—Lo decís ahora, por
decir —dijo Laura.
—Laura
—dijo Armando con voz
cansada— no empecés de nuevo. El
día está lindo, lo podemos aprovechar…
—Lindo para vos que lo podés disfrutar…Además,
mirá las nubes en el horizonte.
—Se
van a ir para otro lado— dice
Armando, tratando de calmar a Laura, pero el viento había empezado a mover las
abundantes flores alrededor de ellos. Parecía que todo el mundo que pasaba
llevaba un ramo.
—Y como se llama? —inquirió Laura.
—Ya
te dije —suspiró,
resignado, Armando.
—Me olvidé —insiste Laura. Armando sabe que no se olvidó. Lo pregunta para molestarlo. Para hacerlo sentir aún más culpable
—Irina
—musita
Armando,– Irina se llama. La conocí hace un mes. En el club.
—Un
mes… —Laura se muestra irónica.
Su boca hace un gesto mustio y su pelo moreno le tapa parcialmente su
cara pálida movido por el viento que, ahora sí, comienza a soplar con fuerza.
El sol se ha ido. Comienza a hacer frio.
—Un
mes —refuerza Armando, entre enojado y cansado. No irás a pensar que…
—No
pienso nada —sonríe agriamente
Laura, mientras más gente quizás por el viento que los espanta, quizás por la
hora, —son las 18:45— comienza a pasar rápidamente entre
ellos, sin mirarlos ni darse cuenta de su presencia.
—Recién
pasó un año. Cualquiera diría que un año no es mucho…—remata Laura con un mohín en la boca.
—Pero
vos me dijiste que…—interrumpe
Armando, tapándose la cabeza con el papel que había traído –empieza a caer una
leve llovizna— , mientras recoge
apresuradamente la tijera, el libro que leían con Laura cada vez que ella
se ponía nostálgica y el álbum de fotos familiares que siempre cargaba por las
dudas.
—Una
dice tantas cosas en esos casos—
dice Laura, con esas sonrisa triste que siempre desarmó a Armando. La gente ya
casi no pasa mas. Laura amaga con darse vuelta y dar por terminada la charla.
La llovizna aumenta y el agua está fría.
Entre manotazos, pero prestando atención a Laura, Armando limpia lo que puede o
que había quedado sin arrastrar el viento.
—Nos
vemos la semana que viene, como siempre —dice
Armando, destrozado por la culpa e intentando alargar la conversación, pero la
llovizna ya era una lluvia, estaba casi obscuro y el lugar se había
quedado desierto.
—Sí,
sí —dijo Laura con tono agrio
y sin darse vuelta, mientras desaparecía de su vista.
Armando termina de recoger todo. Como
suponía, está destrozado. Pensará como resolver esto en su casa, pero ahora
levanta todo y corre hacia la salida, bajo el agua e intentando proteger
sus cosas. Debe apurarse. El cementerio cierra a las 19.
MI ANÁLISIS DEL
CUENTO
El cuento está muy
bien logrado, con su sorpresivo final propio de la literatura fantástica, con
algunas señales previas mediante detalles que cobran significatividad al
terminar de leerlo.
La narración se
desarrolla a través del diálogo entre los dos personajes, y el contexto, que se
va comprendiendo al final, sorpresivamente, pero sugerido, no explícito,
cobrando significatividad los pequeños detalles referidos como al pasar (la
hora, las flores en el piso, otras personas que pasan con flores, y que se
alejan cuando comienza a llover).
El conflicto mismo
tampoco está explícitamente narrado por el narrador externo: se desprende de
sus sobreentendidos en una discusión de reproches y evasiones que intentan evitar
el conflicto, en un ambiente percibido en todo momento como raro por el lector,
gracias a la economía en las descripciones. Si se lo llevara al cine, ese clima
raro se transmitiría en las imágenes sin ninguna dificultad.
El clima
meteorológico acompaña al clima humano tormentoso, ambos negados al principio
por Armando, y se desatan al mismo tiempo.
La hora aparece como
un elemento importante para darle fin al cuento, pero no al conflicto.
Si nos ponemos en muy
exigentes, se podría considerar un leve tropiezo el párrafo en el que nos
enteramos de que son las 18:45, pues introduce innecesariamente la presencia
del narrador externo. Se podría haber resuelto mediante el agregado de unas
proposiciones en las que el personaje consulta la hora, queriendo salir de la
discusión no deseada. No queda demasiado claro si decide irse “gracias” a la
lluvia y el viento imprevistos, o porque advirtió, como todos los demás, que se
acercaba la hora del cierre del cementerio.
De todos modos, quizás este detalle se podría aceptar como coherente con el clima de indefinición en el que se desarrolla el cuento.
Luis F. Gobea
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