domingo, 11 de septiembre de 2022

SOBRE OLGA OROZCO, Y LOS POETAS SURREALISTAS DE LA POSMODERNIDAD

Acerca del poema “En el final era el Verbo”

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Leído por Tom Lupo 

                      

                                                 Por Luis

(Aclaremos: entiendo por posmodernidad el período de la historia de la cultura occidental que se habría iniciado después de la Segunda Guerra Mundial y se desarrolló hasta llegar a su fase actual, caracterizado fundamentalmente por la crisis de los grandes discursos que organizaron a  las sociedades desde un punto de vista unificador-hegemónico, basados en la razón, y de las tradicionales interpretaciones fundamentadas en la fe religiosa monoteísta; es decir la llamada “Civilización occidental y cristiana”. Crisis que llevó al estallido y fragmentación socio-cultural, y a la presencia, o legitimación, de diversas interpretaciones y un individualismo basado en lo subjetivo, irracional, sin normas éticas claras, al no reconocer un criterio moral uniforme pese a la diversidad).

Olga Orozco está considerada una, o la mayor, voz poética en lengua española de estos tiempos, y para algunos, de la historia, por la solidez de su lenguaje poético surrealista, movimiento  que ella misma reconoce como la principal influencia no sólo suya, sino de la poesía contemporánea.

Como otros  poetas de esta corriente en esta época, ha tomado su propia actividad, la poesía, como motivo sobre el que escribir, como es el caso de “En el final era el Verbo”. Esta decisión ya tiene algo de posmoderna: la poesía no es tomada como un medio de comunicación con el resto de la sociedad (el público lector) a  la que tradicionalmente se dirigía la poesía, incluso como instrumento de propaganda político-ideológica, o religiosa, sino como una reflexión sobre sí misma. 

 La fundamentación de Orozco por la cual busca otro sentido más allá del imposible que es entender qué es la supuesta esencia de la palabra, es llegar a la transparencia de la Palabra divina; pero está pierdiendo de vista que el sentido está en la situación comunicativa, más que en su propio cerebro para el que resulta inasible.  Los que no somos poetas, podemos entendernos pese a los distintos significados que puedan tener las palabras, deformadas por el uso hasta alejarse totalmente de su significación original, pese a las pronunciaciones incorrectas y a las transgresiones gramaticales, e inclusive, la propia actitud soberbia de cada uno. Y es la situación comunicativa la que nos hace entender un mensaje incoherente y plagado de diferencias conceptuales. Puedo elaborar mi interpretación de lo que la otra persona dijo, dio a entender o no dijo.  

Las palabras no tienen una significación precisa, salvo, quizás, en el lenguaje científico. Pero en el lenguaje poético, la precisión se pierde totalmente. Es imposible, por su misma condición expresiva, encontrar los vocablos que “reflejen” tal cual, como en una fotografía hiperrealista, lo que proviene de la subjetividad más profunda del poeta, de la percepción más sensible por parte de los sentidos. Para el poeta, todo es mucho más que lo que designan las palabras, ellas lo  llevan a otra dimensión. Por eso surge el lenguaje poético, con imágenes cargadas de sugerencias que provienen de lo  invisible, de lo inasible, de lo fugaz, de los silencios, de las asociaciones libres.  Su lenguaje  no refleja la realidad (y si la refleja, como todo reflejo nos da una imagen invertida, o donde lo que aparece a la izquierda está a la derecha de lo que o de quien es reflejado).  La poesía, con su lenguaje, no capta la realidad como es, sino como la sienten el poeta y cada lector, que por más que pudieran sentir “lo mismo”, nunca es lo mismo: son distintas percepciones que confluyen en una interpretación común, interpretadas y sentidas de distinta manera, con distintos matices, desde distintas experiencias, recuerdos, expectativas y ansiedades: vidas, en una palabra. Y la precisión del lenguaje poético, su poder de llegada a nuestras respectivas sensibilidades, está precisamente en la riqueza múltiple, infinita, de sentidos posibles. La poesía, como una escopeta de amor (pues se dirige a otros, se comunica con otros, inclusive con el diálogo interior de ese personaje desdoblado que suele ser el poeta, frecuentemente su otro yo).

Olga Orozco, si es cierto lo que dices en tu poema,  has pasado gran parte de tu vida, casi toda en realidad, trabajando con palabras que parecían no tener un destino marcado, un camino único definido de antemano, para darte cuenta de que era una misión imposible que la poesía se encontrara con el Verbo divino. El lenguaje de la poesía (de los poetas, y de su público) es propio de los humanos, no de los dioses. Y su riqueza parte, precisamente, de las limitaciones del lenguaje común, y del propio lenguaje poético. Un lenguaje imperfecto, que nunca llegará a ser absoluto, y por eso mismo, la poesía, siempre seguirá existiendo.

Hasta roza lo absurdo pensar que una poeta (poeta mujer, cuya sensibilidad es mucho más rica y profunda que la del hombre) haya podido pasar gran parte de su vida buscando lo absoluto en las palabras. Sólo los hombres nos dejamos seducir fácilmente por las grandes palabras no demostradas en la experiencia de la vida…

Y finalmente: resulta tan propio de esta época posmoderna, donde desaparecen los grandes discursos, donde todo es relativo y de escasa densidad, donde los opuestos se unen pero sin crear otra realidad mejor,  donde todo se mezcla diluyendo su sentido hasta llegar a transformarse en lo opuesto, y donde la sociedad se quiebra en distintos grupos, y el individualismo extremo descree de todo, pero no sale de la radiografía discepoliana. A tal punto que a Orozco, como a muchos poetas surrealistas, dejan de hablarle a la gente, como lo hicieron tradicionalmente los poetas, incluso los surrealistas anteriores a la posmodernidad actual, y en cambio se dirigen a sí mismos, centrados nada más que en su propio oficio. Metacognición, metacomunicación, metalingüístico, metapoesía. Todo lo importante parece estar “más allá de”. Crisis cultural, no sólo económica, social y política. Sinceramente, yo, como otros poetas que entienden el sentido de la poesía desde su origen a su destino, siempre transitando por lo humano… yo, me quedo acá. Y si hay que inventar nuevas palabras para esta realidad, elijo la palabra “mate”: la poesía, el lenguaje, la comunicación, no conmigo mismo: con otros, como cuando lo hacemos con un matecito de por medio, mate va, mate viene. Porque las palabras, mi estimada Olga, y respetables Poetas Vanguardistas, sólo adquiere sentido en la comunicación, cuando tiene algo importante que decirle a otro; otra cosa que no sea la descripción de su trabajo, de su frustración buscando lo perfecto, de su mundo narcisista centrado en su propio mundo, y por supuesto, incapaz de trascenderlo. Uno y el Universo, como tituló Ernesto Sábato a su ensayo crítico sobre la modernidad. Para cantarle a mi gente, decía el poeta Héctor Negro desde la voz de Mercedes Sosa. Poesía y vida. Y el milagro de darle sentido a las palabras y a las cosas, no está en las palabras: Sólo el amor logra la maravilla… (Silvio Rodríguez). Las búsquedas de absolutos, son, para cualquier individualista, evasiones, escapismo…, “rajes”. No son claras y precisas para el que no quiera ver lo que significan. Que no necesariamente es una limitación de las palabras. No sé si fui claro.  

Me queda la palabra, de Blas de Otero (Paco Ibáñez)

Sólo el amor (Silvio Rodríguez)


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