sábado, 9 de octubre de 2021

JULIO CORTÁZAR PATAFÍSICO. De "Un tal Lucas" IV

 Lucas, sus meditaciones ecológicas   

     En esta época de retorno desmelenado y turístico a la Naturaleza, en que los ciudadanos miran la vida de campo como Rousseau miraba al buen salvaje, me solidarizo más que nunca con: a) Max Jacob, que en respuesta a una invitación para pasar el fin de semana en el campo, dijo entre estupefacto y aterrado: «¿El campo, ese lugar donde los pollos se pasean crudos?»; b) el doctor Johnson, que en mitad de una excursión al parque de Greenwich, expresó enérgicamente su preferencia por Fleet Street; c) Baudelaire, que llevó el amor de lo artificial hasta la noción misma de paraíso.

    Un paisaje, un paseo por el bosque, un chapuzón en una cascada, un camino entre las rocas, sólo pueden colmarnos estéticamente si tenemos asegurado el retorno a casa o al hotel, la ducha lustral, la cena y el vino, la charla de sobremesa, el libro o los papeles, el erotismo que todo lo resume y lo recomienza. Desconfío de los admiradores de la naturaleza que cada tanto se bajan del auto para contemplar el panorama y dar cinco o seis saltos entre las peñas; en cuanto a los otros, esos boy-scouts vitalicios que suelen errabundear bajo enormes mochilas y barbas desaforadas, sus reacciones son sobre todo monosilábicas o exclamatorias; todo parece consistir en quedarse una y otra vez como estúpidos delante de una colina o una puesta de sol que son las cosas más repetidas imaginables.

    Los civilizados mienten cuando caen en el deliquio bucólico; si les falta el scotch on the rocks a las siete y media de la tarde, maldecirán el minuto en que abandonaron su casa para venir a padecer tábanos, insolaciones y espinas; en cuanto a los más próximos a la naturaleza, son tan estúpidos como ella. Un libro, una comedia, una sonata, no necesitan regreso ni ducha; es allí donde nos alcanzamos por todo lo alto, donde somos lo más que podemos ser. Lo que busca el intelectual o el artista que se refugia en la campaña es tranquilidad, lechuga fresca y aire oxigenado; con la naturaleza rodeándolo por todos lados, él lee o pinta o escribe en la perfecta luz de una habitación bien orientada; si sale de paseo o se asoma a mirar los animales o las nubes, es porque se ha fatigado de su trabajo o de su ocio. No se fíe, che, de la contemplación absorta de un tulipán cuando el contemplador es un intelectual. Lo que hay allí es tulipán + distracción, o tulipán + meditación (casi nunca sobre el tulipán). Nunca encontrará un escenario natural que resista más de cinco minutos a una contemplación ahincada, y en cambio sentirá abolirse el tiempo en la lectura de Teócrito o de Keats, sobre todo en los pasajes donde aparecen escenarios naturales. Sí, Max Jacob tenía razón: los pollos, cocidos.


Diálogo de ruptura 

Para leer a dos voces, imposiblemente por supuesto.  

    —No es tanto que ya no sepamos

    —Sí, sobre todo eso, no encontrar

    —Pero acaso lo hemos buscado desde el día en que

    —Tal vez no, y sin embargo cada mañana que

    —Puro engaño, llega el momento en que uno se mira como

    —Quién sabe, yo todavía

    —No basta con quererlo, si además no hay la prueba de

    —Ves, de nada vale esa seguridad que

    —Cierto, ahora cada uno exige una evidencia frente a

    —Como si besarse fuera firmar un descargo, como si mirarse

    —Debajo de la ropa ya no espera esa - piel que

    —No es lo peor, pienso a veces; hay lo otro, las palabras cuando

    —O el silencio, que entonces valía como

    —Sabíamos abrir la ventana apenas

    —Y esa manera de dar vuelta la almohada buscando

    —Como un lenguaje de perfumes húmedos que

    —Gritabas y gritabas mientras yo

    —Caíamos en una misma enceguecida avalancha hasta

    —Yo esperaba escuchar eso que siempre

    —Y jugar a dormirse entre nudos de sábanas y a veces

    —Si habremos insultado entre caricias el despertador que

    —Pero era dulce levantarse y competir por la

    —Y el primero, empapado, dueño de la toalla seca

    —El café y las tostadas, la lista de las compras, y eso

    —Todo sigue lo mismo, se diría que

    —Exactamente igual, sólo que en vez

    —Como querer contar un sueño que después de

    —Pasar el lápiz sobre una silueta, repetir de memoria algo tan

    —Sabiendo al mismo tiempo cómo

    —Oh sí, pero esperando casi un encuentro con

    —Un poco más de mermelada y de

    —Gracias, no tengo


Observaciones ferroviarias

     El despertar de la señora de Cinamomo no es alegre, pues al meter los pies en las pantuflas descubre que éstas se le han llenado de caracoles. Armada de un martillo, la señora de Cinamomo procede a aplastar los caracoles, tras de lo cual se ve precisada a tirar las pantuflas a la basura. Con tal intención baja a la cocina y se pone a charlar con la mucama.

     —La casa va a estar tan sola ahora que se fue la Ñata.

     —Sí, señora —dice la mucama.

     —Qué concurrida la estación, anoche. Todos los andenes llenos de gente. La Ñata tan emocionada.

     —Salen muchos trenes —dice la mucama.

     —Eso, m'hijita. El ferrocarril llega a todos lados.

     —Es el progreso —dice la mucama.

     —Los horarios tan justos. El tren salía a las ocho y uno, y salió nomás, eso que iba lleno.

     —Le conviene —dice la mucama.

     —Qué hermoso el compartimento que le tocó a la Ñata, vieras. Todo con barras doradas.

     —Sería en primera —dice la mucama.

     —Una parte hacía como un balcón y era de material plástico transparente.

     —Qué cosa —dice la mucama.

     —Iban solamente tres personas, todas con asiento reservado, unas tarjetitas divinas. A la Ñata le tocó de ventanilla, del lado de las barras doradas.

     —No me diga —dice la mucama.

     —Estaba tan contenta, podía asomarse al balcón y regar las plantas.

     —¿Había plantas? —dice la mucama.

     —Las que crecen entre las vías. Se pide un vaso de agua y se las riega. La Ñata en seguida pidió uno.

     —¿Y se lo trajeron? —dice la mucama.

     —No —dice triste

mente la señora de Cinamomo, tirando a la basura las pantuflas llenas de caracoles muertos.

 

Familias  

  —A mí lo que me gusta es tocarme los pies —dice la señora de Bracamonte.

  La señora de Cinamomo expresa su escándalo. Cuando la Ñata era chica le daba por tocarse aquí y más allá. Tratamiento: bofetada va y bofetada viene, la letra con sangre entra.

   —Hablando de sangre hay que decir que la nena tenía de donde heredar — confidencia la señora de Cinamomo—. No es por decir pero su abuela paterna, de día nada más que vino pero a la noche la empezaba con la vodka y otras porquerías comunistas.  

   —Los estragos del alcohol —lividece la señora de Bracamonte. —Le diré, con la educación que le he dado, créame que no le queda ni huella. Ya le voy a dar vino yo a ésa.

   —La Ñata es un encanto —dice la señora de Bracamonte.

   —Ahora está en Tandil —dice la señora de Cinamomo.

Lucas, sus largas marchas 

    Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de años caracol.

    Al principio pensé que se trataba de años tortuga, pero he tenido que abandonar esa unidad de medida demasiado halagadora. Por poco que camine una tortuga, yo hubiera terminado por llegar a Margarita, pero en cambio Osvaldo, mi caracol preferido, no me deja la menor esperanza. Vaya a saber cuándo se inició la marcha que lo fue distanciando imperceptiblemente de mi zapato izquierdo, luego que lo hube orientado con extrema precisión hacia el rumbo que lo llevaría a Margarita. Repleto de lechuga fresca, cuidado y atendido amorosamente, su primer avance fue promisorio, y me dije esperanzadamente que antes de que el pino del patio sobrepasara la altura del tejado, los plateados cuernos de Osvaldo entrarían en el campo visual de Margarita para llevarle mi mensaje simpático; entre tanto, desde aquí podía ser feliz imaginando su alegría al verlo llegar, la agitación de sus trenzas y sus brazos.

    Tal vez los años luz son todos iguales, pero no los años caracol, y Osvaldo ha cesado de merecer mi confianza. No es que se detenga, pues me ha sido posible verificar por su huella argentada que prosigue su marcha y que mantiene la buena dirección, aunque esto suponga para él subir y bajar incontables paredes o atravesar íntegramente una fábrica de fideos. Pero más me cuesta a mí comprobar esa meritoria exactitud, y dos veces he sido arrestado por guardianes enfurecidos a quienes he tenido que decir las peores mentiras puesto que la verdad me hubiera valido una lluvia de trompadas. Lo triste es que Margarita, sentada en su sillón de terciopelo rosa, me espera del otro lado de la ciudad. Si en vez de Osvaldo yo me hubiera servido de los años luz, ya tendríamos nietos; pero cuando se ama larga y dulcemente, cuando se quiere llegar al término de una paulatina esperanza, es lógico que se elijan los años caracol. Es tan difícil, después de todo, decidir cuáles son las ventajas y cuáles los inconvenientes de estas opciones.

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