miércoles, 15 de enero de 2025

INTELECTUAL DE PUEBLO (LIBROS Y ALPARGATAS)

por Luis F. Gobea 

 

I

Soy un hombre común,

de placeres sencillos,

no pido nada a cambio de sentir que estoy vivo.

Amo la fresca sombra de los árboles en verano,

el aroma de la tierra cuando llueve,

caminar por las calles oyendo el canto de los pájaros,

el murmullo del arroyo,

y cuando voy al mar 

caminar por la orilla al atardecer,

mirar el oleaje calmo por las noches

mientras un saxo se desliza sensual por la piel de alguna bossa nova.

Y eso sí, amo también

el canto a la vida de las bellas mujeres en bikini.

 

II

He leído bastante, ése es mi oficio:

Marx y Heidegger, Sartre y Victor Frankl,

García Márquez, Borges, Vargas Llosa, Cortázar,

con Philipe Marlowe y Maigret,

dialogando con Sherlock Holmes y Poirot,

y Martín Fierro con Don Segundo Sombra

con los angustiados de Roberto Arlt;

compartieron conmigo sus razones y verdades,

métodos y utopías,

en mi absorta soledad perdiendo

el sentido del tiempo y las certezas.

 

Pero disfruto de las charlas de café con mis amigos del bar

que saben englobar las cuestiones más profundas

en una frase clara,

sin laberintos ni criptografías,

con metáforas  y comparaciones de bolsillo

de un modo apto para el consumo cotidiano,

justificadas con ejemplos concretos, reales o ficticios,

regadas con oportuno humor, ironías y paradojas.

o con un simple gesto que lo dice todo.


Cuando el debate se pone apasionado

ellos dominan como nadie

las mejores estrategias y tácticas de la esgrima verbal,

los recursos de argumentar y contraargumentar,

pulverizando falacias y discursos hipócritas,

y ante las diversas opiniones

una metáfora oportuna sella el broche final con una unificadora carcajada,

adelantando que el juego ha terminado.

 

Enrique, el zapatero lector de Faulkner,

Manuel, almacenero próspero y timbero,

como su amigo Aníbal, empleado de farmacia y hombre de la noche,

Roberto, el carpintero disc-jockey,

Vicente el carnicero,

no hablan de abstractos autores desconocidos y teorías,

comentan, interpretan, sacan conclusiones

de historias cercanas y vivencias

de Juan, Pedro y María;

se preguntan e informan

sobre lo que le pasa a alguno que estos días no viene;

nunca averiguan por quién

están doblando las campanas.

 

Ellos no necesitan

demasiado entretenimiento con pantallas.

En el fondo son grandes o modestos soñadores con mirada

de niños con experiencia

y hasta algún delirante nos sumerge en el absurdo

que me deja pensando.

 

Con ellos, pese a todo,

la vida y la cultura

son una misma cosa, como el agua clara:

una verdadera fiesta,

una obra abierta

poblada de acontecimientos memorables

en su transcurso sin comienzo ni fin.

 

Cuando alguien me pregunta

qué hacés en este pueblo,

por qué no te vas a una ciudad,

simplemente sonrío,

como si no valiera la pena contestar.

La gente suele no entender

que es bastante compleja

la gente común de placeres sencillos.

Y me quedo pensando

que en el desierto suele haber un oasis.

 

¿Habrá, yo me pregunto,

una mesa de un bar

con amigos así

en alguna esquina

de ese incierto lugar que algunos llaman cielo?

 

ÍNDICE

MI PRODUCCIÓN LITERARIA (LFG)


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