A diferencia de las vías de los trenes, que
son para partir, mi casa paterna se bifurcaba dentro de su unidad.
La pesada puerta de hierro y
vidrio, con un óvalo de mármol en la parte inferior, protegía, pero no
intentaba dejar afuera a nadie. El zaguán, con sus molduras a los costados y
sus dos querubines con una cornucopia con abundantes uvas derramadas en la
parte superior, recibía a los que ingresaban, arriba de la puerta de entrada al
living, que dejaba ver un antiguo escritorio y los estantes cargados de libros.
Ya eso hacía sentir que se
trataba de una casa bastante particular.
A la izquierda, el living
comunicaba con una habitación con balcón a la calle, y con la farmacia que
identificaba a la esquina.
La habitación era de
mi hermana y yo, que la dejamos de ocupar diariamente cuando a los 12 años nos
fuimos a residir y estudiar en Tres Arroyos hasta que egresamos del secundario.
De ahí, a la Universidad, en Buenos Aires. Y esa habitación, vacía la mayor
parte del año, nos recibía cada vez que volvíamos por poco tiempo, y sentíamos
la sensación del cambio que significaba en nuestras vidas. De que nos debíamos
ir acostumbrando a dejar poco a poco esa casa. Y nuestros viejos, a reconocer
que crecer es alejarse, cada vez que pasaban por la puerta o entraban a esa
habitación vacía…
La farmacia era el
espacio público de la casa, del trabajo de mi padre. Lo veo levantado a las 6
de la mañana, tomando unos mates para iniciar el día, mientras organizaba las
tareas: las fórmulas magistrales para entregar, el pedido a la droguería, el
banco, y, seguramente, estar un poco consigo mismo a medida que terminaba de
despertar, antes de que llegara la empleada encargada del lavado de los pisos.
Firme como una roca, por más que hubiera pasado una noche de sueño interrumpido
por timbres de pacientes con recetas de urgencia, o hubiera tenido una larga
reunión de la Comisión Directiva del Club, de la que era tesorero, o un baile
del que sólo había tenido tiempo para ducharse, afeitarse y ponerse en condiciones
de trabajar.
Al acercarse la hora
del almuerzo, cuando ya disminuía el trabajo, en la rebotica recibía a sus
amigos, compartiendo una picada con alguno de sus vinos
preferidos.
Y antes de cerrar por
la noche, venían los preocupados a confesar sus conflictos con su autoridad,
basada en la convicción de lo correcto, su trato a su vez serio y comprensivo,
ayudando a sugerir criterios antes de tomar sus propias decisiones.
La biblioteca
metálica guardaba muchos biblioratos comerciales e impositivos, pero recuerdo
en particular una carpeta que archivaba los pedidos de colaboración de los
alumnos de las escuelitas rurales para poder armar su botiquín escolar, y las
cartitas de agradecimiento por su donación. La conocí después que falleció.
Un pasillo comunicaba
el living con el otro flanco de la casa bifurcada, la de la vida privada: la
habitación de los viejos, el baño, y un ex garaje que de a poco fui
convirtiendo en mi “bulín” bohemio, con mis libros, revistas, discos y cassettes,
donde recibía a mis amigos.
Una escalera de madera lo
comunicaba con un altillo, que funcionaba como desván donde se acumulaban
todos los objetos que ya no se usaban o se guardaban como partes significativas
de la historia familiar. Una especie de museo privado, donde mi imaginación
podía revivir épocas pasadas; mis viejos juguetes, mi guitarrita de cuatro
cuerdas, revólveres a cebita, soldaditos y cowboys de plástico, que eran
mejores que los de plomo porque podían flotar en el agua de alguna pileta, o en
alguna zanja; una valija con almanaques, reglas y tinteros de publicidad de la
farmacia, y bolsitas de papel madera para entregar remedios con el logo de la
farmacia anterior, que mi viejo había comprado; un antiguo reloj de péndulo que
estaba en una foto de la familia en la que estaba yo de bebé de un año y algo,
sentado sobre las rodillas de papá, la de los hermanos Emiliozzi y otra de
Juan Gálvez; una antigua heladera para barras de hielo y aserrín…
El pasillo comunicaba
al patio, donde mi madre cultivaba las flores emblemáticas de la casa:
malvones, alelíes y lirios. Una higuera se apoyaba contra la medianera. Sus
frutos duraban poco…
Pero el corazón de la casa era,
por supuesto, la cocina. Allí nos comunicábamos con mi madre mientras cocinaba,
tomábamos unos mates, se reunía la familia extensa los domingos y en las
fiestas navideñas, se leía, se escuchaba la radio, se jugaba a los naipes, se
escribían las cartas; se vivía, con una calidez que perdura en mi memoria. Y
por supuesto, se recibía a las visitas, tanto gente del barrio como gente
autopercibida como “importante”. Pero también gente verdaderamente importante
para nosotros: los amigos y los vendedores de libros, que pasaban a formar
parte de nuestras nuevas amistades. Y entre ellos, algunos, muy interesantes.
Como el aventurero brasileño Eduardo Barros Prado que vivió gran parte de su
vida en Argentina; militar, combatiente republicano en la Guerra Civil
Española, periodista, cazador, explorador y etnógrafo que había convivido con
las tribus indígenas de la Amazonia, tanto en forma privada como parte de un
programa del gobierno de Joao Goulart, para defender los derechos de esos
pueblos. Como tal, había sido aceptado por tribus a las que ningún equipo de
científicos había logrado acceder. Inclusive, la de las mujeres guerreras, y la
de los jíbaros reductores de cabezas de sus enemigos.
O el antiguo ex empleado
de la farmacia, criado por su madre sola con mucho esfuerzo, que estudió
enfermería, se embarcó, y conoció a una señorita belga con la que se casó y
formó su familia en Bélgica; volvía al pueblo a visitar a su madre, a sus
amigos y a nosotros, porque sentía que siempre se lo había tratado como a un
hijo.
O el novio de la chica que trabajaba
en casa, un ingeniero que había estado trabajando en Cuba en la primera época
de la Revolución.
O el divertidísimo cónsul de la
España franquista, que le traía a mi viejo noticias de la Península, y masitas de confitería deliciosas a las que él se comía casi todas, y un día se puso a
jugar con globos con nosotros y reventó el fluorescente.
La cocina era también el
espacio pacifico donde venían a dialogar serenamente gente que sostenía las más
enconadas diferencias ideológicas y políticas.
También en la
cocina nos despedíamos cuando nos íbamos a estudiar. Lo hacíamos en privado, no
en la vereda. Y allí también tenían lugar los besos y abrazos del regreso, a
veces de sorpresa, y muchas otras simulándolas como si fueran un ritual
necesario. Sobre esa mesa grande mamá nos escribía periódicamente sus cartas
cargadas de información, amor y recomendaciones.
Todos nos hemos
ido yendo de la vieja casa, despidiéndonos del zaguán con sus querubines y su
cornucopia con uvas derramadas. Ya la vendí hace años, cuando ya era sólo un
edificio arruinado por la falta de mantenimiento. No la vendí a cualquiera, por
supuesto. La compró una amiga muy querida, que también guardaba hermosos
recuerdos de ella, y le dio nueva vida con su familia.
No me costó
venderla. La casa de la que hablo ya no era más un edificio; ya había pasado a
existir para siempre, inalterable, en mi memoria y en mi corazón. La emoción
vuelve a mí cada vez que la evoco. Porque si bien nuestras vidas sí se
bifurcaron, en esa casa que evoco están mis raíces: mis gustos, mis sueños, mis
conflictos y mis decepciones, mi volver a empezar, mis zambas y bossas novas
enamoradas, mis tangos tristes y mis rockandroles vibrantes. Esa casa, es mucho
más que una casa. Volviendo a ella en mi evocación cada tanto encuentro la
savia para vivir mi presente. En otra casa, claro. Con mis hijos afuera,
bifurcados también. Todo cambia y todo vuelve a empezar...
Sobre Eduardo Barros Prado:
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