RECUERDOS DE INFANCIA
Por Luis F. Gobea
Recuerdo mi infancia en un pueblo rural, un pequeño mundo en el que se entremezclaban la vida cotidiana, los libros de historia y de fábulas con animales, gente que había viajado por el mundo y contaba sus enfermedades, la educación religiosa, cargada de sufrimientos y terror, el valle de lágrimas, e irrumpen en mi memoria las narraciones insólitas de don Carmelo, electricista radioaficionado, y lector de novelas de andanzas fabulosas, que nos contaba historias fantásticas para entretenernos, convenciéndonos de la veracidad de sus aventuras locas cada vez que tomaba unos cuantos pingüinos de más.
Entre el
campo y el pueblo, mi vida transcurría en
mi casa entre la cocina y la habitación, la calle con la bicicleta y mis amigos
del barrio, la pelota, cuadernos y maestras, los domingos de fútbol por la
radio, Patoruzito y El Gráfico, la propaladora pasando música de tangos,
boleros, algún rock lento. los mambos de Pérez Prado y algún cha-cha-cha
picaresco, la publicidad de un baile en el club amenizado por la orquesta
“Manatán”, los bailes de carnaval en la avenida, los corsos con batallas de
agua, papel picado y serpentinas, las tardes de verano a la hora de la siesta,
los helados caseros de Doña Sara, la felicidad de ver caer la lluvia detrás de
la ventana, ponerme las botas de goma y salir a chapalear por el borde de la
calzada y las lagunitas que se formaban en el terreno de la estación, donde se
reunían los vecinos a esperar la
fantástica llegada del tren cargado de mercaderías y pasajeros con sus
historias, la sensación de que lo maravilloso es un instante, y que se va
alejando con la lenta salida del convoy cargado de sugerencias…
Y además, como un
viaje en el tiempo, los visitas al pueblo lejano donde vivía mi abuelo, los
agasajos que nos brindaba en las reuniones con toda la familia de tíos y
primos, la mesa larga atiborrada de productos españoles, sus almejas que
habíamos recogido con él en la playa, el comedor con el piano y las fotos de mi
abuela, fallecida cuando mi padre era adolescente, y de sus hijos de niños, con
sus vestidos de marinerito y su triciclo de ruedas enormes, y el negocio donde podía encontrar todo un universo diverso y fascinante, desde antiguas cámaras
fotográficas y filmadoras a cuerda,
guitarras, bicis y motos, cañas de pescar, diarios y revistas, libros españoles
de autores anarquistas y republicanos, diarios y revistas, pesadas herramientas
de trabajo… Y el paseo por el río Quequén Salado, con sus cascadas y puentes
(Con el tiempo, comprendí por qué el Mississipi, “el viejo río”, tenía esa
presencia cautivante y mística, como un dios viviente, en el mundo de los
blues, más cercano a las realidades sensibles e inefables…)
Y a la vuelta, la
emoción de ver las pocas y cálidas lucecitas del pueblo como si nos recibieran,
a medida que nos acercábamos…
Pero mi mundo
también estaba poblado, en un secreto silencio, por pensamientos y palabras
interiores. En la noche, bajo el ancho cielo, dirigía mi mirada hacia ese
infinito iluminado por innumerables estrellas, que a su vez parecían comunicarse con
sus vibraciones, como si fueran una especie de lenguaje común inexpresable.
Todo me parecía maravilloso, inasible y cercano a la vez, como la playa y el
mar…
Y ahora que lo
pienso, mis recuerdos son también como un viaje, en tren, que a medida que
transita por una vía, con un destino ya determinado, se va poblando de personas
con sus historias y situaciones muy distintas, y más aún, el paisaje que pasa
muy rápidamente ante mi vista, con sus momentos en que baja la velocidad o se
detiene, para concentrarme por un instante en un pequeño universo
encuadrado en una ventanilla.
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