"Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos pero es intraducible como una música..."
Jorge Luis Borges, El fin
Mi madre nació y
creció en el campo, hasta su casamiento, cuando se fue a vivir al pueblo.
Siempre vivió añorando su vida campesina, que tenía ya incorporada
definitivamente en lo más profundo de su carácter reservado, por más que sus
costumbres y modales eran urbanos, sin afectación.
Como la gente de
campo, sabía mirar lejos, y a lo profundo. Siempre divisando con claridad los
secretos y misterios de la extensión infinita que se aleja hacia el horizonte.
O qué es lo que se acerca, pero aún indivisable para otros.
Una sonrisa siempre sutil,
comprensiva, o irónica, cuando era acompañada por una suave exhalación por la
nariz, completaba su mirada silenciosa.
Su silencio, sin
embargo, solía ser muy expresivo, tan poblado de sugerencias como el mismo
campo al atardecer. Uno podía entender si recordaba algo, con la cabeza
levemente inclinada hacia su izquierda, en el futuro cuando miraba con toda la
cara hacia adelante, o preocupada por lo que se vendría con su mirada apenas
dirigida hacia su derecha.
Yo también desarrollé
un carácter muy reservado, como también era mi padre, y como él, nuestro
silencio era más difícil de descifrar. No eran silencios contenidos por la
represión de los sentimientos, sino por elección; se piensa hacia adentro,
interpretando lo que se ve y lo que se recuerda, se expresa cuando se hace
necesario comunicarse. Entonces ella, con algún gesto pensativo, podía
transmitirnos lo que pensaba o sentía hacia nosotros. Y uno no sólo entendía,
sino que además, su silencio expresivo funcionaba como un espejo que nos hacía
mirarnos hacia adentro, deteniéndonos en lo que sus pensamientos contenían.
Siempre tuve la
impresión de que las palabras se han inventado para, muchas veces, separarnos,
o alejarnos, como esos ademanes que parecen estar espantando moscas…
Quizás sea tan
difícil entenderlo como poder expresarlo con palabras. Que nunca son suficientes
para expresar tantas cosas profundas como aquella actitud, que hablaba sin
hablar, como la llanura al atardecer. Con la luz que se va apagando, la
sinfonía del viento sobre los pastizales y los árboles, las aves que buscan
refugio hacia su nido, los sonidos de la laguna y el arroyo, y tras un instante
de calma tristona, la calidez del sentimiento de que hay que descansar para
poder mañana iniciar un nuevo día.
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