho y las palmas de las manos abiertas. El matador lo miraba en silencio; y
se quedó con ganas de contestarle que sí, que de alguna manera todos somos un
poco hijos de puta.
Levantó el vaso y se acercó para ver la
claridad del amanecer a través de la ventana que daba a un terreno lleno de
frutales. No alcanzó a hacerlo porque el aire frío que le trepó por la espalda
le indicó, inmediatamente, que la puerta estaba abierta. Se dio la vuelta
lentamente, con un mal presentimiento. Una mujer, no muy alta y delgada, se
encontraba parada dentro de la habitación. La miró detenidamente; su pelo
renegrido estaba atado con un pañuelo; y uno de sus párpados, caído, le daba un
aspecto inquietante. Vestía una discreta falda azul a la rodilla y un saco al
tono.
Fue ella quien rompió el silencio.
─Usted no me conoce, Recabarren. Me llamo
Sofía Soler; me dicen “la chilena”.
Esta vez tuvo que admitir que su piel al
erizarse solo podía significar una cosa: sentía miedo; así, crudo. Y su memoria
le escupió en un torrente de cinco segundos todas las historias escuchadas
sobre esta leyenda: “la chilena”. Que era despiadada. Que no fallaba nunca. Que
nadie conocía su nombre. Que era quien había ejecutado al comisario Zunino en
Mataderos. ─Esos son cuentos de los milicos que no quieren encontrar al
culpable─ decía siempre el colorado Jensen en el bar La Pampa. Pero sus
recuerdos se congelaron junto con su sangre al notar, de pronto, que la mujer
sostenía una pistola en su mano derecha. Un golpeteo frenético en sus sienes
apenas le permitió escuchar la voz que le llegaba desde muy lejos
─Recabarren, vengo de parte del Dr. Armando
Serrizuela.
El tiempo que transcurrió desde que el vaso
resbaló de su mano hasta estrellarse en el piso fue suficiente para comprender
que, para él, ya era demasiado tarde.
MI ANÁLISIS DEL CUENTO
La narración mantiene un estilo coherente, en una 3ra
persona que refiere el contexto en relación con la psicología del personaje,
sus pensamientos y observaciones, sin descripciones que introduzcan digresiones
sobre el argumento. La narración mantiene el interés en un crescendo que va
intensificándose sin recurrir a ningún factor externo a la percepción de la
realidad del personaje. La aparición del segundo personaje (último y breve pero
nada secundario en la trama), tan temida como sorpresiva cuando finalmente
sucede, sigue el hilo de la conciencia del victimario víctima.
Barroquismo
Todo el relato desarrolla características de cierto
barroquismo muy bien logrado, siguiendo la relación del espacio físico con las
motivaciones y percepciones del personaje. El contraste entre las
características del pueblo y la presunción del cartel del “hotel” pueblerino; el
político asesinado que es vengado en el mismo lugar que el asesino creía
seguro, entre la visión de un pueblo alejado del interior como si fuera un
lugar donde no pasa nada, donde no hay historia, porque la historia tiene lugar
en las ciudades, y una realidad que la contradice; entre el curriculum de la
Chilena y la suposición de su falsedad introduciendo la tensión entre la verdad
y la opinión de los escépticos; la muerte sorpresiva pese a que ha querido
obsesivamente evitarla con toda planificación, cerrando el círculo; el absurdo
seguro de la puerta trancándola con una
silla, con una muerte inevitable al estilo de Borges y Hemingway y lo mejor de
la novela negra. (El cuento no finaliza con el triunfo de la ley, el orden y la
Justicia legal.)
La opción de situar una historia totalmente ficticia en un
pueblo real también tiene su mérito: el autor no cae en el tópico del “color
local” distrayendo la atención del lector con descripciones realistas. De la
Garma, en este cuento, no es el De la Garma real de esa época ni de ninguna
otra; es el pueblo donde transcurre la ficción, introduciendo una vez más el
juego barroco entre realidad y ficción.
Luis F. Gobea
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