miércoles, 25 de agosto de 2021

SICARIOS por Jorge Uriza

 

    Enrique Juan Recabarren no conocía el miedo. Era una emoción que nunca, ni siquiera en situaciones de peligro, había logrado contaminar sus decisiones. Pero esa madrugada, faltando poco para el amanecer, se había despertado con el pecho oprimido por una sensación de ahogo desconocida. Y comenzó a preguntarse si “eso” sería, precisamente, el miedo; o alguna variante; pero miedo al fin. Porque era la tercera noche consecutiva que sufría la misma pesadilla: Un hombre, cuyo rostro no podía ver, abría lentamente la puerta, y sin que él pudiera resistirse, lo acribillaba a balazos. 

     Llenó hasta el borde un vaso con agua y se quedó mirando la puerta; la misma de los sueños. ─Si tiene miedo tránquela con la silla─ le había dicho el gallego dueño de la pensión, con un dejo de desprecio, cuando le hizo notar que no tenía cerradura. En ese mismo momento debió tomar la decisión de abandonar ese pueblo; pero no; lo había elegido cuidadosamente, por eso estaba ahí. Además, su nombre, De la Garma, era lo suficientemente raro como para agregarle atractivo. Se extinguían los años 50, y con ellos el auge del ferrocarril, pero él seguía manejándose en tren cuando tenía que desaparecer por algún tiempo; se consideraba un experto; tenía mapas de las líneas ferroviarias de todo el país y referencias de muchísimas localidades, especialmente con pocos habitantes, para pasar algunas vacaciones forzadas, como ahora. Por eso recaló en De la Garma, y por eso también condenó a sus huesos a una tediosa estadía en esa pensión infame que ostentaba al frente, sin pudor, un cartel con el nombre de Hotel Argentino. 

     Haber tomado distancia con el Gran Buenos Aires era algo previsible ─y necesario─ después de haber llevado a cabo su último trabajo: eliminar a Lázaro Morel, reconocido matón devenido en político y mano derecha del Dr. Armando Serrizuela, caudillejo conservador del sur de Avellaneda. Con la excusa de negociar la “propiedad” de dos prostitutas, había atraído a Morel hasta el depósito de un bodegón de la calle Montiel. Le bastó entrarle una sola vez con su daga toledana para cumplir el mandato. ─Recabarren, sos un traicionero hijo de puta…─ dijo Morel con las últimas fuerzas que le quedaban, mientras hilos de sangre y saliva comenzaban a colgar de las comisuras de sus labios; quedó de rodillas, con el mentón clavado en el pecho y las palmas de las manos abiertas. El matador lo miraba en silencio; y se quedó con ganas de contestarle que sí, que de alguna manera todos somos un poco hijos de puta. 

     Levantó el vaso y se acercó para ver la claridad del amanecer a través de la ventana que daba a un terreno lleno de frutales. No alcanzó a hacerlo porque el aire frío que le trepó por la espalda le indicó, inmediatamente, que la puerta estaba abierta. Se dio la vuelta lentamente, con un mal presentimiento. Una mujer, no muy alta y delgada, se encontraba parada dentro de la habitación. La miró detenidamente; su pelo renegrido estaba atado con un pañuelo; y uno de sus párpados, caído, le daba un aspecto inquietante. Vestía una discreta falda azul a la rodilla y un saco al tono. 

     Fue ella quien rompió el silencio.

     ─Usted no me conoce, Recabarren. Me llamo Sofía Soler; me dicen “la chilena”.                     

     Esta vez tuvo que admitir que su piel al erizarse solo podía significar una cosa: sentía miedo; así, crudo. Y su memoria le escupió en un torrente de cinco segundos todas las historias escuchadas sobre esta leyenda: “la chilena”. Que era despiadada. Que no fallaba nunca. Que nadie conocía su nombre. Que era quien había ejecutado al comisario Zunino en Mataderos. ─Esos son cuentos de los milicos que no quieren encontrar al culpable─ decía siempre el colorado Jensen en el bar La Pampa. Pero sus recuerdos se congelaron junto con su sangre al notar, de pronto, que la mujer sostenía una pistola en su mano derecha. Un golpeteo frenético en sus sienes apenas le permitió escuchar la voz que le llegaba desde muy lejos

    ─Recabarren, vengo de parte del Dr. Armando Serrizuela.

    El tiempo que transcurrió desde que el vaso resbaló de su mano hasta estrellarse en el piso fue suficiente para comprender que, para él, ya era demasiado tarde. 

 

MI ANÁLISIS DEL CUENTO

La narración mantiene un estilo coherente, en una 3ra persona que refiere el contexto en relación con la psicología del personaje, sus pensamientos y observaciones, sin descripciones que introduzcan digresiones sobre el argumento. La narración mantiene el interés en un crescendo que va intensificándose sin recurrir a ningún factor externo a la percepción de la realidad del personaje. La aparición del segundo personaje (último y breve pero nada secundario en la trama), tan temida como sorpresiva cuando finalmente sucede, sigue el hilo de la conciencia del victimario  víctima.

Barroquismo

Todo el relato desarrolla características de cierto barroquismo muy bien logrado, siguiendo la relación del espacio físico con las motivaciones y percepciones del personaje. El contraste entre las características del pueblo y la presunción del cartel del “hotel” pueblerino; el político asesinado que es vengado en el mismo lugar que el asesino creía seguro, entre la visión de un pueblo alejado del interior como si fuera un lugar donde no pasa nada, donde no hay historia, porque la historia tiene lugar en las ciudades, y una realidad que la contradice; entre el curriculum de la Chilena y la suposición de su falsedad introduciendo la tensión entre la verdad y la opinión de los escépticos; la muerte sorpresiva pese a que ha querido obsesivamente evitarla con toda planificación, cerrando el círculo; el absurdo seguro de la puerta  trancándola con una silla, con una muerte inevitable al estilo de Borges y Hemingway y lo mejor de la novela negra. (El cuento no finaliza con el triunfo de la ley, el orden y la Justicia legal.)

La opción de situar una historia totalmente ficticia en un pueblo real también tiene su mérito: el autor no cae en el tópico del “color local” distrayendo la atención del lector con descripciones realistas. De la Garma, en este cuento, no es el De la Garma real de esa época ni de ninguna otra; es el pueblo donde transcurre la ficción, introduciendo una vez más el juego barroco entre realidad y ficción.

Luis F. Gobea


No hay comentarios:

Publicar un comentario

HORIZONTES

  Tenía los años de mi juventud. El horizonte me parecía lejano, pero no tanto. Al menos, posible. Es decir, el horizonte posible buscado....