JORGE LUIS
En
una Buenos Aires por todos añorada
--paradojas
que suele mostrarnos la insondable cultura—
educado
en ideas de un Sarmiento de Billiken y manual de Grosso,
admiraba
a Inglaterra y odiaba el Martín Fierro
y
sin embargo
soñaba
con el bárbaro culto del coraje
anglo-sajón,
normando y rioplatense.
Nostálgico
de la viril gloria de sus antepasados guerreros
reemplazó
la espada por la pluma
No escribió a los hachazos, como el sanjuanino
o como el bárbaro Jauretche,
ni con el filo y la punta de un facón o una daga.
Sus palabras filosas y precisas cortaban como cuchillitos
desde cerca, como adjetivos e ironías que herían sin sentirse.
Era un bien educado por la cultura inglesa.
Deslumbró con su fluido y exacto dominio del lenguaje
y las desconcertantes referencias eruditas
como un cuchillero que vistea para lucirse
(en una vida anterior nunca podría haber escrito “Facundo”).
Aspiraba a ser universal,
defendiendo la democracia en Europa
y en el Sur admiraba a Pinochet.
Nunca pudo entender cuál era el monstruo,
más frío y racional que la barbarie
pasional e instintiva.
Fue despreciado (admirado en secreto)
por otros nacionalistas de estos pagos
que seguían a un líder inspirado en Mussolini
y cobijaba, como tantos otros, a los nazis.
Siempre encerrado en su círculo, como en familia,
de serenos literatos en amigables charlas de café
con clima de té a las cinco.
Pidió ser enterrado en una simple tumba
en Ginebra, donde una vez, muy joven, soñó que era feliz,
con la brevedad y la persistencia de los sueños.
Los griegos no eran como los personajes de Homero.
Quizás nosotros sí nos parecemos a los de este otro ciego.
II
Nostálgico de los héroes de lanzas y cuchillos
(hábil como ninguno en el manejo incisivo de las palabras, su arma)
Junto a su santa madre cuidadora
(los amores frustrados, sus cuentos despojados de vivencias eróticas,
el sexo cargado de dureza, sometimiento y venganza)
enjaulado en su biblioteca infinita, fuente a su vez de inspiración
ante su ceguera inexorable, el
recurso de su imaginación creadora
(Isidro Parodi en su calabozo, purgando un delito no cometido;
como él, que nunca mató a nadie en ningún entrevero
ni amó apasionadamente a una mujer en combates cuerpo a cuerpo,
y desde su prisión intelectual se dedicó a resolver los enigmas de vidas
paralelas)
Recluido en su ostracismo de suplemento dominical de La Nación y La Prensa
(ante el resurgir de la barbarie instintiva
escribió cuentos alegóricos y poemas exactos,
dándole brillo metafísico a
los lugares comunes)
Quizás los argentinos, como en todo el mundo,
nos reflejamos en sus espejos y nos perdemos en un laberinto
en vez de seguir el camino recto que pregonan los sabios y sus versos.
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