Las agujas del reloj marchaban con lentitud, en contra de los escasos tarjeteros electrónicos del pueblo y en complicidad con los chicos en su despertar escolar.
Allí el tiempo transcurría diferente a otros
lugares.
Los
diarios llegaban luego del mediodía, cuando en la ciudad se cancelaron todos
los vuelos anunciados por la mañana. Las noticias eran historias del pasado al
momento de leerlas.
Hacía
cinco meses que el cielo encaprichado no permitía usar los paraguas, ni las
botas a los niños. Suspendidas estuvieron las caminatas de los jóvenes tomados
de la mano; quienes, en otras épocas, humedecían sus rostros para luego
secárselos en un compás de caricias.
Los adultos
convirtieron la sequía en un único tema de conversación.
La vida
cotidiana y la del futuro próximo se vieron afectadas.
En el campo los sembrados estaban débiles, escasos
en altura y en verdeo. Atascados en la tierra, los cultivos no se movían, no
mugían.
Los ojitos del viejo perro de la
estancia fijaron la vista en el horizonte. Era el fin de sus tiempos en el
pago, ya no lo necesitaban.
Un lunes cuando el
sol aún no había asomado, camino al pueblo, supo que el lazo fraterno se
destruiría. Miró con nostalgia la última tranquera del puesto que algún día lo
vio llegar.
Lo bajaron en un
terreno desconocido para él. No era el almacén de Don Tomás, ni el boliche del
Negro, tampoco la tienda del Gallego. No hubo despedidas. En esa esquina sin
atender, no se ubicó. Comenzó a caminar sin rumbo, con sus ahora abatidos
sueños de hogar eterno. Para guardar las últimas energías sostuvo sus músculos
una y otra vez.
Aquella media tarde el cielo no era igual. La vida
del poblado quedó teñida con todos los tonos del gris.
Los del
picado del sábado no lo suspendieron, hacía tanto que no llovía…
Sin
embargo, una a una, grandes gotas comenzaron a caer. En el suelo se unieron
hasta formar un todo homogéneo, que logró brotar una sonrisa hasta en la persona
más seria del lugar. El sonido producido se podía comparar con la más bella
melodía compuesta en la madurez.
En la panadería, en
la tienda y hasta en la salita de primeros auxilios los mostradores y ambientes
quedaron vacíos de gente que ahora se sumaba a la dicha de ver con sus propios
ojos el espectáculo gratuito del más allá.
Con la
bendición de los cielos se convirtieron en caminantes serenos los chicos, los
jóvenes, los grandes.
Los de la canchita de
la estación sintieron la lluvia caer torrencialmente y se permitieron gritar un
gol profundo desde un solo bando.
Fue en aquella
circunstancia mágica cuando alguien lo tomó en sus brazos y dio refugio al
perro vagabundo, en un rincón del hogar.
MI ANÁLISIS DEL CUENTO
Como aspecto positivo, rescato el hecho de que no caiga en
el tono melodramático, como si estuviera narrado en sintonía con la relativa
naturalidad con que se toman determinadas decisiones sentidas como necesarias,
anestesiando la culpa y el conflicto.
Está bien escrito, pero argumentalmente, no pasa nada.
Podría haberse profundizado el tema de los derechos del perro, del niño que
extraña a su mascota o que pide lacónicamente al menos una explicación.
No hay una relación clara entre el tren que no llega con las
noticias, la sequía, el cambio cuando al fin vuelve la lluvia, y el abandono
del perro.
El final está resuelto de una manera demasiado rápida, “mágica”,
feliz pero sin drama que llegue a emocionarnos ni motive reflexiones. Como si
fuera innecesario, puesto que todo terminó bien.
Así como está, podría interpretarse como un collage, o
inclusive que la reflexión que se impone podría ser algo así como “todo
cambia…”. Podría ser válido según las características de la nueva literatura,
pero le quita “sentido”.
Luis F. Gobea
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