Lluvia y viento en las calles solitarias de mi pueblo. Detrás del
ventanal, contemplo plácidamente el paisaje.
Un murmullo débil, casi inaudible, despierta mi curiosidad.
Presto atención y descubro que el viento impulsa no sólo las hojas caídas
de los árboles. También, con ellas, palabras que suenan suavemente, pero sin
ninguna coherencia, corren, vuelan, giran, juegan…
Luego se mezclan con otras, como
dulce pena, verde abrazo, árbol que vuela, luz musical…
Hay hojas y palabras que parten de un mismo grupo, para luego seguir
distintos rumbos, formando distintas figuras-sonidos, y encontrarse después con
otras en diferentes grupos. Y de allí, tras una breve pausa, reinciden en tomar
un nuevo rumbo…
El repiqueteo de la lluvia sobre el asfalto y el techo de zinc marcan el
ritmo de una melodía. Es como si con las hojas, las palabras, el sonido del
viento al mover las ramas de los árboles, formaran una orquesta, con coro y
ballet.
La tormenta se aplaca. El cielo, despejado y azul, impone su calma
luminosa. La danza de hojas y palabras se detiene. Algunas intentan ya sin
fuerza continuar por inercia su camino, y se instalan suavemente en mi mente
profunda, como queriéndome decir algo importante.
Siento que me han recordado el origen de la creatividad, de la literatura y
el arte, de la vida…
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